"A nuestros niños les están quitando la inocencia": dice abuela de La Vega

SUCESOS · 20 JUNIO, 2021 10:00

“A nuestros niños les están quitando la inocencia”: relato de una abuela de La Vega

Texto por Reynaldo Mozo Zambrano | @reymozo

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Jazmín* tiene 65 años de edad y la mitad de su vida la ha vivido en la parroquia La Vega. Ella es abuela y cría a sus nietos luego de que sus hijos emigraron. Desde enero de 2021 vive en zozobra, pues los intensos tiroteos que se registran en esa parroquia del centro-oeste de Caracas son una pesadilla con la debe vivir.

“Mi nieto me dice: ‘abuela, volvió El Coqui, no voy a ir al parque porque me da miedo (…)’. Ya los niños no tienen infancia, prácticamente hablan de la banda y cuando escuchan tiros dicen: ‘ese es el Coqui, otra vez’ ”, afirma con indignación.

Desde que comenzaron los tiroteos en La Vega, motivado a que las bandas que allí se asentaron quieren mantener el control del territorio, han muerto siete personas, la mayoría por balas perdidas.

“Vivimos en una agonía, es como si se pusieran de acuerdo, cuando no son los lunes (los tiroteos) son los martes y empiezan a las 12 de la noche y eso es plomo parejo. Vivimos aterrorizados, los niños no pueden estar en el patio”, cuenta Jazmín a través de una llamada telefónica con Efecto Cocuyo.

Los tiroteos en el sector se volvieron cotidianos para  Jazmín y sus nietos, así como ver a los delincuentes pasar con sus armas largas por las calles y callejones del barrio.

Los niños no pueden jugar como antes, porque ella tiene miedo de que alguna bala perdida los alcance o que queden atrapados en un enfrentamiento.

Aunque en las últimas semanas los cuerpos de seguridad del Estado han tomado algunos sectores para intentar dar con el paradero de los delincuentes que conforman las bandas delictivas, vecinos de La Vega creen que los operativos fracasaron, ya que no atrapan a ningún delincuente.

El incremento de la violencia modificó las rutinas de muchos de los habitantes de La Vega. Salir a hacer mercado, ir a trabajar o a distraerse se ha convertido en una odisea. Los vecinos temen convertirse en víctimas de la violencia criminal que allí reina.

“Aquí en mi casa todos trabajan y hay unos que no van por el miedo a morir en un enfrentamiento o a que la policía los vincule con las bandas”, dice Jazmín.

Los robos también aumentaron en La Vega. Un vecino del barrio San Miguel, quién pidió no ser identificado, explica que su grupo familiar fue víctima de la delincuencia: “Una vez me robaron el teléfono y a mi sobrino le quitaron una computadora”, resume.

Esta versión la corrobora Jazmín, quien señala que los delincuentes andan por los callejones y roban a los transeúntes.  “Ahora no sabemos quién es quién, si son los policías o los malandros. Además, ahora la policía le revisa el teléfono a todo el mundo”, relata la vecina.

Dormir juntos con el temor de las balas perdidas

Dormir tranquilo no es normal en algunos sectores de La Vega. Cuando comienzan los tiroteos las familias se refugian en los que consideran son los lugares más seguros dentro de sus viviendas. Cada vez que suena un tiro, Jazmín tiene que correr del cuarto a la sala con su hijo y sus nietos, ya que su techo de zinc podría dejar entrar una bala fácilmente.

En uno de los fines de semana de tiroteos, cerca de la casa de Jazmín una bala perdida entró a la vivienda de una vecina, pero afortunadamente la mujer dormía. El proyectil ingresó al área de la cocina

“Da tristeza como han muerto las personas inocentes (…) Mi nieto tiene nueve años y el pequeño siete y es autista; en la noche están tan aterrorizado que cuando escucha los tiros dice que nos vayamos a dormir en la sala porque ‘El Coqui está bravo’; cuando escucha un plomo sale corriendo; me le están quitando la inocencia y la infancia”, dice Jazmín.

Nelson Villalta de 41 años y Nelson Duarte de 41 años de edad fueron las primeras víctimas de las balas perdidas en La Vega. Villalta intentaba resguardarse de una balacera entre funcionarios y delincuentes y fue alcanzado por un disparo. Era profesor de música y trabajaba en un hotel de Altamira. Por su parte, Duarte murió cuando quedó atrapado en la línea de fuego cuando la policía se enfrentaba a los delincuentes, ambos decesos ocurrieron el 8 de enero.

Alexander José Morales, de 18 años de edad, fue la tercera víctima de la violencia criminal en La Vega. El joven fue alcanzado por los disparos, el pasado 30 de mayo, cuando delincuentes se enfrentaron con policías.

El 24 de mayo, Blanca Violeta Orellano, de 64 años de edad, murió tras recibir el impacto de una bala perdida durante un tiroteo entre funcionarios de las Fuerzas de Acciones Especiales (Faes) y delincuentes. La víctima era jubilada de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y recibió el disparo cuando se encontraba dentro de su vivienda en la calle El Rosario.

Ese día, una bala perdida también mató al adolescente Diego Alejandro Rivas Infante, de 16 años de edad. Rivas fue alcanzado por el proyectil cuando hacia ejercicios en su residencia de la urbanización Terrazas de La Vega.

Guillermo José Gregorio Belisario, de 50 años de edad, falleció el 14 de junio mientras entraba en un local comercial en la calle San Antonio, cercana a una cancha deportiva; el hombre fue alcanzado por otra bala perdida

Ese mismo día Yoraima Margarita Díaz Araujo, de 47 años de edad, fue víctima de un proyectil cuando pasaba por la el Monumento a Carabobo, mejor conocido como redoma de la India.

“Yo de verdad desearía que eso se terminara ya. No dormimos como antes, ahora tú escuchas cualquier bulla o personas que bajan por las escaleras y estamos alertas. Lo que vivimos no es vida”, dice Jazmín, quien señala haber conocido de trato a algunas de las víctimas de las balas perdidas en la parroquia caraqueña.

Al igual que muchos vecinos, Jazmín piensa con mudarse de La Vega, pero la situación económica del país la frena. Hace 30 años, cuando se mudó a la populosa parroquia, nunca imaginó que le tocaría vivir junto a la delincuencia organizada y menos criar a sus hijos y nietos en ese entorno.

“Los malandros pasan como les da la gana con sus armas, el domingo estábamos en el patio y los niños estaban con nosotros y tres malandros subieron con pistolas muy grandes; los niños cuando vieron eso corrieron y empezaron a llorar y me decían: ‘abuela métete’, y me puse a llorar. Yo me deprimo por los niños, ellos no tienen infancia”, señala.

*Nombre ficticio para proteger la identidad de la entrevistada