Te cuento mi historia, por si quieres cruzar el Darién

VENEZUELA MIGRANTE · 13 SEPTIEMBRE, 2022 22:20

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Marcos Mancero


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QUÉ CHIMBO

Recibí muy temprano una llamada de Juan*, un venezolano que me quería contar su historia. Fui enseguida a juntarme con él en el parque principal de la ciudad de Puyo en la Amazonía de Ecuador. Lo encontré abatido al igual que a su esposa. “Los muchachos no lo lograron” repetía, mientras sus dos hijas y una sobrina permanecían calladas mirando el suelo. Mientras iba a encontrarme con ellos, habían recibido una confirmación telefónica de que su sobrino no había logrado cruzar la selva del Darién y que dos de los amigos que le acompañaban también estaban desaparecidos. 

Habían iniciado el paso en agosto de 2022. Fui a escuchar su historia. Lo hice, pero también les hablé de la experiencia que tuve cuando atravesé esa misma ruta. Fue hace tres años, antes de que estallara la pandemia global de Covid-19. Para entonces aún venezolanas y venezolanos no eran la mayoría de los miles que inician allí su camino clandestino rumbo a Estados Unidos.

Acompañé en esa travesía a migrantes de tres continentes. Nunca escribí lo que viví, pero decidí reconstruir mi experiencia de seis días y seis noches para compartirla, de primera mano, y explicar cómo es en realidad atravesar esa selva. 

En los días que estuve allí fui amenazado de muerte y acosado por traficantes de personas y grupos armados que dominan partes específicas del trayecto. Estuve secuestrado 19 horas en las que sentí que mi vida había dejado de pertenecerme. Vi el cadáver de un desconocido en la selva y también a personas enfermas, extraviadas y desorientadas que habían sido abandonadas a su suerte. Cuando terminé el recorrido, había sido despojado de prácticamente de todas mis pertenencias.

La inhóspita selva, ubicada en la frontera entre Colombia y Panamá, es como una suerte de Torre de Babel donde confluyen personas de más de 50 países y diversas lenguas. No van con la voluntad de alcanzar el cielo, como en la historia bíblica, sino el sueño americano, en un viacrucis entre la esperanza y la desesperación a través de una naturaleza exuberante cada vez más amenazada por la creciente contaminación. 

El paso de migrantes por esta selva se disparó en la última década. Hace 12 años, en 2010, apenas se registraron 559 refugiados y migrantes que la atravesaron. Fueron 30 mil en 2016 y en 2021 la cifra llegó 133 mil. Según Médicos sin Fronteras, organización no gubernamental de carácter global, el año pasado cruzaron el Darién tantas personas como las que lo habían hecho en los 11 años precedentes. Un récord que, entre otras razones, se atribuye a las secuelas económicas de la pandemia y al efecto del cambio climático. La proyección para 2022 es incluso mayor: entre enero y julio de este año, ya habían cruzado más de 71 mil personas, según Migración Panamá.

Venezolanas y venezolanos, incluidas mujeres, niñas y niños, ocupan en el presente el primer lugar entre los que cruzan. De acuerdo con los datos oficiales han sido más de 44 mil en lo que va de año y han superado a personas de Haití y Cuba. Venezuela, sumida en una emergencia humanitaria, ha expulsado a 6,8 millones de personas según datos de Naciones Unidas. Buena parte se dispersó por América Latina, pero progresivamente los países de la región comenzaron a exigir visados que han tenido el efecto de incrementar la movilidad clandestina. 

Quienes fueron al sur al principio ahora ponen sus esperanzas de otra vida en el norte. Van empujados también por la noticia de que Estados Unidos extendió el Programa de Protección Temporal (TPS) hasta marzo de 2024.  Sus planes son aprovechados por mafias que obtienen millonarias ganancias. Un informe de Interpol y la Policía Nacional de Colombia de 2019 señaló que el negocio del tráfico de migrantes a través del Darién facturaba semanalmente entonces cerca de un millón de dólares, alrededor de 52 millones de dólares anuales. De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) los riegos del tráfico de personas son menores para las mafias que los relacionados con el tráfico de drogas y armas, de allí el atractivo que les representa. 

La aflicción humana contrasta con la maravilla natural que constituye el paso. En 2014 el Parque Nacional del Darién, fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura (Unesco) como Patrimonio Mundial de la Humanidad y Reserva de la Biósfera del Mundo. En conjunto con el parque nacional Katíos de Colombia, constituye un fastuoso bioma, que alberga desbordante diversidad, ecosistemas y pueblos originarios ahora también en riesgo.

Todo eso lo vi en mi camino. En el grupo con el que hice el paso había migrantes de África y Haití y además estaban cinco personas de Venezuela, un presagio de la explosión que ocurriría después. Sin oportunidades de comunicación ni de abastecimiento de agua, comida o medicinas, emprendimos el viaje expuestos a las amenazas ambientales, producto de las especies salvajes que tienen hábitat en el lugar; y a las peores de todas, las humanas, dados los grupos criminales que se han convertido en señores de la selva.

Capurganá  fue el inicio

Antes del mediodía llegamos a Capurganá, una localidad turística de hermosos paisajes que es un avispero de migrantes y de traficantes de personas que se presentan como guías. El lugar se convulsiona diariamente cada vez que llega una embarcación al puerto. Apenas empezamos a descender fuimos abordados por lugareños que insistían en llevarnos hasta Panamá sin permitirnos que nos dispersáramos. 

Fui a buscar dónde sellar mi pasaporte, pero cuando regresé encontré que mis acompañantes habían desaparecido; los busqué y los encontré en una casa a unos 5 minutos del puerto. Una señora se afanaba en preparar alimentos para ofrecer a los recién llegados. El hombre de la casa y sus sobrinos querían apresuradamente cerrar un acuerdo: exigían 250 dólares por persona para el camino. 

Me mantenía atento a las negociaciones. Estuvieron estancadas hasta que los guías, con acento paisa, dieron un grito. “No vamos hacer la vuelta a nadie por menos de 150 dólares”. Luego, en tono amenazante, añadieron una frase que marcó un cambio y un cierre en la conversación: “Pongan rápido esa platica (dinero). Ustedes no pueden ir por aquí solos y peor andar acá sin nuestro permiso”.

Decidí acompañar al grupo en ese momento porque pensé que había una buena historia y sentí que no había peligro. Una vez que recogieron el dinero recaudado nos hicieron salir enseguida. Nos señalaron una despensa donde debíamos buscar rápidamente alimentos para tres días. Era mitad de la tarde y logré advertir un anuncio. La puerta al infierno era hermosa y se presentaba ante nuestros ojos con un cartel de bienvenida a un sendero ecoturístico, bien cuidado, mantenido y limpio. Allí había cargadores de equipaje que revoloteaban y se disputaban nuestro favor. Ofrecían llevar las maletas por 20 o 30 dólares y también ayudarnos a trasladar infantes por 70 dólares. Nadie sabía que sus servicios tenían que ser renovados por tramos de una hasta tres horas. 

