Caraqueños que viven del día a día siguen en las calles pese a la cuarentena

LA HUMANIDAD · 7 ABRIL, 2021 17:53

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Efecto Cocuyo | @efectococuyo


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En Venezuela, que acumula 169.074 casos confirmados de coronavirus y 1.693 muertes por COVID-19 hasta el 6 de abril, transcurre una tercera semana consecutiva de cuarentena radical en la que aún miles de personas necesitan salir a las calles para ganarse el sustento diario.

Pasadas las 10:00 a. m. de este miércoles 7 de abril, Yohana Calderón hacía fila para el cajero automático de la Torre Provincial, en la parroquia Candelaria, con más de 50 personas por delante.

Ella vive en el kilómetro 18 de Filas de Mariche (municipio Sucre) y de lunes a viernes se traslada en el Metrocable hasta Petare, de allí viaja en Metro hasta la estación Bellas Artes para sacar efectivo en las zonas cercanas y luego continúa hacia su trabajo en el municipio Chacao. Necesita el dinero porque en el camino de regreso debe abordar, además, una camioneta que la lleve hacia el sector donde vive.

Para ella lo ideal sería que todos los cajeros de los distintos bancos funcionen para facilitar el proceso de sacar efectivo. Mientras, hace uso del sistema Metro porque es lo más económico.

Caraqueños que viven del día a día siguen en las calles pese a la cuarentena

Al subir al Metrocable no le piden salvoconducto, pero sí debe mostrar su carnet en el subterráneo, para constatar que trabaja en alguno de los sectores priorizados que pueden usar ese medio de transporte en las semanas de cuarentena radical. Trabaja en una contadora que presta servicios a empresas de alimentos.

Debido a la restricción de los horarios de algunos comercios, hace sus compras los sábados o, en ocasiones, adquiere algún producto en el supermercado Luz en Chacao, que sí se mantiene abierto en las tardes.

Sobre el coronavirus, Calderón afirma que, aunque algunos se cuidan, “hay gente que no cree en el virus” y atribuye la aplicación de la cuarentena a la escasez de combustible. “Tengo una vecina que a veces me viene a saludar sin tapabocas y yo le tengo que marcar la distancia”.

Además de trabajar en su oficina, al regresar a Mariches ella apoya a sus dos hijos en edad escolar con las tareas que les envían del colegio.

Fila para el banco, cola para la gasolina

Más adelante en la fila del cajero estaba el señor Luis, transportista de una empresa que envasa alimentos, quien constantemente se traslada a la ciudad de Maracay, en el estado Aragua.

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Contó que, especialmente durante la cuarentena radical, lo que más hace pesado el trabajo son las alcabalas de funcionarios policiales o militares que pueden ocasionar hasta unos tres kilómetros de cola en la vía, mientras los agentes verifican la documentación de los conductores.

El trabajador explicó que para acceder al diésel que necesita su vehículo “no hay ninguna preferencia” y debe hacer su cola.

El lunes 5 de abril corrió con suerte e hizo una cola corta de dos horas. “Pero la penúltima vez estuve desde las 12:00 de la noche hasta las 11:00 de la mañana del día siguiente, es decir, tuve que pernoctar en la cola”.

Menos clientes

“A la orden, ¿en qué le puedo servir?”, repetía Claudio Ricaurt desde un mostrador en la planta baja del mercado municipal de Guaicaipuro este miércoles en la mañana. Es el encargado de un puesto de venta de carne.

Ricaurt explicó que el establecimiento cambió su horario para las semanas de cuarentena radical de 7:30 a. m. a la 1:30 p. m.; cuando anteriormente se quedaban hasta las 3:00 p. m. Reconoció que durante esos días, cuando el llamado de las autoridades es a que las personas se queden en sus hogares, las ventas son más bajas.

Para verificar el cumplimiento de las medidas de bioseguridad por parte de los empleados y los clientes del Mercado hay una brigada de jóvenes que varias veces al día recorren los distintos pasillos y locales con un megáfono, repitiendo las normas, acción que Ricaurt celebra.

