Venezolanos, haitianos y cubanos comparten ruta por el Río Grande para entrar a EE.UU.

LA HUMANIDAD · 4 JULIO, 2021 12:30

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Luz Mely Reyes | @LuzMelyReyes

Foto por Iván E. Reyes | @IvanEReyes

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Venezolanos, pero también cubanos, pero también haitianos.

Entonces, un hombre, llanero, de 56 años, se le quiebra la voz, mientras revela que se siente en shock.  Te dice que si su historia  puede ser complicada, la de sus compañeros de celda,  “los aseres”  es peor. Entonces,  los cubanos, que matizan con chistes una travesía por 16 países para llegar a Estados Unidos, te dicen que la historia de los haitianos es aún más complicada; entonces la chica de Puerto Príncipe que viajó desde Chile por tierra  para ingresar  por el Río Grande a EE.UU. te dice que se marchó del país austral- “a donde llegué legal y por avión”-  porque allá no los quieren a ellos, a los negros. 

¡Buuum!

En la población Del Río, en Texas, en la frontera con México, grupos de haitianos, venezolanos y cubanos comparten rutas, angustias y sueños. Cada uno llegó por vías distintas, pero coincidieron en Ciudad Acuña para desde allí pasar a la otra orilla.

Según las estadísticas de la patrulla fronteriza, (CBP por sus siglas en inglés) en ocho meses, contando desde octubre de 2020, año fiscal,  el flujo de venezolanos en el sector Del Río aumento siete veces, el de haitianos tres veces y el de  cubanos siete veces; en comparación con los 12 meses anteriores. En los totales de ingresos por la frontera sur, Del Río encabeza las cifras. 

Haitianos y venezolanos viajan mayoritariamente en familia, mientras que los cubanos lo hacen mayoritariamente solos, de acuerdo con los datos de CBP.

Es mi noveno día en esta ciudad fronteriza en Texas que se ha convertido en la puerta de entrada de miles de venezolanos a E.E.U.U en el primer semestre de 2021. Los días fueron haciendo una rutina: acercarse a los puntos por donde ingresan luego de pasar el río, ir a la parada de buses- en una estación de servicio donde dos veces al día parten unidades  a San Antonio, Texas- a tres horas de distancia- que se van llenos de migrantes; ver si alguno ha sido liberado.

Del otro lado de la orilla está Ciudad Acuña,  que cuenta con más de 300 mil habitantes y que alguna vez fue un centro de crecimiento de la industria maquiladora. Autoridades y conocedores de esta población, coinciden en suponer que el hecho de que la ciudad tiene una relativa seguridad- sólo funciona un cartel de drogas- genera condiciones favorables para ser el centro de reunión de los migrantes venezolanos.

Aunque cada caso es distinto,  la mayoría sólo permanece en Del Río lo necesario, según explica su alcalde Bruno Lozano. Sin embargo, advierte que la ciudad no tiene recursos para atender la contingencia. 

La espera 

Al entrar a la tienda de conveniencia de la estación de servicio- donde una veintena esperan por el bus hacia una nueva vida- un  hombre  me saludó efusivamente. Al reconocerlo, me alegré.

Lo vi pasar por el río el jueves anterior, el 10 de junio. En aquel momento le pregunté cómo había sido su viaje. ” Es una larga historia” respondió, sin poder hablar. Apretaba un bolso con los dos brazos, hacia su pecho. Como si en él tuviese toda su vida.   

En este local se reúnen diariamente migrantes que entraron por pasos no autorizados desde las riberas  del Río Grande.  Luego de ser procesados en centros de la policía migratoria, ICE, ( siglas en inglés)  ya han sido autorizados a seguir viaje por Estados Unidos.  Para el  momento en el que los encuentro algunos han pasado ocho días detenidos en un centro del ICE. Iniciarán otros recorridos, entre ellos el legal, que les puede llevar al menos un año. 

Este jueves, 17 de junio,   en las ocho mesas de la zona de la cafetería cada grupo agarró un espacio. Los haitianos eran dos hombres y dos mujeres ( una de ellas embarazada). Se sentaron  al fondo, cerca del televisor y de los refrigeradores;  los cubanos eran cuatro hombres y una mujer,  se ubicaron en  las dos mesas delanteras cercanas a las máquinas de café.  Junto a ellos se sentaron tres venezolanos, una joven marabina de 22 años, cuyo esposo aun estaba recluido en un centro de la policpia migratoria; un joven de 29 años, oriundo de Maracay, cuya novia- con su visa- ya estaba en Orlando, Florida, y Antonio, el hombre que me saludó.  Tienen en común que entraron por pasos no autorizados  a EE.UU. y que estuvieron  varios días detenidos en una instalación de la policía migratoria. Allí se conocieron e hicieron amistad.

¡De repente! 

