¿Por dónde empezamos? - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 16 JULIO, 2017 10:11

¿Por dónde empezamos?

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Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

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Quizás el problema más fundamental que enfrentamos los venezolanos de estos tiempos complejos que vivimos tenga que ver con la necesidad de reinventarnos en tanto que sociedad democrática. El asunto no es menor. Pasa por comprender que lo que vayamos a ser en el futuro no se define de manera simple mediante una dinámica electoral. Pasa por comprender que la construcción de una democracia moderna no se limita a garantizar la existencia más o menos sistemática e institucionalizada de procesos democráticos más o menos pulcros.

Vivimos en la ficción de que vamos a salir de esta ratonera en la que nos encontramos convocando a la gente a votar con o sin CNE. Nos movemos alrededor de ‘soluciones mágicas’, de formulas preconcebidas, que intentamos sin éxito. Nuestra historia republicana es una historia de discontinuidades, de proyectos inconclusos, de sueños no realizados. ¿Qué nos ha quedado de la “Gran Venezuela” o de la “Venezuela Potencia”? ¿Cómo es que un país que se suponía condenado al éxito ha terminado en este tremendo fracaso nacional que vivimos y sufrimos los venezolanos de estos tiempos?

Uno se empeña en escribir ‘mensajes sin destino’ a sabiendas de que no estamos dispuestos a mirarnos al espejo. A sabiendas de que vivimos tiempos de coyuntura en los cuales buscamos una salida inmediata a los dolores, la muerte, el hambre y la destrucción institucional que nos habitan desde hace años. Insistimos en autoflagelarnos, nos olvidamos de que no hay salidas fáciles, que no existe nada que indique que el día siguiente será luminoso. Las películas de Disney suelen tener finales felices que se resuelven por arte de magia, la vida real no.

Tenemos por delante una inmensa labor de reconstrucción. Nos toca reinventar un país que no ha sabido formar ciudadanos, en el cual todos nos creemos merecedores de algo, en el cual todos tenemos cuentas por cobrar. Eso hace que la tarea, si acaso fuera posible, sea tremendamente complicada. Tenemos por delante la labor de comprender dónde estamos, definir las razones que nos trajeron hasta acá. Se nos olvida que los procesos históricos son los resultados encadenados de los cursos de acción que sigue la sociedad, de las decisiones de los líderes y de las omisiones de los individuos.

Uno tendría que decir que más allá de las culpas ajenas, -que las hay y muchas- tenemos que empezar por vernos a nosotros mismos. Debemos reconocer, por ejemplo, que somos un país de excluidos, que nos encontramos muy divididos, que no estamos dispuestos a dar el brazo a torcer, que no queremos escuchar las razones que los demás puedan tener, que hablamos de un país para todos pero actuamos viendo solo un trozo de ese país, el trozo que nos interesa. Hemos estado sujetos a una prédica de odio que nos ha hecho daño, que ha roto los muros de contención. Uno tendría que preguntarse desde qué perspectiva moral nos estamos pensando. Cuáles son los límites que nos imponemos en nuestras actuaciones con los demás, pero, más aún, desde dónde comprendemos a los demás, desde dónde miramos al otro, al que no se nos parece.

En los últimos meses hemos estado muy cerca de una situación de violencia desbordada. El número de fallecido en las protestas nos habla de una sociedad que ha perdido las dinámicas de la normalidad, somos una sociedad enferma, llena de odios, problematizada. Transitamos a lo largo de una ruta que parece difícilmente viable en el largo plazo y parecemos dispuestos a seguir atados a la dinámica destructiva en la que andamos. Sé bien que no construyo un discurso popular, que mucha gente me lee y se molesta, pero creo que uno tiene la responsabilidad cívica de alertar acerca de una dinámica que puede hacernos muchos más daño. Estamos demasiado acostumbrados a la épica y a la solución inmediata como para aceptar con facilidad las voces disidentes. Sin embargo creo que nos toca ser socráticos, en el sentido de señalarnos los contenidos de esta ruta de errores en la que andamos.

A esta sociedad le hace falta más reflexión y menos heroísmos. Es terrible que aun nos quede gente que crea que está escribiendo la historia o que son herederos del Libertador o que se merecen un puesto en el Panteón de la Patria, o que la gente debe quererlos porque han hecho un gran sacrifico por el país, o que deben permanecer porque son receptores de una heredad histórica que deben salvaguardar. Quizás lo que corresponde es que seamos un poco más humildes, que estemos más dispuestos a escuchar y a escucharnos, a mirarnos en el espejo y hacer el mea culpa correspondiente, a aspirar simplemente a ser buenos ciudadanos y no salvadores de la patria. Me parece horrible que alguien suponga que ‘libra por todos’ como si eso nos hiciera falta. Los ciudadanos libran por sí mismos, se hacen responsables y se sientan a escuchar. Creo que por allí debemos empezar.

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