Cuatro meses en la zona cero: sobrevivir sin luz, sin agua y sin los vecinos de toda la vida
La falta de asistencia oficial mantiene a los residentes de la zona cero sin servicio eléctrico ni agua por tuberías

Cada mañana, cuando Lucibel Simoés sale al frente de su casa en la avenida Circunvalación del sector Caribe, de la parroquia Caraballeda, lo único que ve en movimiento es a la vecina de la acera opuesta. En esa cuadra que antes era festiva y concurrida, hoy solo quedan terrenos vacíos, escombros, dos edificios pendientes de demolición y una estructura que espera ser implosionada.
Dentro de su vivienda, con los techos remendados y los muros perimetrales caídos tras el doblete sísmico que devastó el estado Vargas el pasado 24 de junio, la prioridad de esta mujer de 47 años de edad es mantener refrigerada la insulina de la que depende su vida sin contar con servicio eléctrico desde hace cuatro meses.
Ningún organismo oficial ha acudido a su calle para ofrecer asistencia médica ni energética desde el día del terremoto. “He tenido que comprar una planta eléctrica y en la bomba de gasolina Lido me prestan el apoyo con el combustible para surtirla. Gracias a ellos he podido tener luz en la noche para resolver mi problema de insulina. Porque si es por algún ente, olvídate de eso aquí”, explica Simoés, quien se dedica a la repostería, oficio que no practica actualmente por las fallas en los servicios básicos.

Quien transita hoy por la vía principal de la urbanización Caribe encuentra el alumbrado público encendido, algunos servicios funcionando y cientos de trabajadores removiendo escombros, pero ese panorama cambia cuando se adentra a la urbanización.
A lo largo de la avenida Circunvalación, desde la parte baja hasta la redoma, once edificios colapsaron o quedaron inhabilitados y por lo menos cien vecinos de toda la vida murieron atrapados bajo las estructuras de lo que fueron sus hogares. En las pocas casas que quedaron en pie en esa zona cero la limpieza del tramo superior apenas comenzó hace un par de semanas tras la visita del especialista japonés Hideki “Kit” Miyamoto, sin que el plan gubernamental Venezuela Renace ni los operativos de censo hayan llegado a las calles internas.
“Tú ves la avenida toda alumbrada, como si no hubiese pasado nada, pero cuando te metes hacia estos sectores de adentro no hay nada. Aquí somos olvidados”, afirma Lucibel.
El respaldo privado con el combustible le ayuda a conservar su tratamiento durante casi cuatro meses, aunque teme que esa ayuda se agote porque resulta difícil creer que el sector continúe a oscuras tras tanto tiempo. Pese a sus gestiones ante Corpoelec, Lucibel señala que las cuadrillas pasan por la zona sin restituir el servicio en las calles internas.
“Se burlaban de ti, ‘no, eso es para dos años’. ¿Cómo puedes tú pararte delante de alguien y decirle que va a tener que estar dos años sin luz?”, cuestiona.
El suministro de agua por tubería tampoco existe y el abandono se agravó tras casi tres semanas sin recibir camiones cisterna en la cuadra. “Estamos yendo aquí cerca a buscar botelloncitos para poder bañarse, para poder medio recoger, cocinar, tomar agua. Pero así como tal, como antes que venían las cisternas, ya eso se perdió. Ya no somos moda”, señala.
A pesar del deterioro de su vivienda, Lucibel descarta mudarse porque ese inmueble es su único patrimonio. Además de la falta de servicios, pesa la ausencia de los vecinos con quienes antes contaba para cualquier emergencia, mientras que por las noches el derrumbe de los muros perimetrales de su casa permite que desconocidos se metan por la parte trasera creyendo que la propiedad está vacía, por lo que depende de sus perros para resguardarse.
“Yo no sé lo que es dormir bien desde el día uno. Ahora sin vecinos es preocupante porque, sin luz, ¿a quién pega gritos uno aquí?. Uno de esos días que intentaron meterse a mi casa me envenenaron a unos de mis perros”, expresa.
La destrucción de los comercios en la parte baja de Caribe obligó inicialmente a los residentes a ir a la parte alta de Caraballeda para abastecerse, donde los precios aumentaron al punto de que un refresco de la marca Glup pasó de un dólar a costar entre dos y tres dólares. Hace poco abrieron dos locales más económicos en la zona, el comercio de “los gochitos” frente al McDonald’s y El Ofertón del Caribe, donde ahora resuelven las compras.
Mientras sus dos hijos mayores se trasladaron a Caracas, Lucibel se quedó en la vivienda con el menor, cuyo colegio en Caribe estuvo entre rumores de que lo iban a demoler o no, hasta que reubicaron temporalmente a los alumnos en un plantel de Caraballeda. “Todavía nadie se ha podido adaptar a esta situación, porque adaptarse como quien dice, cuando podamos ser normal, cuando tengamos la luz, el internet, el agua, que uno diga, puedo ser normal”, sostiene.

