A un mes del terremoto: En Vargas, la falta de agua afecta a las familias que se quedaron
Vecinos informaron que la electricidad se restituyó en algunas zonas 15 días despues del terremoto

La situación en las zonas más afectadas del estado Vargas es crítica a un mes del doblete sísmico que sacudió al país. En la «zona cero», ubicada en la parroquia Caraballeda, las familias sobrevivientes continúan dentro de las casas que resistieron el desastre e intentan seguir adelante pese a la devastación; sin embargo, las persistentes fallas en los servicios públicos —cortes de luz, agua y problemas en la cadena de suministros— han comenzado a dificultar su estabilidad. Ahora viven en un permanente «resuelve».
Cientos de familias que no contaban con otra opción de vivienda enfrentan hoy la escasez y la falta de conectividad mientras, a pesar de las advertencias, sortean los escollos dejados por la destrucción de su entorno.
En las urbanizaciones Caribe y Tanaguarena, también en la parroquia Caraballeda, se mantienen las fallas en el agua potable, la electricidad y el internet. A esto se suma el colapso de los locales comerciales que mantenían a flote la economía de la zona y garantizaban el suministro de alimentos en los hogares.
La interrupción de los servicios públicos afecta de igual forma a las comunidades del oeste del estado, como la urbanización Playa Grande, una de las más dañadas por el evento sísmico.
Vecinos consultados por Efecto Cocuyo durante la cobertura realizada en el estado este miércoles 22 de julio relataron que deben cargar tobos de agua, esperar camiones cisterna o pedir ayuda a otros habitantes para solucionar el acceso al recurso de forma limpia y segura.
Cargar agua para resistir el día
En la avenida Costanera de Caraballeda, María Eugenia Pantoja, de 67 años, ordena lo poco que le quedó. Aunque la estructura de su vivienda aguantó, por dentro el sismo destruyó los sanitarios, agrietó las paredes y dejó muy pocos platos intactos.
Para cubrir sus necesidades básicas de aseo e higiene, depende exclusivamente del apoyo familiar y del traslado de agua desde otros sectores. «El agua todavía no la han reincorporado. Para resolver esto, mi cuñado va con un tanque a donde unos conocidos en Los Corales y compartimos el agua para el uso diario; nos bañamos una sola vez al día, en la noche, para no acostarnos con el polvo y la tierra encima», señala la mujer.

A pocos kilómetros, en Tanaguarena, Oglys Brito Rivero, de 55 años de edad, enfrenta la escasez, afligida por la pérdida de cinco familiares y un amigo cercano. Vive con temor a las réplicas generadas tras el doble sismo.
Aunque Brito Rivero tiene un tanque para almacenar agua en su casa, quedó inutilizable tras el desastre natural. Ahora, gracias a la solidaridad de los camioneros de cisterna, puede conseguir agua limpia, pero queda a expensas de la buena voluntad de extraños.

“Estamos llenando tobos gracias a las cisternas; cuando pasa un camión, les pedimos colaboración y ellos nos facilitan el agua. De hecho, hoy (22 de julio) estoy esperando que me vengan a surtir, ya que hice amistad con un camionero de Maracaibo que siempre está pendiente de dar una vuelta y preguntarme si necesito agua”, asegura.
A la falta de agua por red de tuberías se le suma la irregularidad en la recolección de desechos en Tanaguarena, lo que genera problemas de insalubridad en la zona.
Brito explica que debe aplicar químicos como creolina en las afueras de su hogar para controlar las moscas que se acumulan por el exceso de basura.
“Por el lado del aseo urbano, el servicio es irregular, hay días que pasan y días que no. El mayor inconveniente de esto es la acumulación de moscas; por esa razón tengo las manos llenas de creolina, ya que estaba regando el producto debido al enorme mosquero que hay”, reitera.

Las dificultades para acceder al agua también afectaron a César Emilio Marcano, de 57 años de edad, habitante de la urbanización Palmar Este, en Caraballeda, quien explicó que en su hogar los tubos de agua potable están destruidos, por lo que depende de los camiones cisterna, pero por la falta de una manguera no cuenta con los recursos a la mano para llenar sus propios tanques.
“Lo único que recibimos hasta los momentos son los camiones cisterna militares y cisternas privadas, que te cobran 12 dólares por mil litros de agua. Con las tuberías que se rompieron, yo perdí el agua que tenía almacenada en mi pequeño tanque. Cuando pido ayuda a los camiones militares que vienen con bomba, resulta que no cuentan con una manguera y me preguntan a mí si tengo un tobo”, agrega.

