“Tuvimos que irnos y no sabemos si volveremos”: maestras desplazadas por los dos terremotos
Docentes se han visto obligadas a migrar a otras ciudades e incluso países, debido a que sus hogares quedaron destruidos

Cuando la profesora Erianguad Mercado logró recuperar su línea telefónica y llamó a su hermana en Colombia supo que su familia en Luruaco, en el departamento del Atlántico, la daba por muerta. Todos creían que había fallecido en el doble terremoto del 24 de junio en Venezuela tras oír las noticias de que el complejo residencial OPPE 26 en La Guaira colapsó.
La docente logró dar fe de vida casi cuatro días después del desastre. De inmediato, sus parientes enviaron por ella y la ayudaron a trasladarse al Caribe colombiano.
“Todos estamos bien, gracias a Dios. Mi hermana en el momento que vio que estaba viva me dijo “No, no. Vente que aquí nos acomodamos como sea”, yo no lo pensé dos veces. Ella llamó a una prima que nos buscó desde Caracas el sábado en la tarde. Descansamos el domingo y el lunes fui al Saime a sacar nuestras cédulas, pero no pudimos. El martes en la noche viajé a Maracaibo, donde logré sacar la cédula de todos y de allí salimos por la frontera”, explicó Mercado a Efecto Cocuyo el 16 de agosto.
Antes del doblete sísmico que destrozó buena parte del litoral central venezolano, Erianguad vivía en el piso seis de la torre J del OPPE 26 con su madre y sus dos hijas, la primera de 21 años y la segunda de 12. También trabajaba como docente de ciencias en la Escuela Simón Bolívar de Caraballeda, adscrita a la red nacional de Fe y Alegría. Ahora están en Colombia y Mercado intenta encontrar un nuevo oficio para mantenerse. Todavía hay noches en las que siente un cosquilleo en la planta de los pies como si el suelo estuviese vibrando. El 10 de agosto se sorprendió al enterarse de que tembló de verdad. Ese día Colombia registró un movimiento telúrico de magnitud 7,4, aunque en Luruaco no se percibió de forma significativa.
“En las noches me pasaba mucho que sentía que volvía a estar en el apartamento en La Guaira y que ocurría el terremoto. Los días aquí han sido duros, a través de redes sociales suelo enterarme de las personas que ya no están. Pregunto por alguien y me dicen “Falleció”, entonces esa parte ha sido dura. Aunque no estoy allá, igual me duele. El viernes pasado sacaron a unos amigos que eran los que trabajaban en la cantina de Fe y Alegría. A pesar de que yo sabía que ellos habían quedado en el edificio, una vez que me dijeron que habían encontrado los cuerpos perdí el control”, contó la docente.
Su hija mayor está embarazada y Erianguad ya empezó a revisar las opciones laborales que tiene, puesto que el bebé nacerá dentro de veinte días y sabe que los gastos aumentarán. Entre sus prioridades no está regresar a Venezuela ahora mismo, a pesar de la cercanía del inicio del nuevo año escolar en septiembre de 2026.
“Nos tocó irnos por la situación y todavía no sé si volveremos. No te puedo decir si me voy a ir o me voy a quedar. Tengo unas primas que trabajan aquí en Barranquilla, ellas trabajan en casas de familia cuidando niños. Es la propuesta que tengo ahorita y lo voy a hacer mientras mi hija da a luz. Sé que ahora que nazca el bebé vienen gastos y no sé que otras cosas se puedan presentar”, dijo Mercado.
Representantes del movimiento de Fe y Alegría informaron el 5 de agosto en una rueda de prensa que varias maestras habían comenzado a desplazarse debido a que perdieron sus casas en Venezuela. Sin embargo, las mudanzas apresuradas de una ciudad a otra no responden unicamente al doble terremoto, sino también al deterioro del sistema educativo. Los bajos sueldos que cobran los profesores venezolanos les impiden tener ahorros sustanciales. Por esa razón, recuperarse económicamente de un desastre se vuelve cuesta arriba para aquellos que lo perdieron todo en pocos segundos.
