Una emergencia en medio de la pandemia del COVID-19 - Efecto Cocuyo

SALUD · 3 MAYO, 2020 10:45

Una emergencia en medio de la pandemia del COVID-19

Texto por Yamel Samantha Rincón | @yamelr

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Una emergencia dentro de la pandemia. Un profundo dolor en el abdomen despertó a la mamá de Samantha la madrugada del miércoles 22 de abril. Horas después aparecieron los incesantes vómitos, lo que activó todas las alarmas y temores de sus hijos. 

A las 7:30 am los hermanos Medina llamaron al cirujano Germán Millán. El médico atiende a la señora Sol desde que, en 2018, buscó retirarse la bolsa de colostomía con la que ahora vive tras el diagnóstico de cáncer de recto en 2012 .

Al escuchar los síntomas Millán, especialista en Vías Digestivas, indicó que no debía esperar un minuto más, que la llevaran a su consultorio en la Policlínica Metropolitana. Ahí la atendería su asistente.

En medio de la cuarentena por la pandemia del COVID-19 y la llegada de la escasez de gasolina a Caracas, Samantha y su hermano tuvieron que ubicar un taxi para trasladarse al centro de salud, ubicado en la urbanización Caurimare de El Cafetal.

A romper la alcancía

Fue evaluada y remitida a una emergencia para ser ingresada. Allí empezaron a sudar frío Samantha y su hermano mayor. ¿Alcanzarán los ahorros de su mamá para pagar lo que se venía? ¿Cuántos bolívares tenían disponibles fruto de todo el trabajo que ambos hacían sin descanso?, fueron algunas de las preguntas que se hicieron.

El presupuesto de la clínica fue de 159.224.616,03 bolívares, casi el total de los ahorros de su madre (unos 850 dólares en el mercado paralelo). El doctor indicó que solo al hospitalizar a Sol lograrían tener un diagnóstico claro de qué sucedía y cómo podría atenderse.

Un riesgo calculado

Una tomografía reveló que el dolor abdominal de Sol era por una eventración en su tracto digestivo, una hernia en la zona de incisión de una anterior cirugía sobre el abdomen, que puede ocurrir al poco tiempo de la intervención o pasados algunos años. 

El doctor Millán, con más de 45 años de experiencia, solicitó a la familia tomar un “riesgo calculado”. Pedía dejarla hospitalizada en emergencias hasta el día siguiente, para lograr desinflamar la hernia, destrancar el tracto digestivo y desbloquear el intestino para que pudieran regresar a su casa. Esto sumaba al presupuesto unos 50.000.000 bolívares más. 

¿A dónde corremos?

El jueves 23 de abril el doctor Millán conversó una vez más con los hermanos Medina. Les dijo estar al tanto de las dificultades económicas de la familia, pero les aseguraba que con un poco más de tiempo, se podía obtener un resultado positivo, para poder superar una emergencia.

Tanto Samantha como su hermano mayor, se vieron a los ojos. Se sentían “pegados del techo de la clínica”, podían sentirse caer de manera dolorosa.

Preguntaron al cirujano si él atendía en algún hospital; su respuesta fue negativa. Samantha, periodista desde hace casi 20 años, acudió a sus amigos, compañeros de trabajo, teléfonos de su libreta de producción, para consultar quién conocería a un jefe de servicio en el Hospital Universitario de Caracas (HUC), para ver si podrían ayudar con el ingreso de su mamá ese mismo día. Llevarla a casa era condenarla a morir.

Logró contactar al doctor Javier Cebrian, cirujano que salvó la vida de su madre y que en reiteradas ocasiones y había trabajado en el HUC. 

Este especialista se encuentra desde hace varios años en España, como muchos médicos que migraron de Venezuela por la precaria situación económica, política y social.

Samantha escribió un texto corto, acompañado de la más reciente foto del cumpleaños de su madre a la mensajería instantánea del cirujano y sintió cómo su corazón volvía a latir al leer la respuesta inmediata, así como las instrucciones de a quién debía buscar y cómo debía proceder.

