Todas somos migrantes

“Las mujeres no migramos de la misma manera que los hombres porque tampoco cargamos las mismas responsabilidades”

Todas somos migrantes

Migrante es, para muchas personas, quien se fue. Solemos asociar la migración casi exclusivamente con quien cruza una frontera, llena una maleta, toma un avión o emprende una caminata con la esperanza de encontrar en otro país aquello que su lugar de origen ya no puede ofrecerle. 

Pero quizá necesitamos ampliar la palabra para entender mejor lo que nos está pasando hoy, porque también migramos cuando cambiamos de ciudad para encontrar trabajo o más seguridad, cuando abandonamos una profesión para sobrevivir, cuando una crisis nos obliga a aprender conocimientos que nunca imaginamos necesitar, cuando dejamos atrás una comunidad, una casa, una relación o una versión de nosotras mismas. Creo que todas somos siempre migrantes de algo.

Los terremotos que sacudieron Venezuela recientemente dejaron muerte, destrucción, desplazamiento y miles de personas buscando a sus familiares entre los escombros. Caracas y La Guaira dejaron de ser ese territorio conocido que damos por sentado y se convirtió en un lugar extraño, inseguro, lleno de edificios que ya no pueden ser habitados, familias que no saben dónde dormir y personas que caminan preguntando por alguien que no aparece. Esas también son formas de migrar.

Las madres que viven buscando a un hijo desaparecido por razones políticas son otra forma de migración todavía más dolorosa. Ellas conocen una forma de desplazamiento que no necesita pasaporte, ya que migran de una institución a otra, de una cárcel a un tribunal, de la esperanza a la resignación. Caminan buscando respuestas que el Estado no les proporciona. Preguntan por sus hijos, llevan fotografías, documentos y nombres, esperan llamadas, revisan listas, escuchan rumores y vuelven a empezar. 

Algunas han pasado meses o años recorriendo ese territorio de incertidumbre en el que no se puede elaborar plenamente ni el duelo ni la expectativa.

Hay una dimensión de género en todo esto que no podemos dejar en segundo plano

Las mujeres no migramos de la misma manera que los hombres porque tampoco cargamos las mismas responsabilidades, ni partimos de las mismas condiciones, ni dejamos atrás las mismas cosas. Muchas mujeres migran para cuidar, para trabajar en empleos precarios, para sostener económicamente a sus familias o para escapar de situaciones de violencia. 

Para muchas, migrar nunca significó simplemente irse. Significó dejar hijos al cuidado de otra madre, una hermana o una tía para poder conseguir el trabajo que permitiera pagar comida, medicinas, educación y vivienda. Esas abuelas que se quedaron cuidando nietos mientras sus hijas cruzaban una frontera también migraron, aunque no hayan tomado ningún avión. 

Ellas migraron hacia una maternidad distinta, hacia una responsabilidad que no les correspondía originalmente, hacia la espera. Y las hijas migraron hacia una maternidad a distancia, con la culpa, la nostalgia y la permanente sensación de estar fallándole a alguien, aunque precisamente se hayan ido para poder sostener.

La salud mental queda atrapada en medio de todas estas migraciones

Migrar es perder referencias, rutinas, vínculos, certezas y, muchas veces, identidad. El cerebro necesita tiempo para adaptarse a lo desconocido, pero las mujeres en crisis rara vez tienen ese tiempo. Hay que conseguir trabajo, matricular a los hijos, encontrar vivienda, resolver papeles, mandar dinero, cuidar a los que quedaron, responder mensajes, contener a los demás y seguir funcionando, aunque por dentro exista miedo, tristeza, culpa o agotamiento.

Por eso necesitamos dejar de romantizar la resiliencia. No todo sufrimiento nos hace más fuertes y no toda mujer que sigue adelante está bien. A veces seguir adelante significa simplemente haber aprendido a funcionar con una herida abierta.

Y aquí las redes de mujeres adquieren una importancia enorme

Las mujeres sabemos construir redes en condiciones en las que las instituciones fallan. Lo vimos después de los terremotos, en las vigilias de madres pidiendo liberar a sus presos políticos, en los grupos feministas buscando apoyo para las compañeras afectadas dentro y fuera del país. 

Pero esas redes no existen solamente para apagar incendios. También son infraestructura permanente de cuidado que se activa cuando una recomienda a otra para un trabajo, la que acompaña a la recién llegada a hacer sus trámites, la que escucha sin juzgar, la que conecta a alguien con apoyo psicológico, una que simplemente pregunta: ¿Cómo estás de verdad? ¿Qué necesitas?

Los terremotos nos recordaron brutalmente que también puede migrar el suelo que pisamos, que una ciudad puede volverse desconocida en cuestión de minutos y que aquello que considerábamos permanente puede desaparecer. Pero también nos mostraron que cuando todo se mueve, las personas pueden convertirse en el lugar seguro de otras personas.

Por eso, tal vez todas somos migrantes

Migrantes de país, de ciudad, de trabajo, de barrio, de comunidad, de profesión, de conocimientos, de relaciones y de certezas. Algunas cruzamos fronteras; otras cruzamos duelos. 

Algunas dejamos una casa; otras dejamos una vida entera. Algunas nos vamos buscando oportunidades y otras nos quedamos sosteniendo a quienes se fueron. Algunas buscamos a un hijo que no aparece. Otras buscamos sostén para una madre que quedó lejos. Algunas aprendemos a ser madres desde otro país y otras aprendemos a ser abuelas-madres porque nuestras hijas tuvieron que marcharse.

Todas estamos aprendiendo a vivir en territorios que cambian, seguras de que cada vez que la vida nos transforme, habrá otras mujeres dispuestas a sostenernos mientras encontramos nuevamente dónde poner los pies.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

De la misma autora: Encovi 2025: la feminización silenciosa de la crisis venezolana

Autor(a)

Psicóloga. Magister en Gerencia de Empresas. Coach Ontológico Empresarial. Directora Fundadora de feminismoinc.org Venezolana. Feminista. IG: @feminismoinc