OPINIÓN · 16 OCTUBRE, 2019 04:13

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Susana Reina | @feminismoinc

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“Si todo fuera un asunto de querer-es-poder ya fuéramos mayoría en jefaturas de Estado”

A veces me invitan a eventos a hablar de empoderamiento femenino pensando que como soy psicóloga voy a decir un montón de frases motivacionales o a subirle la autoestima a las mujeres presentes o que infundiré esperanza y ánimo mostrando el cielo sin límites de nuestras fantasías.

En cuanto empiezo a hablar, pronto se dan cuenta de que no va por ahí la cosa. Y es que empoderar mujeres no tiene nada que ver con dar pruebas de autosuficiencia, ni con negar obstáculos presentes, aunque muchas veces invisibles, ni con ocultar la discriminación de la que somos objeto- unas más y otras menos-, ni con asignar al mérito y al esfuerzo propio, la principal palanca que nos permitirá avanzar.

Las consignas y arengas que llaman a las mujeres a ser guerreras, independientes, valientes, fuertes, luchadoras, invencibles, emprendedoras y otros epítetos similares sin tomar en cuenta las limitaciones, procedencias y reales posibilidades para emerger de las que asisten a esos actos, para mí, lejos de motivar, desempoderan, porque del dicho a la acción hay una brecha enorme que si no la vemos, nos traga. Se vuelven consignas vacías.

Empoderamiento bien entendido

Según ONU Mujeres, el empoderamiento es una estrategia de capacitación para la emancipación y adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación. No todas tenemos los mismos privilegios ni condiciones de partida para lograr nuestros sueños. Esa es una realidad innegable.

Ir a estudiar en la universidad, espaciar los embarazos o decidir si ser madre o no, tener un fondo de ahorro, contar con una pareja o una familia que dé soporte, comer tres veces al día por lo menos, estar saludable, tomar propias decisiones financieras, jurídicas, personales y de toda índole… todo ello, configura una posición en la vida muy distinta a la de las que no pueden darse esas libertades, que son la gran mayoría en nuestros países de la región. Esas son las mujeres que me encuentro en mis talleres.

No es verdad además, que aun teniendo toda esa lista de privilegios y estando en la mejor de las posiciones, esa motivación para salir adelante contra todas las adversidades está dada de manera innata de forma que lo que tienes que hacer es creértelo con mucha fé. Tampoco es verdad que aun estando cansada tienes que levantarte y seguir sin perder la sonrisa. Y mucho menos que tu misión en la vida sea cargar a toda tu familia, tu comunidad y el país entero sobre tus hombros para luchar incansablemente con vocación de servicio, por encima de tus propias posibilidades y capacidades. Esa imagen está lejos de lo que significa ser una mujer empoderada.

Sin intención se puede hacer daño

Hace unos meses en un acto de emprendedoras de bajos recursos económicos convocadas por una ONG, escuché a una conferencista invitada, toda emprendedora-exitosa-entaconada-empoderada ella, contar cómo empezó “de la nada” en la cocina de su mamá a hacer comida para la venta y cómo en el experimento dañó un montón de licuadoras y ollas aprendiendo. Y que esto era una muestra de que si ella pudo, las demás también podían. La cara del casi centenar de mujeres que estaba presente era de angustia. Una me dijo: yo no tengo ni gas ni luz, imagínate licuadoras y ollas para dañar. No dudo de la buena intención de la expositora, pero invitar a pintar de colores un cuadro para quien no tienes pinceles, es llamar a engaño.

Muchas mujeres me critican este enfoque pensando que es tóxico. Me invitan a conectarme con la psicología positiva para ver siempre las posibilidades y no las debilidades. Quizás piensen que como toda feminista, tengo algún trauma que me generó resentimiento (como el caso de mi asistente que al contarle a sus amigos que ahora trabaja en una organización feminista, le preguntaron si la habían violado para tener que meterse a hacer una cosa así. Lo que hay que oír…)

El asunto es que si todo fuera un asunto de querer-es-poder ya fuéramos mayoría en jefaturas de Estado, juntas directivas, dueñas de empresas; apareciéramos en las listas de los más millonarios del mundo y estuviéramos copando todas las posiciones de poder; no enfermáramos de estrés acumulado ni tuviéramos tanta necesidad de ir a talleres para que nos revelaran la fórmula instantánea de la felicidad. Vivo asombrada por la cantidad de mujeres que van a este tipo de seminarios, señal de que la búsqueda no se ha saciado. Quizás las consignas habituales llenas de lugares comunes despiertan en muchas la sospecha de que no le han dicho todo lo que hay que saber.

Es un enfoque optimista

No obstante todo esto, para mí sigue siendo un mensaje optimista el que doy. Siendo cultural y no natural la manera como se nos enseña a actuar en la vida, se puede desaprender, modificar, deconstruir lo que te dijeron, para volver a aprender pautas de acción más eficaces en la relación con los demás y en la consecución de metas personales, cualquiera que estas sean. Pero no puedes taparlo o negarlo con cantos florales y mantras positivistas, porque lo que no se analiza, no se transforma. Mejor estar fortalecidas desde el conocimiento de las amenazas reales, que engañadas por el espejismo de un camino abierto y sin tropiezos.