La entrada del Darién/Foto: Marcos Mancero

Un muchacho apodado Junior dirigía el grupo de tres guías, quienes portaban chalecos azules y carnets numerados y plastificados. Afortunadamente era verano y casi no llovía. Luego de unas horas caminando dejamos atrás al parque y comenzamos a enfrentarnos a la dureza de la selva. La noche llegó y quienes antes no querían el servicio de cargadores ahora sí lo tomaban para sus pesados equipajes, pues remontábamos una cuesta.

El ascenso parecía interminable y la oscuridad dominaba el trayecto: no llevaba conmigo una linterna. Un calambre en el pie derecho me sorprendió, pero rápidamente tuve que reponerme para continuar. Paramos a medianoche para descansar. Un grupo de nigerianos que venían conmigo hizo un ritual cristiano con hermosas melodías coreadas por mujeres. No sé si el cansancio o la dulzura de sus voces me hicieron caer dormido pese a la sensación de que no había vuelta a atrás y que estábamos en manos de las mafias. 

El tráfico de personas entre América Latina y Estados Unidos es un negocio ilegal y violatorio de derechos humanos que genera ganancias por 31 mil 600 millones de dólares, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Las mujeres y niñas son las más afectadas por este delito que vulnera la dignidad de millones de personas. Los traficantes con engaños, amenazas, uso de la fuerza y otras formas de coacción someten a sus víctimas. Permanentemente nuestros guías nos dibujaban un panorama en el que se presentaban como ángeles guardianes en un lugar donde no sobreviviríamos sin ellos. Cuando dicen que el Darién es un infierno pienso en esa primera noche. Lo que lo hace tal no es el entorno selvático en sí mismo sino la aterradora presencia del crimen organizado.

Al despertar retomamos la caminata. El suelo fangoso, el calor y la humedad nos hizo presa fácil del cansancio. Además, ya los cargadores no nos acompañaban. Rápidamente todo lo que llevábamos se hizo pesado y con mucho pesar me fui desprendiendo de piezas de ropa y otras cosas innecesarias. En medio de la selva pude ver tiradas tiendas, prendas de vestir, desperdicios de alimentos, latas, plásticos, empaques, papeles, botellas y baterías de linternas.  Estos desperdicios no solo señalan el camino sombrío por donde recorrieron otros migrantes, sino también muestran un gran tema olvidado: el grave problema de la contaminación que afecta a la selva y a los pueblos originarios.

Los pueblos autóctonos de este territorio están compuestos por Kunas, Emberá y Wounaan. La densidad de la población es de tres habitantes por kilómetro cuadrado. Ellos han custodiado una marcada diversidad biótica gracias a una relación armónica con la madre tierra. Son los mejores guardianes y por eso también contribuyen a mitigación del cambio climático. 

Los madereros y los palmaceiteros se encuentran entre los principales involucrados en los daños ambientales al Darién. Poco se habla de la estela de contaminación generada por migrantes y tratantes de personas, en especial en las fuentes de agua que sirve de sustento y a las poblaciones ribereñas que dependen de los ríos y de la pesca que se puede obtener de ellos.

Mientras caminaba se me acabó el agua y al igual que otros compañeros caminantes nos moríamos de sed. El problema de la contaminación retumbaba en mi cabeza y tenía mucho miedo de beber directamente de los ríos, pero no había remedio: era cuestión de supervivencia. El agua que tomé directamente no estaba tan mal y me calmó la sed. Todos en algún momento terminan bebiendo de los ríos.

Ese segundo día mantuvimos una consigna que se dejó escuchar no más al iniciar la caminata: “Nadie deja atrás a nadie”. Procuramos mantenernos juntos y paramos no muy avanzada la noche. Acampamos cerca de un río. Nos dio tiempo para hacer una gran fogata y conocernos. Nos fuimos identificando y supimos que además de las 5 personas de Venezuela había 28 de Nigeria, 22 de Haití, 5 de Eritrea, 1 de Guinea, 1 República Dominicana y 1 de Ecuador. Ese era yo. Un desconocido con una valija nos acompañaba, pero no quería contacto con ninguno. Había una docena de niños haitianos y aproximadamente 20 mujeres.

 

Un creciente número de mujeres y niños atraviesan la selva del Darién. Estos son los datos de enero a julio de 2022:  71.012 personas en total;  52.922 hombres; 18.090 mujeres;  60.576 adultos; 10.436 menores de edad                                                 Fuente: Migración Panamá

Infografía elaborada por el autor

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En medio de la fogata conocemos mejor a Jean Marie, un haitiano delgado, que vivió en Venezuela 10 años y habla muy buen español. También dejamos que Ramón, el dominicano, nos haga reír con inesperadas ocurrencias a los hispanohablantes. Fue una pausa en la que cada quien contó las motivaciones por las que emprendía esa difícil travesía. Al calor del fuego y de una noche pudimos relajarnos brevemente.

Repentinamente antes de dormir Junior me llamó aparte. Me hizo saber que Moisés, su tío y el guía que contraté, regresó a Capurganá y había dejado para mí su linterna. Antes de entregármela me hizo una advertencia: “No creo que usted sea migrante. Si vino por acá a pasarnos visaje, téngase cuidado o lo viramos” No entendí qué era “pasar visaje” pero comprendí perfectamente lo último. Casi no pude dormir con semejante amenaza de muerte.

El engaño y el secuestro 

Al tercer día creímos que habíamos llegado al destino, pero no fue así: fuimos entregados por los guías a otro grupo que nos mantuvo secuestrados durante 19 horas en un campamento improvisado en medio de la selva. 

Habíamos comenzado a caminar apenas amaneció sin tener conciencia de que seríamos engañados. Sorteamos caminos muy anegados que serpentean en la selva convencidos de que estábamos arribando a la última parte del viaje. 

Llegamos al lecho de un río y allí Junior nos habló: “Llegamos. Vamos a descansar un momento”. Estábamos muy alegres. Los niños del grupo disfrutaban jugando en el río inocentemente.  Algunos, contagiados por la felicidad infantil, aprovechamos también para bañarnos en el agua, relajarnos y quitar el barro de nuestra ropa y de nuestros cuerpos.

Los tres guías conversaron por algunos minutos con un hombre afrodescendiente. Después, Junior nos reunió y nos explicó que ya estábamos del lado panameño y que ellos ya no podían continuar. Nos aseguró que Carlitos –el hombre con quien había estado conversando– sería quien nos guiaría a partir de ese punto. 

Nadie sabía que Carlitos nos llevaría hasta un lugar donde nos esperaban dos cómplices: “El Curry” y “El Mocho”, quien llevaba una escopeta. Se aseguraron de hacernos saber que ellos eran la autoridad. Fuimos despojados de machetes, cuchillos y nos sacaron del camino hasta un campamento improvisado. Las venezolanas lloraban angustiadas, los niños no entendían qué estaba pasando y se aferraban a sus padres y madres. Estábamos en shock. Sobrecogido por lo sucedido me cuestioné. ¿Qué hago aquí? 

Nadie podía alejarse del campamento. Se había desvanecido de manera cruel la expectativa de llegar en tres días. Entendimos que fuimos engañados y sentimos aturdimiento no solo por eso: advertimos que los chicos de Eritrea ya no estaban con nosotros, escuchamos de una montaña de la muerte que obligatoriamente debíamos cruzar y que faltarían alrededor de tres días más para llegar a Bajo Chiquito el primer enclave del lado panameño.

