Trabajo infantil aumenta en las calles de Caracas durante la pandemia

LA HUMANIDAD · 17 OCTUBRE, 2021 14:00

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara

Foto por Mairet Chourio (@mairetchourio)

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Es huérfano y tiene diez años, pero aparenta doce. Se llama José y suele levantarse cuando la luz entra por su ventana, para salir a lavar los vidrios de los automóviles de conductores que terminan atrapados en el tráfico de la avenida Vollmer, en el centro de Caracas.

Al final de la tarde, se sienta al borde de la acera a contar los bolívares que recibió y que resumen su jornada de trabajo de once horas. Tres dólares al cambio, en billetes de quinientos bolívares del cono anterior. Si tiene suerte, podrían ser cinco. 

José García vive con su abuela en San Agustín, en el municipio Libertador de Caracas. Hace dos años que no va al colegio ni toma clases remotas. «No hay plata para eso», musita con indiferencia desde La Candelaria. Es un niño bajito y moreno, con enormes ojeras bajo un par de ojos oscuros y cansados. 

Un grupo de 25 jóvenes de San Agustín se organiza en la avenida Vollmer para limpiar parabrisas, como una forma de conseguir algún ingreso para subsistir en Caracas

En 2016 su papá perdió la vida en un choque en la autopista. Su mamá murió por un quiste en un riñón a finales de 2019. Desde entonces, José se unió a un grupo de veinticinco jóvenes que se concentran en la avenida Vollmer, para laborar como limpiaparabrisas. El mayor de ellos tiene 24, pero el más pequeño acaba de cumplir los 9.

A la abuela García, agotada por la artritis, no le preocupa que su nieto pequeño trabaje, porque no tienen otra manera de conseguir ingresos. 

«Algunas personas te rechazan, pero eso es normal: ya nos acostumbramos. Gano poquito. Para el día, pues. Pero algo es algo. Tengo que comer», explica García con simpleza. Le resulta obvio su razonamiento y mira a sus compañeros alrededor para que apoyen el comentario. Dos de ellos asienten repetidas veces. Yeison Palacios lo secunda y afirma que lo que hacen les sirve para comprar algunos alimentos por un día. 

«Llevo nueve años trabajando aquí. Yo llegué hasta séptimo. Después no estudié más», agrega. Tiene 18 años. 

Niños desde los 9 años y jóvenes hasta los 24 se dedican a limpiar parabrisas en La Candelaria

En 2020, la ONG World Vision alertó que el trabajo infantil en Venezuela se incrementó hasta un 20% durante la pandemia del COVID-19. En un informe titulado Una Espada de Doble Filo, la organización denunció que la crisis económica agudizada por la cuarentena ha obligado a niños, niñas y adolescentes a salir a las calles a laborar. Comunes son los vendedores ambulantes y los que se encargan de lavar los autos que cruzan la capital. 

José es bueno en baloncesto Mientras limpia el agua y el jabón del cristal de conductores impacientes, se pierde entre pivotes y canastas que ocurren solo en su mente. Dice que quiere ser basquetbolista cuando crezca. Sonríe levemente cuando lo menciona. 

Pandemia y escuelas vacías

Anitza Freitez, directora del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, dijo a la BBC que en 2021 Venezuela es «un país de viejos y de niños». Se estima que hay un total de 28 millones de venezolanos en el territorio: la ONG internacional Humanium asegura que el 29% tienen entre 0 y 14 años de edad. 

El Ministerio de Educación afirma haber registrado una matrícula de educación básica de 8.763.066 estudiantes venezolanos en 2021, mientras que en 2019 la cifra fue de 8.244.053 niños y niñas.

Sin embargo, diversos representantes de gremios educativos dudan de los números ofrecidos por el Estado y reportan que este año hay un 50 % de deserción estudiantil, debido a las fallas de servicios públicos, la falta de planes educativos eficientes durante la pandemia y, en general, la crisis económica en el país. 

A medida que aumenta el abandono de las escuelas, varios niños y adolescentes comienzan a volverse más vulnerables y algunos terminan trabajando, muchas veces empujados por una precaria situación financiera en el núcleo familiar. 

En la tarde del 15 de octubre, al menos dos niños menores de 10 años ingresaron en el Metro de Caracas para vender caramelos de menta, entre las estaciones Petare y Los Dos Caminos, de la Línea 1. Uno de ellos iba vigilado por un veinteañero que ofrecía galletas árabes, recubiertas de chocolate.

