Raiza, la peluquera rescatada: Yo le di la vida a mi hijo y ahora él me la dio a mi a través de Dios
Refugiada entre los campos de golf de Caraballeda, Raiza desafía la crudeza de su realidad con la fuerza de una sonrisa; un faro de dignidad que se niega a apagarse

Raiza González tiene una sonrisa luminosa y una biblia que la acompaña. La carpa gris frente a ella es su único refugio. Habla con sus hermanas, también da un sorbo a su café y dice: “Vi a la virgen María Auxiliadora llena de escarcha, Dios me dio una segunda oportunidad”.
Doce horas esperó atrapada entre los escombros del edificio OPPE 27, de la Misión Vivienda; quedó inclinada entre una de las vigas de la estructura que colapsó durante el doble terremoto del 24 de junio. Allí, escuchaba los gritos, las llamadas de auxilio, la desesperación de lo que pasó, apenas si entendía que vivió el terremoto más fuerte en la historia de Venezuela tras el de 1967, al que sobrevivió a los 3 años de edad.
A las 6:03 pm del 24 de junio, en La Guaira se celebraba el día de San Juan y Raiza, peluquera de oficio, no tenía clientes que le reservara ese día. Hablaba por el celular con su hija mayor, Gerdis Cejas. Tenían una conversación cotidiana, pero, a las 6:04 pm, el espejo que tenía al frente comenzó a moverse de un lado a otro. “Hija, está temblando”, se corta la llamada.
El edificio se movió violentamente. Raiza apenas pudo tomar su monedero, intentó llegar a la puerta. No lo logró. Se quedó en la viga, que hizo un triángulo de seguridad cuando las paredes se resquebrajaron. Los escombros cayeron y, por unos minutos, ella perdió la noción del tiempo. “Me desmayé y cuando retomé la conciencia, ya no existía mi hogar”, relata.
Quedó entre la torre A y B, básicamente suspedida entre los escombros de los edificios de Misión Vivienda, su hogar desde que le entregaron el apartamento en 2012, tras ser damnificada por la vaguada de 2010. “Me desmayé. Me desmayé varias veces. Sí, yo despertaba varias veces porque estaba intentando reventar la pared que tenía ahí. Peleé bastante”.
Raiza quedó en la esquina de la pared que daba hacia el otro edificio. Lo primero que hizo fue rezar mientras escuchaba cómo los escombros los movían personas que estaban en las afueras, echanban la tierra hacia arriba. Pensó incluso, por un instante, que la tierra le caía encima. “No recuerdo que me haya caido, pero se que tuve esa sensación”, dijo.
“Decía: ¡Dios Mio! ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Cuando siento que mi espalda me arde, me punzaba algo. Me puse la mano en la espalda y allí estaba mi celular. Lo prendí, pero no había cobertura. No veía mi cocina, ni la sala. Alumbré por todo lados. Nada. Logré alumbrar un punto, que parecía como una pequeña luz, era mi virgen María Auxiliadora. Ella tenía su corona rota, mi hijo me la había hecho con una lata de cerveza. Por fuera es plateada, ¿verdad? Y en ese momento yo le vi como una escarcha. Decía: «Ay, Dios mío, yo estoy inflamada, estoy viendo estrellitas o será un milagro, qué sé yo, por los golpes» Yo no sé dónde es que la celebran, pero esta me la dieron a mí con amor y yo siempre ando con mi Virgen”, narró.
Luego de 12 horas, Raiza se aferró a la fe con su virgen, que la cuidaba desde la oscuridad. Escuchó que los escombros se volvían a mover. “Yo decía: «Ay, Dios mío, yo no puedo más». Yo escuchaba voces, pero para mí, nadie me escuchaba. Nadie me escuchaba, yo no entendía el porqué”, dice.
—Mamá, Mamá —grita un hombre.
—Estoy aquí, hijo, estoy aquí— gritó Raiza.
Su hijo, Miguel Cejas, se metió entre los escombros. No tenía equipamiento especial, ni apoyo de los funcionarios del Estado, porque ellos llegaron dos días después.
“Él gritaba como loco: «¡Mamá, mamá!». Yo le hablaba y él no me escuchaba”, dijo.
—Dame una señal, mamá—gritaba el joven.
Raiza prendió otra vez la lámpara del celular.
—Mamá, cualquier señal; prende una lámpara. Esto se está prendiendo en candela— recuerda que le decía el hijo.
“Saqué fuerzas de dónde no tenía, me arrastré entre los escombros. Hasta que nos vimos. Mi hijo me dice: «Voy a buscar ayuda, pero yo no puedo entrar, voy a buscar a una persona más delgada que yo”.
Uno de los vecinos llegó. El espacio era muy pequeño. “Tal vez era medio metro”, señaló.
El vecino le insistía que se arrastrara como pudiera por el espacio. Confiesa que apenas si tenía fuerzas. Tiró la vista hacia el mesón. Allí quedó su monedero, lo sujetó luego de alzar el brazo hasta dar con la carterita. “Si no puedo sacarlo todo, al menos tengo mi cédula”, acotó.
—Hijo ya no puedo más, sácame cómo puedas— le dijo a su hijo, quien respondía que la sacaría de alli.
La jalan por los brazos de entre los escombros, en ese momento se convirtió en una de lae sobrevivientes que logró escapar del infierno de concreto en el que se trasformó el complejo de edificios de Misión Vivienda. “Bueno, a mi hijo yo le di la vida y él me la dio a mí, pero a través de Dios”, manifestó.