Al este de La Guaira, los sectores con riesgo de derrumbe obligaron a los habitantes a abandonar sus viviendas. Esto, sumado a las persistentes fallas en el servicio de agua potable, ha establecido una nueva y dura normalidad: no tener agua.
Carla Valdespino, de 51 años de edad, permanece en una carpa en el refugio de Playa Grande junto a otras 150 familias. Señala que el agua potable llega al lugar gracias a los tanques comunitarios instalados por la ONG Cáritas de Venezuela.
«No hay agua por tuberías; hay una fundación que se llama Cáritas que siempre viene y nos llena los tanques. Ellos siempre están pendientes de los tanques todos los días y ven si tienen o no», indica.
Calles sin iluminación
A las fallas en el suministro de agua se suma el lento restablecimiento del servicio eléctrico en los sectores afectados.
La reconexión tomó de dos a tres semanas y requirió de la coordinación de los propios habitantes, quienes debieron orientar a las cuadrillas de técnicos sobre la ubicación de los transformadores subterráneos que —debido a la falta de planificación urbana— no figuran en los mapas más recientes de la compañía estatal de electricidad.

«En cuanto a la electricidad, duró varios días sin llegar porque las personas que venían de otros estados a brindar soporte no conseguían la infraestructura; eso fue hasta que le preguntaron a los vecinos y les dijimos que teníamos unos transformadores antiguos subterráneos. Los consiguieron, trajeron maquinaria, pusieron postes y nos restablecieron la luz», asegura César Emilio Marcano.
Pese a que el servicio eléctrico retornó a las viviendas, las vías principales continúan a oscuras. Raúl Otazo, de 18 años de edad y residente del edificio Caribe Country, en Caraballeda —la única edificación de su cuadra que recibió la etiqueta verde de habitabilidad—, indicó que durante las noches la calle permanece en penumbras ante la falta de alumbrado público.

“Estuvimos entre 16 y 17 días sin luz debido a que todo se cayó y hubo un problema grave con el tendido eléctrico, pero afortunadamente lograron restablecerla… Esta calle se encuentra actualmente muy sola. Solo hay luz en algunas partes específicas gracias a unos pocos postes que alumbran, pero el resto está a oscuras. Algunos vecinos vienen de vez en cuando a cuidar sus casas”, afirma.
Buscar comida, encontrar un local
La destrucción de los comercios en la zona de Caribe afectó de manera severa el abastecimiento de alimentos y medicinas. Como la mayoría de los locales colapsaron y no hay establecimientos abiertos, los vecinos se ven obligados a trasladarse desde Caribe hasta la parroquia Maiquetía para hacer sus compras.
Mucho antes del terremoto, los habitantes de Vargas ya denunciaban fallas constantes en el servicio de transporte público. Tras la catástrofe, la reincorporación de las unidades ha sido lenta y progresiva. Ante esta escasez de camionetas locales, vecinos como Oglys Brito Rivero se ven obligados a abordar los autobuses que van hacia Caracas y pagar la tarifa completa de 1 dólar, únicamente para que los dejen en la zona comercial de Maiquetía.

“Como la mayoría de los comercios, supermercados y farmacias en Caribe colapsaron y quedaron destruidos, ahora me veo obligada a ir hasta Maiquetía para comprar carne y pollo, ya que en Caribe no quedó absolutamente nada”, dice.
Durante un recorrido realizado por Efecto Cocuyo, se pudo constatar la escasa presencia de unidades de transporte público en las zonas más afectadas. Además, la parada de autobuses que cubre las rutas locales y las que conectan a Vargas con Caracas fue reubicada frente al Karting de La Guaira, a la entrada de Caribe, desplazando el punto de abordaje que anteriormente funcionaba en los alrededores de los urbanismos de la Misión Vivienda OPP.
Más allá de las fallas en los servicios, las secuelas emocionales del sismo marcan las noches de los vecinos. Oglys comenta que vive con el miedo constante a una nueva réplica, un temor que no le permite dormir con tranquilidad.
“Tanto mi hijo como yo quedamos muy alterados mentalmente por lo que vivimos; todavía tenemos la mente afectada y cualquier ruidito nos sobresalta… Yo a las 9 de la noche ya cierro mi puerta, aunque no le paso el seguro por si acaso ocurre una réplica fuerte y tenemos que salir rápido”.
María Eugenia Pantoja, vecina del sector, señala que, ante la falta de respuesta oficial para la entrega de materiales o ayuda en la reconstrucción, las familias asumen las reparaciones por su propia cuenta para garantizar la seguridad de sus espacios.
“Hasta el momento, ningún ente gubernamental se ha acercado a hablar conmigo para ofrecerme ayuda para la reconstrucción, más allá de las inspecciones de vivienda. Mi cuñado va a levantar por su cuenta la pared que se cayó… y su hija ya le compró los materiales, por lo que él mismo lo hará con su propio peculio para garantizar la seguridad… Debemos seguir adelante porque Dios nos dejó vivos con algún propósito”, concluyó.
