OPINIÓN · 30 MARZO, 2018 22:54

De cómo el golpe a la Asamblea Nacional agarró al país dormido… y lo despertó

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Crisleida Porras

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Fue un momento que marcó para siempre mi vida, como periodista y como ciudadana. Y espero que mi memoria privilegiada me permita recordarlo -todas las veces- tan detalladamente como ahora pues para mí se convirtió en el zarpazo más recio que ha dado el Gobierno de Venezuela en los últimos cinco años.

A las 10:35 pm de ese miércoles 29 de marzo de 2017 como parte de mi trabajo yo escuchaba los desvaríos venenosos de Diosdado Cabello en su programa del canal estatal.

Luego -no sé si la vi primero, creo que no tiene importancia cuando se trata de algo tan trascendental- pero encontré la nota en un portal informativo nacional que «se lo tomó con soda», porque la publicó, como «por no dejar», sin sopesar las tremendas implicaciones de que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) del país decidiera, sin aviso y sin protesto, despojar a la Asamblea Nacional (AN) de las principales competencias que le atribuye no solo la Constitución, sino el sistema político-administrativo que caracteriza esencialmente a las democracias, aquí y en la Cochinchina.

Instintivamente, comencé con la búsqueda de la confirmación, tanto en otros portales -los que no se contagian de la necesidad de publicar rumores para sostenerse a punta de clics- como entre colegas. Nada publicado al respecto, nadie parecía saber nada. A la par, mis jefas en Efecto Cocuyo hacían lo propio… y para todo el que se lo comentábamos, era noticia nueva. Además, las claves de las sentencias 155 y 156 estaban casi al final de los textos de unas decisiones que, en apariencia, en el ámbito abordado no tenían nada que ver con nada menos que un «golpe a la Asamblea Nacional«, como se le llamó en los días sucesivos.

En la 156 se le sacaba de cuajo el corazón y el cerebro a la AN para ponérselos a Nicolás Maduro -lo que me hace pensar que, generalmente, no se arrebata para sí algo que no se envidia- como un «detallito» sustentado en la necesidad del Ejecutivo de realizar contrataciones en el ámbito de los hidrocarburos, saltando olímpicamente la sujeción a aprobación previa del Parlamento de mayoría opositora. ¿Por qué? Porque sí, vale… y sanseacabó.

Y en la 155, a los magistrados de la Sala Constitucional se les ocurrió que podían darle «superatribuciones» al Jefe de Estado -como si necesitara más con la fusión de poderes de la Nación- para «revisar» la legislación vigente. Una burusa de galleta maría, pues. Nadie se iba a dar cuenta, creían.

Desde las 11:00 pm de ese miércoles hasta las 2:00 am del jueves, hicimos llamadas y mandamos mensajes a decenas de diputados, abogados constitucionalistas, líderes políticos (todos opositores). No obtuvimos ni una respuesta. ¡Ni una! Como solemos hacerlo, más allá de publicar la noticia, queríamos ofrecer posturas, análisis, una luz que ofreciera al país algo de guía en medio de la oscuridad que se cernía sobre nosotros. Pero no fue posible.

El WhatsApp nos confesaba que habíamos sido leídas, mas nadie nos dijo nada. Creo que el desconcierto -o quizás el sueño- eran más abrumadores de lo que imaginábamos, pero sin duda la dimensión de los hechos requería que cualquiera de estas personalidades, cuando menos, reaccionara a una hora más conveniente que después del café de la mañana siguiente, casi 12 horas luego del hallazgo. Es que ni siquiera las redes sociales, a veces tan explosivas, viralizaron contenido sobre el tema durante la noche.

Trasnochada, ese 30 de marzo vi cómo aparecieron los pronunciamientos por doquier. Los politólogos, juristas, líderes políticos opinaban, pero también los conserjes, las maestras de preescolar, los taxistas, los que hacían cola ese día en un supermercado para comprar harina pan… todos comprendían que aquel «madrugonazo» no se parecía a los anteriores que dio el chavismo gobernante a través de sus instituciones partidizadas.

