Algarabía, compras y COVID-19: diciembre llegó a Caracas

LA HUMANIDAD · 4 DICIEMBRE, 2021 08:56

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara


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Lunes. 29 de noviembre de 2021. Santiago de León de Caracas. 

El alegre sonido de la gaita recorre Caracas, despertándola de un prolongado letargo. Seiscientos quince días han transcurrido desde marzo de 2020 y el anuncio del primer contagio de COVID-19 en Venezuela. Poco más de 20 meses silenciosos en la capital, de calles y avenidas vacías, sin tráfico del cual quejarse. Un aproximado de catorce mil seiscientas horas de cuarentena. 

Ahora el boulevard de Sabana Grande es un largo tramo multicolor y de bullicio que se mezcla con algunos aromas. Pan recién hecho, dulces artesanales e incienso. La melodía pegajosa de «Amparito» del grupo gaitero Maracaibo 15 se repite en cada rincón. A Sabana Grande han vuelto los buhoneros; se instalan con sus puestos ambulantes y ofrecen desde ropa hasta juguetes a precios dolarizados. Arrugan el ceño cuando les pagan en bolívares, la devaluada moneda oficial venezolana. 

Durante el primer año de pandemia, Caracas se mantuvo paralizada por el temor al COVID-19 y las restricciones de la cuarentena. Los establecimientos funcionaban a medias en las zonas comerciales más importantes de la ciudad y cerraban las puertas después de las dos de la tarde.

Esta vez, las tiendas abren hasta las siete de la noche. En las vitrinas, decoradas con guirnaldas, cuelgan carteles de ofertas con precios rebajados hasta el 40%. Centenares de personas caminan, entran y salen de los locales, observan y preguntan por los costos. La circulación de divisas extranjeras en la calle es más evidente que en 2019 y 2020. 

«Bolívares no. Te acepto dólares, euros y hasta pesos», expresa una vendedora de muñecas. Otros reciben la moneda nacional con reticencia, calculada con base en la cotización diaria del dólar estadounidense; la excusa es la hiperinflación en la que se encuentra sumido el país desde hace cuatro años: los costos suben cada día mientras el bolívar sigue perdiendo el valor.

En octubre, Tamara Herrera, directora y cofundadora de la firma Síntesis Financiera, habría advertido que Venezuela acabaría el año con una inflación cercana a 1.000 %.

En Venezuela se contabilizan 433.208 contagiados con coronavirus desde marzo del año anterior. Sin embargo, varios transeúntes han olvidado que la mascarilla debe cubrir los labios y la nariz: pasean con la cara descubierta, muy juntos unos de otros. La fiebre de las compras navideñas poco a poco comienza a aparecer. Surge lentamente en las calles y negocios caraqueños, alimentada por el movimiento comercial. 

Actualmente, solo 36,28 % de los venezolanos tiene ambas dosis de la vacuna, de acuerdo con datos de la  Encuesta Nacional de Hospitales COVID-19. Aún así, el mandatario Nicolás Maduro decretó flexibilización de la cuarentena del 1 de noviembre al 31 de diciembre.

El país atraviesa la tercera ola de contagios, lo que preocupa a la Sociedad Venezolana de Infectología; pero parece no interesarle a los caraqueños que siguen recorriendo las aceras y manejando en autopistas, ignorando el concepto de bioseguridad que tanto se ha repetido en redes y letreros.

Efecto Cocuyo realizó un recorrido en distintos puntos de Caracas y documentó los días finales de noviembre, en una urbe que parece abrir los ojos después de una siesta, movilizada por el decreto de flexibilidad emitido por el gobierno. Las avenidas cobran vida. El COVID-19 no ha desaparecido, solo es opacado por la llegada de diciembre. 

Comienza diciembre y se nota

Plaza Venezuela y Sabana Grande, en el municipio Libertador, son dos zonas de comercios. Durante los primeros años del nuevo siglo estuvieron atestadas de vendedores informales que apenas dejaban espacio para caminar. Sin embargo, hace más de una década que fueron retirados del boulevard y reubicados en el Centro de la Economía Comunal Manuelita Sáenz, ubicado entre Sabana Grande y Chacaito. 

