El trabajo infantil sigue siendo un problema en Venezuela

LA HUMANIDAD · 12 JUNIO, 2022 10:04

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara

Foto por Mairet Chourio (@mairetchourio)

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Desde hace un año, Samuel vende caramelos y chocolates en los autobuses caraqueños. Comienza al mediodía y termina a las 3 p.m. o cuando se le acaba la mercancía. Tiene nueve años. Ofrece las golosinas con ahínco, mirando a todos los pasajeros a los ojos y alzando una caja sobre su cabeza para hacerse notar. 

La mitad de su vida ha estado bajo el cuidado de su tío, que vive en la capital pero trabaja a 121 kilómetros de distancia, en Maracay, en el centro norte de Venezuela. Su mamá murió en Colombia hace cuatro años y de su papá no sabe nada más que el nombre. 

«Yo me puse a vender para comprar comida y eso. A veces mi tío se va mucho tiempo y no lo veo. Y la comida se acaba. La otra vez se fue como dos semanas. Él me dice que si hago esto que tenga cuidado y que no me quiere ver robando en la calle», explica Samuel, encogiéndose de hombros. En los días buenos, llega a casa con veinticinco bolívares (cinco dólares aproximados) en el bolsillo, en billetes de baja denominación. En las jornadas malas, apenas consigue un dólar. 

Reside en Carpintero, uno de los barrios de Petare, al este de Caracas. Cuenta que en ocasiones su vecina, Sandra, lo vigila cuando se queda solo y que lo lleva a la escuela, a las 7 a.m.

«Yo voy a la escuela, pero no puedo hacer la tarea. No tengo internet. A veces la señora Sandra me dice ‘vente que yo te presto la computadora’ y la hago. Pero ella no está todos los días en su casa. Yo no quiero ir más a la escuela, lo que quiero es plata. Cuando crezca más me voy a poner a trabajar todo el día», comenta. 

Este 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, un problema que sigue vigente en las avenidas y calles de Caracas, mientras el Estado venezolano voltea la mirada. Efecto Cocuyo realizó un recorrido durante la segunda semana del mes para documentar los casos de niños y adolescentes que laboran en las aceras a plena luz del día, una situación que ha sido denunciada repetidamente por organizaciones de la sociedad civil. 

Víctor Manuel, de 14 años vende mangos en Plaza Venezuela, el 9 de junio de 2022

Problema del trabajo infantil sin cifras oficiales

En 2020, la ONG World Vision alertó que el trabajo infantil en Venezuela se incrementó hasta un 20% durante la pandemia del COVID-19, que se extendió en el país a partir de marzo de ese año. En un informe titulado Una Espada de Doble Filo, la organización reportó que la crisis económica y de servicios agudizada por la cuarentena obligó a niños, niñas y adolescentes a salir a las calles a laborar.

En 2022 no hay cifras por parte del Estado que reflejen la verdadera situación en las ciudades venezolanas. Se estima que existe un total de 28 millones de personas viviendo en el territorio nacional: la ONG internacional Humanium asegura que el 29% de ellos tienen entre 0 y 14 años de edad.

Para 2007, al menos 80 mil 774 jóvenes entre 10 y 15 años estaban incorporados a la fuerza laboral, según el Instituto Nacional de Estadísticas y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). No obstante, organizaciones no gubernamentales denuncian que la cifra ha aumentado. A mediados de 2021, el portavoz de la Central de Trabajadores Únete, José Antonio García, aseguró que entre 24 mil y 32 mil niños se incorporaron a cualquier forma de trabajo en 2019 y 2020. 

«En Venezuela el principal problema es el trabajo informal que conlleva las peores formas de explotación. No hay datos o cifras que permitan identificar la magnitud o el alcance del problema. Tienes una gran cifra negra que impide delimitarlo. ¿Qué es lo que sí alertamos? Que los factores de riesgo que llevan a los niños y adolescentes a trabajar se han agravado por la pandemia», dijo Carlos Trapani, coordinador general del servicio jurídico de Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap)

Afirmó que el trabajo infantil es más visible en zonas rurales, que en las ciudades, debido a que las condiciones de vida suelen ser más precarias. 

