OPINIÓN · 15 ABRIL, 2022 05:50

Entre diálogo y diálogo para salir de la crisis

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Oscar Doval

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A lo largo de la historia contemporánea se han dado numerosos diálogos entre coaliciones políticas contrarias. Años de negociaciones con Pinochet hasta que el dictador chileno cediera, parcialmente, a una nueva era de gobiernos alternante; el «toma y dame» de Colombia entre diferentes gobiernos y las FARC; la década de interminables conversaciones para desmovilizar a la ETA en España.

Podríamos seguir enumerando una larga lista de conversaciones y negociaciones que engloban poblaciones o fuerzas políticas altamente polarizadas, y todas, con pocas excepciones, encontraron como mecanismo más efectivo: el diálogo. Un proceso largo pero efectivo para conquistar acuerdos de convivencia entre las partes en confrontación.

El caso venezolano no es una excepción. Atravesamos una de las épocas más complejas en materia de gobernabilidad. Un gobierno e instituciones oficialistas suscritos en las elecciones presidenciales de 2018, cuestionadas internacionalmente, y que derivaron en la autoproclamada presidencia interina de Guaidó, con Ejecutivo y Congreso propios. Si bien el gobierno opositor ha perdido fuerzas a nivel local e internacional, lo único verdadero es que los gringos y la Unión Europea, amos y señores del mundo, siguen reconociendo a Guaidó como único presidente de Venezuela y exigen acuerdos entre el gobierno interino y el gobierno de Maduro, para amainar las salvajes sanciones financieras y comerciales que las fuerzas imperiales impusieran al país y que nos diezman a todos.

En ciertos estratos sociales, la situación está tan polarizada, que, si a cualquiera de nosotros se nos ocurriera mencionar la palabra diálogo o negociación en una reunión familiar de Semana Santa, seríamos despiadadamente juzgados, e inmediatamente tildados de chavistas, revolucionarios y colaboracionistas. Si bien, podemos entender de sobra, que muchos de nosotros no confiamos en la «venida a menos» tradicional y extrema dirigencia opositora, así como en el gobierno, sigue siendo nuestro deber como ciudadanos el exigir acuerdos de pacífica gobernabilidad entre el oficialismo y las fuerzas políticas e institucionales que hacemos vida en el país y pensamos diferente.

Los intentos abortados

Ya son dignos de un libro de relatos la fallida historia de diálogo que ha tenido el chavismo con la oposición. Hemos tenido una larga data de negociaciones, sin resultado alguno a la vista.

Chávez, con un claro y contundente liderazgo, tras el golpe de Estado de 2002, se dio a una suerte de encuentros con la oposición que además de no llegar a puerto seguro, la oposición se encargó de yugular con un paro petrolero que, para el momento, ahorcó la economía venezolana, con el único objetivo de «tumbar» al presidente. Chávez a partir de entonces, se diferenció definitivamente de las fuerzas opositoras, desistiendo de cualquier intento de inclusión y acuerdo político, acerando su proyecto revolucionario a través de «leyes habilitantes» y cualquier recurso legal o no, que le permitieran una rápida implantación dentro y fuera de Venezuela del Socialismo del siglo XXI, lo que, en efecto, logró con éxito.

Ya Maduro en el poder, con menos capital político y más flexibilidad, hizo algunos intentos de acercamiento con la oposición y viceversa. Las protestas golpistas de 2014 y 2017, que prometían a los venezolanos opositores una salida «exprés» del gobierno, empujaron a unas mesas de diálogo en República Dominicana, que sólo dejaron el mal sabor de un desencuentro. Las primeras sanciones de los gringos en 2017 fueron el catalizador para que el gobierno decidiera abrir espacios para la estéril conversa. Como un «coito interrupto», los venezolanos nos quedamos a mitad de camino, esperando el deseado acuerdo entre las partes.

En 2019, con las sanciones financieras ya convertidas en un franco bloqueo comercial, ingresamos a una fase de asfixia económica como pueblo. De igual manera el disparatado teatro de Golpe de Estado, dado por Guaidó y Leopoldo a las afueras de La Carlota, hicieron que el gobierno nacional decidiera sentarse en México en 2021, con representantes de la oposición y la mediación del Reino de Noruega, para dirimir ese disparate de los gobiernos paralelos de Maduro y Guaidó, en una nueva búsqueda de vasos comunicantes entre las fuerzas en pugna.