Y así trascendió. Fue pólvora que terminó por incendiar las calles con protestas legítimas contra la dictadura desnuda; fueron aguas turbias que desembocaron en el mar de la comunidad internacional, desde donde se la condenó por contaminar el panorama democrático latinoamericano; fue un virus infeccioso que hizo que el sistema de defensa nacional, en lugar de actuar ante las células enfermas, atacara al resto del organismo en #ModoAutodestrucción durante cuatro meses, sin importar cuántas vidas costara. Por cierto, fueron 165, pero el impacto radial de la violencia de entonces aún no alcanza a medirse, a mi juicio… No obstante, se lo pueden preguntar a los miles y miles que han emigrado desde hace meses o a quienes aún están por hacerlo.

Todos tenemos grabado en la piel lo que vino después; con más o menos cicatrices, ningún venezolano salió ileso de ese trance. Ni siquiera los partidarios del Gobierno, aunque algunos lo acepten, otros se hagan los locos y muchos callen. Fue tan devastador su efecto que al régimen autocrático no le quedó otra que inventarse un suprapoder plenipotenciario (con lealtad reconfirmada) para decir que no eran suyas la decisiones más controversiales que vendrían (¡y las que faltan!). Son parte de los actos desesperados que se disfrazan de tensa calma.

Un año más tarde, cuando las sentencias se mantienen en esencia y práctica, aunque el Consejo de Defensa de la Nación pidiera revisarlas y corregirlas (acto cumplido de forma mas de fondo por el TSJ), la degradación del orden constitucional y las violaciones del Gobierno de Nicolás Maduro a los derechos fundamentales de quienes habitamos -aún- en este país parecen no poder medirse… pero se agradece que haya varias ONG tratando de hacerlo, pese a la persecución y a las amenazas.

Por mi parte, sigo empeñada en dejar registro de todo lo que pueda; de desmentir rumores y cadenas de WhatsApp falsas; de señalar la mentira y desenmascararla, que es más importante aún, pese a que me acumule antipatías por negarme a permitir que se difunda el miedo, la angustia y el pánico frente a mis ojos… y me convierta por omisión en cómplice del terrorismo de Estado.

La integridad no se demuestra una vez, sino se confirma a diario y no se trata de sentirse superior en ningún caso: solo requiere mostrar que se es fiel a uno mismo cuando los principios nos sostienen sin importar cuánto se sacuda el entorno. Y menos si quienes mueven el piso nos quieren hacer parte de su miseria en el fondo.

Todavía nos queda mucho por hacer para recoger los pedazos. Pero cada vez falta menos para construir con y sobre ellos.

Foto: El presidente de la Asamblea Nacional, diputado Julio Borges, rompe la sentencia del TSJ (Foto REUTERS/Carlos García Rawlins)

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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Luego -no sé si la vi primero, creo que no tiene importancia cuando se trata de algo tan trascendental- pero encontré la nota en un portal informativo nacional que «se lo tomó con soda», porque la publicó, como «por no dejar», sin sopesar las tremendas implicaciones de que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) del país decidiera, sin aviso y sin protesto, despojar a la Asamblea Nacional (AN) de las principales competencias que le atribuye no solo la Constitución, sino el sistema político-administrativo que caracteriza esencialmente a las democracias, aquí y en la Cochinchina.

Instintivamente, comencé con la búsqueda de la confirmación, tanto en otros portales -los que no se contagian de la necesidad de publicar rumores para sostenerse a punta de clics- como entre colegas. Nada publicado al respecto, nadie parecía saber nada. A la par, mis jefas en Efecto Cocuyo hacían lo propio… y para todo el que se lo comentábamos, era noticia nueva. Además, las claves de las sentencias 155 y 156 estaban casi al final de los textos de unas decisiones que, en apariencia, en el ámbito abordado no tenían nada que ver con nada menos que un «golpe a la Asamblea Nacional«, como se le llamó en los días sucesivos.

En la 156 se le sacaba de cuajo el corazón y el cerebro a la AN para ponérselos a Nicolás Maduro -lo que me hace pensar que, generalmente, no se arrebata para sí algo que no se envidia- como un «detallito» sustentado en la necesidad del Ejecutivo de realizar contrataciones en el ámbito de los hidrocarburos, saltando olímpicamente la sujeción a aprobación previa del Parlamento de mayoría opositora. ¿Por qué? Porque sí, vale… y sanseacabó.