Los días en Luruaco
El tiempo en Luruaco pasa lento y los días de Erianguad están llenos de recuerdos del doblete sísmico que le parecen demasiado recientes. Esas imágenes y sensaciones claras dan vuelta en su cabeza con frecuencia. Puede sentir el frío en la parte de atrás de la nuca y el miedo a morir entre los escombros del OPPE 26.
Si se concentra es capaz de revivir el momento en el que escapó del edificio: las escaleras destrozadas a mitad de camino, el impulso y la desconocida agilidad para saltar de un piso a otro con sus hijas, los muros cayendo a su alrededor mientras todo se sacudía violentamente, las personas tiradas en el suelo, los sobrevivientes con los rostros empapados de sangre. El 24 de junio salió de la edificación tapada con una delgada bata de baño y afuera encontró una ciudad derrumbada.
Cifras oficiales del Estado indican que hay 6.438 personas fallecidas en Venezuela por el doble sismo. A principios de agosto las autoridades informaron sobre la atención de 73.356 personas en centros de salud, el rescate de 6.462 y la evaluación de 53.314 inmuebles, de los cuales casi 10.000 están en alto riesgo.
Erianguad ya no tiene un hogar al cual volver, muchos de sus amigos y alumnos han fallecido. De hecho, el director de la Escuela Simón Bolívar de Caraballeda, Leonardo Suárez, reportó hace dos semanas que 30 de sus estudiantes murieron el 24 de junio. Mercado procura no pensar demasiado en el futuro, para evitar que la ansiedad la asfixie. Solo le queda vivir en el presente y ocuparse de lo que, por ahora, puede controlar. Se aferra sobre todo a su fe para afrontar sus pérdidas. Cuando piensa en volver a Venezuela, reflexiona sobre las condiciones del personal educativo y aplaza su decisión.
“Antes del terremoto yo estaba colapsada, porque sentía que lo que ganaba no nos alcanzaba y yo creo que mientras permanezca este gobierno vamos a seguir viviendo de la forma en la que lo estábamos haciendo. Sé que no va a haber calidad de vida para nosotros”, explicó Mercado.
Gremios venezolanos y organismos internacionales llevan más de una década denunciando que los ingresos del sector educativo resultan insuficientes para cubrir la canasta básica. El profesor Rafael Peña, director de la Escuela Técnica San José Obrero de Fe y Alegría, denunció el pasado 5 de agosto que un docente con 27 años de servicio percibe apenas 767 bolívares al mes (unos 0,9 dólares a la tasa oficial del BCV), un monto que no cubre ni siquiera el costo de traslado en transporte público, estimado en 190 bolívares por pasaje.
800 kilómetros de Petare a Zulia
La maestra Fabiola Rincón tiene las mismas dudas que Erianguad Mercado, solo que ella está en Zulia, a 800 kilómetros de Caracas, con su esposo y su hija de siete años. En el municipio Sucre, de la capital venezolana, su apartamento en el primer piso del edificio Teresa, El Llanito, quedó muy dañado. La familia Rincón durmió en cartones en la acera y en un centro comercial cercano durante unos tres días luego de los terremotos, hasta que la hermana de la docente envió a alguien a buscarlos desde Maracaibo.
Fabiola no pudo recuperar casi nada de su hogar y lo meditó mucho antes de subirse al auto que la llevó lejos. Pensó en que dejaba atrás 12 años de servicio, su trabajo en la Escuela Jesús Maestro de Fe y Alegría en Petare y también a los doctores de su niña, que sufre una cardiopatía que hay que monitorear constantemente.
