A Yeiderberth Requena lo enterraron el día de su noveno cumpleaños - Efecto Cocuyo

SALUD · 28 MAYO, 2019 19:03

A Yeiderberth Requena lo enterraron el día de su noveno cumpleaños

Texto por Reynaldo Mozo Zambrano | @reymozo

Ver más de

Reynaldo Mozo Zambrano | @reymozo

¿Cómo valoras esta información?

QUÉ CHÉVERE
QUÉ INDIGNANTE
QUÉ CHIMBO

La torta del noveno cumpleaños de Yeiderberth Requena estaba sobre su ataúd. Globos blancos y azules formaban una arco sobre el féretro. Una pancarta blanca hecha con papel bond rezaba: feliz cumpleaños, champion.

De los lados de la urna sobresalían dos alas de ángel hechas con papel crepé. En una esquina colgaban dibujos que el niño realizó en vida: un muñeco, una mariposa y caligrafías donde repetía su nombre sin salirse de las líneas. Sus fotos de bebé también pendían sobre una cortina azul y sus animales favoritos, cuatro periquitos, lo acompañaban desde una jaula.

Yeiderberth Requena, de 8 años, murió el sábado 25 de mayo por un paro respiratorio en el hospital  de niños José Manuel de los Ríos tras pasar cuatro días en terapia intensiva. El niño tenía leucemia mieloide y estaba en su segunda recaída. El niño pasó más de un año en remisión a la espera de un trasplante medular que nunca llegó.

La mañana de este 28 de mayo el callejón El Colmenares del sector Montesano, en el estado Vargas, estaba de luto. En esa vía se realizaba el funeral de Yeiderberth. Vecinos y familiares esperaban sentados a las afueras de la casa, donde vivió el niño hasta hace tres años, cuando se mudaron al urbanismo Hugo Chávez en el sector Playa Grande de Catia La Mar.

Algunos de sus amiguitos corrían por las pocas escaleras del callejón, en las que también solía jugar Yeiderberth cuando estaba sano.

En tres ocasiones le cantaron el cumpleaños feliz este martes. El primer canto lo entonó una vecina que rondaba los 70 años frente al ataúd. Después, un amigo de la familia le coreó la tradicional melodía para luego dedicar tres canciones rancheras. “Y te recordaré toda la vida”, recitaba.

Por último, los niños, sus familiares y allegados corearon entre aplausos el popular feliz cumpleaños.

Entre vítores y abrazos quería su mamá, Wendy González, que le cantaran a su hijo. Porque siempre fue un “guerrero”, dice, y había que despedirlo como un rey.

“Después de todo el sacrificio que se hizo para que él pudiera cantar su cumpleaños con su familia, guao esto me duele mucho, pero no quiero llorar porque él me enseñó a ser fuerte. Espero que le demos a mi hijo la mejor despedida porque él se la merece. Esto no es un velorio, sino una despedida a un rey, a un ángel. Te amo hijo”, dijo entre lágrimas frente al féretro.

Sobre la urna donde reposaba el cadáver de Yeiderberth había una bolsa de cotufas, un vaso de leche, uno de agua y su superhéroe favorito: el Capitán América.  A él le gustaban los tambores y por eso un grupo de jóvenes de la comunidad le tocaron algunas fulías.

“Lo voy a extrañar mucho. Voy a extrañar cada vez que me llamaba. A él le gustaban los tambores y las parrandas de navidad que hacían en la escuela. También quería ser deportista, tuvo muchos sueños en su vida”, contó su abuela Deisy González, quien repartía pedazos de torta y vasos de jugos  a los asistentes.

Su tía Yedeika Sojo lo recuerda juguetón y travieso. “Siempre le hacía bromas a la abuela, a sus hermanos. Él luchó demasiado, fue un guerrero. Aguantó todas las quimioterapias y todos los medicamentos que le pusieron, fue muy fuerte”, contó.

A Yeiderberth le gustaba ir a su colegio. Logró llegar al tercer grado de educación básica. Cuando estuvo en etapa remisión, él iba; pero al tener su segunda recaída, dejó de ir a clases para estar en el hospital. El niño esperaba siempre con entusiasmo la fecha de su cumpleaños para celebrarlo bailando tambor “era el centro de atención”, dijo su tía.

Rower, de 17 años, el mayor de los hermanos de Yeiderberth, aún no puede creer que el niño haya muerto.

“Siempre cantaba conmigo, tocaba guitarra. Le gustaba estar en la casa. Fue muy difícil ver a mi hermano así. Nunca pensé que esto iba a pasar, nunca me pasó por la mente que no iba a tener su presencia”, contó mientras luchaba por contener las lágrimas.

A 40 kilómetros de distancias se realizaba el velorio de Erick Altuve de 11 años, uno de los cuatro niños que murió en el hospital J.M de los Ríos y esperaba un trasplante medular. En el principal hospital de niños del país 26 pequeños pacientes esperan por un trasplante.  “Que saquen a esos niños que quedan, es doloroso ver como estos niños fallecen”.-dijo.

Leer también:

Entre juguetes y dibujos despiden al niño Erick Altuve