Un disparo del Mocho en medio del secuestro nos aterrorizó. Dimos un grito al unísono que acompañó como eco el estruendo del proyectil que pasó cerca de la cabeza de Ramón el dominicano. Una acalorada discusión entre Carlitos y el Mocho terminó con el disparo. Las “chamas” venezolanas angustiadas permanecían ahora en silencio. Las madres y padres abrazaban a sus hijos e hijas sabiendo que no era el mejor lugar para estar. 

Recuerdo las imágenes de esos abrazos cuando reviso estadísticas del presente que muestran el crecimiento del número de menores que viajan solos por el Darién. Solamente en mayo de 2022 hubo 210 niños y niñas que atravesaron la selva del Darién sin compañía de adultos, según la Defensoría del Pueblo de Colombia. El dato corresponde a los que salieron desde la población de Necoclí, uno de los puntos principales de acceso a la selva. La institución advirtió que los viajes de infantes no acompañados elevan sensiblemente el riesgo de que sean víctimas de reclutamiento forzado, abuso sexual y trata de personas.

Después de que el disparo nos aterrorizó, fuimos informados de que todos debíamos pagar un peaje de 30 dólares por persona para continuar. Empezaron las negociaciones por grupos según la nacionalidad y yo me sumé al de los nigerianos. Se hizo de noche. Después de un largo regateo se fijó el pago por la mitad del monto. Había una lluvia moderada y como pude me coloqué debajo de un plástico grande junto a unas 10 personas. No pude dormir. Fueron 19 horas interminables de secuestro que finalizaron con el pago del peaje y el alba. 

La gran montaña de la muerte o del diablo 

Un emisario de los secuestradores nos llevó temprano hasta el río donde nos mostró el camino por donde continuar. La caravana humana se extendía en unos 100 metros, plegándose como acordeón según los obstáculos naturales. A partir de ahí hicimos el ascenso por instinto ya sin guía y siguiendo las huellas que dejaron atrás otros migrantes. La montaña se impuso y provocó que el grupo grande se resquebraje:  ya no se escuchó la consigna de no dejar atrás a nadie. Se fueron configurando grupos pequeños y cada uno siguió a su ritmo.

La cuesta estaba totalmente anegada y parecía tener vida propia. En cada paso el barro se aferraba fuertemente a nuestros pies, como si no quisiera dejarnos salir de esa selva. Ese esfuerzo adicional hacía que muchas personas tarden demasiado en superar esa montaña. Pocos alcanzamos la cima. Luego de hacerlo empezamos un descenso también peligroso en el que las ramas la y vegetación lastimaban nuestras manos, brazos y rostro. Fue necesario en esta montaña contar con un bastón de madera firme para apoyarse principalmente cuando hundías los pies en el barro.

El descenso terminó a mitad de la tarde y el río al final del declive nos dio la oportunidad de descansar y beber agua. Poco a poco vimos llegar a los rezagados con gruesas gotas de sudor en su rostro. Las mujeres eran recibidas con aplausos. No lograban llegar las familias con niños, personas mayores y con sobrepeso. Supimos que tuvieron que regresar. Ramón, el dominicano a quien esperamos cerca de entrada la noche, tampoco logró completar el camino.

Cuando retomamos la marcha nos sorprendió un joven de alrededor de 20 años de edad que dijo ser de Bangladesh. Salió inesperadamente de entre la vegetación. Afirmó que estaba perdido desde hacía cuatro días. Lo vimos deambular desorientado, mojado y hambriento por la selva. Apenas comió algo de lo que le ofrecimos. Lo quisimos llevar con nosotros, pero vimos que no iba poder caminar más. Por eso regresamos hasta donde había una familia indígena pescando en el río y le encargamos que cuidaran al chico hasta que se recuperara un poco para poder seguir en alguna dirección.

En la noche nos juntamos en la fogata para abrigarnos. Un amigo venezolano nos contó de una tragedia que había sucedido semanas atrás cuando decenas de migrantes cubanos fueron sorprendidos por el desbordamiento del río y muchos perecieron. Son historias semejantes a las que se ven reflejadas en los medios de comunicación. Dos de ellas las recuerdo: el 23 de abril de 2019 fallecieron alrededor de 50 migrantes por un desbordamiento; y el 6 de julio de 2022 se reportó que 76 venezolanos se presumían desaparecidos porque después de 12 días no habían salido de la selva ni habían tenido contacto alguno con sus familias. (Si podemos poner los enlaces de las noticias

Los cubanos fallecidos por la crecida de un río en el Darién serían más de 50. https://diariodecuba.com/cuba/1559984735_46848.html

Más de 70 venezolanos están desaparecidos en el Tapón de Darién. https://3eravoz.com/sucesos/mas-de-70-venezolanos-estan-desaparecidos-en-el-tapon-de-darien/


El Tapón de Darién es hostil e impenetrable. Su difícil geografía provocó un conflicto entre naturaleza y desarrollo que impidió que 130 kilómetros de vía se construyan para completar la carretera Panamericana que va desde Alaska hasta la Patagonia. Panamá y Colombia nunca se pusieron de acuerdo para la construcción de este trayecto. Ese carácter de impenetrable ha sido propicio para el uso de la región en el tráfico de drogas, que incluso ha arrastrado a pueblos originarios a modos de vida que les eran ajenos. 

Después de escuchar la historia de los cubanos arrastrados por la corriente, nos alejamos del río para montar una tienda que Jean Marie tuvo la precaución de recoger ese día en el camino. Casi es medianoche y hay monotonía de lluvia. Una mujer nigeriana estaba bajo la lluvia y se congelaba de frío. Jean Marie le permitió entrar para que pudiera guarecerse.

El horror de la muerte y el poder de la oración 

Muy temprano empezamos el recorrido en este quinto día.  Tuvimos que sortear rocas afiladas y resbaladizas. Los ríos zigzagueaban cada vez con más caudales y debimos cruzar uno de ellos más de una vez. Entre nosotros había personas que no sabían nadar y las ayudábamos haciendo cadenas humanas para que pasen de una orilla a la otra. Dos cosas se convirtieron en grandes preocupaciones: la comida casi se había terminado y la mayoría tenía los pies no solo cansados, sino llenos de ampollas.

A media mañana encontramos un hombre fallecido. La mitad del cuerpo salía de su pequeña tienda. El olor era muy penetrante. No había manera de rodearlo, así que debimos pasar por su costado. Habíamos lidiado con todo, pero esto era demasiado. ¿Qué le pudo haber pasado? ¿Qué más nos podía esperar? Las preguntas nos martillaban y eran un peso más en la ruta, aunque seguimos caminando sin hablar del tema para no perder tiempo.

A medio día hicimos un receso. Los nigerianos compartieron galletas caseras con todos. Las recuerdo muy bien: estaban crujientes, frescas y bien conservadas. Después de regocijarme con ellas, busqué una sombra, tumbé mi espalda sobre una roca inclinada e hice una oración por el hombre aquel y también por mí mismo.

