A tres meses del doble terremoto, Carmen Campos de Pérez no deja de buscar a su esposo
Se niega a abandonar el lugar o a tramitar una nueva vivienda hasta lograr recuperar el cuerpo de su pareja.

Carmen Campos de Pérez está sentada sobre un sofá gris rescatado de los escombros, a una cuadra de las ruinas donde continúa atrapado el cuerpo de su esposo. Se protege del sol de la tarde debajo de un toldo improvisado, tiene un chaleco de seguridad verde fluorescente sobre una camisa azul, el cabello recogido y un tapabocas que sostiene entre las manos mientras descansa. Viste un pantalón beige y botas de seguridad, que la han acompañado durante las largas jornadas de búsqueda tras los dos terremotos del 24 de junio en La Guaira.
Es una comunicadora social y, sin embargo, esta es la primera entrevista que concede desde la tragedia. Ella no tenía ganas de hablar con nadie, ya que toda su energía estaba puesta en encontrar al hombre que amó desde hace más de 25 años.
Se presenta con el apellido de su esposo, nombrarlo es también una forma de mantenerlo presente. Carmen habla de él con orgullo, su voz se quiebra, y en más de un momento del relato las lágrimas la interrumpen.
“Nosotras éramos sus mujeres, lo más importante para él. Hoy se cumplen 91 días desde el doblete sísmico del 24 de junio; mañana, formalmente, se cumplirán tres meses”, dice, Carmen, haciendo referencia a sus dos hijas.

Carmen sostiene que las familias que aún buscan a los suyos no ha vuelto a vivir desde aquella tarde. ”El doblete sísmico acabó con nuestras vidas, pero aquí seguimos sobreviviendo, buscando a nuestros familiares”, indica.
El hombre que espera encontrar es Óscar Daniel Pérez Plana, de 61 años de edad, capitán de navío de la Armada venezolana en situación de retiro y empleado del Instituto Nacional de Espacios Acuáticos (Inea). Los terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5, le arrebataron a Carmen su hogar, su comunidad y a los vecinos que durante años fueron una extensión de su familia.
Describe estos tres meses como una convivencia forzada por el duelo, en la que quienes ya recuperaron a sus muertos permanecen junto a quienes todavía no lo logran con el objetivo de agilizar las labores de búsqueda.
“La sangre te hace pariente, pero la lealtad te hace familia”, dice Carmen, tomando prestada una frase de una película para explicar los lazos que se tejieron entre los sobrevivientes de las torres G y H de la OPP 26, un urbanismo de la Misión Vivienda que no resistió la embestida de los terremotos.

Un trabajo que avanza piso por piso
En el terreno donde antes se levantaban esas dos torres un equipo cuenta con el respaldo de organismos de seguridad y del gobierno, que se turnan en la remoción de las losas de concreto mediante un proceso que combina maquinaria pesada con trabajo manual para no dañar los cuerpos que puedan seguir bajo los escombros.
Después de tantos días allí, Carmen aprendió de memoria cada paso de ese trabajo. Sabe que primero perforan las losas con taladro para que las grúas puedan levantarlas, que luego rompen a mano los pedazos más pequeños y que las columnas se abren con cizallas para sacarles las cabillas.
Esa planta baja concentra buena parte de la esperanza que le queda. Allí funcionaba la sala de video del edificio, con las grabaciones de doce cámaras de seguridad que Carmen espera revisar para reconstruir los movimientos de su esposo y sus vecinos la tarde del sismo.
“Queremos llegar allí para ver el video, para ver si entraron o salieron”, explica. Detrás de la edificación existían además dos canchas, una de usos múltiples, donde jugaban alrededor de 18 niños, y otra de bolas criollas, con cerca de 20 adultos, de las que se recuperaron muy pocos cuerpos, lo que alimenta entre los familiares la hipótesis de que algunas personas alcanzaron a correr hacia los edificios vecinos en el momento del derrumbe.
El día en que todo cambió
Carmen no estaba en su edificio cuando ocurrió el terremoto. Se encontraba en la parroquia Naiguatá, acompañando a su hija mayor en la venta de pañoletas rojas a propósito de las fiestas de San Juan, cuando sintió el primer movimiento telúrico. Su hija sufrió una crisis de ansiedad y se desmayó; un transformador eléctrico amenazaba con caer sobre ambas cuando un conductor detuvo su vehículo para ayudarlas a cruzar. Una patrulla policial y un autobús que pasaba por la zona las trasladaron de regreso hacia Tanaguarena, adonde llegó media hora después del sismo.
Lo que encontró al llegar fue una nube de polvo. “Cuando vimos las Residencias Caribe caídas, no vimos el edificio nuestro; era puro polvo. No puedo explicar lo que sentía cuando llegué acá y vi el edificio caído, no tengo palabras para decirle lo que sentí”, cuenta.
Antes de que pudiera acercarse más a la zona del colapso, explotaron varias bombonas de gas que las lanzaron hacia atrás a ella y a su hija. “Nos levantamos, lo volvimos a intentar y las bombonas seguían explotando, había mucho fuego y no pudimos acercarnos más. Había mucha gente herida”, relata.
Fue ahí cuando Carmen enfrentó una decisión que todavía la persigue. Con su esposo atrapado en el edificio, pensó en su otra hija y su nieta, que vivían en un anexo de Catia la Mar, a más de 20 kilómetros de su hogar. “Si ese terremoto acabó con esa edificación, mis muchachas murieron, y en ese momento a lo mejor fui egoísta con mi esposo. Yo me arrodillé y le dije: perdona que te tenga que dejar aquí, pero voy a buscar a nuestra hija”, cuenta.
Carmen emprendió su caminó hacia Catia la Mar, pero no pudo llegar a la casa donde vivía su hija. “Iba caminando y cuando iba llegando pisé mal y caí, se me subió la tensión; iba muy mal”, recuerda.

Una vecina la auxilió y la llevó a resguardarse. Con ella pasó la noche entre réplicas constantes y alarmas de tsunami que obligaron a subir hacia la montaña, sin forma de comunicarse con su familia. Solo al amanecer, gracias al wifi de una camioneta de seguridad estacionada cerca de la zona, pudo avisar que estaba viva. Horas después, una amiga de su hija le confirmó que esta y su nieta de 20 meses habían logrado salir de Catia la Mar. “Me arrodillé al piso y le di gracias a Dios porque mi muchacha y mi nieta estaban vivas”, dice.
No se va sin él
Carmen duerme algunas noches en la carpa instalada junto a las ruinas y otras en casa de un hermano que, aunque vive fuera del país, le prestó su vivienda en La Guaira mientras dura la búsqueda. Sabe que en algún momento deberá tramitar un crédito social para adquirir una nueva casa, pero se niega a dar ese paso antes de encontrar a su esposo.

“Una vez que yo termine de buscarlo, que yo pase por mi duelo, ahí me aboco a esa parte de solicitar un crédito para una vivienda”, dice.
Por ahora, todo lo que hace gira en torno a él. Habla de sus años juntos como de “sueños compartidos, metas compartidas”, y repite que nunca se separaron.
“Yo sé que nosotras éramos sus mujeres, lo más importante para él. No nos vamos a ir de aquí hasta que los consigamos a todos”, insiste entre lágrimas.
