OPINIÓN · 12 AGOSTO, 2022 05:24

Del discurso a la realidad

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Antonio José Monagas

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La demagogia sirve para seducir masas. Concretamente, prometiendo cometidos que casi siempre terminan en nada. La demagogia se traduce en pretensiones que superan limitaciones de todo tipo. Por eso, de ella se valen muchos políticos sin más motivos que los que encubre un discurso amañado y malicioso.

De ahí se prende el populismo para hacer de las suyas. Una vez que el líder populista enganche con la población, se permite abusar de la confianza que le ha sido conferida por sus partidarios. Acá, es donde esta disertación desea escarbar, pues del populismo se dice que es la reducción al absurdo de cuantas expectativas caben en palabras como “libertad”, “justicia” e “igualdad”. Términos estos que lucen repetidos en textos constitucionales. 

El discurso del presidente debutante (colombiano), por ejemplo, estuvo cargado de frases rimbombantes que luego de ser lanzadas al viento mediático, seguramente irán a comportarse cuales pompas de jabón al momento de romperse.

El riesgo que corre el populismo toda vez que se esparce en forma de palabras, de hueca sonoridad, es convertirse en factores de repartición de miserias. Y eso ocurre, casi desde el mismo instante en que el populismo irrumpe como discurso, ya que inspira expectativas que terminan transformándose en rollizas fantasías. Incapaces de construir realidades.

Cabe averiguar un tanto las causas del populismo. Así podría advertirse que sus huellas se consiguen en el camino que toma la política al desviarse de la ruta que su teoría plantea. Algunas señales de populismo, no están lejos de problemas incitados por el fanatismo que resulta del apasionamiento desmedido de cualquier ejercicio de vida en común.

Entre estos problemas, destaca la impaciencia, el sarcasmo, la violencia y el sectarismo. Cualquiera de estas actitudes, siembran rasgos que terminan haciendo del “activista, operador o dirigente político”, un nuevo populista.

Así que del discurso del presidente debutante, recientemente ofrecido por razones del acto de imposición de la banda presidencial, pueden extraerse frases como las siguientes. Frases que se tornan más figurativas que operativas. Entre otras, “desde hoy empezaremos a trabajar para que más imposibles sean posibles en Colombia (…)”. “No podemos seguir en el país de la muerte. Tenemos que construir el país de la vida. Y trabajaremos de manera incansable para llevar paz y tranquilidad a cada hogar en Colombia. Este es el gobierno de la vida, de la paz. Y así será recordado”.

Aunque la intención de esta disertación no es agorera, ni tampoco fatídico, hay realidades que no pueden desconocerse. Para eso, justo es la historia. Pero en política debe saberse “quién es quien”. Especialmente cuando las realidades buscan ser urdidas por el populismo. Y el populismo como expresión de poder “es una conspiración permanente”. Así lo refería Honoré de Balzac, novelista francés del siglo XIX.

No es nada nuevo que del populismo se hable con tan angustiante desafuero. Porque en el fondo del populismo, particularmente del salpicado y manchado por el “socialismo del siglo XXI” se consiguen razones que revelan que actúa como una incubadora de corrupción. Que se ayuda del autoritarismo en tanto sus pretensiones y necedades lo exigen.

No es mentira pues que este populismo, de nuevo cuño, se sirve de una narrativa cautivadora para empoderarse y saquear en nombre del pueblo. O de tantos adjetivos que incitan una prosperidad, pero falsa. Igualmente, se reviste de un disfrazado desarrollo económico y social. Por eso, este populismo demagógico y socialista necesita tanto del hecho de “reproducir” la pobreza.

Este estilo de hacer política, mediante el ejercicio de gobierno, lleva a reconocer que ciertamente el demagogo se vale de las más floridas excusas para facilitarse el salto que lo coloque en un sitial donde los ilusos le sirvan de mampara contra cualquier ofensiva del sistema democrático. Podía decirse que es el diferencial político, social y económico que traza la distancia que recorre el ejercicio de la política al brincar del discurso a la realidad.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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De ahí se prende el populismo para hacer de las suyas. Una vez que el líder populista enganche con la población, se permite abusar de la confianza que le ha sido conferida por sus partidarios. Acá, es donde esta disertación desea escarbar, pues del populismo se dice que es la reducción al absurdo de cuantas expectativas caben en palabras como “libertad”, “justicia” e “igualdad”. Términos estos que lucen repetidos en textos constitucionales. 

El discurso del presidente debutante (colombiano), por ejemplo, estuvo cargado de frases rimbombantes que luego de ser lanzadas al viento mediático, seguramente irán a comportarse cuales pompas de jabón al momento de romperse.

El riesgo que corre el populismo toda vez que se esparce en forma de palabras, de hueca sonoridad, es convertirse en factores de repartición de miserias. Y eso ocurre, casi desde el mismo instante en que el populismo irrumpe como discurso, ya que inspira expectativas que terminan transformándose en rollizas fantasías. Incapaces de construir realidades.

Cabe averiguar un tanto las causas del populismo. Así podría advertirse que sus huellas se consiguen en el camino que toma la política al desviarse de la ruta que su teoría plantea. Algunas señales de populismo, no están lejos de problemas incitados por el fanatismo que resulta del apasionamiento desmedido de cualquier ejercicio de vida en común.

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Aunque la intención de esta disertación no es agorera, ni tampoco fatídico, hay realidades que no pueden desconocerse. Para eso, justo es la historia. Pero en política debe saberse “quién es quien”. Especialmente cuando las realidades buscan ser urdidas por el populismo. Y el populismo como expresión de poder “es una conspiración permanente”. Así lo refería Honoré de Balzac, novelista francés del siglo XIX.

No es nada nuevo que del populismo se hable con tan angustiante desafuero. Porque en el fondo del populismo, particularmente del salpicado y manchado por el “socialismo del siglo XXI” se consiguen razones que revelan que actúa como una incubadora de corrupción. Que se ayuda del autoritarismo en tanto sus pretensiones y necedades lo exigen.

No es mentira pues que este populismo, de nuevo cuño, se sirve de una narrativa cautivadora para empoderarse y saquear en nombre del pueblo. O de tantos adjetivos que incitan una prosperidad, pero falsa. Igualmente, se reviste de un disfrazado desarrollo económico y social. Por eso, este populismo demagógico y socialista necesita tanto del hecho de “reproducir” la pobreza.

Este estilo de hacer política, mediante el ejercicio de gobierno, lleva a reconocer que ciertamente el demagogo se vale de las más floridas excusas para facilitarse el salto que lo coloque en un sitial donde los ilusos le sirvan de mampara contra cualquier ofensiva del sistema democrático. Podía decirse que es el diferencial político, social y económico que traza la distancia que recorre el ejercicio de la política al brincar del discurso a la realidad.

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