«Trabajamos como podemos», dice personal del Hospital Psiquiátrico de Caracas (y II)

SALUD · 17 JUNIO, 2022 11:30

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara


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“Un famoso poeta escribió una vez, de forma bastante elegante e ingenua, que el hogar es el sitio donde siempre te acogen. Quizá para los poetas, pero no para los locos. El hospital se dedicaba a mantenerte fuera de la mirada del mundo cuerdo”.

John Katzenbach, La historia del loco

En las instalaciones del Hospital Psiquiátrico de Caracas hay al menos 16 médicos residentes que esperan especializarse pronto. El doctor Juan Carlos Quesada es el primer extranjero en años en pisar el lugar: proviene de República Dominicana y llegó a Venezuela a finales de 2021, atraído por la posibilidad de educarse a un bajo costo y trabajar en un centro de salud con más de un siglo de antigüedad. 

El sitio apenas se está recuperando del déficit de personal: en 2011 solo quedaban 11 médicos. En 2019 la crisis de insumos y recursos humanos casi provocó su cierre, denunciado ese año por Pablo Zambrano, secretario general de la Federación de Trabajadores del Sector Salud (Fetrasalud).

Actualmente; nueve especialistas de planta (entre ellos tres psicólogos) laboran todos los días en las instalaciones, ubicadas en la parroquia La Pastora, del municipio Libertador de Caracas. 

«Este lugar puede tener sus fallas, pero es una oportunidad de formarse. Aquí viene bastante gente, porque es uno de los pocos que se mantiene tan operativo en la ciudad. Yo trabajo hasta las 4:00 p.m. y tengo una guardia cada seis días», explicó Juan Carlos. 

El hospital es un complejo de cinco edificaciones que se alza en lo alto de Lídice, una zona popular que lleva el mismo nombre que el pueblo checo que fue brutalmente destruido por el ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Para este 2022, más de siete servicios están en funcionamiento dentro del psiquiátrico. Sin embargo, varias áreas de sus edificios han sido deshabilitadas: la humedad, el tiempo y la poca atención del Estado han dejado una huella visible. Los doctores y una decena de enfermeros trabajan ingeniándoselas. 

«Por aquí se ven muchos pacientes, porque la mayoría de los hospitales no reciben por emergencia en el área psiquiátrica. Vemos a más de 60 personas pasar por aquí a diario. Trabajamos como podemos», enumeró Quesada a Efecto Cocuyo

Los servicios que funcionan

En el presente, solo un servicio del psiquiátrico no está habilitado según los médicos del Hospital Psiquiátrico de Lídice: el infantil (donde se atendía a niños y adolescentes). En 2021, Petra Aponte, presidenta de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría (SVP), alertó que esta área llevaba inoperativa por lo menos 10 años, debido a que el personal disminuyó hasta que no quedaron especialistas para atender a menores de edad.

Del resto, funcionan las áreas de emergencia, rehabilitación, consulta externa, hospitalización, psicología, adicciones múltiples y alcoholismo. Los residentes deben pasar por casi todas para poder especializarse. 

«Tratamos de no parar la atención. La mantuvimos a pesar de todo. En psicología contamos con un grupo de voluntarios que son psicólogos que vienen por un día, sin paga. Tenemos poco más de 20 pasantes también; es un tema de ganar-ganar: ellos aprenden y nosotros ofrecemos el servicio a más pacientes», dijo Dorieth Castro, jefa del servicio de Psicología del hospital. 

El psiquiátrico intenta recuperarse con poca ayuda del Estado. Mitchell Colmenares, el director del centro, tomó el mando en marzo 2020, mes en el que la pandemia del COVID-19 se extendió en Venezuela. 

«Cuando llegamos había un cierre técnico, prácticamente. El doctor Colmenares fue el que tomó la iniciativa en tener residentes de nuevo, lo que es ahora el posgrado», explicó Astrid Ramos, la administradora del lugar.

Cuando no hay familia

De los cinco edificios que componen el Hospital Psiquiátrico de Caracas, solo tres se mantienen en funcionamiento de acuerdo con Ramos. La estructura donde opera el Servicio 2 acoge a 15 pacientes internados en dos alas: personas que, debido a sus patologías, no pueden ser reinsertadas en la sociedad. En los cuartos no se escuchan voces, sino sonidos de pasos arrastrados.

«Hay pacientes que tienen más de 15 años aquí. Algunos no tienen familia y nosotros nos convertimos en los familiares. Los responsables de sus medicamentos, ropa, de cantarles cumpleaños. Hace poco se murió uno que tenía siete años internado, los residentes fueron los que de alguna manera estuvieron pendientes», contó el doctor Nectali Jesús Tovar Martínez. 

Agregó que la ropa la obtienen por medio de donaciones. Algunas enfermeras llevan prendas para ayudar a vestir a los pacientes. Algún pantalón, camisas que todavía pueden servir, medias para las noches frías donde la neblina arropa al psiquiátrico.

«Muchos pacientes tienen situaciones legales, porque han agredido a otros. Pero le damos su tratamiento y tienen su atención médica. Pero llega un momento en que su cerebro no puede más», comentó Tovar. Las medicinas son surtidas por el Almacén Robotizado Jipana (perteneciente al Ministerio de Salud) en Miranda, pero no todo el tiempo hay abasto.

De hecho, el 6 de abril de 2022, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) aseguró que la aguda escasez de medicamentos ha obligado a personas con problemas de salud mental a huir de Venezuela en vez de ingresar a sus instituciones en búsqueda de ayuda.

Cerca del ala para internados masculinos, separados por rejas de los cuartos, un grupo de residentes hace carteleras informativas con papel de colores y marcador. La mayoría son jóvenes y charlan animadamente. Un paciente solitario pasea de aquí para allá. Apenas se detiene a mirarlos un par de minutos antes de volverse a su camino repetitivo, entre cuatro muros altos. 

Cocina para los pacientes

La cocina del Hospital Psiquiátrico de Lídice está al fondo, cerca del edificio donde se atienden las emergencias de forma provisional. Es un salón amplio y grisáceo con varias encimeras. El menú usualmente es pollo y arroz blanco, que los trabajadores intentan sazonar con lo que consiguen traer de sus casas. 

«Nos lo traen de Mercal o donaciones. Nos dejan el arrocito y de ahí los compañeros ponemos el aliño, la sal y el aceite. A veces le hacemos cualquier gustico a los pacientes. Por lo menos logramos hacer las tres comidas, a duras penas. Los pacientes toman agua de arroz con azúcar, porque no nos surten leche», expresó Magda, una de las cocineras. 

Inicia la segunda semana de junio y, en medio de las carencias, el personal del psiquiátrico hace lo que puede. Al doctor Tovar lo detienen a medio camino del servicio dos. Gritos se escuchan desde el servicio de emergencia. Incomodan al resto de los visitantes, que esperan ser atendidos en otras áreas, pero todos intentan ignorarlos en silencio.

«Doctor, no hay Haloperidol en la farmacia», le dice una joven. El aludido suspira. Es otro día normal. Los residentes se trasladan de un punto a otro: no paran de cumplir labores. 

«Vamos a ver si le meten una mano de una vez por todas a este pobre hospital», murmuran por los pasillos.