Solo tras 64 años en su casa y a la espera de una extensión eléctrica
A pocos metros de distancia, Ramón Rodríguez Herrera habita completamente solo la vivienda donde ha residido durante 64 años, cuya pared principal permanece sostenida para evitar que se venga abajo. Frente a su fachada ya derribaron varias estructuras y apenas quedan dos edificios en pie, en un tramo donde perdió a buena parte de los conocidos con los que compartió durante más de seis décadas en la cuadra.
“En este (edificio) que está aquí (colapsado) fueron 11 los muertos, y en el otro que le siguió fueron 23”, precisa al señalar el lugar donde se desplomaron los inmuebles.
En su caso, la respuesta que recibió sobre la restitución de la electricidad fue que deben terminar de demoler todas las edificaciones afectadas antes de instalar una extensión hacia las casas, una obra para la que no le dieron fecha estimada.

“Solamente dicen que hay que esperar porque el tiempo es largo y hay muchos edificios y muchas cosas que resolver. Aquí estamos sobreviviendo poco a poco”, indica.
Para contar con agua, Rodríguez Herrera enfrenta otra limitación, ya que a causa de los terremotos se reventaron todos los tanques de almacenamiento de su propiedad y no dispone de recursos para reemplazarlos.
“El agua de la lluvia que ha caído la he podido envasar, y la de tomar he tenido que ir a buscarla en el Caribe, donde están los bomberos”, explica el residente.

Empezar de nuevo a los 66 años tras medio siglo en Caribe
María Artola, de 66 años, no estaba en el sector el día del terremoto, pero se encontró con el desastre el 25 de septiembre, cuando regresó y vio por primera vez las ruinas de la cuadra donde ha vivido durante casi 51 años, desde que llegó de Nicaragua a los 16.
Aunque su vivienda, la Quinta Margarita, quedó en pie, la impresión de haber perdido a sus amigos y ver los edificios en el suelo le impidió llegar hasta su puerta aquel día. “Dejé el maletín y fui derechito a ver mi casa, y cuando ya iba por la mitad del camino me regresé porque me dio como una cosa muy fea. Perdí amigos, yo no quería creer que esto había quedado así tan feo”, recuerda.

Tras la emergencia, Artola prestó su casa para alojar al personal de Pdvsa que trabaja en la zona, pero ahora espera que la desocupen para volver a habitarla, aun cuando a los lados quedan dos edificios con graves daños estructurales, entre ellos las residencias Briña Luna.
Mientras logra regresar a su vivienda, atiende un pequeño puesto de empanadas, pastelitos y pollo frito al que llegan pocos clientes, ya que la calle quedó prácticamente sola después de la caída de las residencias y la muerte de los vecinos.
Para cocinar en el negocio y lavar los utensilios diarios, mantiene un pipote de agua la espera de camiones cisterna que muchas veces no le suerten, por lo que debe trasladar el líquido desde la estación de bomberos en una carretilla o con un joven que hace delivery en motocicleta.

“Se está viviendo muy mal. Aquí no tenemos supermercado, aquí no tenemos farmacia, aquí no tenemos panadería, aquí no tenemos nada. Uno tiene que ir al pueblo ahí arriba o tienes que ir a Maiquetía”, describe.
Aunque agradece que su hija y su nieto llevarán tiempo viviendo fuera del país antes del sismo, le toca sostener el día a día después de haber pasado por las peores crisis del estado.
“Pasamos la tragedia de Vargas, nos levantamos. Después pasamos la vaguada, nos levantamos. Pasamos la broma de los bachaqueros, nos levantamos. Pasamos la pandemia, nos levantamos, y ¡pum! Esto es muy terrible, empezar de nuevo a esta edad, después que tú tienes todas tus cosas. Pero vamos a luchar porque nos tenemos que levantarnos de nuevo”, dice convencida.
