Barrancas del Orinoco: entre el desplazamiento y el crimen organizado

LA HUMANIDAD · 6 ENERO, 2022 18:05

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara


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No tiene más que treinta y cinco dólares, pero planea escapar a Caracas con el niño, aún si tiene que vender los pocos muebles que son herencia de su abuela: lo último de su patrimonio. Cada vez que mira el vidrio de su ventana, puede notar el agujero que dejó la bala al entrar y se convence de que es más fácil recorrer seiscientos setenta y tres kilómetros con poco dinero que quedarse en el pueblo, escenario de bandas organizadas y, ahora, de escuadrones militares. 

«Nos vamos. Él fue el que encontró la bala, yo no vi dónde cayó. Tiene cinco años. Me la mostró y me dijo ‘Mira, mamá. ¿Puedo guardarla?’. Entonces entendí que nos tenemos que ir, como sea. Tengo una tía en Caracas. Otra gente se está yendo hacia Maturín, pero no hay nadie que me reciba allá», explica ella. Es una residente anónima que ha vivido en Barrancas del Orinoco, en el estado Monagas, al este de Venezuela, desde que tiene memoria.

En el pueblo hay nueve escuelas y un hospital sin insumos. También una banda de al menos cien hombres que lo controlan todo: la entrada, la salida, el comercio y el narcotráfico. Se les llama el Sindicato de Barrancas y fueron los protagonistas de un conflicto armado que se extendió ocho horas, el sábado 1 de enero de 2022. Los pobladores murmuran que se enfrentaron a tiros con la guerrilla colombiana, dejando huellas en muros y cristales.

La madrugada en que el proyectil entró al cuarto de la residente se convirtió en el peor temor de los habitantes de Barrancas del Orinoco, dentro del municipio Sotillo. Irse o quedarse es una decisión que, para este jueves, todavía se considera entre murmullos, a pesar de la presencia de cuerpos de la policía y el ejército venezolano.

Algunas familias han huido, especialmente luego de que volvieran a oírse detonaciones cercanas, el 4 y 5 de enero. El pasado miércoles ingresó un cadáver al Hospital Tulio López Ramírez, de un integrante del Sindicato apodado «El Pollito», después de un enfrentamiento con la Policía Nacional Bolivariana. 

Identifican siete muertos y dos heridos en enfrentamientos de Barrancas del Orinoco

«Se están presentando enfrentamientos donde la población civil, que no tiene absolutamente nada que ver con estas bandas, hoy en día se ve afectada. Hemos recibido testimonios de gente que se está yendo de Barrancas del Orinoco al estado Delta Amacuro para resguardar su integridad y la vida de sus familiares», señala Clara Ramírez, coordinadora de Documentación y DDHH de Fundaredes, a Efecto Cocuyo.

De acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), Monagas cerró el 2021 como la séptima entidad más violenta de todo el país.

Aún no hay una versión oficial del enfrentamiento ocurrido en Barrancas del Orinoco

Lo que pasó en Año Nuevo

Los disparos comenzaron y, al primer muerto, una estampida de barranqueños se dirigió al río. Otros corrieron a sus casas, sacudiéndose la embriaguez del ron de Año Nuevo.

Los que olvidaron las llaves golpearon las puertas, gritaron a sus familias que les abrieran y su voz se confundió en el caos de balas ciegas que convirtió a un pueblo de 30 mil habitantes en un campo de guerra. Eran las 4 de la madrugada del primer día del año y la fiesta, frente a la vieja gasolinera de El Águila, acababa de terminarse. 

El Sindicato de Barrancas apretaba el gatillo contra forasteros. «El Ejército de Liberación Nacional (ELN)», dirían después medios y organizaciones. Desde Fundaredes aseguran que los miembros de la guerrilla colombiana son identificables tanto por su aspecto como por el acento, por lo que los lugareños los reconocieron de inmediato.

«En el mapeo que nosotros hicimos de la presencia de grupos armados irregulares, señalamos que en Monagas hay miembros del ELN actuando abiertamente», expresa Clara Ramírez, el 6 de enero de 2022.

