«Nos quedamos sin política»

*Por Sandra Caula
La frase es de Chúo Torrealba y describe la Venezuela de 2016 y la de 2026. Cuatro días después del mayor acuerdo petrolero de la historia, quienes pidieron esa intervención están callados y sin plan
El 28 de agosto, Trump anunció el mayor acuerdo petrolero de la historia. Al día siguiente, Delcy Rodríguez detalló las condiciones: 25 años, 17 campos con 65 mil millones de barriles probados y unos 19 dólares por barril para el país. Esa noche, Francisco Rodríguez hizo otra cuenta: dividió los 209.000 millones prometidos entre los barriles comprometidos y obtuvo 3,22 dólares por barril, el 4,7 % del precio actual y menos de la mitad de la regalía de las concesiones de Juan Vicente Gómez.
El lunes, la Casa Blanca habló de acceso preferencial sobre esos yacimientos durante un siglo. 25 años según Caracas, 100 años según Washington, y ningún texto que diga cuál firmaron.
Rafael Ramírez lo llamó inconstitucional y de espaldas al país. María Corina Machado no ha dicho nada, ni ella ni Vente Venezuela. Lo único que se le ha oído llegó desde Eslovenia, en el Bled Strategic Forum: Venezuela está lista para ser el nuevo motor energético del hemisferio occidental.
El acuerdo tiene además un dueño. La empresa que explotará los 17 campos es de Alejandro Betancourt, el bolichico que se hizo millonario con los contratos eléctricos sin licitación de 2009 y a quien investigan por blanqueo la fiscalía de Zúrich y la Audiencia Nacional, cargos que él niega. En 2019 financió a la oposición y sirvió de enlace con los militares para el gobierno de Juan Guaidó, tanto que Jorge Rodríguez lo llamó entonces el financista directo de Guaidó. En 2023 hizo las paces con Delcy Rodríguez. Ahora el Departamento de Guerra tiene el 35 % de su compañía.
Argumento en discusiones ajenas
Machado pidió durante siete años la intervención que acabó en esta firma. En 2019 reclamó aplicar el artículo 187.11, el que autoriza misiones militares extranjeras, y en 2025 respaldó el bloqueo marítimo. En Oslo contó que había salido del país con ayuda del gobierno de Estados Unidos; preguntada por una presencia de tropas, respondió que Nicolas Maduro había empezado la guerra. El 5 de enero, dos días después de unos bombardeos con al menos 55 muertos, describió la operación en Fox News como un gran paso para la humanidad. En marzo, en el CERAWeek de Houston, presentó ante los inversores un plan de privatización completa de la industria. La apertura llegó, y la firmó el chavismo.
Corría otra cuenta que casi nadie llevó. Desde septiembre de 2025, Estados Unidos ha hundido cerca de 70 embarcaciones en el Caribe y matado a 227 personas sin juicio ni nombres. Amnistía Internacional las llama ejecuciones extrajudiciales. Entre los muertos hay pescadores. La discusión pública se limitó a si aquello serviría para tumbar a Maduro.
Venezuela lleva 20 años sirviendo de argumento en discusiones ajenas. La izquierda que idealizó al chavismo como resistencia antiimperialista y la derecha que lo exhibía como prueba de que todo socialismo termina en colas creían lo mismo, que aquello era socialismo.
Salido de una logia militar y llegado con un golpe, gobernó con generales al frente de los ministerios y produjo lo contrario de lo que anunciaba: una boliburguesía enriquecida con los contratos del Estado, monopolios de importación en manos de aliados y una clase obrera con el salario pulverizado y sus sindicalistas presos. Fue soltando los elementos socialistas del programa a medida que se agotaba la renta, hasta dolarizar la economía y vender activos públicos en secreto, y conservó la estructura militar y el control del petróleo. Y sabía lo que hacía.