Además, cada uno de los distintos accesos tiene una cabina de desinfección y una alfombra para que las personas se limpien las suelas de los zapatos.

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Relató que donde observa que a veces no se cumple el uso del tapabocas y el distanciamiento físico es en el transporte público; esto depende de algunos choferes o de si se encuentran alcabalas donde hay policías que les piden que bajen a algunos pasajeros para reducir el aforo.

Él vive en El Junquito y para ir a trabajar debe tomar un autobús hasta La Yaguara y otro hasta Bellas Artes, desde donde camina al mercado ubicado en la avenida Andrés Bello.

En total, de miércoles a domingo utiliza cuatro camionetas por día, “dos que cobran 300.000 bolívares y dos que cobran Bs. 400.000”.

Su estrategia ha sido acudir al cajero del Provincial los sábados y domingos muy temprano, cuando casi no hay cola; pero a veces le toca cambiar un dólar. Agregó que algunos conductores de los autobuses reciben el dólar a mucho más (alto o bajo) de la tasa paralela y que solo algunos lo reciben a la tasa del Banco Central de Venezuela (BCV).

Restricciones para trabajar

En el bulevar de Sabana Grande este miércoles 7 de abril la mayoría de las santamarías de los negocios estaban cerradas, pero otras estaban a medio abrir y atendían clientes casi de manera clandestina.

Alrededor de las 11:00 a. m., en una tienda de zapatos por la plaza Aquiles Nazoa se abrió la santamaría hasta la mitad y salieron cinco clientes, para luego cerrar por completo. Un vendedor se queda afuera y es el que “canta la zona”, ante la presencia de policías o funcionarios de la Alcaldía del Municipio Libertador de Caracas.

“Todos nos corren”, dijo un vendedor de cinturones. Explicó que en el caso de los trabajadores informales, también llamados buhoneros, “entre todos nos cuidamos la espalda” y tratan de mantener la distancia en diferentes puntos para evitar reprimendas de la policía.

El muchacho, que pidió no ser identificado, explicó que él cumplió en marzo un año de trabajar como comerciante informal.

Llegando a Chacaíto, Magaly Hernández, de 80 años de edad y vendedora de cigarrillos al detal, caminaba apresurada. Contó que a esa hora estaba llegando desde las Minas de Baruta. Antes se dedicaba a ser ayudante de cocina “y sabía hasta más que los chefs”, pero por la edad ya no la contratan en esos cargos.

Sin embargo, dice que sale a la calle para buscar el sustento diario “y porque la casa me enferma”, contó Hernández, a quien apodan “la maracucha” y que hace unos meses venció el COVID-19. Usualmente desde Chacaíto camina por Sabana Grande y Plaza Venezuela y a veces llega hasta el Hospital Universitario de Caracas, en la UCV.

Apuntó que ella comprende que los funcionarios a veces les pidan retirarse “porque ese es su trabajo”. Estima que ellos no son bien remunerados, “lo que ellos ganan en un mes yo me lo gano en un día”, dijo.

El Clap con retraso

“En mi vida había vivido esto. La cosa está complicada”, expresó Silvia Gallardo, de 69 años de edad, sentada en una esquina de Chacaíto y sosteniendo en una mano un gancho con tapabocas de tela, mercancía que adquirió “fiada”.

La vendedora comentó que en la cuarentena radical las ventas bajan mucho, y además “cada día llegan más vendedores que tienen lo mismo que uno, más competencia. Hay unos que desalojaron de Petare y vienen hasta acá”.

Gallardo aseguró que no goza de la pensión de vejez “y aunque la cobrara eso no alcanza para nada”. Agregó que en la zona donde vive no entregan la caja Clap de alimentos subsidiados desde el pasado 4 de febrero, mientras que ya los productos han sido distribuidos a ministerios cercanos.

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