Con un ojo abierto y el otro soñando

Las ruinas son un lugar no escogido, no deseado y en el que nadie se quiere quedar. No se anhela una sociedad en ruinas. Pero desde las ruinas la humanidad ha reflexionado, se ha fortalecido y evolucionado. De levantarnos y volver a empezar está hecha la historia de los hombres. 

Esta pausa mundial decretada por la pandemia nos llevó hacia atrás, hacia adentro y nos mantiene braceando hacia adelante. Esta dura lección de “un día a la vez”, nos impuso un ritmo lento de acción y reflexión. Útil y peligroso al mismo tiempo, pues el abandono a los acontecimientos que nos sobrepasan también ha afectado nuestra capacidad de proyectarnos hacia el futuro.

De tal manera que la primera acción de resiliencia para encarar este 2021 es sacudirnos la provisionalidad que se nos ha instalado en los días, en las vidas sin planes y en los rostros conformes.  Vamos de nuevo a apropiarnos de la idea de que podemos construir nuestro futuro, utilizando lo que tenemos y lo que hemos aprendido. 

Vivir con un ojo abierto y otro soñando es una buena combinación para ir hacia adelante. Porque la resiliencia no es resignación. Ni la flexibilidad para enfrentar los cambios es vivir a la deriva. 

Estoy de pie con la puerta abierta, lista para dejar atrás este año. De este 2020, me voy con dos preguntas que comparto con ustedes, esperando poder aportar para, entre todos, seguir escribiendo las respuestas.

  1. ¿Cómo hacer para que la pobreza material no se convierta en un retroceso de todo aquello que nos hace vivir con propósito y dignidad? 

Una silenciosa recomposición de la que fui testigo en este 2020 fue la revalorización de ser vecinos. Esas puertas, antes cerradas, que empezaron a abrirse para preguntar quién necesitaba ayuda, qué podíamos hacer juntos, cómo construimos el puente para sobrevivir todos.  “Nadie se salvará solo”, dijo el Papa Francisco y tiene razón. 

Así que la reconexión y la recomposición de nuestra mirada de conjunto es un activo valioso a potenciar. Especialmente, porque ha sido fraguado a un alto costo de incertidumbre y de sufrimiento impuesto por las circunstancias.

La solidaridad y la ayuda recíproca, no sólo son actos de amor, de soporte y supervivencia. También son un espacio intangible de preservación de nuestra libertad y de nuestra propia determinación, pues en el servicio a los demás entramos por nuestra voluntad y decisión. 

Pero, en toda Latinoamérica y especialmente en Venezuela, el empobrecimiento extendido amenaza la dignidad y puede desdibujar los límites de lo que las personas están dispuestas a hacer para sobrevivir.  Un debilitamiento ético, que puede mover a un “todos contra todos”, en los que los más vulnerables cargan, tristemente, con la peor parte. 

Los riesgos de la explotación y la sumisión son reales hoy para quienes viven en pobreza en países de renta media y baja y para los nuevos pobres, que, de acuerdo a las caracterizaciones del Banco Mundial, están constituidos por un perfil con mayores competencias profesionales, residenciados en zonas urbanas, que al menos en este bache económico de la pandemia, tendrán que aprender a vivir con menos.  

En este contexto, la resiliencia pasa por fortalecer el instrumental de valores, no desde el enunciado de lo bueno que son los valores, sino desde la confrontación de los dilemas éticos y morales que están influyendo en las decisiones de la gente. 

El tiempo de reconstrucción también nos convoca a encarar los rezagos de inequidad, de la explotación, de la discriminación y la convivencia con la violencia que siguen agazapados en nuestras casas, en nuestros negocios, en nuestros pensamientos y chistes, en suma, en nuestros marcos de conductas y creencias. 

  1. ¿Cómo conectar la carencia de recursos y convertirla en combustible de empoderamiento y participación? 

Revisar las lecciones de reconstrucción de crisis pasadas es fundamental para crear las soluciones en la que todos los actores, nacionales e internacionales, pueden ejecutar estrategias de alcance proporcional al daño que encaramos. 

Una lección nos viene de Bosnia. Anderson, Bran and Jean, en el libro “Is Time to Listen: hearing people on the receiving end at the end of humanitarian aid”, señalan que después de la guerra, en 1995, las personas que permanecieron en el país, aunque valoraban las ayudas de asistencia, identificaban que la prioridad era reconstruir la economía. Escuchemos a la gente y cómo quiere ser ayudada.

En medio de la catástrofe económica venezolana, en barrios y urbanizaciones, hay un instinto de sobrevivencia impulsando pequeños emprendimientos. Como la madre con tres hijos que arranca a hacer cachapas en Caracas o aquel que comenzó a moverse haciendo delivery. 

Acompañar, con una estrategia habilitadora, este impulso de la gente por superar la dependencia impuesta tras años de recesión, es una manera de rehabilitar con y para la dignidad la vida de miles de venezolanos. 

Pero primero es necesario despojarse de ese apego que nos está imponiendo desechar cualquier signo de esperanza, pues mascullar lo que ya no somos ni lo que no podemos alcanzar desalienta a todos los que están empezando el camino.

¿Qué tenemos que decirle a una niña de 15? ¿Qué le decimos al jubilado, al panadero, al que producía insumos industriales o a la que genera empleos haciendo tequeños? ¿Que nada de lo que hagan valdrá la pena porque ya no es como antes? 

No somos un país rico ni en recursos, ni en producción, ni en consumo. Y eso es tan cierto como que esto no es el fin.

Reconocer lo bueno de este tiempo, a las personas y su capacidad de inventiva para afrontar la adversidad, darle valor a ese conocimiento del ingenio popular, sistematizarlo, incentivarlo e integrarlo en circuitos económicos competitivos y justos, puede contribuir a dar los pasos para la vuelta de la independencia y la recuperación del valor del trabajo. 

Crear es un don que nos conecta con lo que nos hace definitivamente humanos: imaginar lo que es posible y trabajar para alcanzarlo. La ambición, como impulso para aspirar a lo mejor, es también un atributo que hace falta para superar aquello que nos oprime y nos reduce como personas y como nación. Así lo recogen desde las comunidades, gente de oído atento como Ingrimar y María Mercedes.  Y en ellas yo creo. 

Estimulemos la capacidad de crear una realidad que supere lo que hay y convirtamos la creatividad en un activo de la reconstrucción de la vida.

Aprendamos de nuestros niños y jóvenes a vivir con un ojo abierto y otro soñando. Mantengamos el corazón despierto, sin evadirnos, tanto del sufrimiento como de la alegría, porque de ese material intangible está también hecha nuestra historia.

Vamos. Que la vida sigue, con su terca y maravillosa insistencia.

Este texto forma parte del Dossier de opinión 2020 de Efecto Cocuyo, puede leer la publicación completa aquí.

Nirma Hernández Ramos es Consultora de Comunicaciones, Incidencia, Comunicación para el Desarrollo y Ayuda Humanitaria.

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