Me había quedado profundamente dormido, no sé cuánto tiempo estuve ahí. El grupo había empezado a caminar y fue Jean Marie quien regresó a buscarme apenas se dio cuenta que yo no estaba. Al verme él pensó que algo malo pasó conmigo por la manera como me encontró. Insistió varias veces llamándome hasta que logré despertarme. Se alivió cuando reaccioné. Aceleramos el paso para juntarnos con el resto.

Ya muy tarde, después de caminar a merced de la selva, encontramos cerca de la orilla de un río a un hombre mayor recostado en la arena. Permanecía bajo la lluvia desorientado y temblando. Tenía unos 65 o 70 años de edad. La comunicación con él era difícil, pero entendí que era de Sri Lanka y que tenía hambre. Le ofrecimos galletas, pero no las pudo comer y sus manos no paraban de temblar. Muchos pasaron de largo indiferentes, solo uno de los nigerianos y yo lo asistimos para que siguiera con nosotros. También oramos por él. 

La deshidratación, la diarrea y otros problemas gastrointestinales, dengue, paludismo, chikungunya, lesiones cutáneas, pies ampollados y traumatismos por golpes y caídas se encuentran entre las principales patologías que desarrollan los caminantes de la selva. Personal de Médicos sin Fronteras en Bajo Chiquito hizo 30.000 consultas médicas en 2021: alrededor de 10.000 pacientes eran niños, niñas y adolescentes y también hubo 1.000 de mujeres embarazadas. Más de 3.475 también recibieron atención en salud mental en sesiones grupales, que resultan indispensables después de las experiencias traumáticas vividas en la selva. En el presente la organización hace 200 consultas diarias los siete días de la semana: los galenos están preocupados por la desbordante demanda.

Descansábamos cuando nos pillaron tres delincuentes armados con fusiles y con rostros cubiertos con pasamontañas. Exigían una cuota económica. Casi todos asustados ofrecimos lo que podíamos: 10, 20 30 dólares. Se mostraron conformes y nos dijeron que podíamos permanecer en ese lugar e irnos al día siguiente.

Éramos alrededor de 45 personas. Armamos la tienda antes de hacer la fogata. Mientras unos recogían leña y la encendían, cargamos al hombre de Sri Lanka para que estuviera cerca del fuego. Le conseguimos algo de ropa seca. Repasaba mentalmente que no habían llegado hasta aquí ni los niños ni sus padres, ni Ramón el dominicano, ni los cinco chicos de Eritrea ni el desconocido que nos había seguido con la pesada valija cuyo contenido ignorábamos.

Jean Marie antes de dormir dentro de la tienda desperdigó todo su equipaje y de entre su ropa salió comida que tenía muy bien guardada. El pan y las salchichas enlatadas fueron un manjar exquisito para celebrar un día más de supervivencia.   

 La violencia nos sorprende de nuevo

Apenas unos minutos después de emprender la marcha muy temprano fuimos sorprendidos nuevamente por los mismos delincuentes de la noche anterior. Esta vez eran cinco hombres bien armados y con pasamontañas. Nos dieron una orden: – ¡Dejen ahí en el centro sus mochilas y aléjense hacia atrás!

A punta de fusiles de asalto nos obligan a separarnos en dos grupos de hombres y mujeres. Los primeros fuimos revisados ahí mismo minuciosamente. A las mujeres, en cambio, se las llevaron por un sendero al interior de la selva. Mientras un delincuente nos apuntaba con su fusil, el otro se aseguraba de buscar dinero y objetos de valor: teléfonos, cámaras, computadoras, joyas se quedaron con ellos. Mi computador portátil y mi cámara de video también. No entendí por qué mi iPhone no lo quisieron y me lo devolvieron.

Luego de interminables minutos las mujeres regresaron. De alguna manera supusimos lo que había pasado. Una sensación de impotencia y rabia se apodera de todos, más aún dentro del círculo familiar y de amigos de ellas. La chama venezolana embarazada regresa y se junta con su pareja. Se abrazan fuertemente y no han parado de llorar. Sus tres paisanas tampoco pueden contener el llanto. La exposición a violencia sexual ha quedado retratada en datos de Médicos sin Fronteras. Desde abril de 2021 hasta julio de 2022 han registrado más de 400 casos de abuso de esa índole. Hay hombres que tampoco han escapado de esa suerte. 

Después de dos interminables horas podemos irnos, apresuramos el paso para alejarnos prontamente de ese lugar, bajo el calor asfixiante y húmedo el silencio de nuevo se apoderó de todos. Cruzamos rápidamente el río y nos damos la mano unos a otros para pasar los fuertes torrentes con tal de distanciarnos de aquellos delincuentes y violadores.

A media mañana encontramos una mujer haitiana mal herida está sentada en el río. Tiene su rostro muy quemado y sus piernas lastimadas. Se aferra a una vieja biblia que tiene entre las manos. Nos pide ayuda. Intentamos hacerla caminar, pero no puede ponerse en pie. Fue muy difícil para mí tener que dejarla.

Una sensación de miedo se apoderó de nuevo del grupo al mediodía cuando vimos un hombre río abajo.  Nos detuvimos en seco y nadie quiso avanzar, algunos incluso nos ocultamos. Era un lugareño que también se había dado cuenta que veníamos por el río y empezó hacernos señales con los brazos abiertos. Mientras nos acercábamos con recelo vimos que un militar estaba cerca de él. Apenas nos acercamos nos dicen que estamos a salvo y nos llevan con ellos, más adelante en un campamento improvisado una mujer tiene abundante comida y gaseosas para ofrecernos. Quienes no tenían dinero también pudieron disfrutar de la bondad y solidaridad de estas personas.

El oficial panameño nos condujo hasta la población de Bajo Chiquito. Solicitó que un grupo especializado subiera a rescatar a las dos personas que habíamos reportado. Todos sin excepción llegamos con alguna afectación física o mental. Encontré al llegar a padres sin sus hijos, hijos sin sus padres, personas que esperan que lleguen sus familiares, hermanos, primos, amigos o conocidos. Sabía que las heridas físicas del trayecto posiblemente cicatrizarán no así las heridas no visibles de esta desgarradora experiencia que tomaría seguramente mucho más tiempo.

En Bajo Chiquito encontré a los 5 muchachos de Eritrea. Habían llegado un día antes. Las dos chicas de su grupo estaba muy afectadas porque también fueron agredidas sexualmente. Les habían quitado todo, incluidos sus pasaportes. Eso les impediría avanzar hasta que las autoridades pudieran verificar su identidad. La mujer haitiana fue rescatada con vida, pero no el hombre de Sri Lanka.

Con mucha atención, Juan y su esposa escucharon mi historia. Me hicieron muchas preguntas, algunas cosas ella las anotaba en un papel. Me dijeron que a pesar de la tragedia de su sobrino y amigos ellos tienen la intención de continuar. Antes de la pandemia habían pasado por la Amazonia ecuatoriana rumbo a Chile y ahora han regresado con la intención de avanzar hacia el norte. Saben que deben extremar la protección a sus hijas y sobrina, pero les motiva los testimonios de muchos de sus amigos y compatriotas que ya están en los EEUU. 