Hugo Chávez levantó las misiones, hizo una cedulación masiva y puso centros de votación en el corazón de los barrios, y con eso, dice Torrealba, cambió el ring donde se peleaba; la oposición, en vez de entenderlo, cantó fraude, se fue a la abstención en 2005 y le regaló la institucionalidad. Quien lee al chavismo como ideología cree que se quiebra apretando; quien lo lee como coalición de poder sabe que negociará en cuanto le convenga, y eso lo escribió Ricardo Sucre Heredia en junio de 2025, cuando anticipó que la presión máxima fracasaría y Donald Trump acabaría sentándose a hablar.
Una vía que funcionó y otra que no
Hubo una vía política, y funcionó. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) reunió a más de 20 partidos bajo la secretaría ejecutiva de Ramón Guillermo Aveledo, con reglas escritas y tarjeta común. En la primaria de febrero de 2012 votaron cerca de dos millones novecientas mil personas: Capriles obtuvo el 63,9 % y Machado el 3,66 %. En 2013 Capriles perdió ante Maduro por 223.599 votos, un 1,49 %. Y en diciembre de 2015 la Mesa ganó 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional.
En febrero de 2014, Leopoldo López, Antonio Ledezma y Machado lanzaron “La Salida”, una campaña de calle para forzar la renuncia de Maduro, decidida por una parte de la dirigencia contra la línea del resto. Terminó con 43 muertos, sus promotores presos o inhabilitados y el gobierno más fuerte. Aveledo renunció meses después para no servir de excusa en las polémicas internas.
Según Chúo Torrealba, que lo sucedió, algunas direcciones calcularon que, siendo mayoría, solo faltaba pelear entre ellas por quién recibiría el poder, y en esas condiciones la estructura unitaria estorbaba, así que había que acabar con la MUD, con la tarjeta de la manito y con la Secretaría Ejecutiva. Pasaron 2016 con todos los huevos en la canasta del revocatorio y, cuando se lo quitaron, se quedaron sin política. Guaidó vino de ahí: un gobierno proclamado, reconocido por 60 cancillerías y sin nada dentro.
Y el precio lo pagó otra gente. En 2024, tras el anuncio del Consejo Nacional Electoral (CNE), salieron a protestar sobre todo los barrios pobres: veinticuatro muertos entre el 28 de julio y el 5 de agosto según Provea y 2.062 detenidos hasta diciembre según el Foro Penal, 114 de ellos adolescentes. Hubo una organización capaz de sacar de un país vigilado el 83 % de las actas, y ninguna prevista para proteger a quien saliera al día siguiente.
De modo que ahora tampoco sale nadie. Los únicos que se manifestaron contra el acuerdo fueron unas decenas de chavistas en La Hoyada, que de paso pedían la liberación de Maduro. Del otro lado, silencio, y después de aquellos muertos y de aquellos presos nadie está en condiciones de reprochárselo a nadie.
Los venezolanos volvieron a organizarse dos veces, en las primarias de 2023 y en la custodia de las actas de 2024, y las dos veces pusieron la organización al servicio de una figura, y no al revés. De los ocho millones que vivimos fuera, en 2024 votaron 69.211, el 0,32 % del padrón.
Por 12 años, la oposición ha jugado al atajo. Proclamó gobiernos, declaró mandatos, anunció el cese de la usurpación y midió su fuerza por el ruido internacional. El método es rápido y engaña: la visibilidad pasa por poder y nadie nota la diferencia hasta que toca negociar. Pero ganar alcaldías, sostener sindicatos, formar dirigentes y aceptar derrotas para volver a presentarse, todo lo que necesita gente y organización, se abandonó por lento y se estigmatizó por tibio.
Que ahora, repartidos 17 campos, solo suene esa frase dicha en un foro europeo no es un descuido de comunicación. Es lo único que queda si el atajo ha sido durante años la forma principal de hacer política.
*Escritora, editora, traductora y profesora de escritura creativa. Licenciada en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela y magíster por la Universidad Simón Bolívar
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