¡Pum…!

¡Plaf! 

Un pajarillo se estrelló contra el vidrio de la tienda.  El ruido que hizo al chocar enmudeció  por unos minutos el bla, bla, bla de  acentos venezolanos, cubanos y haitianos.

La  cubana,  una chica de de 28 años,  vivaz y resteada, salió corriendo a recoger a la avecilla que estaba desfallecida en el suelo.

Andrés, un joven venezolano que  cruzó tres ríos por la zona controlada por los coyotes, no quería ver. ¡”Ay no!  ¡ No puedo con esa angustia!”

La chica  agarró al bojotico de plumas.  Lucía sin vida.  Pero ella le dio  agua. Antonio, el  llanero venezolano, lo tomó y lo calentó. Lo puso en una pila de botellas de plástico. Ella,   como si fuera experta en revivir aves moribundas, o con la calma que da haber caminado por el tapón del Darién en su ruta a EE.UU.  o estar  “brinca, brinca, brinca”  por 16 países en dos años y medio, dijo: vamo espera que repose y  se le pase el susto.

Así lo hicieron. El  gorrión  estuvo un rato descansando. Se fue recuperando del desfallecimiento. Respiraba con agitación, con el pico entreabierto. Luego  se fue volando. 

Ciudadanos haitianos ingresan a población texana Del Rio

 

“De 18 venezolanos que salimos, sólo llegamos tres”

Antonio  empezó a hablar con una voz ronca y lejana, que luego se le escondió. Mientras se secaba unas lágrimas,  decía que estaba feliz, que le había costado mucho llegar a la frontera.

— Si quiere puede contarme, vamos a tener algo de tiempo hasta que llegue el autobús, le dije.

“Soy Antonio Rojas, soy venezolano, de 56 años de edad…” 

“Le doy gracias a Dios porque estoy acá”.  Suspira. “Pero espero que todo mejore en mi país para regresar”. 

Antonio inició su viaje el 12 de mayo de 2021. Antes de eso, asegura tuvo que tomar previsiones en su ciudad natal, en el estado Guárico, porque era blanco de acoso por su activismo político. Hizo tres intentos para llegar a Ciudad Acuña. “En este último viaje, de 18 personas que salimos de Venezuela, sólo llegamos tres”, dice.  

Los dos intentos anteriores “nos rebotaron” en Cancún, cuenta. Finalmente, decidieron ir a Cúcuta y de Colombia volaron a Ciudad de México. Al llegar tomaron un vuelo a Monterrey. Apenas descendieron de la aeronave,  los detuvieron. 

Pasamos 14 días presos en un centro migratorio en Guadalupe (Nuevo León)”. Asegura que estuvo detenido con 80 personas más y que sólo lograron salir porque hubo la intervención de organizaciones humanitarias. 

Una vez liberados tomaron un autobús desde Monterrey hasta Ciudad Acuña.

“En el terminal nos quedamos todos asustados porque había muchas alcabalas. A varios no los dejaron pasar.”  Allí descansaron en una casa- él afirma que pidieron apoyo a una señora-  quien les señaló más o menos cual era la ruta al río. “ Lo ubicamos con el GPS de mi teléfono. Tomamos un taxi, que nos dejó cerca y allí al ver el río corrimos como locos  hasta llegar a la otra orilla”. 

Fue en esa orilla que lo vi por primera vez. 

Venezolanos que ingresan a EEUU en la zona Del Río

En este grupo está Antonio Rojas. Lleva una gorra tipo sombrero. Foto Ivan E. Reyes 

Esta segunda vez, lo acaban de liberar. Lo llevaron a una iglesia donde logró bañarse por segunda vez en ocho días, se rasuró, comió un refrigero  y  llamó por primera a vez su esposa, quien está en Miami.

Tiene ganas de tomar sopa, pero de rabo.  Lo último criollo que comió desde su salida de Venezuela fue un típico sándwich de pernil. 

Sostiene un sobre amarillo, con los documentos que le dieron para que inicie su proceso legal en Estados Unidos. Durante los días que pasó detenido en un centro del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE  trabó amistad con los “aseres”. Allí  compartía una celda con 102 personas. “Era como una jaula, dormimos en el piso, pero pude tomar mis medicamentos”. 

Relata que horas antes de ser liberado, “esta mañanita”,  escuchó en el centro de reclusión los gritos de una mujer haitiana, que estaba embarazada. “Yo creo que estaba a punto de parir. Bueno, si es que hasta uno que es hombre se siente a punto de parir allí”.  

Venezolanos y cubanos traban amistad

Los aseres

Así los bautizaron en el Darién.

— “Abuelo, abuelo  ahí vienen los aseres”, dijo uno de los nietos.  Los cubanos son cuatro, pero solo dos hablan abiertamente.  Alenis que es contadora y Michel, capitán de altura, que nunca se ha subido a un barco, luego de su graduación. 