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Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

 

*El nombre marcado con este asterisco (*) está protegido.



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VENEZUELA MIGRANTE · 30 SEPTIEMBRE, 2022

Te cuento mi historia, por si quieres cruzar el Darién

Texto por Marcos Mancero

Recibí muy temprano una llamada de Juan*, un venezolano que me quería contar su historia. Fui enseguida a juntarme con él en el parque principal de la ciudad de Puyo en la Amazonía de Ecuador. Lo encontré abatido al igual que a su esposa. “Los muchachos no lo lograron” repetía, mientras sus dos hijas y una sobrina permanecían calladas mirando el suelo. Mientras iba a encontrarme con ellos, habían recibido una confirmación telefónica de que su sobrino no había logrado cruzar la selva del Darién y que dos de los amigos que le acompañaban también estaban desaparecidos. 

Habían iniciado el paso en agosto de 2022. Fui a escuchar su historia. Lo hice, pero también les hablé de la experiencia que tuve cuando atravesé esa misma ruta. Fue hace tres años, antes de que estallara la pandemia global de Covid-19. Para entonces aún venezolanas y venezolanos no eran la mayoría de los miles que inician allí su camino clandestino rumbo a Estados Unidos.

Acompañé en esa travesía a migrantes de tres continentes. Nunca escribí lo que viví, pero decidí reconstruir mi experiencia de seis días y seis noches para compartirla, de primera mano, y explicar cómo es en realidad atravesar esa selva. 

En los días que estuve allí fui amenazado de muerte y acosado por traficantes de personas y grupos armados que dominan partes específicas del trayecto. Estuve secuestrado 19 horas en las que sentí que mi vida había dejado de pertenecerme. Vi el cadáver de un desconocido en la selva y también a personas enfermas, extraviadas y desorientadas que habían sido abandonadas a su suerte. Cuando terminé el recorrido, había sido despojado de prácticamente de todas mis pertenencias.

La inhóspita selva, ubicada en la frontera entre Colombia y Panamá, es como una suerte de Torre de Babel donde confluyen personas de más de 50 países y diversas lenguas. No van con la voluntad de alcanzar el cielo, como en la historia bíblica, sino el sueño americano, en un viacrucis entre la esperanza y la desesperación a través de una naturaleza exuberante cada vez más amenazada por la creciente contaminación. 

El paso de migrantes por esta selva se disparó en la última década. Hace 12 años, en 2010, apenas se registraron 559 refugiados y migrantes que la atravesaron. Fueron 30 mil en 2016 y en 2021 la cifra llegó 133 mil. Según Médicos sin Fronteras, organización no gubernamental de carácter global, el año pasado cruzaron el Darién tantas personas como las que lo habían hecho en los 11 años precedentes. Un récord que, entre otras razones, se atribuye a las secuelas económicas de la pandemia y al efecto del cambio climático. La proyección para 2022 es incluso mayor: entre enero y julio de este año, ya habían cruzado más de 71 mil personas, según Migración Panamá.

Venezolanas y venezolanos, incluidas mujeres, niñas y niños, ocupan en el presente el primer lugar entre los que cruzan. De acuerdo con los datos oficiales han sido más de 44 mil en lo que va de año y han superado a personas de Haití y Cuba. Venezuela, sumida en una emergencia humanitaria, ha expulsado a 6,8 millones de personas según datos de Naciones Unidas. Buena parte se dispersó por América Latina, pero progresivamente los países de la región comenzaron a exigir visados que han tenido el efecto de incrementar la movilidad clandestina. 

Quienes fueron al sur al principio ahora ponen sus esperanzas de otra vida en el norte. Van empujados también por la noticia de que Estados Unidos extendió el Programa de Protección Temporal (TPS) hasta marzo de 2024.  Sus planes son aprovechados por mafias que obtienen millonarias ganancias. Un informe de Interpol y la Policía Nacional de Colombia de 2019 señaló que el negocio del tráfico de migrantes a través del Darién facturaba semanalmente entonces cerca de un millón de dólares, alrededor de 52 millones de dólares anuales. De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) los riegos del tráfico de personas son menores para las mafias que los relacionados con el tráfico de drogas y armas, de allí el atractivo que les representa. 

La aflicción humana contrasta con la maravilla natural que constituye el paso. En 2014 el Parque Nacional del Darién, fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura (Unesco) como Patrimonio Mundial de la Humanidad y Reserva de la Biósfera del Mundo. En conjunto con el parque nacional Katíos de Colombia, constituye un fastuoso bioma, que alberga desbordante diversidad, ecosistemas y pueblos originarios ahora también en riesgo.

Todo eso lo vi en mi camino. En el grupo con el que hice el paso había migrantes de África y Haití y además estaban cinco personas de Venezuela, un presagio de la explosión que ocurriría después. Sin oportunidades de comunicación ni de abastecimiento de agua, comida o medicinas, emprendimos el viaje expuestos a las amenazas ambientales, producto de las especies salvajes que tienen hábitat en el lugar; y a las peores de todas, las humanas, dados los grupos criminales que se han convertido en señores de la selva.

Capurganá  fue el inicio

Antes del mediodía llegamos a Capurganá, una localidad turística de hermosos paisajes que es un avispero de migrantes y de traficantes de personas que se presentan como guías. El lugar se convulsiona diariamente cada vez que llega una embarcación al puerto. Apenas empezamos a descender fuimos abordados por lugareños que insistían en llevarnos hasta Panamá sin permitirnos que nos dispersáramos. 

Fui a buscar dónde sellar mi pasaporte, pero cuando regresé encontré que mis acompañantes habían desaparecido; los busqué y los encontré en una casa a unos 5 minutos del puerto. Una señora se afanaba en preparar alimentos para ofrecer a los recién llegados. El hombre de la casa y sus sobrinos querían apresuradamente cerrar un acuerdo: exigían 250 dólares por persona para el camino. 

Me mantenía atento a las negociaciones. Estuvieron estancadas hasta que los guías, con acento paisa, dieron un grito. “No vamos hacer la vuelta a nadie por menos de 150 dólares”. Luego, en tono amenazante, añadieron una frase que marcó un cambio y un cierre en la conversación: “Pongan rápido esa platica (dinero). Ustedes no pueden ir por aquí solos y peor andar acá sin nuestro permiso”.

Decidí acompañar al grupo en ese momento porque pensé que había una buena historia y sentí que no había peligro. Una vez que recogieron el dinero recaudado nos hicieron salir enseguida. Nos señalaron una despensa donde debíamos buscar rápidamente alimentos para tres días. Era mitad de la tarde y logré advertir un anuncio. La puerta al infierno era hermosa y se presentaba ante nuestros ojos con un cartel de bienvenida a un sendero ecoturístico, bien cuidado, mantenido y limpio. Allí había cargadores de equipaje que revoloteaban y se disputaban nuestro favor. Ofrecían llevar las maletas por 20 o 30 dólares y también ayudarnos a trasladar infantes por 70 dólares. Nadie sabía que sus servicios tenían que ser renovados por tramos de una hasta tres horas. 