Ese 1 de enero, las madres escondieron a los niños debajo de sus camas y las ventanas se mantuvieron cerradas. En una de las viviendas, un hombre jadeaba de dolor en voz baja, seguro de que tenía un proyectil perforándole el vientre. 

«No era así: el estaba asustado. La bala solo lo rozó . No habían pasado ni seis horas de la balacera, pero el hospital ya estaba colapsado», explica un residente anónimo. 

La Guardia Nacional puso el primer pie en Barrancas del Orinoco, al sur del estado Monagas, a las 4 p.m, luego de ocho horas de tiroteos en el lugar. Encontraron un silencio inquietante. Algunos vecinos los miraron, ocultos detrás de las cortinas.

«Vale la pena preguntarse por qué, si este enfrentamiento duró más de siete horas y se iniciaron los reportes, no llegó un helicóptero para resguardar a los habitantes. Por qué no se han pronunciado para dar una versión oficial ni se han tomado acciones contra el ELN. Bueno, es porque el Estado venezolano le ha otorgado parte de su territorio a los grupos armados y permite que sigan operando», apunta Ramírez. 

El 3 de enero apareció el alcalde del municipio Sotillo, José Maldonado, un militante del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), que dejó un escueto comunicado en sus redes sociales, llamando a la calma. El 5 de enero de 2022, el director del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), viajó al sitio, donde ya se habían instalado distintos escuadrones de seguridad del país.

Siete muertos y dos heridos, registraron oficialmente. Los lugareños dicen que son más de 30 fallecidos y otras cuatro decenas de lesionados, pero que a algunos se los llevaron a Maturín, a ciento setenta y dos kilómetros de distancia, y varios siguen escondidos en sus hogares. El toque de queda se extendió hasta el 6 de enero de 2022. 

Los indígenas que viven cerca del río se mantienen al margen, aunque les preocupa la comida, pues deben buscarla a diario. Atemorizados, se encerraron por más de 100 horas, de acuerdo con la asociación civil Kapé Kapé. Esas comunidades, orgullosos waraos con milenios de historia a cuestas, pidieron ayuda a quienes pudieron, sosteniendo que sus hijos comenzaban a llorar de hambre. Sin poder salir por el miedo y la severidad policial, las reservas de alimentos escasearon por cinco días. 

Barrancas, tomada por bandas

Barrancas ha estado ahí, a orillas del Orinoco, por lo menos desde hace cinco siglos. Diego de Ordaz, un ambicioso y algo obsesivo explorador castellano, se tropezó con el lugar en 1531, cuando todavía era una aldea llena de indígenas con la piel tostada por el sol del oriente venezolano. En 1790 arribaron unos frailes que, ayudados por los siempre diligentes waraos, construyeron una iglesia y fundaron el pueblo de San Rafael Arcángel de Barrancas. 

Fue un punto ignorado en el mapa hasta que se convirtió en un centro de producción ganadera en el siglo XX y uno de los puertos más importante del sur del estado Monagas, porque conecta con Delta Amacuro y Bolívar. Los lugareños creían que la fortuna les había sonreído. Sin embargo, las ventajas del caluroso poblado no solo atrajeron negocios prósperos sino a grupos de bandas organizadas, seducidas por la oportunidad de contrabandear sin esfuerzo a través del río. 

«Por la ubicación estratégica de Barrancas del Orinoco, es un punto donde los grupos armados quieren tomar control», comenta Ramírez. 

Un centenar de hombres agrupados bajo el nombre de El Sindicato de Barrancas, opera desde 2016. Antes de que ellos llegaran, los habitantes vivían bajo el cruento control de El Piojo, una pandilla que fue desplazada rápidamente sin que las autoridades se dieran por enteradas.

«No hay robos desde que llegaron ellos, ni violaciones o malandraje. Cualquiera podía andar por la calle con el celular en la mano o dejar el carro abierto. Si un tipo se metía con otro, los del Sindicato iban y lo castigaban ellos mismos», cuenta un habitante, que no quiso ser identificado por seguridad. 

