¿Tradición oral? - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 30 MARZO, 2019 05:03

¿Tradición oral?

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Vicenta Emilia, mi mae (como prefiero referirme a ella), fue una mujer sin luces académicas. Sin embargo, a sus bien llevados ochenta y tantos años, sigue haciendo gala de la misma sabiduría que siempre signó su vida: la de la gente sencilla. Esa que, sin hacer juicios de valor, ve transcurrir la vida aprendiendo siempre en cabeza propia y en cabeza ajena.

En mi mae encontré motivación y ejemplo para aprender algo más que escribir mi nombre con una caligrafía precaria como la suya: yo sí escribo bonito y pienso con una valoración crítica de las cosas aunque algún disconforme se atreva a llamarme palangrista sólo porque le molestan mis opiniones. Si supiera lo que es “palangre” quizás habría elegido otra palabra para dirigirse a mí e intentar descalificarme.

En fin, no es Vicenta Emilia el tema de esta nota. No soy yo el tema de esta nota. En realidad, a lo que queremos referirnos es a la sabiduría del refranero y a las enseñanzas incontestables que nos han dejado los grandes pensadores que en el mundo han sido. Hay temas que, invariablemente, fueron –y seguirán siendo– objeto de reflexión para muchos grandes hombres de la Historia. La estupidez es uno de esos temas.

Los acomodos de la realidad

Albert Camus, Jean La Fontaine, Martin Luther King, Albert Einstein, Michel de Montaigne, Francisco de Quevedo, Bertrand Russell, Milan Kundera, Voltaire, Goethe, Jules Renard e Isaac Asimov son sólo algunos de los personajes que dedicaron un momento de su vida a pensar en la estupidez.

Definida como el estado mental de las personas torpes, faltas de inteligencia y sin lógica en su decir y en su accionar, la estupidez tiene la peculiaridad de ser un proceso normal pero disfuncional de aprendizaje, que ocurre sobre la base de conductas excesivas o mal adaptadas.

Según esta definición, exagerar las cosas hasta sacarlas de su contexto natural podría ser tomado como una muestra de estupidez. Es decir, no tendría sentido –sin pasar por estúpido– alegrarse por la ocurrencia de un sismo sólo porque semejante evento natural potencia la agudeza de los reflejos y le permite a una persona, en tiempo récord, sacar al bebé de la cuna, agarrar a su madre lisiada, ponerle el arnés al perro y bajar con ellos 8 pisos hasta llegar a planta baja y ponerse a resguardo.

Sería tonto –y también estúpido– regocijarse por la ocurrencia de un tsunami aduciendo que muy poca gente tiene la oportunidad de salir a nadar con su casa, sus enseres, su carro y su mascota. Esa no es manera de razonar. Eso es desvarío en estado puro. Es la quimera del fanático. Es el delirio de quien, a mansalva, adapta la realidad a los límites de su pensamiento, comprometido con una causa que lo ciega.

Por suerte, siempre le oí decir a mi mae una frase que ha sido mi antídoto para cualquier ataque de furor chauvinista: “amor no quita conocimiento”. Muchas veces escuché esa frase. Implica que, más allá de cualquier arrebato pasional, uno debería situar el cerebro por encima de las tripas y la empatía por encima de los intereses particulares.

Cuando las vísceras dominan el discernimiento. Cuando abrazar una causa (política, religiosa, ideológica, sexual, cultural, etc.) impide la valoración justa de los hechos y su transformación en información útil y equilibrada. Cuando el cinismo sustituye la sinceridad. Cuando el arrebato (y la necesidad de congraciarse) está por encima de la lógica, se abren las compuertas para la necedad y la estupidez. En estas circunstancias lo único que prospera es el autoengaño y una morbosa tendencia a justificarlo todo a falta de una explicación sensata.

Los motivos de Ítalo

Una rosa pintada de azul es un motivo. Una linda estrellita de mar es un motivo. Escribir un poema es fácil si existe un motivo y hasta puede crear mundos nuevos en la fantasía. Italo Pizzolante no se equivocó al escribir la letra de su composición más famosa. Las cosas del amor son cosas que inspiran, son motivos. Amar es crear. Lo que se crea desde el amor tiende no sólo a perdurar sino también a ser beneficioso para muchos a lo largo del tiempo.

Un apagón, por ejemplo, es una contingencia amarga. No es un motivo. Las recientes experiencias vividas –por no decir padecidas– en Venezuela nos han puesto a todos en jaque (como tan lúcidamente lo ha expresado el psicólogo Leoncio Barrios en artículos recientes). Un apagón es una paralización de todo: de la banca, del transporte subterráneo, de las actividades académicas y administrativas, de la salud, del comercio, del trabajo en casa. Un apagón nos sumerge a todos en la incertidumbre y en la desinformación. Las comunicaciones telefónicas se truncan.

Un apagón es caldo de cultivo para la racionalización catastrófica; es terreno fértil para la especulación: nadie sabe a ciencia cierta qué lo originó ni cuánto va a durar. Con un apagón, las dinámicas domésticas se alteran significativamente: se trastorna el suministro de agua, el universo lúdico de niños y adolescentes (tan tecnológicos que son) se vuelve un limbo, los insumos que se tengan en la nevera podrían dañarse. Nadie se atreve a hacer un mercado decente por temor a perder su inversión. Un paciente en terapia intensiva podría morir. Un bebé en una incubadora podría morir. Y eso no es bonito. Eso no es festivo.

Un apagón obliga a vivir al día… y cuando finalmente llega la luz, ¡todo empeora! En la casa, se desata una ginkana, un corri-corri… se ubican las velas, se conectan los celulares, se hace un inventario de posibles daños y se empieza a rezar para que el alumbrón alcance para, por lo menos, revisar qué pasó en el país durante la oscurana.

Lo dijo Goethe

Por eso uno hace cortocicuito, al escuchar a Ilena Medina, una dirigente chavista, decir a través de una emisora que los apagones han sido “una gran fiesta que ha permitido a los venezolanos recuperar la tradición oral”. ¡Una gran fiesta! Obviamente, al decir esto la señora Medina descarta (minimiza, suprime, desconoce) las nefastas consecuencias de no contar con el suministro oportuno del servicio eléctrico (en casas, en hospitales, en clínicas).

Evidentemente, Medina reduce su valoración de la realidad a su conveniencia partidista, y defiende lo indefendible. Como dijo Naky Soto en su cuenta de twitter: “Se puede justificar la barbarie sin ser tan cínica”. Muchísimo antes que Naky, Goethe fue más directo, contundente y lapidario: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

 

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

 

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