Ambos hacen una especie de dueto. Unos niños indígenas los llamaron aseres y así se presentan. Cubanos y haitianos,  a diferencia de la mayoría de los venezolanos,  hacen la ruta por vía terrestre. Luego de pasar por Ecuador y y Colombia, recalaron donde “El abuelo”, quien les ayudó en uno de los cruces del río en la selva panameña.

— Yo me eché cuatro días caminando por la selva, dice ella

— Yo no caminé tanto como tú porque agarré la lancha, pero caminé cerca de 200 kilómetros desde la playa hasta la casa del abuelo, dice él.

— Y yo no sé nadar. Me pasé esos cuatro días de aquí pa’lla, de allá pa’ cá.

— Yo sólo sabía que debía cumplir mi propósito

— Yo aún no creo que estoy aquí

Ambos volaron hace unos años de Cuba a  Guyana, que es uno de los países que no les pide visado. 

Aileni viajó de Guyana a Buenos Aires, por tierra. Estuvo dos años y cuatro meses en la capital argentina. Hasta allá fue a encontrarse con su esposo.  Sus dos hijos, una niña de cuatro años y un preadolescente viven en Cuba con la abuela y los tíos.. 

Michel probó suerte en Chile. 

Hace unos meses empezaron a subir hacia el norte. Y coincidieron en la zona del Darién.  Desde allí ha sido andar en buses y a pie, pasando  las distintas fronteras hasta llegar a Ciudad Acuña donde cruzaron a Del Río. El esposo de Aileni hizo el viaje con ella y aún no había sido liberado. 

“Estoy feliz por un lado, pero preocupada por el otro. Yo solo estaré tranquila cuando él llame y diga ya estoy libre”. 

Hablan, cuentan, ríen.

“Mira, yo no voto aquí, pero si me hubieran pedido votar lo hubiera hecho por Biden“.

” Es gracias a él que estamos aquí”, coinciden los dos. Refieren que aunque en años anteriores los cubanos tenían facilidades para establecerse en EE.UU, la política migratoria de Donald Trump dificultó el ingreso. Ante la experiencia de otros paisanos, cada uno fue postergando el viaje, que se retrasó más por la pandemia del coronavirus.

Aileni cuenta que desde un principio quiso venir a Estados Unidos, pero no tenía el dinero. Lo ahorró en Argentina. Su esposo dudaba de hacer este nuevo viaje por los peligros a los que podrían enfrentarse. Ella le dijo: yo no tengo miedo. Si no vienes conmigo, igual me voy a ir. 

“Yo soy bien lanzada, eso sí a mis hijos nunca los iba a arriesgar”.

El tiempo se les va de mesa en mesa, quieren comprar una línea telefónica y prueban el telecajero. A Michel le funciona su tarjeta de débito chilena. 

Ya se acerca el momento en que deberán partir. Me acerco  al grupo de haitianos. Los saludo y les digo en un reducido francés que quiero hablar con ellos.  Me ven con recelo. Pero, Anoouk está sonriendo. Le pregunto si habla español y responde afirmativamente.  Al igual que varios otros haitianos con quienes he topado en estos días en Del Río, ella hizo una primera migración a Chile.

 “Por avión, legal. Aquí ilegal, pero en Chile no”, enfatiza. 

Al oírla no puedo dejar de pensar en que la diáspora haitiana es una de las más invisibilidad del continente.

En esta ciudad fronteriza los he visto entrar en grupos en los que suele haber mujeres embarazadas y niños. En uno de esos encuentros había un “paisano”  con un cuatro- instrumento musical venezolano- que me dijo en una breve conversación a gritos- porque estaba ya bajo custodia- que había vivido en Venezuela, y su hijo, un niño de unos 10 años nació en Caracas. 

Annouk  no ve claro su futuro.  Quiere trabajar en Nueva York y una vida nueva.

De repente, un nuevo grito, pero esta vez de alegría advierte a todos.

” Llegó el bus, llegó el bus”.

Va saliendo uno a uno con los pocos pertrechos que cargan. Esta unidad que viaja hacia San Antonio es de unos 70 puestos. Más grandes que otras que he visto en estos días en esa misma ruta. Suben y empiezan a despedirse.

Aún faltan miles de kilómetros para llegar a casa de algún familiar. Antonio llegó esa noche a Houston y durmió en el aeropuerto. En la mañana tomó un vuelo a Miami.

Lo primero que comió después de 24 horas sin ingerir alimentos  fue una sopa de rabo.

El martes 6 de julio le toca presentarse ante un juez para iniciar la regularización. Confía en que todo irá bien. Sin embargo, no deja de pensar en otros compañeros que siguen detenidos en algunos centros de la policía migratoria.