OPINIÓN · 25 AGOSTO, 2021 05:30

Los talibanes de la casa

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Susana Reina | @feminismoinc

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No hay que irse hasta Afganistán para verlos. Los tenemos a la vuelta de la esquina, en la oficina, en la calle, a un click del teclado. Intelectuales, políticos, escritores, profesores universitarios, expertos de seminarios. Son nuestros talibanes criollos, tan dados a insultar, descalificar, ningunear y responder condescendientemente a las mujeres cuando protestamos o reclamamos respeto, o cuando juzgan que nos salimos de ese rol feminizado que decide por nosotras cómo debemos comportarnos o lo que es apropiado decir.

No hay que ir tan lejos para darnos cuenta de que no hay machismo chiquito, ni moderado, porque la violencia es violencia aquí y allá. Para quienes estamos sensibilizados por la lucha por los derechos humanos es visible y notorio que los talibanes de occidente campean a sus anchas ejerciendo poder y control sobre las mujeres, cuidando las formas eso sí, pero reaccionando muy mal cuando se sienten cuestionados. Disparan sin que medie ningún tipo de reflexión, para defender su tan conveniente modelo patriarcal. Ejercen importantes roles en la academia, las empresas, los medios, pero demuestran total ignorancia sobre la importancia crucial de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres en el desarrollo de sociedades sostenibles.

Algunos dirán que exagero y que jamás la situación de las afganas o víctimas del terrorismo islámico que impone la sharía se puede comparar con la de las venezolanas, mexicanas, españolas, argentinas y todos los demás países occidentales “civilizados”. Pero cuando un “señoro” dice “qué bueno lo que está pasando en Afganistán para que las mujeres de aquí se den con una piedra en los dientes y dejen de quejarse de los piropos y ofenderse por todo”, tienes la prueba de que la crueldad tendrá diferentes intensidades, pero comparte los mismos fines y raíces.

El patriarcado tiene dos acepciones. Uno de coacción, el que prohíbe tajantemente a las mujeres ser libres, como en el caso de las teocracias y regímenes totalitarios extremos que imponen una normativa moral muy restrictiva. Por otro lado, el patriarcado del consentimiento, que suaviza las formas cuidando mantenerse dentro de los márgenes de lo políticamente correcto, pero igualmente limita la participación y condiciona el rol de las mujeres en lo público, disfrazado bajo el manto del empoderamiento y la igualdad. Ambos se sustentan bajo la misma misoginia y androcentrismo de siempre y cuando les retas o provocas, sale la reacción talibana a flote.

El talibán que llevas dentro

En la primera conferencia de prensa que dio el grupo fundamentalista islámico el pasado martes tras retomar el control de Kabul, el talibán mayor Zabihullah Mujahid dijo que los derechos de las mujeres en Afganistán serán respetados “dentro del marco de la ley islámica”. Ya sabemos lo que eso significa, restricciones graves a sus derechos fundamentales. Coacción disfrazada de consentimiento. Tono moderado tipo amenaza que replica lo que por estas latitudes escuchan las mujeres al estilo: “si te portas bien no te pego… pero cuidadito y te me resbalas”. El sueño machista en acción.

Al igual que un machista, ser talibán es pretender que por nacer hombre se tienen todos los poderes y la patente para prohibir a las mujeres tomar sus propias decisiones de vida, porque son la propiedad de alguien.  Es pretender copar todos los espacios de gobierno sin dejar chance a mujeres políticas para ser elegidas, teniendo que recurrirse a exigencias de paridad para que se entienda que no están solos en el juego electoral.

Es reservar espacios de negociación público y foros de uso exclusivo para hombres sin que las mujeres opinen o participen exponiendo sus visiones. Es confinarlas al espacio de lo privado, recargadas de trabajo mal o escasamente remunerado, mientras reserva para los hombres el poder público, la absolución de la responsabilidad de los cuidados domésticos y las más altas compensaciones monetarias. Es usar la fuerza física para abusar, someter, violar, herir y matar mujeres en cifras alarmantes todos los días.

Talibanes y machistas son los que arreglan matrimonios infantiles a cambio de dinero obligando a niñas a casarse con viejos. Los que someten a las mujeres a la trata, a la prostitución, a los vientres de alquiler, a la pornografía, al uso sexual y cosificación de nuestros cuerpos. Los que dictaminan cómo las mujeres debemos vestir, movernos, hablar, pensar. Los que condenan a niñas violadas por abortar, pero aceptan a padres que abandonan a sus hijos.

Son los que dejan a las niñas sin educación por considerarlas ciudadanas de segunda. Son los que deciden que el lenguaje genérico es masculino porque sí, sin que nos nombren. Son los que acostumbran a satanizar, trivializar, banalizar, ridiculizar todo lo que reclame derechos feministas con chistes, memes, ofensas grotescas. Sin un mínimo atisbo de empatía que les permitiera ponerse en nuestro lugar por un momento, rechazan cualquier invitación a mirar, reformular o reconsiderar sus frecuentes discriminaciones.

Aquí estamos las feministas

Por si todo esto fuera poco, en esta misma semana a raíz de la toma de poder de los talibanes en Kabul, los haters de siempre nos emplazaron -en tono bastante agresivo y sarcástico hay que decirlo-, a tomar partido por las afganas reclamando que “no hacíamos nada”. Lo cierto es que no deja de ser gracioso que en lugar de reclamar al ejército americano, o a los directores de los organismos de cooperación internacional, o a los jefes de Estado o al mismo presidente de Afganistán que salió corriendo para que no se diera un baño de (su) sangre, nos interpelan a nosotras en plan reclamo para que resolvamos una situación creada por los mismos hombres.

Por si no se han enterado, contra todas estas manifestaciones de machismo talibán, las de allá y las de acá, las defensoras de derechos humanos de mujeres a.k.a feministas, estamos y hemos estado desde hace años protestando, reclamando y alertando, para que ningún tipo de violencia sea normalizada, para que cualquier atisbo de dominación y opresión sea sofocado, para que ninguna mujer sea ninguneada y excluida de los espacios de poder. Y aunque la reacción que recibimos a esas denuncias intenta ser desalentadora, seguimos en la tarea de desenmascarar a talibanes y talibanas agazapados, para mostrar que otra forma de sociedad puede ser posible y mejor.

La única diferencia entre el machismo de oriente vs el de occidente es que el de allá es abierto, grotesco, impúdico. El de aquí cuesta verlo, lo ejercen los notables, se disfraza de civilidad. Quizás por eso mismo y en muchos sentidos, es peor.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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