Los pies mojados de los migrantes venezolanos que cruzan el Río Grande

LA HUMANIDAD · 14 JUNIO, 2021 03:50

Ver más de

Luz Mely Reyes | @LuzMelyReyes

Foto por Ivan Reyes

¿Cómo valoras esta información?

661
QUÉ CHÉVERE
21
QUÉ INDIGNANTE
50
QUÉ CHIMBO

Pies mojados. Espaldas secas. 

Ella parece una plantita a la que le han negado el riego. Su esposo es como  un tronco a punto de ser talado. Ambos superan los 60 años de edad. Ellos, al igual que miles de venezolanos este año, entraron el miércoles 9 de junio a  Estados Unidos  caminando por el Río Grande. La distancia entre  una orilla y otra en el sector que cruzaron es de 165 metros aproximadamente.  Pies mojados que se tambalean algo mientras pisan el lecho empedrado del río, a veces fangoso,  que puede llegar en algún momento a rozar la cintura del andante. El agua es templada por esta época del año.

La llegada

Es miércoles 9 de junio.  A  las 4 de la tarde ya un grupo de aproximadamente 100 personas había cruzado el río. Pasaron la verja de una casa, atravesaron un patio con césped bien podado y rodeado de matas de granada; hasta salir nuevamente a terreno público. Allí en una curva de la carretera, en medio de un claro polvoriento, esperaron aproximadamente dos horas hasta que las autoridades de la patrulla fronteriza los organizaran: los grupos familiares, los adultos mayores, los que viajan solos. Luego, son trasladados  en buses y vans que los llevan a uno de los centros de registro. Entre esas personas estaban Yomaira y su esposo Alfredo.

Ancianas cruzan el Río Grande
Ancianas cruzan el Río Grande

Al llegar la policía de fronteras les pide que quiten las trenzas de los zapatos, que guarden cualquier pertenencia, incluso el teléfono celular que la mayoría evita encender. Incluso aquellos que tienen líneas mexicanas que funcionan en la zona binacional. 

Yomaira tiene el cabello corto, el calor parece derretirle el rostro. Nos pide el teléfono prestado para llamar a su hija que está en Miami y a quien no ve desde hace tres años y 11 días. “Cruzamos mija. Cruzamos”, dice mientras la voz se le entrecorta. Su esposo Alfredo trata de recomponerse del paso. Vienen de Maracaibo. 

De repente todos quieren hablar por teléfono. Las personas mayores sacan libretitas de papel donde tienen anotado el número de su familiar en EEUU.  Los más jóvenes se saben los números de memoria. Casi todos tiene un contacto en este país. Excepto Aldo, quien pide que le regalen un mensaje de Whatsapp para avisar a su esposa, quien está en Maracaibo, que llegó sano y salvo. 

Mientras esperan por el autobús hay comentarios.

¿Qué fue lo más difícil?

Algunos dicen que la incertidumbre, otros dicen la alta temperatura, unos tuvieron dificultad con la caminata de unos 15 minutos para alcanzar la orilla del Río Bravo. (en México se llama así).

Daisy M dice que como ella es de Ceuta no le daba miedo cruzar por el agua. Tiene un rasguño en el brazo izquierdo. Se raspó mientras bajaba una cuesta hacia el borde del río, en la zona mexicana.

¿Ceuta? 

-Es un pueblo de agua, del Zulia- interviene Gabriela, de 37 años edad, natural de Cabimas, y cuya vocación de docente emerge con rapidez.  Explica que en el estado Zulia hay un circuito de los pueblos que se levantan entre palafitos en el lago de Maracaibo. En uno de ellos nació Daisy hace 67 años, aunque desde hace 30 vive en la capital zuliana.

Gabriela por su parte está acompañada de Gladys, su madre, quien confiesa entre picardías que tiene 75 años. Está sentada en un banco improvisado.  Ellas están con Sebastián, el hijo de Gabriela. Un adolescente de 15 años que viste una franela de Friends. Su personaje favorito es Chandler.

¿ Por los chistes malos? le pregunto.

-Sí- responde. Sonríe y en esa sonrisa parece estar la determinación de Gabriela, de dejar atrás un intento de establecerse en Bogotá, desde hace dos años e ir al norte a buscar mejores condiciones de vida. 

En este grupo hay al menos siete familias. Hay niños de dos o tres años hasta adolescentes. 

Los venezolanos que arribaron entre el miércoles 9 de junio y el sábado 12 vienen desde  Guacara, Coro, Ceuta, Valencia, Maracay – Caña de Azúcar, sector 9;  Caracas, Barinas, Barquisimeto, Puerto Ordaz, Quito, Bogotá, Medellín, Panamá, Lima. Aunque hay grupos familiares, no todos se conocían de antemano. Algunos comentan que sus familiares en EEUU  pagaron por el viaje, otros dicen que lo hicieron solos y que nadie los ayudó. 