Repensar lo femenino, no en plan “esencia de mujer”, sino como un cuento que nos echaron los patriarcas, que puede ser escuchado con dolor, pero modificado en su final, es un hermoso acto de liberación. Por ello hay que recibirlo con todo y sus malos capítulos para tomar conciencia de pertenencia a un género al cual se le ha negado mucho, para desde ahí activarse y entonces sí, cambiarlo todo.

Foto: sergiomadrigal.com

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

 

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Las consignas y arengas que llaman a las mujeres a ser guerreras, independientes, valientes, fuertes, luchadoras, invencibles, emprendedoras y otros epítetos similares sin tomar en cuenta las limitaciones, procedencias y reales posibilidades para emerger de las que asisten a esos actos, para mí, lejos de motivar, desempoderan, porque del dicho a la acción hay una brecha enorme que si no la vemos, nos traga. Se vuelven consignas vacías.

Empoderamiento bien entendido

Según ONU Mujeres, el empoderamiento es una estrategia de capacitación para la emancipación y adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación. No todas tenemos los mismos privilegios ni condiciones de partida para lograr nuestros sueños. Esa es una realidad innegable.

Ir a estudiar en la universidad, espaciar los embarazos o decidir si ser madre o no, tener un fondo de ahorro, contar con una pareja o una familia que dé soporte, comer tres veces al día por lo menos, estar saludable, tomar propias decisiones financieras, jurídicas, personales y de toda índole… todo ello, configura una posición en la vida muy distinta a la de las que no pueden darse esas libertades, que son la gran mayoría en nuestros países de la región. Esas son las mujeres que me encuentro en mis talleres.

No es verdad además, que aun teniendo toda esa lista de privilegios y estando en la mejor de las posiciones, esa motivación para salir adelante contra todas las adversidades está dada de manera innata de forma que lo que tienes que hacer es creértelo con mucha fé. Tampoco es verdad que aun estando cansada tienes que levantarte y seguir sin perder la sonrisa. Y mucho menos que tu misión en la vida sea cargar a toda tu familia, tu comunidad y el país entero sobre tus hombros para luchar incansablemente con vocación de servicio, por encima de tus propias posibilidades y capacidades. Esa imagen está lejos de lo que significa ser una mujer empoderada.

Sin intención se puede hacer daño

Hace unos meses en un acto de emprendedoras de bajos recursos económicos convocadas por una ONG, escuché a una conferencista invitada, toda emprendedora-exitosa-entaconada-empoderada ella, contar cómo empezó “de la nada” en la cocina de su mamá a hacer comida para la venta y cómo en el experimento dañó un montón de licuadoras y ollas aprendiendo. Y que esto era una muestra de que si ella pudo, las demás también podían. La cara del casi centenar de mujeres que estaba presente era de angustia. Una me dijo: yo no tengo ni gas ni luz, imagínate licuadoras y ollas para dañar. No dudo de la buena intención de la expositora, pero invitar a pintar de colores un cuadro para quien no tienes pinceles, es llamar a engaño.

Muchas mujeres me critican este enfoque pensando que es tóxico. Me invitan a conectarme con la psicología positiva para ver siempre las posibilidades y no las debilidades. Quizás piensen que como toda feminista, tengo algún trauma que me generó resentimiento (como el caso de mi asistente que al contarle a sus amigos que ahora trabaja en una organización feminista, le preguntaron si la habían violado para tener que meterse a hacer una cosa así. Lo que hay que oír…)

El asunto es que si todo fuera un asunto de querer-es-poder ya fuéramos mayoría en jefaturas de Estado, juntas directivas, dueñas de empresas; apareciéramos en las listas de los más millonarios del mundo y estuviéramos copando todas las posiciones de poder; no enfermáramos de estrés acumulado ni tuviéramos tanta necesidad de ir a talleres para que nos revelaran la fórmula instantánea de la felicidad. Vivo asombrada por la cantidad de mujeres que van a este tipo de seminarios, señal de que la búsqueda no se ha saciado. Quizás las consignas habituales llenas de lugares comunes despiertan en muchas la sospecha de que no le han dicho todo lo que hay que saber.

Es un enfoque optimista

No obstante todo esto, para mí sigue siendo un mensaje optimista el que doy. Siendo cultural y no natural la manera como se nos enseña a actuar en la vida, se puede desaprender, modificar, deconstruir lo que te dijeron, para volver a aprender pautas de acción más eficaces en la relación con los demás y en la consecución de metas personales, cualquiera que estas sean. Pero no puedes taparlo o negarlo con cantos florales y mantras positivistas, porque lo que no se analiza, no se transforma. Mejor estar fortalecidas desde el conocimiento de las amenazas reales, que engañadas por el espejismo de un camino abierto y sin tropiezos.

Repensar lo femenino, no en plan “esencia de mujer”, sino como un cuento que nos echaron los patriarcas, que puede ser escuchado con dolor, pero modificado en su final, es un hermoso acto de liberación. Por ello hay que recibirlo con todo y sus malos capítulos para tomar conciencia de pertenencia a un género al cual se le ha negado mucho, para desde ahí activarse y entonces sí, cambiarlo todo.

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