A 7 días de los terremotos y puño en alto, en Los Corales procuran hacer milagros
Con sus propias manos, Pedro encontró el cuerpo de su esposa y Juan aún espera por su hermano atrapado en los escombros. Ambos aseguran que la ayuda llegó tarde

El ruido más fuerte es el que producen los taladros que hurgan entre los escombros, pero un permanente corneteo se suma al bullicio que aumenta las tensiones en el sector Los Corales, en el estado La Guaira, una semana después de los terremotos del 24 de junio de 2026.
A las 4:45 pm de este martes, un joven y delgado soldado se muestra exhausto luego de cuatro días continuos de esfuerzos para salvar vidas. Sin embargo, de pronto tiene un subidón de adrenalina y hace un gesto que es repetido por varios de los que integran ese contingente de 30 militares que vino del Zulia, así como por otras personas presentes cerca del edificio El Palmar: el puño en alto.
El puño en alto forma parte de una convención internacional de señas utilizada en operaciones de búsqueda y rescate. La señal conmina al silencio absoluto que se requiere para poder escuchar gritos, golpes o cualquier rastro de vida de personas atrapadas en las estructuras que se desplomaron en Los Corales.
Todo se detiene: la maquinaria pesada, la remoción manual de escombros, la circulación de vehículos… Comienzan a transcurrir los segundos y todo se imprime de solemnidad y recogimiento. Nadie habla, nadie se mueve, todas las personas se miran entre sí. Literalmente, es un acto de esperanza, pero también de fe. A una semana de los terremotos no se descartan los milagros.
Luego de siete minutos, el mismo soldado zuliano que había exhortado al silencio absoluto, a la inmovilidad total, extendió su dedo índice, que es otra señal internacional que se usa para indicar la prosecución de la búsqueda.

Ayuda tardía
Cerca de las ruinas del edificio El Palmar está Pedro Montalvo. Es un hombre de unos 55 años de edad y cuenta que estaba a 20 metros del inmueble cuando ocurrieron los sismos del 24 de junio: “Yo acababa de salir y de pronto quedé envuelto en una gran nube de polvo. Cuando esa nube de polvo se disipó, el edificio, que tenía cinco pisos, estaba en el suelo”.
A partir de ese momento, y durante los próximos dos días, Pedro no descansaría: “No paré nunca. De día y de noche escarbé y escarbé. Escarbé con mis propias manos hasta que encontré el cuerpo de mi esposa. Los dos primeros días no tuvimos ayuda de nadie. Los mismos familiares logramos rescatar a 15 personas vivas y a otras tres muertas. Cuando encontré los restos de mi esposa llamé a los bomberos para que me ayudaran a sacarla. Ella se llamaba Elizabeth Durán, tenía 46 años de edad y desde hace 21 años trabajaba como conserje del edificio El Palmar”.
La sensación de desamparo que describe Pedro, también la comparte Juan Quesada, otro guaireño aferrado a la posibilidad de un milagro: que su hermano Heriberto Quesada, de 71 años, sea rescatado con vida de las ruinas de Residencias Los Corales, otro edificio de la zona que se desplomó el 24 de junio.
“Yo estaba en Puerto La Cruz y me vine para acá tan pronto pude. El jueves me puse a echar pico y pala para localizar a mi hermano entre los escombros. Usábamos martillos y cinceles que conseguimos por ahí, pero no era suficiente. Se necesitaba maquinaria pesada que no llegó sino hasta mucho después. La ayuda no llegó a tiempo”, lamenta.
Juan ya no está directamente involucrado en las operaciones de búsqueda. A Residencias Los Corales llegó un equipo español de rescate, el cual se hizo cargo con mayores recursos y experiencia. Rafa Arnau, por ejemplo, explica cómo trabaja la perra “Nala” que los acompaña en el rastreo de personas vivas: “Este animal está adiestrado para percibir olores de sobrevivientes. Ladra persistentemente en el sitio más cercano a donde se encuentra la víctima y esa es la señal que nos permite a los rescatistas profundizar la búsqueda”.

A las 5:30 pm, otro de los rescatistas españoles levanta el puño en lo más alto del amasijo de cemento y cabillas en que quedó convertido Residencias Los Corales. Y se repite el ritual: todos guardan silencio, todo se detiene y se reanuda otra agotadora espera para Juan y otras personas presentes que tienen a sus familiares atrapados.