La palabra coyote flota en el ambiente, pero nadie se atreve a mencionarla. Solo una persona, de oficio comerciante,  dice que ahorró durante un año para pagar el viaje. Asegura que pagó tres mil dólares. Eso incluyó los boletos aéreos.  

Aunque todos tienen en común ser oriundos de Venezuela, algunos están migrando por segunda vez. Otro elemento en común es que tienen algún pariente en EEUU. Mencionan Miami, Orlando en Florida, y Houston, Texas. Todos van en busca de asilo. Ninguno expresa intención de quedarse en Del Río.

Muchos ignoraban dónde estaban exactamente.

 ¿Qué es eso allí?, preguntaba un familiar de un migrante contactado por teléfono. 

“Soy venezolano”

Apenas sacan un pie del agua y recorren un metro de tierra firme estadounidense, algunos gritan como cuando cruzan una meta, con los brazos en alto: venezolano, venezolano. Otros se arrodillan y miran al cielo, unos lloran, otros intentan pasar inadvertidos, algún otro se desvanece.  Entre el miércoles 9 de junio y el domingo 13, Efecto Cocuyo registró el paso de al menos 300 personas de nacionalidad venezolana. Lo hicieron al atardecer, aproximadamente a las 4 pm, pero también a las 7 de la noche y en la madrugada, cuando solo se ven las luces de las patrullas. 

Desde febrero pasado, la población del Río, una ciudad tejana con 35 mil habitantes, se ha convertido en la principal  puerta de entrada a EEUU de estos migrantes. Las huellas de su paso se ven en la tierra, dejan rastros en documentos rotos, ropa mojada que se quitan para ponerse prendas secas, cordones y zapatos abandonados; calcetines infantiles y hasta en un bolso de mujer con algunas pertenencias desechables y un teléfono celular Samsung que sobrevivió la intemperie desde abril de este año y que tiene entre sus contactos con código 58 a “La Loca”, “La profe”, “Mi amor”, “Abogado” y “Vieja Chora”,  todos objetos botados en la vera donde se congregan una vez que cruzan el río. 

Unos han viajado hasta un mes para llegar a Acuña, ciudad mexicana frente a Del Río, otros cuatro días e incluso hay quienes aseguran haber viajado menos de dos días. Algunos iniciaron la ruta en Venezuela, otros en Ecuador, Perú y Colombia. Una ruta que se repite es Monterrey- Acuña. Algunas personas llegaron a México vía aérea desde Caracas. 

Llevan pasaportes venezolanos vigentes y hasta cédulas de extranjeros de otros países. Envuelven sus documentos en “ziplock”.  La mayoría carga sus pertenencias en mochilas impermeables, aunque hay quien lleva maletas tipo “carry-on”, de las que caben en el maletero de la cabina de un avión. 

Efectivos de la patrulla fronteriza toman los datos de los migrantes que cruzan el Río Grande. Foto de Iván Ernesto Reyes.
Efectivos de la patrulla fronteriza toman los datos de los migrantes venezolanos que cruzan el Río Grande. Foto de Iván Ernesto Reyes.

Del Río, ¿un pueblo aburrido?

85,8 por ciento  de los 35 mil habitantes de Del Rio son hispanos o latinos. La ciudad, cuya temperatura oscila en este verano de 35 a 40 grados Celsius, pertenece al condado Val Verde. 

El tramo por donde se ha verificado el mayor  paso de  venezolanos es una zona que se llama Vega Verde, que está al borde del río. Si el calor hace recordar a Maracaibo, las riberas  traen memorias de Guasdualito. La zona de paso  queda a unos 15 minutos de las áreas más transitadas de la ciudad y se llega por una carretera sin baches. 

 Matorrales llenos de carrizos (una planta silvestre que parece caña de azúcar); girasoles pequeños que se asoman como si fuesen una brisa, margaritas diminutas que parecen peloticas de badmington, arbustos y algunos árboles llenan este vecindario semirrural donde los vecinos dicen dormir  tranquilos, no expresan temores por los migrantes, pero sí molestias por los desperdicios que dejan algunos viajeros. 

Sin embargo,  en el sector político hay signos de preocupación.  El jueves 10 de junio el gobernador de Texas, Gregg Abbot, celebró un encuentro en la ciudad, prometió endurecer la legislación regional para desestimular a los migrantes y habló de levantar un muro. 

La mayoría de quienes hacen el trayecto cruza por el patio de un predio privado, con una vivienda que mira al agua. Es en ese borde donde se instaló un equipo de la televisora Fox, que ha transmitido las escenas más dramáticas de lo que ya es una cotidianidad.  Aunque no está habitada,  la propietaria ha estado presente varias veces y expresa su descontento porque los migrantes usan su patio como pasadizo: Es una invasión de propiedad, dice en inglés. 

