Un Mundial sin fiesta
“En México, protestas sociales y conflictos internos han ocupado parte del espacio que pertenecería al fervor mundialista”

Por Luz Neira Parra*
La inauguración del Mundial de Fútbol 2026 este 11 de junio debería estar marcada por la emoción que históricamente acompaña al evento deportivo más importante del planeta. Sin embargo, la sensación predominante parece ser otra.
Por primera vez en la historia, una Copa del Mundo se disputa simultáneamente en tres países: Estados Unidos, México y Canadá. La magnitud organizativa del acontecimiento debería proyectar una imagen de integración continental y celebración global. Pero a pocos días del inicio del torneo, las noticias que rodean al Mundial hablan más de fronteras, conflictos y restricciones que de fútbol.
Tuve la oportunidad de vivir el Mundial de Brasil 2014. Aquel torneo desbordaba pasión, entusiasmo, alegría. Las ciudades anfitrionas respiraban fútbol. Había un ambiente de encuentro entre culturas, una sensación colectiva de fiesta que trascendía idiomas, nacionalidades y diferencias políticas. Doce años después, el contraste resulta inevitable.
En México, las protestas sociales y los conflictos internos han ocupado parte del espacio que normalmente pertenecería al fervor mundialista. En Estados Unidos, el debate migratorio, las restricciones de ingreso y las tensiones políticas se han convertido en protagonistas involuntarios del torneo.
El caso del árbitro somalí Omar Artan es especialmente revelador. Considerado uno de los mejores árbitros africanos y seleccionado por la FIFA para participar en la Copa del Mundo, fue excluido del torneo tras serle negada la entrada a Estados Unidos. Su ausencia no responde a una decisión deportiva sino a una decisión administrativa y migratoria. Es difícil imaginar una metáfora más contundente sobre los tiempos que vivimos.
La política en el terreno de juego
La situación de la selección de Irán también refleja cómo la política internacional ha irrumpido en el terreno de juego. Aunque los futbolistas recibieron autorización para competir, varios integrantes de la delegación no obtuvieron los permisos necesarios para ingresar a territorio estadounidense. El equipo se vio obligado a reorganizar su preparación y establecer su base de operaciones en México, mientras las tensiones derivadas del conflicto internacional continúan proyectándose sobre el campeonato.
Estos episodios no son simples anécdotas burocráticas. Son señales de una realidad más profunda. El Mundial siempre fue presentado como una celebración de la convivencia global, un espacio donde las diferencias nacionales quedaban temporalmente suspendidas por la pasión deportiva. Hoy ocurre lo contrario: las disputas políticas, las fronteras y los conflictos internacionales entran al torneo junto con los equipos.
Por supuesto, habrá grandes partidos, estadios llenos y millones de espectadores. El fútbol seguirá emocionando. Pero algo parece haber cambiado. Da la impresión de que el mundo contemporáneo carga un peso demasiado grande para que el deporte pueda aliviarlo por sí solo.
Las guerras, la polarización política, las crisis migratorias, la desconfianza entre naciones y las fracturas sociales acompañan al Mundial como una sombra permanente. Quizás por eso cuesta percibir el clima de fiesta que caracterizó a otras Copas del Mundo. El espectáculo está listo. Los jugadores están preparados. Los estadios abrirán sus puertas.
Pero el mundo llega cansado y por primera vez en mucho tiempo, ni siquiera el fútbol parece capaz de hacerlo olvidar.
*Profa de la Universidad del Zulia
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