La entrada del Darién/Foto: Marcos Mancero

Un muchacho apodado Junior dirigía el grupo de tres guías, quienes portaban chalecos azules y carnets numerados y plastificados. Afortunadamente era verano y casi no llovía. Luego de unas horas caminando dejamos atrás al parque y comenzamos a enfrentarnos a la dureza de la selva. La noche llegó y quienes antes no querían el servicio de cargadores ahora sí lo tomaban para sus pesados equipajes, pues remontábamos una cuesta.

El ascenso parecía interminable y la oscuridad dominaba el trayecto: no llevaba conmigo una linterna. Un calambre en el pie derecho me sorprendió, pero rápidamente tuve que reponerme para continuar. Paramos a medianoche para descansar. Un grupo de nigerianos que venían conmigo hizo un ritual cristiano con hermosas melodías coreadas por mujeres. No sé si el cansancio o la dulzura de sus voces me hicieron caer dormido pese a la sensación de que no había vuelta a atrás y que estábamos en manos de las mafias. 

El tráfico de personas entre América Latina y Estados Unidos es un negocio ilegal y violatorio de derechos humanos que genera ganancias por 31 mil 600 millones de dólares, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Las mujeres y niñas son las más afectadas por este delito que vulnera la dignidad de millones de personas. Los traficantes con engaños, amenazas, uso de la fuerza y otras formas de coacción someten a sus víctimas. Permanentemente nuestros guías nos dibujaban un panorama en el que se presentaban como ángeles guardianes en un lugar donde no sobreviviríamos sin ellos. Cuando dicen que el Darién es un infierno pienso en esa primera noche. Lo que lo hace tal no es el entorno selvático en sí mismo sino la aterradora presencia del crimen organizado.

Al despertar retomamos la caminata. El suelo fangoso, el calor y la humedad nos hizo presa fácil del cansancio. Además, ya los cargadores no nos acompañaban. Rápidamente todo lo que llevábamos se hizo pesado y con mucho pesar me fui desprendiendo de piezas de ropa y otras cosas innecesarias. En medio de la selva pude ver tiradas tiendas, prendas de vestir, desperdicios de alimentos, latas, plásticos, empaques, papeles, botellas y baterías de linternas.  Estos desperdicios no solo señalan el camino sombrío por donde recorrieron otros migrantes, sino también muestran un gran tema olvidado: el grave problema de la contaminación que afecta a la selva y a los pueblos originarios.

Los pueblos autóctonos de este territorio están compuestos por Kunas, Emberá y Wounaan. La densidad de la población es de tres habitantes por kilómetro cuadrado. Ellos han custodiado una marcada diversidad biótica gracias a una relación armónica con la madre tierra. Son los mejores guardianes y por eso también contribuyen a mitigación del cambio climático. 

Los madereros y los palmaceiteros se encuentran entre los principales involucrados en los daños ambientales al Darién. Poco se habla de la estela de contaminación generada por migrantes y tratantes de personas, en especial en las fuentes de agua que sirve de sustento y a las poblaciones ribereñas que dependen de los ríos y de la pesca que se puede obtener de ellos.

Mientras caminaba se me acabó el agua y al igual que otros compañeros caminantes nos moríamos de sed. El problema de la contaminación retumbaba en mi cabeza y tenía mucho miedo de beber directamente de los ríos, pero no había remedio: era cuestión de supervivencia. El agua que tomé directamente no estaba tan mal y me calmó la sed. Todos en algún momento terminan bebiendo de los ríos.

Ese segundo día mantuvimos una consigna que se dejó escuchar no más al iniciar la caminata: “Nadie deja atrás a nadie”. Procuramos mantenernos juntos y paramos no muy avanzada la noche. Acampamos cerca de un río. Nos dio tiempo para hacer una gran fogata y conocernos. Nos fuimos identificando y supimos que además de las 5 personas de Venezuela había 28 de Nigeria, 22 de Haití, 5 de Eritrea, 1 de Guinea, 1 República Dominicana y 1 de Ecuador. Ese era yo. Un desconocido con una valija nos acompañaba, pero no quería contacto con ninguno. Había una docena de niños haitianos y aproximadamente 20 mujeres.

 

Un creciente número de mujeres y niños atraviesan la selva del Darién. Estos son los datos de enero a julio de 2022:  71.012 personas en total;  52.922 hombres; 18.090 mujeres;  60.576 adultos; 10.436 menores de edad                                                 Fuente: Migración Panamá

Infografía elaborada por el autor

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En medio de la fogata conocemos mejor a Jean Marie, un haitiano delgado, que vivió en Venezuela 10 años y habla muy buen español. También dejamos que Ramón, el dominicano, nos haga reír con inesperadas ocurrencias a los hispanohablantes. Fue una pausa en la que cada quien contó las motivaciones por las que emprendía esa difícil travesía. Al calor del fuego y de una noche pudimos relajarnos brevemente.

Repentinamente antes de dormir Junior me llamó aparte. Me hizo saber que Moisés, su tío y el guía que contraté, regresó a Capurganá y había dejado para mí su linterna. Antes de entregármela me hizo una advertencia: “No creo que usted sea migrante. Si vino por acá a pasarnos visaje, téngase cuidado o lo viramos” No entendí qué era “pasar visaje” pero comprendí perfectamente lo último. Casi no pude dormir con semejante amenaza de muerte.

El engaño y el secuestro 

Al tercer día creímos que habíamos llegado al destino, pero no fue así: fuimos entregados por los guías a otro grupo que nos mantuvo secuestrados durante 19 horas en un campamento improvisado en medio de la selva. 

Habíamos comenzado a caminar apenas amaneció sin tener conciencia de que seríamos engañados. Sorteamos caminos muy anegados que serpentean en la selva convencidos de que estábamos arribando a la última parte del viaje. 

Llegamos al lecho de un río y allí Junior nos habló: “Llegamos. Vamos a descansar un momento”. Estábamos muy alegres. Los niños del grupo disfrutaban jugando en el río inocentemente.  Algunos, contagiados por la felicidad infantil, aprovechamos también para bañarnos en el agua, relajarnos y quitar el barro de nuestra ropa y de nuestros cuerpos.

Los tres guías conversaron por algunos minutos con un hombre afrodescendiente. Después, Junior nos reunió y nos explicó que ya estábamos del lado panameño y que ellos ya no podían continuar. Nos aseguró que Carlitos –el hombre con quien había estado conversando– sería quien nos guiaría a partir de ese punto. 

Nadie sabía que Carlitos nos llevaría hasta un lugar donde nos esperaban dos cómplices: “El Curry” y “El Mocho”, quien llevaba una escopeta. Se aseguraron de hacernos saber que ellos eran la autoridad. Fuimos despojados de machetes, cuchillos y nos sacaron del camino hasta un campamento improvisado. Las venezolanas lloraban angustiadas, los niños no entendían qué estaba pasando y se aferraban a sus padres y madres. Estábamos en shock. Sobrecogido por lo sucedido me cuestioné. ¿Qué hago aquí? 

Nadie podía alejarse del campamento. Se había desvanecido de manera cruel la expectativa de llegar en tres días. Entendimos que fuimos engañados y sentimos aturdimiento no solo por eso: advertimos que los chicos de Eritrea ya no estaban con nosotros, escuchamos de una montaña de la muerte que obligatoriamente debíamos cruzar y que faltarían alrededor de tres días más para llegar a Bajo Chiquito el primer enclave del lado panameño.

