¿Quiénes negocian la transición?

“A los políticos, Washington les fija las condiciones. Con los militares, las negocia”

¿Quiénes negocian la transición?

Por Alexis Alzuru

A los políticos, Washington les fija las condiciones. Con los militares, las negocia.

No necesariamente porque EEUU prefiera a los militares. La explicación es más inquietante: 30 años de militarismo hicieron que civiles y militares llegaran a este momento con capacidades de poder desiguales. Washington no creó esa asimetría, la encontró y la convirtió en una premisa de la transición venezolana.

El contraste es difícil de seguir ignorando. EEUU decidió que María Corina Machado no regresara al país, decidió que la Asamblea Nacional del 2015 representara a la oposición en las negociaciones con el gobierno y ordenó que la desconocida diputada Dinorah Figuera encabezara la delegación. Decisiones reveladoras. Sobre todo, si se considera que esa representación no descansa en una sociedad que se sienta representada: según la encuesta de DatinCorp, 59% de los venezolanos afirma que ninguno de los actuales líderes políticos lo representa.

Lo cierto es que en las decisiones políticas que se han tomado ni siquiera opinan los políticos. Tampoco los partidos y, mucho menos, los ciudadanos. Por cierto, según información procedente de actores vinculados al proceso, incluso, la agenda de los encuentros y las declaraciones públicas de Figuera son previamente aprobadas por la delegación estadounidense en Caracas.

Reorganización militar 

Sin embargo, con los militares ocurre algo realmente diferente. La mano visible de Washington no decidió quiénes deberían representar a la Fuerza Armada. Washington se ha entendido con los interlocutores surgidos de la propia estructura militar. Tampoco se ha producido la esperada purga del generalato chavista. Además, los cambios de los últimos meses demuestran una reorganización incremental del poder militar: continuidad de los oficiales chavistas, equilibrio del poder en CEOFANB, REDI y ZODI, y reacomodo de sancionados en los altos mandos y en los aparatos de inteligencia y contrainteligencia.

A los políticos, Washington les fija las condiciones. Con los militares, las negocia.

De hecho, mientras con los militares la lógica parece ser negociar, reacomodar y reducir los incentivos para una ruptura, con los políticos utiliza un lenguaje duro: condiciona, ordena y exige obediencia. No permite negociación ni consenso.

Y probablemente ese distingo sea coherente con la historia reciente del país. Venezuela no ha llegado a esta transición desde una democracia en la cual los militares se limitaron durante 30 años a cumplir sus funciones profesionales. Llega desde un país militarista y militarizado. La FANB acumuló poder político, económico, empresarial, territorial, de inteligencia y coercitivo.

Por eso Washington puede fijar condiciones a unos actores políticos disminuidos, divididos. Pero necesita negociar con unas fuerzas armadas que conservan su capacidad para alterar, bloquear o, incluso, hacer fracasar la transición.

Ese abismo no es norteamericano. Es venezolano.

Y, por eso, resulta realmente ingenuo imaginar que Venezuela puede transitar hacia la democracia sin que antes ocurra una transición dentro del poder militar.

Esa transición no significa simplemente regresar los militares a los cuarteles.  Significa algo bastante más difícil: conseguir que una institución acostumbrada a monopolizar el poder acepte que deberá someterse a la Constitución, las instituciones democráticas y a las autoridades civiles. Autoridades sobre cuya legitimidad no les corresponde decir una sola palabra. 

La estrategia americana puede ser racional para estabilizar la transición. Porque es cierto que una transformación abrupta de la FANB podría provocar resistencia, ruptura y violencia. Transformarla incrementalmente era -y es- inevitable.

Pero estabilizar no es democratizar

La asimetría que hoy puede ser necesaria para atravesar la transición no puede incorporarse a la arquitectura permanente de la democracia.

A los políticos, Washington les fija las condiciones. Con los militares, las negocia.

Esa fórmula puede ser necesaria para estabilizar Venezuela. Pero la transición deberá producir el movimiento contrario: devolver al país civil la capacidad de decidir y lograr que la subordinación militar deje de ser materia de negociación.

Porque el asunto no es que el gobierno de Donald Trump necesite hoy negociar con los militares. El problema sería que la democracia venezolana tuviera que seguir haciéndolo mañana.

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