OPINIÓN · 11 AGOSTO, 2020 04:45

En dirección equivocada

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Antonio José Monagas

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“En el país, las políticas públicas terminan siendo compromisos convertidos en órdenes”

El aparato público venezolano se encuentra profundamente extraviado de lo que su misión establece. Muy a pesar de haber entrado a la tercera década del siglo XXI. El artículo 156 constitucional es categórico al referir las competencias del Poder Público Nacional. Tal es la crisis de la administración de gobierno, que este se halla en medio de un turbio y contaminado charco.

Los problemas que agobian al aludido aparato público venezolano son fundamentalmente estructurales. Además, afectados en su diversidad funcional y esparcidos por la geografía político-administrativa venezolana.

Aunque esta realidad pareciera suscribir el caos que su asincrónico, desarticulado y  descompuesto funcionamiento ha provocado, la situación derivada de dicho desbarajuste va más allá de un escueto diagnóstico. O de una azarosa declaración política.

En principio, debe confirmarse que por encima de incompatibilidades jurídicas, organizacionales y gerenciales, así como de coordinación, administración y de evaluación, está la incidencia directa que encierra la desidia del funcionario. Su actitud de displicencia o indolencia ha sido determinante en el desbarajuste que derivó en el caótico desarreglo del aparato público venezolano.

Pero no porque tan abrumadora situación haya tenido una fecha de inicio. Lo que sí detenta es un origen. Un antecedente que coincide con el surgimiento de la Venezuela urbana. Condición ésta animada por la irrupción de la Venezuela petrolera. Hecho éste ocurrido en los años veinte del siglo XX. Específicamente en diciembre de 1922. Fue cuando Venezuela dio a conocer su inmenso potencial petrolífero incitada por la explotación de petróleo. Desde entonces, convertido en fuente primordial de ingreso nacional. Asimismo, de cambio de conducta social, política y económica del venezolano.

Fueron tiempos de inicio de un populismo precario. Ahí comenzó a verse desplazado el sistema político dominado por el caudillismo propio de la Venezuela rural de entonces. Profundamente agrícola y pecuaria.

El hecho causado por un modelo político que posibilitaba  decisiones de gobierno capaces de encubrir actitudes prestadas a manejos impropios del aparato público, degeneró en gruesos problemas. Problemas que trabaron procesos de desarrollo a todos los niveles operativos del Estado venezolano.

Los años siguientes corrieron apegados a determinaciones que diferían de propuestas anunciadas en coyunturas político-electorales. Las realidades evidenciaban gruesas brechas entre el discurso y la praxis. Los procesos de desarrollo fueron rezagándose con excusas casi siempre achacadas a causas administrativas, financieras, operativas o político-partidistas.

La crisis venezolana en la transición

La década de los sesenta, trajo consigo el compromiso de lidiar con rémoras arrastradas por aquellas excusas. Por tanto, el país ganó algún espacio que permitió superar ciertas distancias señaladas por los planes de desarrollo de entonces. Sin embargo, su cumplimiento fue limitado dado el carácter normativo de esos planes. Aún cuando en rubros relacionados con educación, industrialización, infraestructura y vialidad, no pueden negarse resultados satisfactorios. Incluso, referidos por organismos internacionales dedicados a indagar los correspondientes procesos.

Pese a los esfuerzos para entonces llevados adelante, las políticas públicas pretendidas no adquirieron la formalidad institucional propia de su importancia. Tampoco, la consistencia que implica su elaboración, planificación y evaluación necesaria como puntales confiables de toda gestión de gobierno.

En Venezuela, las políticas públicas terminan siendo compromisos convertidos en órdenes emanadas a manera de dictados oficiales. Son generalizadas mediante mecanismos de poder administrados por despachos gubernamentales. O a través de cuerpos militares o policiales imprimiéndole un aire de coacción y represión.

La crisis de servicios públicos que derivó de la apatía gubernamental, ya en el curso de los primeros años del siglo XXI, copó las realidades venezolanas. Las tecnologías de información y comunicación necesarias para soportar las exigencias del desarrollo anunciado sin mayor fundamento por el populismo imperante, no traducían las necesidades de conciliar necesidades con recursos.

Esto provocó la crisis que sumió a Venezuela en un desvergonzado retraso de gestión de su administración de gobierno. Fue la crisis de sus estamentos e instancias gubernamentales. La crisis que envolvió conceptos y prácticas que marcaron los desvaríos que encauzaron al país en grado superlativo. Sus efectos alcanzaron un insólito nivel de intensidad que históricamente son casi incomparables con causales similares.

La relación entre institucionalidad gubernamental y la sociedad en su total exposición, se dio inversamente proporcional a la relación entre necesidades clamadas y los recursos a disposición de dichas exigencias. Tal vez, sea la razón que mejor explique la ligereza e inconstancia que trazó el país en su desviado discurrir. Y de los consiguientes análisis se supeditaron decisiones públicas que forzaron políticas asumidas como medidas de Estado.

En el fragor de tales precariedades, que además continúan asumiéndose entre recurrentes improvisaciones, acontece una crisis política, económica y social. Ahora complicada con una crisis de salud provocada por la pandemia del Covid-19.

He ahí el problema del cual da cuenta la actitud del funcionario. En todos sus rangos de autoridad. Esto ha sido el cauce para tener un país en los últimos lugares de los índices de gobernabilidad, transparencia y desarrollo económico y social.

En medio de tan profunda crisis, casi en grado de colapso total, es bastante difícil despejar las incógnitas que lucen como abrumadoras ecuaciones políticas y económicas. Ellas engrosan la interrogante de ¿hacia dónde va la administración pública en el marco de las actuales contingencias? Es casi inminente admitir o predecir que anda perdida. O sea… va en dirección equivocada.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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