“Fue muy difícil, dejar toda la vida de uno, el esfuerzo. Nosotros nos esforzamos mucho por tener nuestras cosas. Pero bueno, dándole gracias a Dios que estamos vivos. Cuando todo sucedió mi esposo y yo abrazamos a la niña y nos metimos debajo de una columna pensando que no íbamos a contarlo, en el piso se abrió un hueco que se veía al estacionamiento. Afortunadamente pudimos salir. Llegamos aquí al Zulia sin nada, solo con lo que teníamos puesto. Aquí la gente nos ha recibido muy bien, hubo muchas personas que nos donaron ropa y nos tendieron la mano”, contó Rincón.
Su hija tuvo una crisis asmática en cuanto pisaron suelo zuliano y tuvo que someterse a un tratamiento. Para agosto de 2026, Fabiola vive en casa de su hermana en Villa del Rosario, a una hora de Maracaibo. Duerme en un colchón en uno de los cuartos e intenta adaptarse al calor sofocante de la región. La niña recibe atención médica proporcionada por Cáritas.
“Mi hija tiene un problema auditivo bilateral y una prótesis auditiva. Tiene su cardiopatía, hace poco iba a ser operada de su corazoncito. También tiene un mosaico de Down y una discapacidad intelectual. La niña quedó muy traumada después del terremoto. Ella se expresa por señas y hay momentos en los que mira al techo y hace la seña de que se cae. Cuando escucha sonidos de lluvia y trueno también se asusta”, apuntó Rincón.
El esposo de Fabiola es chofer y consiguió un puesto temporal en una empresa, cuyo sueldo ayuda a las finanzas familiares. Cuando la incertidumbre se torna insoportable, la maestra llora, lo que suele pasar a menudo. Ha recibido terapias psicológicas que le han brindado cierto alivio, pero cuando revisa las redes sociales vuelve a descompensarse rápidamente.
“Todavía no sé qué hacer, no sé si volveré, porque no tengo a dónde llegar. Pero yo quisiera, por mi trabajo, porque mi hija estudia allá. Aquí en la Villa del Rosario no hay escuelas para ella. De hecho la llevé para una consulta que me consiguió la alcaldía de aquí, la vio un pediatra y me dijo que hay terapias del lenguaje disponible, pero ella necesita un profesor de lengua de señas y aquí no lo hay. Eso es lo que más me tiene preocupada”, señaló Fabiola.
Antes del terremoto la situación económica en casa no era tan buena. Para poder obtener otros ingresos aparte de su sueldo como maestra, Rincón aplicaba pestañas y realizaba servicios de manicura en su tiempo libre. Sin embargo, el sismo no solo la dejó sin vivienda, sino que borró de golpe la dinámica laboral con la que lograba subsistir. Todas sus clientas se quedaron en Caracas.
“Todavía no he pensado en lo que haré. Mi preocupación es mi hija. A veces no sé si irme, porque mi hija tiene que estudiar. Hay amistades que han ofrecido quedarme con ellos, pero no es lo mismo que estar en una casa propia. Ahora mismo no sé qué hacer”, expresó Rincón.
Los casos de Rincón y Mercado son solo el reflejo de una realidad que hoy permanece invisible tras la emergencia. Mientras los esfuerzos del gobierno se concentran la recolección de escombros, las educadoras desplazadas quedan en segundo plano, ya que actualmente no existen programas estatales de acompañamiento ni atención psicológica dirigidos a docentes afectados por el terremoto. Sin un techo seguro, con una crisis salarial agravada y sin contención para sanar el trauma de la pérdida, parte del gremio que ha sostenido el sector educativo venezolano enfrenta hoy su hora más oscura.
“Estoy muy agradecida con Fe y Alegría, porque hasta Maracaibo llegó gente de Caracas y nos trajeron una ayuda de víveres y aseo personal. Pero el Estado no nos toma en cuenta y la verdad es que no se puede olvidar de nuestras necesidades. Estamos pasando momentos muy difíciles y todo debe ser equitativo, nuestras vidas valen”, culminó Fabiola.