Un disparo del Mocho en medio del secuestro nos aterrorizó. Dimos un grito al unísono que acompañó como eco el estruendo del proyectil que pasó cerca de la cabeza de Ramón el dominicano. Una acalorada discusión entre Carlitos y el Mocho terminó con el disparo. Las “chamas” venezolanas angustiadas permanecían ahora en silencio. Las madres y padres abrazaban a sus hijos e hijas sabiendo que no era el mejor lugar para estar. 

Recuerdo las imágenes de esos abrazos cuando reviso estadísticas del presente que muestran el crecimiento del número de menores que viajan solos por el Darién. Solamente en mayo de 2022 hubo 210 niños y niñas que atravesaron la selva del Darién sin compañía de adultos, según la Defensoría del Pueblo de Colombia. El dato corresponde a los que salieron desde la población de Necoclí, uno de los puntos principales de acceso a la selva. La institución advirtió que los viajes de infantes no acompañados elevan sensiblemente el riesgo de que sean víctimas de reclutamiento forzado, abuso sexual y trata de personas.

Después de que el disparo nos aterrorizó, fuimos informados de que todos debíamos pagar un peaje de 30 dólares por persona para continuar. Empezaron las negociaciones por grupos según la nacionalidad y yo me sumé al de los nigerianos. Se hizo de noche. Después de un largo regateo se fijó el pago por la mitad del monto. Había una lluvia moderada y como pude me coloqué debajo de un plástico grande junto a unas 10 personas. No pude dormir. Fueron 19 horas interminables de secuestro que finalizaron con el pago del peaje y el alba. 

La gran montaña de la muerte o del diablo 

Un emisario de los secuestradores nos llevó temprano hasta el río donde nos mostró el camino por donde continuar. La caravana humana se extendía en unos 100 metros, plegándose como acordeón según los obstáculos naturales. A partir de ahí hicimos el ascenso por instinto ya sin guía y siguiendo las huellas que dejaron atrás otros migrantes. La montaña se impuso y provocó que el grupo grande se resquebraje:  ya no se escuchó la consigna de no dejar atrás a nadie. Se fueron configurando grupos pequeños y cada uno siguió a su ritmo.

La cuesta estaba totalmente anegada y parecía tener vida propia. En cada paso el barro se aferraba fuertemente a nuestros pies, como si no quisiera dejarnos salir de esa selva. Ese esfuerzo adicional hacía que muchas personas tarden demasiado en superar esa montaña. Pocos alcanzamos la cima. Luego de hacerlo empezamos un descenso también peligroso en el que las ramas la y vegetación lastimaban nuestras manos, brazos y rostro. Fue necesario en esta montaña contar con un bastón de madera firme para apoyarse principalmente cuando hundías los pies en el barro.

El descenso terminó a mitad de la tarde y el río al final del declive nos dio la oportunidad de descansar y beber agua. Poco a poco vimos llegar a los rezagados con gruesas gotas de sudor en su rostro. Las mujeres eran recibidas con aplausos. No lograban llegar las familias con niños, personas mayores y con sobrepeso. Supimos que tuvieron que regresar. Ramón, el dominicano a quien esperamos cerca de entrada la noche, tampoco logró completar el camino.

Cuando retomamos la marcha nos sorprendió un joven de alrededor de 20 años de edad que dijo ser de Bangladesh. Salió inesperadamente de entre la vegetación. Afirmó que estaba perdido desde hacía cuatro días. Lo vimos deambular desorientado, mojado y hambriento por la selva. Apenas comió algo de lo que le ofrecimos. Lo quisimos llevar con nosotros, pero vimos que no iba poder caminar más. Por eso regresamos hasta donde había una familia indígena pescando en el río y le encargamos que cuidaran al chico hasta que se recuperara un poco para poder seguir en alguna dirección.

En la noche nos juntamos en la fogata para abrigarnos. Un amigo venezolano nos contó de una tragedia que había sucedido semanas atrás cuando decenas de migrantes cubanos fueron sorprendidos por el desbordamiento del río y muchos perecieron. Son historias semejantes a las que se ven reflejadas en los medios de comunicación. Dos de ellas las recuerdo: el 23 de abril de 2019 fallecieron alrededor de 50 migrantes por un desbordamiento; y el 6 de julio de 2022 se reportó que 76 venezolanos se presumían desaparecidos porque después de 12 días no habían salido de la selva ni habían tenido contacto alguno con sus familias. (Si podemos poner los enlaces de las noticias

Los cubanos fallecidos por la crecida de un río en el Darién serían más de 50. https://diariodecuba.com/cuba/1559984735_46848.html

Más de 70 venezolanos están desaparecidos en el Tapón de Darién. https://3eravoz.com/sucesos/mas-de-70-venezolanos-estan-desaparecidos-en-el-tapon-de-darien/


El Tapón de Darién es hostil e impenetrable. Su difícil geografía provocó un conflicto entre naturaleza y desarrollo que impidió que 130 kilómetros de vía se construyan para completar la carretera Panamericana que va desde Alaska hasta la Patagonia. Panamá y Colombia nunca se pusieron de acuerdo para la construcción de este trayecto. Ese carácter de impenetrable ha sido propicio para el uso de la región en el tráfico de drogas, que incluso ha arrastrado a pueblos originarios a modos de vida que les eran ajenos. 

Después de escuchar la historia de los cubanos arrastrados por la corriente, nos alejamos del río para montar una tienda que Jean Marie tuvo la precaución de recoger ese día en el camino. Casi es medianoche y hay monotonía de lluvia. Una mujer nigeriana estaba bajo la lluvia y se congelaba de frío. Jean Marie le permitió entrar para que pudiera guarecerse.

El horror de la muerte y el poder de la oración 

Muy temprano empezamos el recorrido en este quinto día.  Tuvimos que sortear rocas afiladas y resbaladizas. Los ríos zigzagueaban cada vez con más caudales y debimos cruzar uno de ellos más de una vez. Entre nosotros había personas que no sabían nadar y las ayudábamos haciendo cadenas humanas para que pasen de una orilla a la otra. Dos cosas se convirtieron en grandes preocupaciones: la comida casi se había terminado y la mayoría tenía los pies no solo cansados, sino llenos de ampollas.

A media mañana encontramos un hombre fallecido. La mitad del cuerpo salía de su pequeña tienda. El olor era muy penetrante. No había manera de rodearlo, así que debimos pasar por su costado. Habíamos lidiado con todo, pero esto era demasiado. ¿Qué le pudo haber pasado? ¿Qué más nos podía esperar? Las preguntas nos martillaban y eran un peso más en la ruta, aunque seguimos caminando sin hablar del tema para no perder tiempo.

A medio día hicimos un receso. Los nigerianos compartieron galletas caseras con todos. Las recuerdo muy bien: estaban crujientes, frescas y bien conservadas. Después de regocijarme con ellas, busqué una sombra, tumbé mi espalda sobre una roca inclinada e hice una oración por el hombre aquel y también por mí mismo.

