El duelo entre carpas y escombros en Caraballeda: No me voy sin los cuerpos de mis hijas

El campo de golf de Caraballeda se transformó en un centro de atención para las víctimas de los terremotos

El campo de golf de Caraballeda se transformó en un centro de atención para las víctimas de los terremotos

En las carpas donde permanecen algunas de las personas que lograron sobrevivir a los derrumbes de los edificios de Caraballeda hay muchas mujeres. Es notable la presencia de madres, hermanas, hijas, nueras y esposas, más aún cuando al lado de las carpas hay herramientas de construcción en las que puede apreciarse el uso reciente. Son aproximadamente mil personas las que se desplazan por el campo de golf de Caraballeda, hoy convertido en un campamento de ayuda humanitaria tras el doblete sísmico que azotó a Venezuela el pasado 24 de junio.

Algunos van y vienen en busca de comida, medicamentos, atención médica, agua o colchones, pero quienes permanecen en las carpas son aquellos que esperan encontrar a sus familiares. “Estamos aquí porque quiero que me den a mis hijas; quiero tenerlas para enterrarlas”, dice una mujer de unos 50 años, cuya voz apenas se escucha entre el llanto y la impotencia. Le explico que soy periodista y le pregunto si desea contar su historia. Me responde que no quiere rememorar lo vivido; no desea aparecer en videos ni en fotos. Relatar lo ocurrido le cuesta mucho. No quiere dar su nombre ni acusar a nadie.

Sin embargo, continúa hablándome y compartiendo detalles de lo que le sucedió a su familia aquel día en el que su apartamento se desplomó en pocos segundos. “Estaba junto a mi esposo y la cama se partió en dos. Apenas me agarré de algo y vi cómo una columna había atravesado el cuerpo de mis hijas, que estaban en la habitación de al lado junto con su abuela. No quería irme de allí, pero mi hijo me jalaba y me decía: ‘vente, mamá’. Allí las dejé, sin poder hacer nada por ellas”, cuenta entre lágrimas.

Reitera que no quiere contar su historia ni recordar aquello y menciona que ya grabó un video hace días para que su familia en Colombia viniera a La Guaira a acompañarla. Y así lo hicieron: en una carpa contigua estaban sus padres y otros familiares. Otra de sus hijas la sostiene y una prima la escucha mientras contiene las ganas de llorar. “En la escuela siempre me bromeaban porque yo no soltaba a mis hijos; nunca los dejé, siempre andaba con ellas y ellos”.

Nunca se había separado de sus hijas y aquel 24 de junio debió dejarlas allí, en ese amasijo de cabillas y cemento. “Mi hijo me jaló y me salvó. Lo dejé sin piel porque él me pedía que me fuera con él y yo solo quería ir por mis hijas”. Vivía en el piso 10 de uno de los edificios de la OPP (me reservo los detalles para resguardar su identidad). “¿Cómo cree usted que alguien como yo pueda salvarse estando en un piso 10? Y aquí estoy, no sé por qué. Tengo otra hija y mis hijos varones, pero perdí a mis hijas y a mi suegra. Aquí estoy con este dolor”.

Entre el llanto contenido, me habla de su pena y de la culpa que siente por no estar allá intentando recuperar los cuerpos. Vuelve a pedirme disculpas porque no quiere fotos ni videos. Yo también le ofrezco disculpas y le digo que no importa, que puedo simplemente escucharla. Decido dejar de buscar la historia, el dato, el video o la imagen del rostro llorando que le parta el alma a quien la lea. Decido escucharla y poner mi mano sobre la suya para que sepa que la acompaño, aunque no sepa qué hacer; para que sienta mi solidaridad y sepa que respeto su dolor. Me cuenta que su esposo no está allí porque se encuentra en estado de shock y decidió refugiarse con sus familiares, pero ella no puede ausentarse de la carpa: quiere recuperar los cuerpos de sus hijas.