En las afueras de la estación de Chacaíto se ha vuelto habitual ver a pequeños vendedores de dulces correr de aquí a allá, especialmente en las paradas de autobuses de la zona. 

De acuerdo con Cecodap, la mayoría de estos niños se encuentran expuestos a riesgos en las calles y pueden ser víctimas de violencia física e incluso sexual. Así mismo, Edita Fernández Mena, Directora de Desarrollo Sustentable de la Confederación ASI (Alianza Sindical Independiente) señala que en Venezuela no hay cifras actualizadas sobre el trabajo infantil y adolescente por parte del gobierno. 

Vendiendo almohadas de colores

Juan Carlos González y Jeison Flores tienen 15 y 16 años respectivamente. El último viene de Maracay, a 109 kilómetros de Caracas, donde vive con su mamá y sus dos hermanos menores. Ambos adolescentes recorren el boulevard de Sabana Grande sujetando seis pares de almohadas coloridas cada uno. Van todas metidas en bolsas de plástico transparentes que se atan a la cintura y los hombros. 

Resaltan en la calle, con mullidos almohadones rojos, morados, azules y verdes. Los venden en cinco dólares el par y dicen que los días malos logran reunir al menos 10 dólares. El sol de Caracas les calienta los párpados y les reseca la garganta el viernes 15 de octubre, pero insisten en no volver a casa hasta que haya oscurecido o hasta que se venda la última almohada. 

«Estoy ahorrando para comprarme unos zapatos», cuenta Jeison. Estudia quinto año y no piensa abandonar el liceo, porque su meta es estudiar Ingeniería Mecánica en la capital. 

Juan Carlos se ríe en voz alta y molesta a su compañero. Sus padres están en Colombia y él reside en Charallave con su abuela. También ahorra para comprar ropa y calzado.

«Llevo algo ahorrado. Bueno, creo que bastante», señala. Es mediodía y ambos siguen su camino. Se mezclan entre la gente de Plaza Venezuela, como dos puntos multicolores en medio del calor que entibia a la ciudad capital. 

Malabares desde Plaza Venezuela

Omar vive en Los Dos Caminos, pero camina todos los días hasta Plaza Venezuela con tres pelotas pequeñas entre las manos. A las 10:00 a.m. empieza a hacer malabares en uno de los semáforos de la zona. Espera a que la luz del semáforo se vuelva roja y corre rápidamente a la acera cuando cambia a verde. Si se tarda demasiado, el claxon de los carros lo aturden.

«La escuela cerró. No hay escuela. Si hubiese escuela, no estuviera aquí», comenta. No toma clases remotas y no supo nada más de su colegio desde marzo de 2020, cuando se decretó el cierre de al menos 27.000 planteles en todo el territorio nacional, motivado a la pandemia del coronavirus. 

Omar apenas llega a los 13 años y, aunque solo reúne un máximo de un dólar al día, dice que eso le alcanza para comprar algo de comer y volver a casa con algo en el estómago. Cuando le preguntas sobre sus padres, niega con la cabeza y se aleja. 

Según Abel Saraiba, coordinador del Servicio Psicológico de Cecodap (Centros Comunitarios de Aprendizaje), el incremento del trabajo infantil y adolescente siempre está asociado al deterioro de las condiciones económicas de un país. Y la consecuencia principal de ello es que los jóvenes terminan por alejarse de la escolaridad. 

«Estamos viendo un incremento de niños en actividades de comercio informal. Vale la pena destacar que el incremento en la circulación de dólares hace que estos chicos aspiren a conseguir divisas. Lo que pasa es que no sabemos a ciencia cierta cuántos de ellos lo hacen por cuenta propia», explicó a Efecto Cocuyo. Destacó que existe una importante dificultad para saber cuántos niños están estudiando realmente en el contexto pandemia.

Expresó que la falta de políticas públicas y seguimiento del Estado a los casos de trabajo infantil, evidenciados en las calles, hacen que los niños se vean en peligro de caer en redes de explotación. Sobre todo cuando provienen de familias de muy escasos recursos. 

«La escuela tiene menos sentido para ellos, mientras que las necesidades de las familias de estos niños no esperan. Es un gran problema que se debe atender», finalizó Saraiba.