Me había quedado profundamente dormido, no sé cuánto tiempo estuve ahí. El grupo había empezado a caminar y fue Jean Marie quien regresó a buscarme apenas se dio cuenta que yo no estaba. Al verme él pensó que algo malo pasó conmigo por la manera como me encontró. Insistió varias veces llamándome hasta que logré despertarme. Se alivió cuando reaccioné. Aceleramos el paso para juntarnos con el resto.

Ya muy tarde, después de caminar a merced de la selva, encontramos cerca de la orilla de un río a un hombre mayor recostado en la arena. Permanecía bajo la lluvia desorientado y temblando. Tenía unos 65 o 70 años de edad. La comunicación con él era difícil, pero entendí que era de Sri Lanka y que tenía hambre. Le ofrecimos galletas, pero no las pudo comer y sus manos no paraban de temblar. Muchos pasaron de largo indiferentes, solo uno de los nigerianos y yo lo asistimos para que siguiera con nosotros. También oramos por él. 

La deshidratación, la diarrea y otros problemas gastrointestinales, dengue, paludismo, chikungunya, lesiones cutáneas, pies ampollados y traumatismos por golpes y caídas se encuentran entre las principales patologías que desarrollan los caminantes de la selva. Personal de Médicos sin Fronteras en Bajo Chiquito hizo 30.000 consultas médicas en 2021: alrededor de 10.000 pacientes eran niños, niñas y adolescentes y también hubo 1.000 de mujeres embarazadas. Más de 3.475 también recibieron atención en salud mental en sesiones grupales, que resultan indispensables después de las experiencias traumáticas vividas en la selva. En el presente la organización hace 200 consultas diarias los siete días de la semana: los galenos están preocupados por la desbordante demanda.

Descansábamos cuando nos pillaron tres delincuentes armados con fusiles y con rostros cubiertos con pasamontañas. Exigían una cuota económica. Casi todos asustados ofrecimos lo que podíamos: 10, 20 30 dólares. Se mostraron conformes y nos dijeron que podíamos permanecer en ese lugar e irnos al día siguiente.

Éramos alrededor de 45 personas. Armamos la tienda antes de hacer la fogata. Mientras unos recogían leña y la encendían, cargamos al hombre de Sri Lanka para que estuviera cerca del fuego. Le conseguimos algo de ropa seca. Repasaba mentalmente que no habían llegado hasta aquí ni los niños ni sus padres, ni Ramón el dominicano, ni los cinco chicos de Eritrea ni el desconocido que nos había seguido con la pesada valija cuyo contenido ignorábamos.

Jean Marie antes de dormir dentro de la tienda desperdigó todo su equipaje y de entre su ropa salió comida que tenía muy bien guardada. El pan y las salchichas enlatadas fueron un manjar exquisito para celebrar un día más de supervivencia.   

 La violencia nos sorprende de nuevo

Apenas unos minutos después de emprender la marcha muy temprano fuimos sorprendidos nuevamente por los mismos delincuentes de la noche anterior. Esta vez eran cinco hombres bien armados y con pasamontañas. Nos dieron una orden: – ¡Dejen ahí en el centro sus mochilas y aléjense hacia atrás!

A punta de fusiles de asalto nos obligan a separarnos en dos grupos de hombres y mujeres. Los primeros fuimos revisados ahí mismo minuciosamente. A las mujeres, en cambio, se las llevaron por un sendero al interior de la selva. Mientras un delincuente nos apuntaba con su fusil, el otro se aseguraba de buscar dinero y objetos de valor: teléfonos, cámaras, computadoras, joyas se quedaron con ellos. Mi computador portátil y mi cámara de video también. No entendí por qué mi iPhone no lo quisieron y me lo devolvieron.

Luego de interminables minutos las mujeres regresaron. De alguna manera supusimos lo que había pasado. Una sensación de impotencia y rabia se apodera de todos, más aún dentro del círculo familiar y de amigos de ellas. La chama venezolana embarazada regresa y se junta con su pareja. Se abrazan fuertemente y no han parado de llorar. Sus tres paisanas tampoco pueden contener el llanto. La exposición a violencia sexual ha quedado retratada en datos de Médicos sin Fronteras. Desde abril de 2021 hasta julio de 2022 han registrado más de 400 casos de abuso de esa índole. Hay hombres que tampoco han escapado de esa suerte. 

Después de dos interminables horas podemos irnos, apresuramos el paso para alejarnos prontamente de ese lugar, bajo el calor asfixiante y húmedo el silencio de nuevo se apoderó de todos. Cruzamos rápidamente el río y nos damos la mano unos a otros para pasar los fuertes torrentes con tal de distanciarnos de aquellos delincuentes y violadores.

A media mañana encontramos una mujer haitiana mal herida está sentada en el río. Tiene su rostro muy quemado y sus piernas lastimadas. Se aferra a una vieja biblia que tiene entre las manos. Nos pide ayuda. Intentamos hacerla caminar, pero no puede ponerse en pie. Fue muy difícil para mí tener que dejarla.

Una sensación de miedo se apoderó de nuevo del grupo al mediodía cuando vimos un hombre río abajo.  Nos detuvimos en seco y nadie quiso avanzar, algunos incluso nos ocultamos. Era un lugareño que también se había dado cuenta que veníamos por el río y empezó hacernos señales con los brazos abiertos. Mientras nos acercábamos con recelo vimos que un militar estaba cerca de él. Apenas nos acercamos nos dicen que estamos a salvo y nos llevan con ellos, más adelante en un campamento improvisado una mujer tiene abundante comida y gaseosas para ofrecernos. Quienes no tenían dinero también pudieron disfrutar de la bondad y solidaridad de estas personas.

El oficial panameño nos condujo hasta la población de Bajo Chiquito. Solicitó que un grupo especializado subiera a rescatar a las dos personas que habíamos reportado. Todos sin excepción llegamos con alguna afectación física o mental. Encontré al llegar a padres sin sus hijos, hijos sin sus padres, personas que esperan que lleguen sus familiares, hermanos, primos, amigos o conocidos. Sabía que las heridas físicas del trayecto posiblemente cicatrizarán no así las heridas no visibles de esta desgarradora experiencia que tomaría seguramente mucho más tiempo.

En Bajo Chiquito encontré a los 5 muchachos de Eritrea. Habían llegado un día antes. Las dos chicas de su grupo estaba muy afectadas porque también fueron agredidas sexualmente. Les habían quitado todo, incluidos sus pasaportes. Eso les impediría avanzar hasta que las autoridades pudieran verificar su identidad. La mujer haitiana fue rescatada con vida, pero no el hombre de Sri Lanka.

Con mucha atención, Juan y su esposa escucharon mi historia. Me hicieron muchas preguntas, algunas cosas ella las anotaba en un papel. Me dijeron que a pesar de la tragedia de su sobrino y amigos ellos tienen la intención de continuar. Antes de la pandemia habían pasado por la Amazonia ecuatoriana rumbo a Chile y ahora han regresado con la intención de avanzar hacia el norte. Saben que deben extremar la protección a sus hijas y sobrina, pero les motiva los testimonios de muchos de sus amigos y compatriotas que ya están en los EEUU. 

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Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

 

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