El deseo de la bota 

“Ningún hombre puede dominar durante mucho tiempo a millones de personas si antes esa población no acepta por miedo, desesperación o comodidad”

El deseo de la bota

Por Alexis Alzuru

En los últimos tiempos ha ocurrido algo incómodo. Algo tan incómodo que pocos se han atrevido a hablarlo: muchos venezolanos comenzaron a desear que otra nación decidiera por nosotros, que resolviera nuestros problemas, que definiera el futuro del país. 

Unos depositaron esa esperanza en Cuba. Ahora, otros la depositan en Estados Unidos. Cambiarán las banderas, cambiarán los aliados, pero lo inquietante sigue intacto: la disposición de una porción de la sociedad y de su liderazgo a entregar a terceros la responsabilidad de decidir nuestro destino.

Ese fenómeno suele analizarse como un problema geopolítico o de soberanía, pero el asunto es de otra naturaleza, es moral. Porque las amenazas más letales contra la democracia no solamente provienen de los caudillos, los oligarcas o de los supremacistas, ellos representan un peligro. La realidad es que las amenazas más radicales provienen de aquellos que desean renunciar a su autonomía.

Ningún hombre puede dominar durante mucho tiempo a millones de personas si antes esa población no acepta, por miedo, desesperación o comodidad, que otro piense por ella, delibere por ella, decida por ella. 

Toda dominación se inicia antes de que aparezca el verdugo. Se inicia cuando se deja de creer en uno mismo y, por tanto, cuando se deja de quererse. Por eso, el talón de Aquiles de la democracia, no es institucional, ni político, es moral.

Aceptar la responsabilidad 

La democracia comienza cuando los ciudadanos aceptan la responsabilidad de pensar por sí mismos. Cuando comprenden que su libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en asumir el riesgo de sus acciones y las consecuencias de las decisiones. Sin hombres autónomos, ninguna arquitectura democrática se sostiene. Ni las constituciones, ni la separación de poderes, ni el aparato judicial, ni las mismas elecciones. El sistema rápidamente termina convirtiéndose en un cascarón vacío cuando desaparece el sujeto capaz de sostenerla.

Por eso, conviene desconfiar de aquellos dirigentes que dicen representar la voz del pueblo. Aquellos que prometen venganza, la salvación nacional o el paraíso terrenal. Importa poco si son hombres o mujeres, si hablan en nombre de una mayoría, la revolución o la derecha. Sus narrativas pueden cambiar. Pero el objetivo es el mismo: justificar la sumisión, no incrementar la autonomía. 

Los asesinos de la democracia muy rara vez se presentan como enemigos de la democracia. De hecho, mientras enseñan a obedecer hablan el lenguaje de la libertad. Promueven la dependencia y el protectorado, mientras parlotean de soberanía. Prometen protección mientras convencen al ciudadano de renunciar al pensamiento y a la deliberación crítica. En consecuencia, a la autonomía. 

Hay dirigentes que solo son mercaderes de la dependencia. Y toda dependencia termina por degradar el carácter del individuo y la sociedad, relegando al ciudadano a la condición de siervo.

No por casualidad las tiranías, al igual que la venta de las naciones, comienzan el mismo día en que la autonomía deja de sentirse como una conquista personal y colectiva y, en su lugar, empieza a comunicarse como un problema irresoluble. Tan irresoluble y peligroso como para no poder encararlo por uno mismo. 

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