“Llovía, se cayeron las carpas y no había luz”, damnificados en Altagracia y la réplica sísmica

Familias claman por ayuda y piden una supervisión de las reparaciones hechas a su edificio en la parroquia Altagracia

La madrugada de este martes fue dura en el campamento improvisado de la Plaza del Foro, detrás de la Biblioteca Nacional de Venezuela, donde 40 personas apenas durmieron entre el aguacero y la réplica sísmica de magnitud 4 que hizo temblar a Caracas y La Guaira este 18 de agosto. A oscuras, con el agua hasta los tobillos y una quebrada a punto de desbordarse detrás, Jaqueline Castillo abrazó a su hija bajo la carpa donde pernoctan hasta que el sol salió y el miedo se esfumó. En ese pequeño refugio de la Esquina La Fe, parroquia Altagracia, municipio Libertador, llevan cuatro días sin energía eléctrica.

En el lugar viven al menos 11 familias desde hace 55 días. Durante la tarde de este martes, un perro con el pelaje rojizo come los restos de pasta servidos en una página de periódico y cuatro gallinas cacarean encerradas en una jaula estrecha. Varios niños pequeños se corretean entre sí frente a la mirada de dos agentes de una patrulla policial, que vigilan la plaza. La mayoría de los afectados provienen del edificio OPPE 6 de la Misión Vivienda ubicado a pocas cuadras, que recibió la etiqueta amarilla del semáforo post sismo.

“Estamos aquí desde el terremoto del 24 de junio. Anoche donde no caía agua, ahí nos metíamos. En la madrugada los niños no se dieron cuenta del temblor, pero los adultos sí. Estábamos asustados porque estaba lloviendo, se nos cayeron las carpas, no había luz y estábamos con el agua casi a la pantorrilla, porque esto se llena cuando llueve. Eso fue terrible porque no nos esperábamos un torrencial tan grande como ese. Aquí baja una quebrada, nosotros a las dos de la madrugada vimos cómo sobrepasó el límite y por ahí bajaban hasta neveras. Todo lo que estaba atascado allá arriba bajó por ahí”, contó Castillo a Efecto Cocuyo.

En el campamento no cuentan con agua potable, por lo que los adultos deben pagar por llenar botellones de 10 litros que cuestan 500 bolívares cada uno. A la semana, una familia puede gastar hasta seis dólares al cambio del Banco Central de Venezuela (BCV) para lograr hidratarse, bañarse y cocinar. Al mes, suman 24 dólares mientras el salario mínimo sigue estancado en el país en 130 bolívares mensuales (0,16 dólares).

“Gastamos cada familia alrededor de 5.000 bolívares a la semana y esa la utilizamos para todo. Necesitamos agua potable, aquí carecemos de ella y hay niños lactantes”, dice una joven madre, quien prefiere mantenerse en anonimato por seguridad. Los afectados se asean en los baños de la cancha deportiva contigua con el agua que logran conseguir.

Castillo dijo que hace 17 años vivía en Antímano, pero tuvo que ser reubicada junto con su familia debido a las fuertes lluvias que destruyeron su hogar en aquel entonces. Ninguna de las personas que ahora acampan en la Esquina La Fe quiere volver a sus apartamentos debido a que no cuentan con la garantía de que el inmueble esté siendo reparado con los criterios y la supervisión profesional necesarios.

“El problema es que al edificio no podemos regresar y a un refugio transitorio no vamos a ir porque ya nosotros venimos de un refugio de hace 17 años, Vivimos la circunstancias y sabemos que si en aquel entonces era difícil, imagínate ahorita que hay un problema político, también económico. Las 11 familias que vivimos aquí tenemos dudas, porque no hay una supervisión completa de las reparaciones de nuestro edificio, no nos sentimos seguros ahí”, explicó Castillo.

Sin garantías

Vecinos refugiados del OPPE 6 aseguran que las edificación necesita una revisión profunda en términos estructurales y también un seguimiento adecuado de las reparaciones. También afirman que ningún ente gubernamental ha prestado atención a sus solicitudes hasta la fecha.

“Fui a mi casa a buscar ropa limpia y escuché en planta baja a uno de los muchachos que estaba trabajando en obras decir: “Mira, la pared quedó moviéndose”. Una cosa que acaba de hacerse. Esto quiere decir que hay mucho muchacho trabajando allí sin una supervisión. Debería haber una persona que prestara atención a eso”, custiona Castillo, quien vive en una segunda planta. También señala que hay problemas de filtraciones de agua que todavía no se han atendido.

A la desconfianza en los trabajos de reparación se suma la constante amenaza sísmica que mantiene a la comunidad en un estado de alerta permanente, que ya no les permite dormir por las noches.

“Tengo temor. Hay un daño estructural, pero también hay un daño emocional: fíjate lo que pasó esta madrugada, a las tres de la mañana tembló y varios vecinos de allá ( del edificio) me vinieron a pedir que por favor los reciba en el refugio, porque tienen miedo por sus vidas. Hay movimientos de tierra todavía. Esta madrugada varias personas no lo sintieron, pero se escuchó cuando se movió la tierra. Allá sí se movió el edificio”, aseguró Jaqueline.

En el refugio improvisado de la Esquina La Fe, los adultos salen a trabajar durante el día para poder generar ingresos que les permitan sostenerse en medio del contexto de emergencia y dejan a los niños al cuidado de la comunidad que se queda en las carpas. Aún no saben qué harán cuando el año escolar reinicie en septiembre y por ello solicitan al Estado venezolano atención urgente a su caso.

A finales de julio, el vicepresidente sectorial para el Socialismo Social y Territorial, Héctor Rodríguez, informó que se había habilitado un total de 107 campamentos transitorios en Venezuela, 41 de los cuáles estaban ubicados en Caracas. Algunos afectados por los terremotos se niegan a trasladarse a estos lugares mientras que otros no tienen opción. En el caso de Castillo y su familiai insisten en que no se moverán hasta que especialistas se hayan encargado de la edificación donde vivía.

“En la madrugada que tembló los vecinos bajaron. ¿Qué pasa? Las escaleras de planta baja al piso 2 quedaron separadas dos o tres centímetros de la pared. El ingeniero que hizo la inspección dio unas pautas que se deben cumplir para que no hayan accidentes. Una de ellas fue “Suban o bajen de tres en tres, no bajen más de diez personas porque pueden colapsar las escaleras”. En esta madrugada con el susto la gente bajó en cambote, en ese momento nadie se paró a pensar y todo el mundo bajó corriendo. ¿Y si esas escaleras colapsan? Entonces en lo personal, como madre y abuela, no voy a volver hasta que el edificio esté apto para habitar”, dice Castillo.