Para el 29 de noviembre de 2021 hay decenas de puestos improvisados a los lados del camino. Transeúntes los miran con curiosidad, recordando viejos tiempos. Se ofrecen relojes y blusas estampadas en cinco dólares, collares de fantasía a dos, suéteres con franjas a diez. Adolescentes sostienen pantalones de jean sobre sus cabezas y gritan los precios, elevando la voz por encima de las canciones de Gaiteros de Pillopo. 

Es difícil ignorar la avalancha de juguetes. Una muñeca, imitación de la Barbie de Mattel, cuesta de 5 a 8 dólares que pueden cancelarse en efectivo o al cambio en bolívares. También se promocionan peluches de Hulk, disfraces, carritos, monopatines, juegos de bloques para armar y tiendas de campaña. Diciembre empieza y se nota. 

«Ahorita es que esto va a comenzar a prenderse. La gente no ha salido por completo; las ventas están relajadas, pero mucho mejor que el año pasado. Esperamos un gentío para la semana del quince», dijo a Efecto Cocuyo un comerciante de relojes y gorras estampadas. 

En el centro comercial City Market hay revuelo. Es un edificio cerrado donde suele hacer calor y se venden productos tecnológicos. Lo que más se compra son teléfonos, audífonos y cornetas. Allí dentro se camina al son de la Gran Coquivacoa, esquivando a los que se detienen en las vidrieras a mirar. Algunos con la mascarilla en el mentón. 

Negocios que se recuperan

Las gaitas suenan una detrás de otra en las zapaterías, panaderías y tiendas de ropa y accesorios en general. Los gerentes y dependientes se cubren las fosas nasales y la boca con mascarillas desechables, pero no se lo exigen a los clientes por miedo a espantarlos. 

El bulevar de Chacaíto conecta con el de Sabana Grande, en el centro-este caraqueño. Es otro tramo repleto de puestos informales; ahí los comercios funcionan hasta las cinco de la tarde. Los dueños rememoran la cuarentena radical decretada por el gobierno el año anterior, cuando en un mes había dos semanas de jornadas flexibles de movilidad y otras dos semanas con normas radicales en las que los negocios no podían laborar después del mediodía. 

Algunos denuncian que tuvieron que pagar 20 dólares semanales a la Policía de Caracas o Policía Nacional Bolivariana (PNB) para que los dejaran trabajar a puertas cerradas. 

«Hemos tenido un aumento del 60 % de las ventas, respecto a 2020, solamente en noviembre. Estamos optimistas», afirmó el encargado de una zapatería.  

En los 1,8 kilómetros que separan a Chacaíto de Chacao se multiplican las recientes vallas publicitarias de nuevos restaurantes, aplicaciones y exposiciones navideñas. El tráfico es cada vez mayor al acercarse al centro comercial Sambil. Una extensa fila de autos coloridos llenan el aire de humo grisáceo y conductores impacientes presionan el claxon con insistencia. 

Cualquiera podría inferir que la crisis venezolana del combustible ha llegado a su fin. Sin embargo, las largas colas en gasolineras subsidiadas por el gobierno siguen. El embotellamiento de la avenida Francisco de Miranda se repite en el resto de arterias viales de Caracas. 

Dolarizados y sin billetes

El 16 de diciembre se estrena Spiderman No Way Home en Venezuela y los fanáticos del superhéroe esperan en largas colas para adquirir las entradas en la preventa, en el Cinex del Sambil. El lugar rebosa de vida y el eco lejano y bajito de La voy a tocar a pie sale de alguno de los locales de ropa. Adultos tararean la gaita mientras recorren el pasillo. Conversaciones animadas también pueden oírse: la unión de veintenares de voces altas y claras. 

Al mediodía, la feria del cuarto piso rebosa de personas que buscan donde sentarse. Allí suena el coro de Piano Man, la versión de Billy Joel. Una escena se repite en todos los restaurantes y puestos de comida: aunque los precios están dolarizados, ninguno parece tener cambio para regresar a los clientes. 

No circulan billetes de baja denominación y pocos pagan con tarjeta de débito, por lo que se retiran. Debido a la baja afluencia de comensales, nadie piensa siquiera en el famoso semáforo anticovid. La iniciativa, promovida por el gobierno, parece no haber calado en los centros comerciales. Los restaurantes que funcionan dentro no solicitan tarjeta de vacunación y tampoco piden a los consumidores que usen el tapabocas. 