Vine por mi hija

En el recorrido por las carpas que están a la entrada del campo de Golf veo a un señor que llega de la calle y deja un morral y otras pertenencias en una tienda. Me sonríe. Me acerco para conocer su historia, me identifico y le pregunto si puedo entrevistarlo. Me cuenta que hace tres días regresó de Perú. “Vine para buscar a mi hija, que no aparece. Estuve 11 años fuera de Venezuela y vuelvo porque quiero verla”.

Apenas termina de decir esto, le consulto si puedo grabar su relato. Me responde que todo está “muy raro”, menciona que se llevaron a “El Topo” de La Guaira y que el gobierno desmiente lo que dice la gente. Por ello, afirma que no mostrará su rostro; lo conocen en la zona y, si decidió irse del país, fue porque no se sentía seguro. “Logré que mis hijos se fueran, pero ella no quiso; ella se quedó y ahora la estoy buscando”.

El señor tiene polvo en la cara y en su franela; viene de buscar entre los escombros de una de las torres de la OPP. Guardo el teléfono, tal como hice con la señora, y decido escucharlo. Compartimos un rato largo mientras explica que está allí con su familia, haciendo lo posible por encontrarla. 

Intenté buscar otras historias entre las mujeres que habitaban esas carpas, muchas de las cuales tenían palas, picos, cinceles y martillos a su lado, pero desistí rápidamente.

Sobrevivientes y familiares esperan en carpas en el campo de golf de Caraballeda

Sin fotos ni videos que mostrar

Eran historias extraordinarias que seguramente alcanzarían miles de visualizaciones y harían llorar a tanta gente que, como yo, consume a diario videos en Instagram y TikTok donde la tragedia es el común denominador: la vida perdida o la lucha contra los escombros en un relato que parece un cuento de terror. ¿Cuánto hemos llorado viendo todas las narraciones y vivencias que saltan ante nuestros ojos cada vez que abrimos una plataforma digital y hacemos scroll?

“Ya la gente no quiere leer estas historias, sino verlas en video”, me dice un amigo a quien le cuento esta experiencia. Quieren ver a la víctima frente a la cámara, sin filtros y sin la intermediación de un periodista que cuide algún detalle que pueda exponer más de lo necesario, agrega. Me pregunto si tendría sentido sumar una de estas historias al montón de videos que ruedan en las redes sociales de los medios, de los influencers o de las cuentas que viven del clic.

En el área de carpas, sentí el cansancio de las víctimas ante los “roba historias” que pasaban por allí y por los edificios desplomados en busca de selfies o algo de storytelling  para sus redes. 

Mientras hablaba con ellos, me preguntaba qué puedo hacer para salvarlos de su dolor, de su rabia o de su ausencia, y no encuentro respuestas.

Recuerdo la primera vez que fui a la morgue de Barquisimeto para reportear. No pude conseguir ninguna historia: apenas las madres daban testimonio de sus hijos asesinados, yo rompía a llorar. El fotógrafo que me acompañaba terminaba haciendo el trabajo que yo no lograba concluir. Supe desde ese momento que ser reportera demandaba un temple que yo no tenía.

También en el campo de golf pensaba en las veces que, siendo jefa de redacción, de información o directora, pedía a los reporteros que trajeran historias grabadas, audios o videos para armar galerías o podcasts. Pero en este momento no podía hacer nada de eso, mucho menos irrespetar el espacio de esas víctimas que preferían el anonimato, sin rostros ni identidad. Ni siquiera podían decir que eran propietarias de esas viviendas que sentían como suyas, pues el Estado nunca les otorgó la titularidad, y hoy ya no existen.

A pocos metros de la carpa, vi a una periodista de un medio internacional reconocido entrevistando a una mujer con un niño pequeño. No le preguntó si podía contar su historia ni pidió permiso para tomar fotos; simplemente se sentó frente a la carpa y comenzó a grabarla mientras la interrogaban. ¿Cómo es que yo no puedo hacer eso?

Abandoné el campo de golf con un nudo en la garganta y muchas ganas de llorar. Hay colegas que hacen un trabajo maravilloso y trabajan con ética, manteniendo un trato respetuoso y cuidando la vulnerabilidad de las personas en estos momentos. Hacer periodismo en medio de una tragedia es un reto. 

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