Entre otras cosas, el gobierno pedía el reconocimiento del gobierno de Maduro y la participación de la oposición en el juego electoral. Por otra parte, la oposición pedía adelanto de las elecciones presidenciales y el reconocimiento de la oposición radical. Una vez más los noruegos se fueron a su casa y la mesa de negociación fue interrumpida ante el claro desacuerdo entre contrarios. El gobierno manifestó como excusa la aprehensión y extradición de Alex Saab, pero claramente la molestia de Maduro y sus seguidores fue desencadenada por la insistencia de la oposición de seguir con su «lobby» en Washington para agravar a toda costa las sanciones como palanca de negociación. A lo anterior, se sumó el hecho de que el gobierno, no quería para nada unas elecciones presidenciales adelantadas. No era el momento político para ello.

Hacemos constar públicamente, que, entre diálogo y diálogo, encuentro y desencuentro, nuestro pueblo, aquel que se «mueve a pie» ha sido asesinado en reyertas, protestas y confrontaciones de calle, empujadas por la oposición y reprimidas por el gobierno. También hemos de asegurar que ningún dirigente político de alto nivel, de una parte y de la otra, ha sido víctima mortal de estas peleas. Siempre ha habido caídos procedentes del pueblo, el pueblo llano, que, para los dirigentes, no son más que «carne de cañón». ¡Que novedad!

Llegaron los gringos

Sin acuerdos políticos y tras unas elecciones regionales en las cuales los líderes opositores más radicales invitaron a la abstención, el chavismo se hizo con la mayoría de las gobernaciones, y la oposición ganó cierto espacio en los municipios. Llegamos a marzo sin una ruta clara, mientras iniciaba el lamentable conflicto entre Rusia y Ucrania. En ese justo momento, EE. UU. se acercó al Ejecutivo Nacional a plantear la posibilidad de llegar a acuerdos energéticos y laxar las sanciones a cambio de que se retomaran las conversaciones con la oposición. Esta vez el madurismo exigió que el diálogo se llevara a cabo en territorio venezolano, sin arbitraje internacional y con la exigencia de que además de las fuerzas políticas tradicionales, también participara la sociedad civil a través de organizaciones ciudadanas, grupos empresariales y académicos.

Esta nueva fase de diálogo, liderada por el presidente de la Asamblea, Jorge Rodríguez, se encuentra en su una fase incipiente, y cuenta con el beneplácito de facciones opositoras de centro, así como de diferentes instituciones tradicionalmente no ligadas a la política nacional. Por su parte, la oposición extrema rechaza contundentemente la iniciativa calificando de traidores a sus «padrinos gringos».

Según la última encuesta realizada por Datanálisis, Maduro muestra una amplia ventaja en popularidad, respecto a unos líderes opositores que se encuentran «por el piso». En las mismas encuestas, el fenecido Chávez, a la par de la Iglesia y el empresariado, cuentan con una sorprendente popularidad en torno al 50%. Estos resultados, dan al gobierno, y a las instituciones referidas, suficiente palanca para fijar las condiciones de la nueva ronda de conversaciones.

Tira y encoje

El gobierno sin duda busca un cese de las sanciones financieras y comerciales de EE. UU, tanto como un socio estratégico energético en ese país, un nuevo aliado que pueda proveer inversión, tecnología e insumos para reactivar de forma significativa la industria petrolera.

De igual manera, a Maduro le urge activar el flujo de divisas, que se vio mermado tras el inicio del conflicto en Europa del Este. Además, Venezuela necesita acceder a inversiones y mercados internacionales, lo que intentó fallidamente mediante la ley antibloqueo, y que el poderío de las sanciones americanas, lo ha impedido en buena medida.

El gobierno intentará conciliar poderes políticos con el menor daño colateral posible para su estatus quo. Esto puede lograrlo cediendo ciertos espacios políticos e instituciones a la oposición de cara a las elecciones presidenciales de 2024, que a claras luces ganará Maduro. Esto pasa por una serie de acuerdos que medianamente satisfaga a ambas partes, para que los gringos comiencen a ver a Venezuela nuevamente con «ojos de cariño», haciéndose los pendejos con las sanciones —sin levantarlas—, lo que nos abre al mundo nuevamente como potencia energética regional y garantiza mayores ingresos para la Patria. ¡Gracias a Dios! Lo decimos por nuestra población más vulnerable, no por el gobierno y menos por la oposición.

