Los insolentes de la bondad 

“Entre 2015 y 2024 Venezuela escaló el top ten de los países con mayor incremento de conductas de ayuda, al subir 40 escalones del ranking del World Giving Index”

*Por Nirma Hernández Ramos

Los vecinos del condominio que en el año 2016 se organizaron para hacer y repartir arepas con las que aliviar el hambre en una esquina de la ciudad. La señora que a sus 50 años le tocó despedir a sus hijos y se dedicó a atender el consultorio de salud popular de la parroquia. 

El camionero de verduras que durante la pandemia movía hortalizas y también ayudaba a llevar a las doctoras hasta un caserío demasiado lejos del radar público de atención de salud. El señor que, aún hoy, se detiene ante una madre y saca de la bolsa de mercado algo de alimento para compartirle. Todos ellos, sin lugar a dudas, son los insolentes de la bondad. 

En los últimos diez años, he visto en Venezuela como este grupo de perseverantes se ha hecho notar en comunidades, hospitales, mercados populares, caseríos y barriadas. Ellos saben que quizás no puedan cambiar todo lo que quisieran, ni remediar a todos cuanto necesitan, pero se mueven con la certeza de que “sentirse menos solo” es la primera necesidad de quien tiene que lidiar con la pobreza, la impotencia y la incertidumbre. 

En la lógica de impacto del “granito de arena”, los insolentes de la bondad van entregando tiempo, insumos, compañía, música, árboles, saberes, oraciones, medicinas y fe.  Los he visto alegrarse por niños ajenos recuperados de una enfermedad, rescatar del olvido jardines botánicos y plazas baldías, batallar contra la falta de medicinas, hacer rifas para ayudar a otro con la certeza de “que hoy por ti y mañana por mí”.

Capital social 

Cuando veo atrás, creo que esta insistencia fue la más humilde y accesible forma de resistencia pacífica a la que los venezolanos pudimos echar mano para salvar nuestra propia humanidad en un país que se nos rompía encima. La adversidad y los insolentes de la bondad nos han dejado un capital social, un conjunto de capacidades y aprendizajes que ahora nos toca reconocer, inventariar e invertir para la construcción de un nuevo tapiz social. 

Entre el 2015 al 2024 Venezuela escaló el top ten de los países con mayor incremento de conductas de ayuda, al subir 40 escalones del ranking del World Giving Index (Mucho Más que vulnerables, 2025). En el período registrado y que coincide con la crisis humanitaria, política y económica el porcentaje de adultos en Venezuela que ayudaron a un extraño se incrementó en 187%, donar dinero incrementó un 172% y realizar acciones de voluntariado un 281%.

Estos datos se suman a las historias que escuchamos. Cultivar el voluntariado y la ayuda mutua ha sido una tabla de salvación ante la desesperanza y la incertidumbre. Yesoven, desde el Espacio Anna Frank me contó una vez queAquí consigo un propósito, una meta clara para ir sobrellevando los obstáculos poco a poco. En gran parte este voluntariado me brindó esa esperanza para no irme del país, para seguir creyendo que todavía se podía hacer bastante en Venezuela. Y no me arrepiento”.

Para Venezuela – que durante muchos años pensó en la falta de valores como el mayor de sus males- el capital social logrado por la ayuda mutua y el voluntariado es una buena noticia para superar viejas narrativas, caducas relaciones de poder entre quienes dan y quienes reciben y crear un nuevo punto de partida para construir el bien común desde el amor al país y la genuina pertenencia a cada comunidad. 

En un mundo sumergido en múltiples crisis, conflictos, riesgos y emergencias, no es exagerado pensar que la solidaridad es el mayor patrimonio intangible con que cuentan naciones, pueblos y comunidades para encontrar juntos nuevas maneras de seguir hacia adelante.  

* Comunicadora/Investigadora

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