La banda dejó en claro que no quería presencia policial en Barrancas del Orinoco, y tanto las fuerzas de seguridad como el alcalde miraron hacia otro lado hasta 2022. 

«Los guardias saben quiénes son los del Sindicato, incluso hablan con ellos. Pero se hacen los locos», expresa otra fuente del pueblo. 

La crisis económica y sanitaria invadió las calles de Barrancas al mismo tiempo que en el resto de los poblados del interior del país, durante la segunda década del siglo XXI. Allí sobreviven pescando en las verdes aguas cercanas, con la agricultura o la ganadería. Los comerciantes pagan a los miembros del Sindicato para que los dejen en paz. Vacunas de 10 a 30 dólares, porque no se acepta otra cosa que no sea dinero en efectivo. Especialmente en divisas. 

Miedo a otro ataque armado 

Entre el 4 y el 5 de enero se denunciaron nuevos tiroteos en Barrancas del Orinoco, entre presuntos integrantes de los cuerpos policiales venezolanos y el Sindicato de Barrancas. Los lugareños tienen miedo de quedar atrapados en fuego cruzado. Hasta ahora, los negocios cierran sus puertas al mediodía y no hay rastro del animado pueblito que en diciembre celebró haber pasado dos años con pocos casos de COVID-19. 

«Si hay otro ataque, en el medio estamos nosotros. Sea de quien sea: la guerrilla, el Sindicato, la policía, todos pueden matar al que esté mal atravesado. Sabemos que siempre pagamos los que no tenemos nada que ver», dijo un residente anónimo. 

En redes ha circulado un presunto comunicado del Sindicato de Barrancas afirmando que el grupo no se quedará de brazos cruzados frente a lo sucedido, lo que ha levantado las alarmas de varias localidades del municipio Sotillo. Actualmente se reportan hombres jóvenes desaparecidos, que forman parte de la banda. 

«Desde hace tiempo se viene presentando el control del territorio. Es algo que nosotros hemos alertado desde hace aproximadamente dos años y es que grupos armados irregulares ya no solo hacen vida exclusivamente en los estados fronterizos del país», indicó Ramírez, desde Fundaredes.

Fuertes combates entre FARC y el ELN en Arauca, reportan autoridades colombianas

El curso de la guerrilla colombiana 

Casi mil kilómetros separan Arauca de Barrancas del Orinoco. Para empezar, la primera es un departamento colombiano que queda justo en frontera con el estado Apure, al occidente de Venezuela. Sin embargo, el 2 de enero de 2022, allí se reportaron varios combates entre disidencias de las Farc y guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), que dejaron un saldo de al menos 24 muertos. 

«El tema siempre llega a un punto único de encuentro que es la lucha por el control o poder en el territorio. Arauca y el estado Apure operan como un corredor de grupos armados irregulares, donde incluso se secuestra gente en Colombia y se la traen a territorio venezolano», dice Clara Ramírez. 

Los asaltos en Arauca y Barrancas del Orinoco, que ocurrieron apenas pocos días después de iniciar el nuevo año, preocupan profundamente a los defensores de los derechos humanos.  

«En total en los estados de Zulia, Táchira, Apure y Amazonas, calculamos que puede haber entre unos 1.100 y 1.200 bandidos del ELN y de las disidencias de las FARC aproximadamente unos 700», declaró el general Luis Fernando Navarro, comandante de las Fuerzas Militares de Colombia, en una entrevista con Reuters durante septiembre de 2021. 

Si la ELN se encuentra en expansión y quiere adueñarse del río Orinoco para continuar sus operaciones, ONG venezolanas se preguntan quiénes frenaran su paso, aludiendo al poco interés mostrado por las autoridades nacionales. El país se ha vuelto un puerto seguro para la guerrilla, aunque el mandatario Nicolás Maduro niegue todas las denuncias al respecto.