El miércoles 9 por la noche hicieron una reunión vecinal, en la que según el diario local, Leader, una publicación en inglés y español, participaron cientos de vecinos que mostraron su inquietud  por la “oleada de migrantes”.

De acuerdo con datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EEUU, entre enero de este año y el 3 de junio se reportaron 10.635 ingresos no legales de venezolanos en el sector Del Río, en comparación con los 145 registrados durante el año fiscal 2019-2020. En total, entre octubre de 2020, cuando inicia el año fiscal y el 3 de junio (a tres meses de concluir) se registraron 10.717 encuentros. Esta parte de la frontera está integrada por ocho sectores; Del Río tiene 81,4% de los ingresos totales en lo que va del año fiscal, lo cual convierte a esta población en  el epicentro de la movilización de venezolanos que entran a los Estados Unidos por vía terrestre en momentos cuando las fronteras siguen cerradas por la pandemia de COVID-19.

No obstante, el incremento de más de 700 por ciento, el ingreso de venezolanos por Del Río es apenas 9 por ciento del total de encuentros registrados por las autoridades que en 9 meses ya duplica la cifra del año anterior. En el periodo 2019-2020 hubo 40.342 encuentros, mientras que en lo que corre de 2020-2021 van 118.314.

Datos de la oficina de aduana y fronteras muestran el incremento de ingresos de venezolanos que cruzan a pie el Río Grande desde México

En distintos recorridos, tanto por las zonas rurales, como urbanas, Efecto Cocuyo no halló migrantes deambulando en la ciudad. Trabajadores de tiendas negaron haber visto a algunos, aunque todos dijeron estar al tanto de lo que ocurre. 

Un taxista en Del Río nos decía:

“Este es un pueblo aburrido. Todos nos conocemos. Era más tranquilo hasta que empezaron a entrar muchos migrantes, sobre todo esos de *Valenzuela. Nomas cruzan el río y le dan sus papeles. Mientras que a otros, de otros lados los meten presos”. 

¿Qué pasa con los venezolanos?

En  imágenes que se han hecho virales se ve a venezolanos que son recibidos por uniformados que le  tienden la mano. En algunos casos se trata de la policía estatal y en otros casos de efectivos de la patrulla fronteriza. La mayoría de venezolanos manifiesta su intención de pedir asilo al entregarse a las autoridades. En varios de los casos observados  por Efecto Cocuyo las personas son registradas y luego de unos días recluidas reciben una notificación para que viajen hacia donde están sus familiares y posteriormente se presenten ante un juez. Es lo que se conoce como una notificación para comparecer en corte. Sin embargo, ninguna de las personas a las que se le preguntó sabía exactamente cuál era su estatus legal. 

“Los venezolanos generalmente están logrando pasar la frontera por Del Río, donde pueden pedir asilo; pero los centroamericanos están siendo devueltos en Ojinaga ( México)”, explica un reporte del diario Al Dia Dallas, que detalla las políticas contradictorias en materia de inmigración y el hecho de que México es una especie de cortafuegos para los migrantes de otros países.

En Del Río funciona la organización Val Verde Border Humanitarian Coalition, un grupo que recibe a migrantes una vez que hayan obtenido el permiso para viajar. Les dan información, les ofrecen una línea telefónica para que puedan llamar a sus familiares y los ayudan a reservar boletos para salir de la ciudad. No hay pernoctas en ese refugio. No tienen fondos para ayudas en dinero.

Aunque la mayoría de quienes han atendido recientemente son venezolanos, en una visita de EC se vieron personas haitianas y cubanas. 

Yomaira, su esposo Alfredo, Daisy M y Gladys fueron atendidos allí el viernes 12 de junio, dos días después de haber llegado a Del Río. A Gladys la procesaron separada de su hija y nieto.  En el centro humanitario los migrantes recibieron un sobre para que resguarden sus documentos, una mochila y alimentos. Hicieron la primera llamada a sus familiares y compraron los boletos que los llevarían al reencuentro.

Algunos migrantes salen en vuelos desde el  pequeño aeropuerto de Del Río. Otros viajan en autobús hasta San Antonio, que está a unas tres horas de camino. Conductores de la compañía Greyhound, que sirve la ruta con dos salidas al día, dijeron a EC haber notado un incremento en los pasajeros migrantes.

Yumaira y Alfredo viajaron por avión el mismo viernes a Miami, Daisy hizo lo propio a Orlando. Llegaron casi a la medianoche. Para el domingo 13 de junio, ya un poco más descansados, sus voces sonaban a alegría.     

Nota: Esta es la primera entrega de la serie Despachos desde Del Río para narrar la migración de venezolanos que entran por el Río Grande a los Estados Unidos.

Luego de identificarse con las autoridades, este grupo de migrantes venezolanos espera en fila para su traslado a un centro de procesamiento de ICE