El semáforo es una aplicación que sirve para restringir la entrada a personas que no se encuentren vacunadas. Hasta la fecha, no solo no ha funcionado como se esperaba, sino que es ignorada de forma consciente en sitios comerciales. 

Un mediodía solitario en Las Mercedes

Lejos de la algarabía del centro-este (de Chacao, Chacaito, Sabana Grande y Plaza Venezuela) Las Mercedes está atrapada en un silencio a la una de la tarde del lunes. Es la zona con restaurantes, bares y centros nocturnos en el norte del municipio Baruta.

En sus 93 hectáreas, la vida transcurre tranquila y sin sobresaltos. Los mesoneros bostezan dentro de algunos locales. No hay gaitas aquí, solo encargados aburridos que evocan tiempos mejores: otros años donde se organizaban almuerzos corporativos y las mesas se mantenían llenas los siete días de la semana, entre noviembre y diciembre. 

«Esto no es ni por asomo lo que era antes y creemos que se mantendrá así por un rato largo», dice una de las trabajadoras de La Castañuela, donde las decoraciones marinas sobran, igual que las mesas libres. Cuando se menciona el semáforo anticovid, la mujer arruga la nariz. 

En contadas ocasiones han utilizado la aplicación móvil, aunque no está muy segura de que esta funcione realmente. El resto de los restaurantes alrededor se mantienen bajo la misma premisa. 

Restaurantes se adaptan como pueden al «semáforo anticovid»

Sin espacio

Martes. 30 de noviembre de 2021. Santiago de León de Caracas. 

En Caracas conviven un aproximado de cuatro millones de habitantes repartidos en cinco municipios. Cuando alguien pone un pie en el centro caraqueño, precisamente en el tumultuoso mercado de La Hoyada, fácilmente podría creer que la mitad de la ciudad se ha reunido aquí.

La gaita resuena entre los numerosos puestos que ofrecen desde ollas hasta ropa importada a precios muy bajos. Es como si hubiesen trasladado la música desde el centro-este, unos cinco kilómetros, pero a un volumen más alto. Los Cardenales del Éxito se entremezclan con una salsa que retumba. El ruido de bocinas de un tráfico imposible de sortear aturde. Los chiquillos pululan por todos lados y se arrancan las mascarillas de las caras, hastiados por el calor del mediodía. 

Es final de mes y los trabajadores ya han cobrado su sueldo, lo que entusiasma a los informales. Cientos y cientos de personas transitan a un paso frenético, caótico y desigual en diferentes direcciones. Es sencillo tropezar si no se está alerta. Huele a sudor y sopa recién hecha.

No hay demasiado espacio para el distanciamiento. Varios caminan a centímetros de los demás, bajo un severo sol y con el tapabocas debajo de la nariz.

Un joven con el rostro lleno de polvo negro vende una sopa en envases blancos que lava dentro de una cubeta, llena de agua gris. Es un color muy parecido al del caldo, que cuesta un dólar en efectivo y saca de un enorme tobo rojo. Al menos cinco hombres se reúnen a su alrededor, sorbiendo a ritmo rápido. 

La variante del COVID-19 llamada ómicron fue detectada en dos países del continente americano, según confirmó la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Pero eso no inquieta a los compradores del mercado Cruz Verde de la Hoyada. Francisco Torres levanta una ceja cuando oye que hay casos registrados de ómicron en Brasil y Canadá.

«¿No se supone que después que te vacunas eso ya te pega más suave?», pregunta. Tiene 42 años y está buscando el regalo navideño de su hija menor: una carpa rosa con motivos de princesas y un monopatín, que ha encontrado en 20 y 25 dólares, respectivamente.  

El covid «ya no mata»

Ilianis Ubán pasó de ser maestra de quinto grado a dar tareas dirigidas en su casa, cerca de San Bernardino. Luego decidió que era más rentable mandar a traer lycras estampadas de Colombia y venderlas en La Hoyada antes de que termine el año. 

«El aguinaldo de mis compañeras no llega ni a los veinte dólares. Eso me lo puedo hacer en un día bueno, aquí sentada», sentencia. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (Encovi), en 2021 al menos el 51,7 % de los venezolanos es trabajador por cuenta propia, producto de la crisis económica que azota al país. 

Vacunada por completo desde septiembre, Ubán menea la cabeza de un lado a otro cuando le preguntan si tiene miedo del coronavirus. 