De algo estamos claros, el gobierno sigue con su plan de permanencia a largo plazo, haciendo de Venezuela una economía de mercado, con un régimen socialista eterno al estilo de los capitalismos de Estado vistos en Vietnam o China. Lo que aún es incierto para nosotros son las intenciones de la oposición, que, fragmentada y disminuida, aun pretende la silla de Miraflores, con no menos de 20 precandidatos a la vista que ya hablan de primarias. Mientras tanto, outsiders, como empresarios y otros actores de la sociedad civil, surgen como probables actores independientes de cara al 2024.


Coexistir y cohabitar

Como en una partida de ajedrez hay movimientos bien pensados que pueden llevar a un «estancamiento» o a un «jaque mate». El gobierno ya mueve sus piezas con confianza en el tablero de juego, mientras la oposición todavía se debate en cómo jugarán los peones, alfiles y torres; ya que el rol de rey quieren ocuparlo todos. Maduro tiene verticalmente claro cómo se hará de la victoria en 2024, con los EE. UU, esta vez de su lado, con la venia o no de sus seguidores más dogmáticos-antiyanquis del PSUV.

Por otra parte, la oposición en movimientos erráticos llama a los americanos a levantar las sanciones o contrariamente a arreciarlas. Así vemos a un caduco Guaidó pidiendo «cacao» a los gringos después que se dedicara durante años a hacer lobby en Washington para lograrlas. Contrariamente, María Corina y Leopoldo, exigen a Biden que mantenga las sanciones como mecanismo de presión para poder arrimarse al poder. La única verdad es que el 75% de la población venezolana no quiere las sanciones porque bien se sabe perjudicado por las mismas, mientras la oposición radical sigue sin leer los clamores de la venezolanidad.

Viajando al pasado, en 1988, luego de arrasar en un plebiscito muy cuestionable democráticamente, Augusto Pinochet fue obligado a dimitir por las fuerzas de presión civiles, políticas y militares que llevaban más de 10 años negociando con el dictador chileno. Esto condujo a ese país a una transición democrática, en la cual, inicialmente Pinochet y sus acólitos coexistían políticamente con los nuevos gobiernos electos. De otra manera, la transición pacífica hubiese sido imposible. En la historia contemporánea, lo mismo ha pasado en más de 50 países del mundo que pacíficamente han visto un reordenamiento y reinstitucionalización política sin que se interpongan guerras y corra sangre de inocentes.

Largos y calmados acercamientos, conversaciones, diálogos, negociaciones y acuerdos han sido las fórmulas que han conducido a sustentables cambios políticos. Los que apostamos a esta tesis somos inmediatamente calificados de chavistas, colaboracionistas, palangristas, y no sé de cuantas sandeces más.

Después de acuerdos consolidados, una pacífica coexistencia y cohabitación entre las fuerzas en pugna pasan a ser obligatorias. No en vano, Pinochet mantuvo el control de las Fuerzas Armadas durante los primeros gobiernos democráticos de Chile, así como la ETA, en el caso de España, se incorporó a la vida política a través de Herri Batasuna, el partido que representa su pensar en el hacer vasco y español.

Estimado lector, ningún dialogo político que históricamente conduzca a una transición ha sido corto. En la mayoría de los casos han durado largos años y hasta décadas. Por qué en Venezuela habría de ser diferente, nos preguntamos.

Todo diálogo entre partes encontradas, privilegian una agenda social y económica, para luego abordar temas políticos. Los intentos de dialogo en Venezuela hasta ahora han llevado una dirección contraria, y sin duda, han sido movidos por las ansias de poder de las partes en conflicto. Ojalá, estas nuevas rondas de encuentro, que a todas luces celebramos, atiendan los pesares sociales y económicos que diezman nuestro pueblo, poniendo de lado las mezquindades políticas que hasta el momento han prevalecido en los intentos pasados. ¡Amanecerá y veremos!

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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