Una tragedia tras otra
Cuando Raiza logró salir de los escombros y al mirar a los alrededores solo se preguntaba cómo habia sobrevevidio. Todo el lugar donde había pasado 14 años de su vida estaba convertido en ruinas. Sus vecinos seguian gritando con desespero los nombres de sus seres queridos en medio del polvo y la desesperación.
El parque donde juganban sus nietos, los jardines y todo lo que era cotidiano en su vida habia desaparecido en pocos segundos. Allí Raiza se dio cuenta de que la magnitud de la tragedia era importante, tambien las residencias privadas que la rodeaban habian colapsado.
Raiza, en ese momento, pregunta por sus familiares que vivían también en el complejo. Su hijo le dice que sus nietos Greydel del Valle Mayora Cejas, de 21 años de edad; Emilio Jeremias Mayora Cejas, de 17 años de edad; Valentina Mayora Cejas, de 12 años de edad, y su bisnieto Noah Ismael Pérez Mayora, de 1 año de edad, no los había encontrado. Hasta ese momento solo habian sacado de los escombros sin vida a su nieta Valentina.

Aunque aún continuan las labores para encontrar a sus otros nietos, Raiza, tras 15 días de malas noticia, con la voz serena, aunque baja, dice: Ellos están muertos.
Toda herida deja cicatriz
Una abuela perdió a sus nietos. Su hogar. Su estado. “A mi La Guaira me ha quitado mucho, pero Dios me dio una segunda oportunidad y la voy a aprovechar”.
Raiza no solo fue sobreviviente de los terremotos más devastadores de la historia contemporanea de Venezuela. También, de la tragedia de Vargas en 1999 y a la vaguada del 2010. “Gracias a Dios que la mayor parte de la gente que sobrevivió no fue que salió de abajo de los escombros directamente, así enterrada. Hay muchos que sí, pero claro, hay mucha gente que quedó muy traumada”, recordó.
Raiza mira a su alrededor, está en los campos de Golf, de Caraballera, al este de La Guaira, cerca de las misiones vivienda, a menos de 100 metros de donde la rescataron. A su lado, las carpas, rojas, rosadas, verdes, están aglomeradas entre los arboles para ocultarse un poco más del sol de la costa.
“Mira, yo lo he perdido todo, pero aquí la mayoría también ¿y qué vas a hacer? Y sobre ese ánimo que dicen que los venezolanos tenemos por el mundo, si, yo lo ratifico”, añade.
Y es que Raiza, pese al dolor y a la pérdida de sus nietos, entiende que el venezolano se levanta de las caidas.
Entre las conversaciones, con sus vecinos, con sus hermanas, con sus hijos, ella enfatiza que no quiere caer en un estado depresivo, “tampoco hay que negar el dolor que sentimos; pero si nos deprimimos, nos morimos”.

“Lo que te puedo decir es que no pierdan la fe. Y si Dios nos dejó a nosotros en esta tierra, pues tiene un buen propósito con nosotros. Nos duele, porque eran nuestros familiares. Pero por lo menos ellos no están viviendo lo que estamos viviendo nosotros aquí en el refugio. Porque hasta ese niño, mira, tiene un golpe por la espalda, está padeciendo… El señor de allá está padeciendo al no ver a su hermana, a su hermano, a su sobrino”, reflexionó.
La abuela de 62 años de edad recuerda que no hay herida que sane sin dejar cicatrices, que no será facilmente olvidada.
Recuerda a su nieta Valentina como una bendición. “Te saludaba con un cariño, una niña tan cariñosa que yo digo, Dios mío, tengo una niña demasiado linda. Mi nieto Emilio Jeremías era un niño muy conocido y me duele porque ese niño comía conmigo siempre. Pero yo siempre digo: hay que mantener la fe”.
Todo se queda allí
Muchas familias intentan recuperar lo poco que les queda: alguna cama, cocinas, colchón, nevera, en otras palabras: lo que pudo quedar de sus hogares. Pero Raiza, fiel a sus convicciones, le dijo a sus hijos que dejaran todo allí, prefiere perder eso que arriegar la vida de sus seres queridos.
Ella perdió su hogar, sus nietos, su lugar de pertenencia, su estado. Solo le quedó un recuerdo de sus nietas, de los bolivares que le dejó para su pasaje. “Siempre guardaré ese dinero, porque es lo que me queda de ella. Lo demás que se quede en los escombros”, reiteró.
Raiza está decidida a empezar de nuevo, a pesar de haberse quedado sin sus secadores, planchas y peines. “En algún momento lo voveré a comprar”, concluyó la peluquera que logró sorevivir.
