Tumeremo se hundió en el dolor durante el entierro de 10 de sus mineros masacrados

LA HUMANIDAD · 16 MARZO, 2016 21:42

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Odell Lopez @odelopez


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El sol está radiante, pero el ambiente es oscuro. La gente camina rápido por las aceras, como huyendo de lo que no quieren ver. “¡Aparecieron los cuerpos!, ¡No se olvidaron de los nuestros!, ¡Están muertos!”, dicen los vecinos de Tumeremo. Una aparente normalidad cubre la capital del municipio Sifontes, en el estado Bolívar. Todos saben que hoy transitaría una caravana negra.

El viacrucis comenzó a las 11:25 de la mañana de este miércoles, 16 de marzo. El  asentamiento militar Fuerte Tarabay, enclavado en medio de la nada, se convierte en morgue improvisada desde el lunes. Allí los dolientes reciben los cuerpos magullados de sus familiares, descompuestos, en mal estado.

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“Mi Dios ¿por qué me hiciste esto?. ¡Te pedí que me llevarás a mi!”, grita una señora vestida de blusa negra y licra gris. Camina encorvada y abraza a la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, quien entrega los restos mortales de los 17 mineros que tienen 10 días desaparecidos. 15 hombres y dos mujeres que vieron su mala hora en los ojos de El Topo, el delincuente que realmente gobierna en la zona. El que inspira miedo a los tumeremenses.

Para llegar al Fuerte los cuerpos hacen una travesía. De la mina El Miamo, donde los asesinaron con un tiro en la frente, El Topo los trasladó en un camión de volteo a la mina El Nuevo Callao, a la fosa común donde los consiguen las autoridades. De allí, a Tumeremo.

La lista desconsolada

Al oír a los funcionarios decir el nombre de sus familiares cada representante levanta la mano sin querer hacerlo. Es la señal para hacer saber que el cuerpo tiene dolientes. 15 minutos dura la entrega de fallecidos, sin cámaras televisivas y sin lentes fotográficos. La premisa es resguardar a los familiares de las víctimas de los asesinos (y probablemente también de la prensa).

A kilómetro y medio del Fuerte Tarabay se encuentra la entrada del barrio La Caratica. Una lomita que soporta la frondosa mata de mango del sector, al lado una cancha deportiva, marca el punto de referencia. La cancha recibe los féretros de quienes fueron sus vecinos, la gente entre llantos, aguarda para un último adiós.

Dos horas y cincuenta minutos transcurren desde que se entregaron los cuerpos a los familiares hasta comenzar a ver el desfile de convoys del Ejército. “Ahí viene mi muchacho”, dijo Rosaura, una señora cristiana de tez morena y cola de caballo. No es la madre de ninguno pero siente al fallecido como suyo. Era su vecino de toda la vida.

En un convoy militar vienen los restos mortales de Néstor Ruiz, José Ángel Ruiz y José Armando Ruiz, tres hermanos unidos por un lazo familiar y ahora por la muerte. Víctimas de la sangre fría de El Topo y su secuaz, El Miguelito.

Jesús Alfredo Aguinagalde viene en el vehículo militar. También recibió un disparo en la cabeza, tan solo por atravesársele al pran de Tumeremo.

La punta redondeada color madera de uno de los féretros se asoma. Eso fue suficiente para que el llanto se hiciera colectivo.

“Yo te quería vivooooo”, grita una señora que días atrás protestó enérgicamente en la Troncal 10. Los testigos también están consternados. “Hasta cuándo nos pasa esto en este pueblo”, se preguntan los habitantes, que esperaban respuesta desde el 4 de marzo, cuando se denunció por primera vez la desaparición de los mineros. El que no llora, mínimo, se le agua el guarapo.

Portería del dolor

Las arquerías de fútbol quedan para aguantar a dos mujeres que agarradas de sus tubos  lloran desconsoladas, mientras ven al centro de la cancha, donde están cuatro urnas. El estado de los restos mortales no permite más. En 30 minutos se acaba el velorio exprés. El olor es penetrante, casi insoportable, así que las urnas fueron de nuevo arriba, a los convoyes, rumbo al cementerio.

A rodar lento, a encender las luces de los carros, aunque el sol es incandescente. Una caravana fúnebre que deja caer un velo gris -imaginario- por donde pasa. Miradas largas, llantos inconsolables, gritos de desesperación. Eso es Tumeremo.

Al cementerio de Sifontes llega mucho pueblo. El olor de los cuerpos descompuestos se concentra. Disimuladamente, las narices se arrugan. Las fosas nasales tratan de resistir la entrada de aire. Fueron diez días enterrados en una fosa común. Los cuerpos no pudieron ser velados con el ataúd abierto. Aún cerrados, el hedor logra colarse fuera del féretro.

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20 hombres de la alcaldía de Sifontes cavan nueve tumbas, muy superficiales. La voluntad del pueblo está a punto de hacerse material: santa sepultura para quienes sufrieron la voluntad cruel de otro hombre en los últimos minutos de sus vidas. A Gustavo Guevara, Néstor Ruiz, José Ángel Ruiz y José Armando Ruiz, Cristóbal Heredia, Junior Romero, Javier Muñoz, Jesús Alfredo Aguinagalde y José Gregorio Nieves los entierran en Tumeremo.

A Maridalia Ruiz y Marielli Ruiz se las llevaron a San Félix: la mayor parte de su familia está allá. Ángel Trejo es enterrado en el cementerio viejo, separado por una pared del nuevo. Discreto, con llantos calmados.

Todavía quedan tres cuerpos sin identificar.

Los tumeremenses solo lloran, no pueden hacer más. Mientras, en Caracas, el gobernador del estado Bolívar, Francisco Rangel Gómez admite que sabe de esta situación desde hace años y que solo es hoy, después de enterrados los cuerpos y de haber negado inicialmente la muerte de los mineros, el funcionario decide afirmar: hubo una masacre.

“Vamos a hablar con Griselda para hacerle unos rezos a esta gente. Deben estar penando por como murieron”, se escucha entre un grupo de personas. El tumulto fue disuelto minutos después por tres disparos al aire. El ciudadano acciona el arma y los uniformados  lo detienen.

El grupo se dispersa. Todavía se escuchan los sollozos. Todo vuelve a la normalidad, si es que ese funesto escenario puede llamarse normal.