Así que se preparó a realizar la producción más importante de su vida, localizó el número del cirujano que le indicó Cebrian. Llamó y sin demora alguna el médico le indicó que a lo único que podía comprometerse, era a darle resguardo y atención en la medida de las posibilidades que su lugar de trabajo le permitiera. Al día siguiente, evaluaría cómo podrían salvarle la vida de su mamá, una emergencia que esperaban superar.

Un clínico disminuido

El hospital, también conocido como Clínico Universitario, recibió a la debilitada señora Medina y a un agotado hijo mayor con una cordialidad que parecía ficción.

Cuando Samantha llegó al centro asistencial no salía de su asombro. Sintió fascinación y profunda tristeza al evidenciar lo que tantas veces escuchó de sus compañeros reporteros: Una joya arquitectónica y uno de los más completos hospitales del país, venido abajo por el abandono de sus responsables.

Yendo al encuentro con su madre, Samantha recorrió pasillos y escaleras del que fue uno de los centros de formación y atención de Venezuela, un hospital que llegó a ser una de las principales referencias de Latinoamérica, ahora destartalado, empequeñecido en sus recursos y capacidades. 

No había ascensores para los visitantes, ni agua en las habitaciones. Algunas  no tienen puertas ni ventanas. 

Sin darse por vencidos

Los estudiantes de postgrado del Servicio de Cirugía I no descansan. No cobran mucho, pero entraban en las habitaciones como si fueran los dueños del mundo. No dejaron de sonreír y de ser empáticos con sus pacientes, siguiendo el ejemplo de sus profesores, jefes del servicio.

El personal de enfermería no cuenta con el apoyo de un escuadrón de limpieza. Ni con los insumos necesarios para su trabajo.

No obstante, la señora Medina solo tuvo que buscar con sus familiares una ampolla de un calmante que no había en el centro asistencial. Toda su hidratación y antibióticos recetados fueron administrados por el hospital.

Los residentes admitieron, en voz baja, las suposiciones de Samantha y compañeros de trabajo: tienen insumos por las donaciones de organismos internacionales. De otra manera, seguirán ordenando a los familiares de los pacientes que buscaran todo fuera de las instalaciones.

Ayuda externa

Sol tuvo que hacerse un examen de Protombina y Tromboplastina parcial en un laboratorio externo. Samantha presenció cómo un paciente de la habitación compartida frente a la de su madre también tuvo que salir del hospital para hacerse unos Rayos X.

Dada la coyuntura por la llegada del coronavirus, las cirugías electivas fueron suspendidas. Cientos de pacientes quedaron esperando. 

La enfermera que cambió el frasco de antibióticos a Sol, aclaró que el Universitario no estaba recibiendo pacientes con síntomas de COVID-19. Los remiten a otros hospitales centinela.

Superar una emergencia dentro de otra

La noche que Samantha acompañó a su madre en su proceso de recuperación pudo escuchar como en el largo pasillo de Cirugía I transitaban camillas de una esquina a otra, pero luego todo quedaba en el más profundo silencio.

En el pabellón general, donde atienden a la mayoría de los pacientes, solo había un baño habilitado. Después de usarlo había que tomar agua de un enorme pipote verde, que era llenado poco a poco por una gota que salía de una tubería donde alguna vez hubo una ducha. 

Pese a todo, tanto ella como su madre estuvieron rodeadas de personas solidarias que siempre tuvieron un gesto de cortesía en el pasillo. Unos “buenos días” y “buenas noches” para compartir en medio de las angustias que se resumen en todas las habitaciones de clínicas y hospitales, por igual.

La señora Medina fue dada de alta al quinto día de haber salido casi sin fuerzas de su casa. Esa mañana le dieron la despedida dos perros callejeros que ingresaron al hospital y subieron hasta el quinto piso, buscando algo de comida. Llegaron sin temor alguno, recorrieron los pasillos hasta encontrar una esquina donde les pusieron restos de comida y un envase con agua.

La familia Medina superó una emergencia dentro de otra emergencia.