«El covid ya no mata, para eso es que te ponen la vacuna, para que no te mate. Con este bululú de gente, por ahí debe haber más de un contagiado, pero si uno se puso la vacuna no se tiene que preocupar, me imagino. Si no, ¿para qué?», responde con naturalidad. 

A su alrededor, diez, veinte, cuarenta, cincuenta o quizás cien personas aguantan los más de 30 grados de temperatura como pueden, intentando vender suéteres acolchados, ropa interior traída de Colombia y perfumes baratos, que cuestan 1 dólar. En La Hoyada, los billetes de baja denominación pasan de aquí a allá en cuestión de segundos. 

La compra de estrenos

En las puertas del Palacio de las Academias, en Capitolio, se sientan algunas personas en condición de calle a resguardarse del Sol. Desde el mercado de La Hoyada hay 2,4 kilómetros a pie, pero varios transeúntes los han recorridos cargados de juguetes envueltos en bolsas negras y ropa para los estrenos de la Nochebuena. 

Escarlet Pinto gastó 40 dólares en dos pantalones y dos blusas para su hija de seis años.

Aún falta comida en casa pero sabe que la ropa se pondrá más cara mientras más se acerca el 24 de diciembre y no quiere dejar a la niña sin estrenar, como pasó hace un año. Según las cifras de la Encovi, actualmente el 79,3% de los venezolanos no tienen cómo cubrir la canasta de alimentos por completo.

La afluencia de gente remite cuando se recorren los 7 kilómetros que separan Capitolio del Paseo Los Próceres, que parece esperar al fin de semana para convertirse en un pequeño carnaval de luces brillantes y familias deambulando. Por ahora, es el último día de noviembre y se encuentra desierto alrededor de las tres de la tarde. 

Catia no descansa

Miércoles. 1 de diciembre de 2021. Santiago de León de Caracas

Llegó diciembre y en Catia cambian el reggaetón y el merengue por un mix editado de gaitas zulianas que suenan distorsionadas, pero que recorren todo el mercado principal y las calles aledañas a la estación de Plaza Sucre. Es el oeste de la capital, donde la algarabía siempre está presente.

Catia se parece un poco al mercado de La Hoyada, con sus puestos móviles de ropa traída de otros países y los precios económicos. Allí la venta de juguetes es más grande y estos relucen entre la ropa y la comida.

«El Niño Jesús también tiene que usar tapabocas, mamá. Cuando me traiga mi bicicleta, ¿verdad?», pregunta un niño que camina maravillado entre la exhibición de patines, muñecos y peluches. 

Se cobra en efectivo, pero también se aceptan bolívares al cambio. Bajo las nubes grises del mediodía, los transeúntes se retiran el tapabocas algunos minutos, antes de colocarlo nuevamente en su lugar bajo la mirada distraída de los policías, que en realidad observan con poco interés a aquellos que llevan el rostro descubierto. 

Ventas flojas en ingredientes para hallacas

Si hay algo que decepciona a los comerciantes de Catia, que escuchan más de diez veces al día la gaita Onomatopéyica y ya están algo cansados, es que muy pocos clientes compran ingredientes para hacer hallacas.

«El venezolano lo deja todo para último minuto. Cuando es 20 de diciembre, viene ese montón de gente buscando de todo», contó uno de los comerciantes.

«No todo el mundo tiene dinero esta Navidad. Recuerda que seguimos en pandemia», dice Yeli, una vendedora que no ha conseguido deshacerse de las hojas de plátano desde hace semanas. 

Otros sitios que se mantienen llenos son los mercados populares de Quinta Crespo y Petare, separados por 15 largos kilómetros, pero similares en afluencia. 

Vuelve la música a Caracas

Mientras que en 2020 pocos dejaban sonar música en negocios y establecimientos por miedo a atraer la atención de los cuerpos policiales, a finales de 2021 las gaitas inundan la ciudad. Ya sin concentrarse en el coronavirus, los caraqueños recorren los sitios que se mantuvieron solitarios durante el primer año de pandemia. 

Caracas vuelve a sonar.

Es una algarabía que va en aumento y que pareciera pasar por alto la pandemia. Enero de 2022 será otra historia, otro ritmo, cuando la flexibilidad se haya terminado y el entusiasmo navideño desparezca por 335 días más.