¡Diles que no me maten! - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 2 FEBRERO, 2019 04:20

¡Diles que no me maten!

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Eritza Liendo

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-Dile al sargento que te deje ver al coronel. Y cuéntale lo viejo que estoy. Lo poco que valgo. ¿Qué ganancia sacará con matarme? Ninguna ganancia. Al fin y al cabo, él debe tener un alma. Dile que lo haga por la bendita salvación de su alma.
Juan Rulfo, Diles que no me maten (1953).

Corren los días que corren en la Venezuela de hoy. Días en los que corren muchos venezolanos. Aprietan el paso tras la salud, tras la comida, tras un precio (todavía) justo. Muchos corren por su vida… Huyen ataviados con una franela que reza (y ruega) ¡ Diles que no me maten ! Corren días de ruptura del hilo rutinario: ya nadie amanece ni anochece igual porque la incertidumbre pesa más que nunca y duele más que siempre.

El rigor de la censura y el apremio de la autocensura obligan a que nadie sepa a qué atenerse. Cuanto debería ser noticia se maneja hoy con el celo del secreto sumarial, y las redes sociales terminan siendo el último reducto de la información. Las vocerías de todo tipo –calificadas o no– se atribuyen el monopolio de la razón, y le toca a cada quien hacer la necesaria triangulación de datos para obtener algo en claro. Corresponde a cada quien la ardua labor de cooperar con los textos para llegarle con más o menos acierto a la estructura profunda de los mensajes.

Falso positivo

Una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones. La frase, que ha tenido algunas modificaciones a través del tiempo, la acuñó en el siglo XVIII el filósofo escocés Thomas Reid. Con el significado que se le atribuye en los tiempos actuales, viene muy a cuento a propósito de la ristra de sucesos que marcó el primer mes de este 2019.

El pasado 13 de enero, en momentos en que se dirigía a un cabildo abierto en el estado Vargas, Juan Guaidó fue detenido por un grupo comando del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional). Se trata, en rigor, de un organismo de inteligencia y contra-inteligencia interior y exterior de Venezuela, que responde directamente a la Vicepresidencia de la República Bolivariana de Venezuela.

Lo que fue considerado como un secuestro del Presidente de la Asamblea Nacional –y que fue calificado por el Gobierno como un show mediático– duró tan poco que, de hecho, Guaidó pudo llegar oportunamente a La Guaira para participar en el encuentro con la comunidad del litoral. Igualmente rápida fue la explicación suministrada por el titular de Información y Comunicación, el psiquiatra Jorge Rodríguez.

Jueces y parte

Antes de que se cumpliera el tiempo mínimo para la investigación de un hecho de esta naturaleza, Rodríguez –en cadena nacional– aclaró de manera enfática que se trataba de un falso positivo, que la del Sebin había sido una actuación espontánea, que motu proprio decidieron privar de su libertad a quien, horas antes, había declarado usurpador a Nicolás Maduro y que, por consecuencia, se apegaba a los artículos  233, 333 y 350 de la Constitución de 1999 para restituir precisamente el orden constitucional.

Por ese gesto espontáneo, rodó la cabeza del primer comisario Hildemaro José Rodríguez Mucura, expuesto públicamente hasta con su número de cédula y su número de credencial. En ese momento, el hoy Presidente (E) concluyó que se había roto la cadena de mando.

Etiquetas

De cara al 10 de enero, fecha en que se juramentaría Nicolás Maduro para un nuevo período gubernamental, Venezuela amaneció cubierta de pendones con el hashtag #YosoyPresidente. Esa etiqueta estaba en centenares de pendones, pero en el ánimo de mucha gente –dentro y fuera del país– se tatuó una muy distinta: la de usurpador. Lo cual generó una fuerte presión endógena y exógena para que Juan Guaidó terminara de asumir las competencias del Ejecutivo, según lo previsto en 3 artículos de la Carta Magna.

Ante la inminencia de algo que ya lucía como hecho consumado (la juramentación de Guaidó como Presidente interino), Caracas llegó al lunes 21 de enero con el alzamiento  de 24 efectivos del comando de la Guardia Nacional ubicado en Cotiza: se sumaron al desconocimiento de Maduro como Primer Mandatario, y –a partir de ese momento– se desató una oleada de protestas concentradas en el oeste de Caracas (San José, Catia, 23 de Enero, San Bernardino, etc). Ya no se podía etiquetar aquello como un berrinche cacerolero de la derecha enclavada en Altamira. Habría que usar otro hashtag.

Saldo rojo

Las consecuencias de esa protesta ya se contabilizan en decenas de muertos y centenares de detenidos, de desaparecidos y de torturados, a lo cual se suma el dramatismo inédito de niños y de adolescentes presentados ante tribunales sólo por reclamar pacíficamente su derecho a una vida mejor. Uno se pregunta ¿qué pasó con la Lopna?

Esta situación, como era de esperarse, activó el diligente oficio de organizaciones no gubernamentales como Provea, el Observatorio Venezolano de Violencia, el Foro Penal y la Coalición por los Derechos Humanos y la Democracia. Incluso Caritas de Venezuela publicó un comunicado en el que le recuerda al Alto Mando Militar y a todos los organismos de seguridad que la violación de los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad no prescriben y que la responsabilidad penal es personal y no se justifica por la obediencia a órdenes superiores.

La mano que mece la cuna

De cara a las innumerables denuncias que hoy recaen sobre la Guardia Nacional y el FAES, como responsables directos de la escalada de violencia –in crescendo desde el 21 de enero– surge la pregunta acerca de quién está dando esas órdenes. ¿Es, acaso, el FAES un ente autónomo que administra la violencia a discreción?

Frente a la censura y a la autocensura de los medios tradicionales, las redes sociales se han vuelto la alternativa más confiable para quienes, de otro modo, no tienen acceso a la información, a no ser que cuenten con los diferentes portales web comprometidos con la noticia.

No obstante, hay que tener mesura y sindéresis pues no es oro todo lo que reluce. Se postean fotos, sí. Se comparten audios y videos, sí.  A todo ese material se le atribuye el carácter testimonial de la evidencia, pero la verdad verdadera está en el seno de cada familia rota por la violencia. En cada acera llena de sangre y cada niña indígena imputada por cargos de terrorismo. En cada herida y corona de cada sepelio.

Dolor inocultable

Esa desolación no la puede maquillar nadie… Hoy se escucha en las barriadas de Caracas y del interior el mismo clamor de aquellas madres cuyos inocentes hijos fueron aniquilados por Herodes, el Grande… Qué fácil se pasó de la Chamba Juvenil a la Matanza Juvenil… ¿Cómo puede un niño de once años tumbar un gobierno? ¿Qué piensa un funcionario cuando jala el gatillo? Sobre todo, qué piensa el miembro de un cuerpo de seguridad cuyo fundamento de origen es, en teoría,  disparar cuando se ve en la imperiosa necesidad o para repeler una acción ilegítima… como ilegítimos parecen haberse vuelto en Venezuela el derecho a disentir, el deber moral de protestar y la necesidad imperiosa de exigir justicia.

Frente a todo lo irregular, la ponderación y el ojo crítico son importantes. Sobre todo tomando en cuenta que cualquiera, por mediocre que sea, con el suficiente ingenio y la necesaria maldad es capaz de forjar una foto, un audio o un video y compartirlo como si fuera cosa cierta. Ser ponderado y ser crítico pasa por preguntarse, ante cada denuncia de ajusticiamiento, quién dio la orden; de quién es la mano que mece la cuna. Mientras tanto, salgamos a la calle con una franela en la que se lea “ Diles que no me maten ”.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

 

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