Se abandonan las aulas

La deserción escolar, que se ha agravado desde el inicio de la pandemia, es un factor de riesgo a tomar en cuenta. A medida que aumenta el abandono de las escuelas, varios menores de edad comienzan a volverse más vulnerables y algunos terminan trabajando para generar ingresos. 

Los resultados del Diagnostico Educativo de Venezuela (DEV), realizado en septiembre del año pasado por DEVTech Systems y el Centro de Innovación Educativa (CIED) de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), indicaron que 1,21 millones de niños abandonaron las aulas en Venezuela entre 2019 y 2021.

Así mismo, arrojaron que en 2021 la población de primaria y bachillerato registrada era de 6,5 millones de jóvenes. Ese mismo año, el Ministerio de Educación afirma haber contabilizado una matrícula de educación básica de 8,7 millones de estudiantes.

Sin embargo, Carlos Trapani explica que la deserción escolar no puede tomarse como una causa directa y única del trabajo infantil. 

«No necesariamente el chico que sale del sistema escolar va a trabajar. La problemática de los niños son pluriofensivas, donde tocas tema salud, escuela y familia. No hay uno, sino una serie de factores de riesgo que estimulan la participación de los niños en el ámbito laboral», expresó. 

El estudio del DEV señala que la inasistencia escolar está vinculada a características socioeconómicas propias de la crisis humanitaria de Venezuela. Trapani indica que son precisamente estos elementos los que provocan que el niño, niña o adolescente comience a laborar. Estos se pueden enumerar de la siguiente manera: el contexto de pobreza, la debilidad del sistema escolar, la capacidad de compra del salario y el contexto de violencia.

Los limpiaparabrisas de la Vollmer

Los adolescentes que limpian parabrisas en la avenida Vollmer, en el centro de Caracas, son menos este año. En 2021 eran veinticinco, pero ahora se ven grupos de cinco o seis. Algunos han migrado del país, comentan los jóvenes. La mayoría no supera la edad de 17. 

Leninyer lleva trabajando en el lugar desde los nueve años. Ahora tiene 16. Está empezando el primer año del liceo (séptimo grado), porque desertó del sistema educativo cuando salió de primaria. 

«Antes me quedé bruto, pero ahora me pusieron a estudiar. La gente del gobierno me recogió y me puso en Caricuao. También me pagan veinte semanal, pero si falto dos días al parasistema me descuentan la semana. Yo le doy eso a mi mamá y me vengo para acá a ganarme algo para mí», cuenta. Vive en San Agustín, con su madre y dos hermanos menores. 

A veces trabaja cerca del metro de Bellas Artes, en el semáforo frente a la Galería de Arte Nacional, porque la policía no lo deja quedarse en la Vollmer. 

«Vienen a corrernos todo el tiempo. Si se enamoran de una gorra de uno, se la quitan. Igual con los riales. Por eso nos venimos para acá abajo», afirma Leninyer. Cuando una camioneta se detiene por el tráfico, apunta a la calcomanía que lleva en el parabrisas.

«Esa es la gente que me lleva al colegio», exclama. En la etiqueta se lee: «Gobierno de Caracas». 

La necesidad de tomar acciones 

Carlos Trapani recuerda que en Venezuela el trabajo para adolescentes mayores de 14 años es regulado por la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (Lopnna). Sin embargo, la informalidad en la que se manejan los jóvenes hace difícil identificar si reciben una remuneración adecuada o están bajo medidas de seguridad.

También aseguró que es fundamental tomar acciones que lleven al Estado a implementar políticas para resolver el problema del trabajo infantil. 

«Si hay un adolescente o niño trabajador, hay un patrono que paga o una persona que se aprovecha del trabajo de ese niño. Es necesario que se promueva la denuncia», puntualizó.