El segundo episodio de la serie The Last of Us comienza con una escena en Yakarta, Indonesia, al comienzo de una pandemia ficticia causada por los hongos Cordyceps, que en el mundo real infectan a las hormigas. La serie está ambientada en el año 2003 y en ese capítulo una experta en biología fúngica evalúa el cuerpo de un trabajador de una fábrica infectada, y luego habla en voz baja con un militar que le ha pedido ayuda para controlar la propagación del patógeno. “No hay vacuna” le dice con el rostro afligido la científica. ¡Esto es absolutamente cierto! A diferencia de las enfermedades causadas por bacterias o virus, no existe una vacuna para protegernos contra la amenaza de los hongos.

Un tipo de hongo, Candida auris, puede ser resistente a todos los medicamentos que se usan para tratarlo y es especialmente peligroso para los pacientes hospitalizados o que se encuentran en ancianatos. El hongo se identificó por primera vez en 2009 y desde entonces se ha encontrado en más de 30 países, incluso las infecciones por hongos son cada vez más comunes en Venezuela.

Lo que plantea la pregunta: ¿por qué no tenemos vacunas contra los hongos? La urgencia por encontrar una vacuna para prevenir cualquier infección por hongos con una sola vacuna, no es nueva, pero está creciendo. Y no ha sido por falta de intentos, se ha dado un esfuerzo continuo para desarrollar vacunas contra los hongos durante décadas. Pero una variedad de desafíos tanto en la ciencia como en la economía del desarrollo de vacunas lo ha retrasado. Además, aunque las infecciones fúngicas graves son un problema creciente, aún son poco comunes.

Los hongos están por todas partes, en el aire que respiramos, en las superficies que tocamos y en todo el interior y el exterior de nuestro cuerpo. Aún así, la mayoría de nosotros tenemos un bajo riesgo de contraer infecciones fúngicas, siempre y cuando el sistema inmunológico funcione normalmente. La peor infección fúngica que puede afectar a una persona con un sistema inmunitario promedio, probablemente sea causada por un miembro del género Candida, que técnicamente son levaduras (sí, las levaduras son un tipo de hongo, al igual que los mohos). En todo el mundo, se estima que 138 millones de mujeres contraen cuatro o más infecciones por hongos al año. Otras infecciones fúngicas comunes en personas sanas incluyen la tiña y las ocurridas en las uñas de los dedos del pie. En Venezuela, la candidiasis vaginal lleva a unas 103 mil visitas a los hospitales cada año.

Para determinar si una vacuna funciona, los científicos deben probar las más prometedoras, por lo general, prototipos que han prevenido con éxito la enfermedad en animales infectados experimentalmente. Debido a que vivimos en un mundo con ética médica, los científicos no pueden contagiar seres humanos durante los ensayos. En cambio, deben esperar a que las personas se contagien naturalmente con la enfermedad que están tratando de prevenir. Cuanto más rara es esa enfermedad, más personas deben estudiar los científicos (y durante más tiempo) para buscar la cura.
También es difícil diseñar vacunas que funcionen para las personas inmunodeprimidas que más las necesitan. Una vacuna efectiva funciona entrenando al sistema inmunitario de una persona para que responda rápidamente a un determinado germen y los sistemas inmunes suprimidos son difíciles de entrenar de forma segura. En algunos casos, es posible predecir la inmunosupresión, por ejemplo, cuando una persona se está preparando para recibir quimioterapia u otro tratamiento. Pero no siempre. Las personas con VIH y aquellas que nacen con trastornos del sistema inmunitario no pueden planificar ni predecir su respuesta. Eso crea grandes desafíos para los científicos, que idealmente quieren desarrollar vacunas que protejan tanto a las personas con sistemas inmunológicos saludables, que luego requieran inmunosupresión, como a aquellas cuyo primer diagnóstico involucra inmunosupresión. El otro problema es que las células fúngicas tienen más similitudes con las células humanas que los virus o las bacterias. Eso hace que sea más complicado diseñar una vacuna que entrene al sistema inmunológico para atacar las células fúngicas sin “agredir” nuestras propias células.

Adicionalmente, si se demuestra que la vacuna es segura y efectiva en los ensayos clínicos, eso no significa que llegará a la producción masiva y al mercado. Para eso, también debe tener el potencial de generar ganancias. Estas vacunas no son tan atractivas para las grandes farmacéuticas porque no son infecciones que ocurren con alta frecuencia en muchos pacientes. Si una vacuna previene muchas enfermedades y reduce los costos de su atención médica, esos beneficios son para las personas y los sistemas de salud, pero no para las compañías farmacéuticas que incurren en los costos de desarrollar y producir la vacuna.

Una vacuna viable no solo deberá ser efectiva para prevenir enfermedades, sino también para hacerlo con suficientes personas para que la producción de la vacuna a gran escala sea una inversión que valga la pena, llamando la atención de las compañías farmacéuticas. Aún así, los científicos están trabajando en vacunas fúngicas y actualmente hay algunos candidatos prometedores.

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Profesor-Investigador Universidad Central de Venezuela • Miembro de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat • Editor de la Revista Catálisis • Presidente (H) de la Sociedad Venezolana de...