OPINIÓN · 25 JULIO, 2019 05:05

Mirar a través de los ojos de mi padre

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Mirla Perez | @mirlamargarita

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«Hija me estoy muriendo», «estoy satisfecho…, lo hice bien…» fueron las últimas palabras de mi papá antes de ser intubado. Antes de producirse la despedida con aquellas palabras, juntos rezábamos el Padre Nuestro; pero minutos antes se colaba una de esas bromas que estábamos habituados hacernos: “papi la edad no viene sola, trae achaques.” Pero esta vez no fueron simple padecimientos, ¡mi papá volvió a la casa del Padre!

Mi papá fue un hombre cabal, profundamente cristiano, amoroso, frente a él siempre me sentí una niña. Su niña. A pesar de mis años su amor siempre me dio seguridad. Mi papá tuvo una larga vida y una gran capacidad de amar. Mi papá fue un hombre muy trabajador con un gran sentido de la responsabilidad, en su lecho de muerte, una vez intubado, le dijo a mi hermana: “cuida a tu madre que no pase hambre…” Su preocupación siempre fueron los otros.

Venimos de una familia muy pobre, mi papá con su trabajo de visitador social en un hospital rural, con ingresos mínimos, mantuvo a su esposa, a cinco hijos y a su suegro ciego. No falló como proveedor. Todos los hijos estudiamos. Todos somos profesionales. Aunque no había muchos ingresos económicos las instituciones eran sólidas. El Estado democrático de bienestar y protección social funcionó. Vivimos la premisa: ciudadanos pobres en una sociedad capaz de brindar seguridad a partir del trabajo. Mi papá vivió la seguridad social que le permitió no sólo educar a sus hijos, sino velar por sus viejos.

Lo que más le pegó a mi padre fue haber perdido esa seguridad. La jubilación para él nunca fue una opción. Se jubiló, pero al día siguiente buscó trabajo y se ocupó como administrador de una bodega. Fue viviendo de a poco la debacle de este sistema, en el pasado con un ingreso mínimo sostuvo una familia de ocho personas, después de su jubilación con tres fuentes de ingresos: jubilación, pensión y salario, no lograba mantener la mitad.

Dos cosas agobiaron a mi viejo: su desgaste por la edad y el régimen socialista que le obligó a temer por la seguridad familiar; me decía con tristeza: «hija, mi nieta se fue con mis bisnietas, este pueblo está quedando solo, ¿hasta cuándo tanto sufrimiento? Esto ya no se aguanta.» Una realidad muy dura, la que tienen que enfrentar nuestros viejitos. Mi papá se cansó, el dolor se metió en su corazón: la incapacidad de proveer bienestar a la familia y la migración de tantos seres queridos torpedearon su frágil vida. Este régimen clavó una daga en el corazón de nuestra gran riqueza: la familia.

Mi papá vivió en el Zulia, uno de los estados más maltratado por el régimen. A pesar de la ayuda de todos sus hijos el peligro del hambre siempre estuvo al asecho, incontenible ese temor, real, posible, no solo por la familia sino por el entorno. La relacionalidad del venezolano hace imposible que se vea con calma el sufrimiento del otro, si tengo comida, pero el otro no tiene, eso produce desasosiego. La incertidumbre los agobia, la imposibilidad de ajustarse al valor monetario, el hambre que les toca lidiar, la incertidumbre del mañana. Desde la mirada de mi padre puedo ver cuánto sufre mi querido pueblo zuliano y con él Venezuela entera.

Mi papá nació al final de la dictadura de Gómez, luchador social y sindicalista del pueblo. Nosotros, sus hijos, fuimos todos hijos de la democracia. Con mi papá, en vida, aprendí a caminar en la libertad democrática, a su paso fuimos viendo como fue arrebata por un régimen criminal que se ha ido apoderando de nuestras vidas desde la acción revolucionaria.

El socialismo acabó con todo ese piso seguro, la revolución destruyó la autonomía alcanzada por los más pobres y los hizo dependientes de un bono o una caja. El camino de la dominación es estrecho, tiene que eliminar opciones, autonomías, libertades, llegar al exterminio si es necesario.

Volver al Zulia con la muerte de mi padre, ha sido una experiencia desgarradora, a mi paso he encontrado relatos como este: “le están dando un entierro digno a tu papá, en Potrerito (un sector del municipio) velaron a un hombre encima de la mesa sin nada y luego lo metieron en una bolsa negra y lo enterraron en el patio de su casa…” “Aquí no hay urnas, ni dinero para pagar una fosa, somos un pueblo devastado.”

La muerte y su sentido familiar

Desde los tiempos de la colonia, en el pueblo de mi papá, la defunción es un momento de la vida familiar que se practica con dignidad, leemos en el libro de defunción de la parroquia Inmaculada Concepción: “…diciembre de 1787, murió Josef de Carmen, párvulo, hijo legítimo… fue su entierro rezado y de limosna en la capilla que sirve de parroquia…” no encima de una mesa, sin sacramento, como si fuera un animal. En un relato más reciente una abuela nos dice ante el sepelio de su esposo: “No se hizo nada de a fiao, to’ fue comprao, gracias a Dios. Todos dieron la cara, se le hizo un entierro bueno.”

