Morir tres veces - Efecto Cocuyo

Morir tres veces

Ángela Aguirre
Eritza Liendo

Escritora y periodista venezolana. Licenciada en Comunicación Social y Letras de la Universidad Central de Venezuela. Jefe de la Cátedra de Literatura en la Escuela de Comunicación Social de la UCV. Con su primer libro, Shadow y otros cuentos sombríos, obtuvo en 2013 el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores.

Supe de Ángela  Aguirre por un post que Gabriela Caldera escribió en su muro de Facebook. Gabriela es comunicadora. Es mujer. Es joven. También alguna vez fue adolescente, y hoy es un ser humano sensible y empático. Por lo tanto, es capaz de ponerse en los zapatos de los demás.

Gabriela escribió desde la tristeza, desde la indignación. Sobre todo, escribió desde una profunda compasión. Escribió con tristeza porque los adolescentes no deben morir. Menos de forma violenta. Escribió con indignación por causa de los juicios contra Ángela a través de las redes sociales. Escribió desde una profunda compasión porque sabe que cada joven asesinado supone también la muerte de todos los familiares. La pérdida es irreparable.

Palabras más que menos, Gabriela se preguntaba cómo era posible que culparan a la mamá por haberle dado permiso; cómo podían culpar a Ángela por haberse ido a rumbear con sus amigos. Se preguntaba Gabriela quién no se le ha escapado a sus padres para irse a fiestear.

Gabriela no hace mucho fue también una adolescente. Por eso sabe que condolerse por un desenlace tan trágico pasa por entender que el espíritu juvenil es temerario. A veces demasiado.

Como en el cine

Impactada por la reflexión de Gabriela, empecé a indagar sobre el caso. A pesar de mi horror inicial, quise saber los detalles. Desde las primeras notas que encontré, empecé a recordar una de las tantas y tantas películas que han centrado su trama en el tema de la violación. De hecho, una en particular me empezó a dar vueltas en la cabeza.

En 1988, Jonathan Kaplan dirigió un film cuyo guión fue escrito por Tom Topor basado en el caso real de Cheryl Araujo, quien fue violada públicamente sobre una mesa de billar en una taberna de New Bedford. Este caso, que ocurrió en 1983, guarda algunas similitudes (sólo algunas) con el caso de Ángela Aguirre.

Según la recreación cinematográfica que hace Topor, Sarah Tobias (nombre ficticio de Cheryl Araujo) es una mujer hecha y derecha, con una vida amorosa inestable, con antecedentes por consumo de drogas y alcohol y con un historial de violencia de género. Datos que fueron usados en su contra cuando presentó la denuncia acerca de su violación,  hecho consumado por seis individuos frente a la mirada indiferente –cuando no complacida– de quienes estaban en el lugar.

 

Al final, después de haber perdido la esperanza y las ganas de luchar, la protagonista logra que en su caso se haga justicia y que los culpables paguen por su crimen. La más grande  diferencia  entre  Cheryl Araujo y  Ángela Aguirre es que la primera era ya una mujer con vida vivida y quedó para echar el cuento. También para demandar ante la Ley. Ángela era apenas una niña. Hoy está muerta.

Crimen de odio

En el caso de lo ocurrido con Ángela Aguirre, los conceptos hacen poca diferencia a la vista de los resultados: la pérdida de la vida. Con la salvedad explícita de que no soy abogado, considero que hablar de “femicidio” o “feminicidio” en este caso vendría siendo lo mismo. Estamos frente a un crimen de odio.

Según las notas revisadas, Ángela Aguirre era la persona más joven en el grupo que subió a la lancha La kaki para ir a una celebración en la isla de Terekaya. En razón de su edad y de su género, era la persona más vulnerable. Todos los demás debieron protegerla. Antes, por lo contrario, la niña fue drogada y ultrajada con el agravante de la omisión de socorro.

Fue necesaria mucha sangre fría para vestirla de nuevo con su traje de baño, para ponerle un salvavidas y para dejarla flotando a la deriva como si fuera un desperdicio. Si tienen suerte, José  Cedeño, José Zorilla, Glauder Zorrilla, Orlando Salazar, Wilmer Díaz, Joselyn Barreto y Dayana Nicieza vivirán lo suficiente para entrar en razón y arrepentirse de la atrocidad que cometieron porque en un caso como éste es tan culpable el que lleva a cabo la acción como aquel que, estando presente, la estimula o no hace nada para evitarla. Todos tendrán que vivir con eso.

Volver al pasado, viajar al futuro

Sobre su caso se podrán escribir miles de líneas. Las reflexiones podrán ser infinitas. Sin embargo, nada de eso le devolverá la vida a Ángela. Tampoco les devolverá a sus padres la alegría de verla regresar a casa después de una clase… o después de una fiesta.

Todos sabemos que, de adultos, después de la vida y sus escarmientos, muchos hemos deseado ser niños de nuevo. Volver a la infancia es volver al regazo, a la inocencia, a ese no depender de nosotros mismos sino de lo que decidan nuestros mayores. Ser niños es poder contar con otros y atenernos a ellos en todos los sentidos.

No obstante, hay también un momento en la vida en el que lo único que queremos es andar a prisas, correr y robarle tiempo al tiempo para vivir con más intensidad aquello que, según nosotros, no puede esperar. De adolescentes, todos ansiamos ser mayores, crecer y tener autonomía. Sí. Si nos quitamos de engaños, de adolescentes, ¡todos queremos hacer lo que nos dé la gana! Y para esa empresa, los padres resultan un poco incómodos.

Morir tres veces

No voy a entrar a juzgar las motivaciones de Ángela Aguirre. No es mi derecho. Sólo sé que ella quería vivir, pues nadie espera irse de este mundo  –ni que lo saquen violentamente– estando en la plenitud de su juventud. Ser audaz, atrevida y ansiar disfrutar de la vida como si no hubiera mañana no debería costar la vida de nadie. Ningún muchacho debería pagar con su existencia el precio de unas horas de diversión.

Ése fue el trágico destino de esta jovencita, que fue asesinada tres veces: cuando la gente en la que confiaba la asaltó sexualmente y le quitó la vida; cuando la fiscal Emily Hernández “decidió” que la chica había participado en un acto sexual consensuado, cuando concluyó que se había ahogado por accidente y cuando pretendió hacernos creer que las contusiones en su cuerpo habían sido causadas por la corriente del río.

La otra muerte de Ángela ocurrió en las redes sociales: ella y su madre fueron puestas en el mismo cadalso: la una por “consentidora” y la otra por “safrisca”. En definitiva, ¡porque nadie las mandó! Por suerte, detrás de los juicios de valor condenatorio, se impuso también la etiqueta #JusticiaParaÁngelaAguirre. Con sus agresores, como con los de la película de Kaplan (The acussed, 1988) también se hará justicia.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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