Y en la 155, a los magistrados de la Sala Constitucional se les ocurrió que podían darle «superatribuciones» al Jefe de Estado -como si necesitara más con la fusión de poderes de la Nación- para «revisar» la legislación vigente. Una burusa de galleta maría, pues. Nadie se iba a dar cuenta, creían.

Desde las 11:00 pm de ese miércoles hasta las 2:00 am del jueves, hicimos llamadas y mandamos mensajes a decenas de diputados, abogados constitucionalistas, líderes políticos (todos opositores). No obtuvimos ni una respuesta. ¡Ni una! Como solemos hacerlo, más allá de publicar la noticia, queríamos ofrecer posturas, análisis, una luz que ofreciera al país algo de guía en medio de la oscuridad que se cernía sobre nosotros. Pero no fue posible.

El WhatsApp nos confesaba que habíamos sido leídas, mas nadie nos dijo nada. Creo que el desconcierto -o quizás el sueño- eran más abrumadores de lo que imaginábamos, pero sin duda la dimensión de los hechos requería que cualquiera de estas personalidades, cuando menos, reaccionara a una hora más conveniente que después del café de la mañana siguiente, casi 12 horas luego del hallazgo. Es que ni siquiera las redes sociales, a veces tan explosivas, viralizaron contenido sobre el tema durante la noche.

Trasnochada, ese 30 de marzo vi cómo aparecieron los pronunciamientos por doquier. Los politólogos, juristas, líderes políticos opinaban, pero también los conserjes, las maestras de preescolar, los taxistas, los que hacían cola ese día en un supermercado para comprar harina pan… todos comprendían que aquel «madrugonazo» no se parecía a los anteriores que dio el chavismo gobernante a través de sus instituciones partidizadas.

Y así trascendió. Fue pólvora que terminó por incendiar las calles con protestas legítimas contra la dictadura desnuda; fueron aguas turbias que desembocaron en el mar de la comunidad internacional, desde donde se la condenó por contaminar el panorama democrático latinoamericano; fue un virus infeccioso que hizo que el sistema de defensa nacional, en lugar de actuar ante las células enfermas, atacara al resto del organismo en #ModoAutodestrucción durante cuatro meses, sin importar cuántas vidas costara. Por cierto, fueron 165, pero el impacto radial de la violencia de entonces aún no alcanza a medirse, a mi juicio… No obstante, se lo pueden preguntar a los miles y miles que han emigrado desde hace meses o a quienes aún están por hacerlo.

Todos tenemos grabado en la piel lo que vino después; con más o menos cicatrices, ningún venezolano salió ileso de ese trance. Ni siquiera los partidarios del Gobierno, aunque algunos lo acepten, otros se hagan los locos y muchos callen. Fue tan devastador su efecto que al régimen autocrático no le quedó otra que inventarse un suprapoder plenipotenciario (con lealtad reconfirmada) para decir que no eran suyas la decisiones más controversiales que vendrían (¡y las que faltan!). Son parte de los actos desesperados que se disfrazan de tensa calma.

Un año más tarde, cuando las sentencias se mantienen en esencia y práctica, aunque el Consejo de Defensa de la Nación pidiera revisarlas y corregirlas (acto cumplido de forma mas de fondo por el TSJ), la degradación del orden constitucional y las violaciones del Gobierno de Nicolás Maduro a los derechos fundamentales de quienes habitamos -aún- en este país parecen no poder medirse… pero se agradece que haya varias ONG tratando de hacerlo, pese a la persecución y a las amenazas.

Por mi parte, sigo empeñada en dejar registro de todo lo que pueda; de desmentir rumores y cadenas de WhatsApp falsas; de señalar la mentira y desenmascararla, que es más importante aún, pese a que me acumule antipatías por negarme a permitir que se difunda el miedo, la angustia y el pánico frente a mis ojos… y me convierta por omisión en cómplice del terrorismo de Estado.

La integridad no se demuestra una vez, sino se confirma a diario y no se trata de sentirse superior en ningún caso: solo requiere mostrar que se es fiel a uno mismo cuando los principios nos sostienen sin importar cuánto se sacuda el entorno. Y menos si quienes mueven el piso nos quieren hacer parte de su miseria en el fondo.

Todavía nos queda mucho por hacer para recoger los pedazos. Pero cada vez falta menos para construir con y sobre ellos.

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