En el Zulia se ha transgredido hasta el sentido familiar de la muerte. Este régimen ha trastocado por completo la vida cotidiana, afectiva y fundamental de la familia venezolana. Cada dato de nuestra experiencia nos lleva a constata la naturaleza totalitaria, dominadora y criminal de este sistema. Sin embargo, hoy más que nunca nuestras familias deben ser la luz que nos conduzca en el camino de la liberación.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

 

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Venimos de una familia muy pobre, mi papá con su trabajo de visitador social en un hospital rural, con ingresos mínimos, mantuvo a su esposa, a cinco hijos y a su suegro ciego. No falló como proveedor. Todos los hijos estudiamos. Todos somos profesionales. Aunque no había muchos ingresos económicos las instituciones eran sólidas. El Estado democrático de bienestar y protección social funcionó. Vivimos la premisa: ciudadanos pobres en una sociedad capaz de brindar seguridad a partir del trabajo. Mi papá vivió la seguridad social que le permitió no sólo educar a sus hijos, sino velar por sus viejos.

Lo que más le pegó a mi padre fue haber perdido esa seguridad. La jubilación para él nunca fue una opción. Se jubiló, pero al día siguiente buscó trabajo y se ocupó como administrador de una bodega. Fue viviendo de a poco la debacle de este sistema, en el pasado con un ingreso mínimo sostuvo una familia de ocho personas, después de su jubilación con tres fuentes de ingresos: jubilación, pensión y salario, no lograba mantener la mitad.

Dos cosas agobiaron a mi viejo: su desgaste por la edad y el régimen socialista que le obligó a temer por la seguridad familiar; me decía con tristeza: «hija, mi nieta se fue con mis bisnietas, este pueblo está quedando solo, ¿hasta cuándo tanto sufrimiento? Esto ya no se aguanta.» Una realidad muy dura, la que tienen que enfrentar nuestros viejitos. Mi papá se cansó, el dolor se metió en su corazón: la incapacidad de proveer bienestar a la familia y la migración de tantos seres queridos torpedearon su frágil vida. Este régimen clavó una daga en el corazón de nuestra gran riqueza: la familia.

Mi papá vivió en el Zulia, uno de los estados más maltratado por el régimen. A pesar de la ayuda de todos sus hijos el peligro del hambre siempre estuvo al asecho, incontenible ese temor, real, posible, no solo por la familia sino por el entorno. La relacionalidad del venezolano hace imposible que se vea con calma el sufrimiento del otro, si tengo comida, pero el otro no tiene, eso produce desasosiego. La incertidumbre los agobia, la imposibilidad de ajustarse al valor monetario, el hambre que les toca lidiar, la incertidumbre del mañana. Desde la mirada de mi padre puedo ver cuánto sufre mi querido pueblo zuliano y con él Venezuela entera.

Mi papá nació al final de la dictadura de Gómez, luchador social y sindicalista del pueblo. Nosotros, sus hijos, fuimos todos hijos de la democracia. Con mi papá, en vida, aprendí a caminar en la libertad democrática, a su paso fuimos viendo como fue arrebata por un régimen criminal que se ha ido apoderando de nuestras vidas desde la acción revolucionaria.

El socialismo acabó con todo ese piso seguro, la revolución destruyó la autonomía alcanzada por los más pobres y los hizo dependientes de un bono o una caja. El camino de la dominación es estrecho, tiene que eliminar opciones, autonomías, libertades, llegar al exterminio si es necesario.

Volver al Zulia con la muerte de mi padre, ha sido una experiencia desgarradora, a mi paso he encontrado relatos como este: “le están dando un entierro digno a tu papá, en Potrerito (un sector del municipio) velaron a un hombre encima de la mesa sin nada y luego lo metieron en una bolsa negra y lo enterraron en el patio de su casa…” “Aquí no hay urnas, ni dinero para pagar una fosa, somos un pueblo devastado.”

La muerte y su sentido familiar

Desde los tiempos de la colonia, en el pueblo de mi papá, la defunción es un momento de la vida familiar que se practica con dignidad, leemos en el libro de defunción de la parroquia Inmaculada Concepción: “…diciembre de 1787, murió Josef de Carmen, párvulo, hijo legítimo… fue su entierro rezado y de limosna en la capilla que sirve de parroquia…” no encima de una mesa, sin sacramento, como si fuera un animal. En un relato más reciente una abuela nos dice ante el sepelio de su esposo: “No se hizo nada de a fiao, to’ fue comprao, gracias a Dios. Todos dieron la cara, se le hizo un entierro bueno.”

En el Zulia se ha transgredido hasta el sentido familiar de la muerte. Este régimen ha trastocado por completo la vida cotidiana, afectiva y fundamental de la familia venezolana. Cada dato de nuestra experiencia nos lleva a constata la naturaleza totalitaria, dominadora y criminal de este sistema. Sin embargo, hoy más que nunca nuestras familias deben ser la luz que nos conduzca en el camino de la liberación.

* * *

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