Las heridas por curar después del Darién

VENEZUELA MIGRANTE · 11 SEPTIEMBRE, 2022 10:40

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Ivan Reyes | @IvanEReyes

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Desde arriba, la selva del Darién es una especie de antebrazo verde entre Colombia y Panamá. Es un espacio verde y frondoso, con árboles altos, con ríos que se vuelven caudalosos, con pantano y con mucha lluvia. La región del Darién es, justamente, el espacio que conecta a estos dos países que alguna vez fueron uno solo.

En palabras de algunas de las personas que la han atravesado, esta zona representa un reto de vida o muerte, incluso lo han descrito como una especie de infierno en la Tierra. Esta zona, bautizada por National Geographic como “el tapón del Darién” se extiende por más de 570.000 hectáreas, y quienes deciden cruzarla se deben enfrentar «al pedazo de jungla más peligroso del mundo».

Desde abajo, a ras de suelo, la selva se ha convertido en una ruta de miles de personas que, en los últimos años, la han atravesado con la meta de llegar a Estados Unidos.

Tal y como es referido en el reportaje Migrantes de otro mundo, la ruta del Darién fue ampliamente utilizada por personas provenientes de África y de Medio Oriente. Viajaban hasta Venezuela, Colombia o Brasil y, desde esos países, comenzaban la travesía hacia Estados Unidos. No obstante, desde principios del 2022 la procedencia de quienes cruzan la selva ha cambiado notablemente: colombianos, brasileños, cubanos y venezolanos son parte principal de las personas que viajan a través de este pedazo de tierra verde que conecta a Colombia con Panamá; al Sur con el Centro y que sirve de pasaje para llegar hasta el norte.

La OIM registró un aumento considerable en la cantidad de venezolanos que cruzan el Darién. Además, en 2021 se registró una cifra récord de personas pasando por esta zona para llegar hacia Estados Unidos

Entre 2020 y 2021 fueron más 40.000 los venezolanos que cruzaron la frontera desde México hacia Estados Unidos, convirtiéndose en uno de los grupos de migrantes más numerosos en el último año fiscal norteamericano. Para el año fiscal 2022 suma más de 128.000 personas, según datos de la Patrulla Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés). 

Las personas que cruzan el Darién afirman que es uno de los lugares más difíciles de atravesar en el camino hacia Estados Unidos, pero hay quienes incluso preferían pasar otra vez por la selva antes de tener que pasar por países como Nicaragua y México, donde los migrantes han sido víctimas de sobornos, intimidación y violación, entre otras cosas. 

Necoclí: el puerto para despedirse de una vida conocida y adentrarse en la selva

La familia Monterrey (Juan, su esposa Suhad y su hijo Diego) ya había vivido un proceso migratorio. Hace cinco años se fueron desde el estado Lara hacia Chile para establecerse en el país sureño luego de que los padres de Juan sufrieran persecuciones por parte de funcionarios de seguridad del Estado venezolano. Aunque en Chile no les iba mal, en 2022 la familia recibió la noticia de que su residencia permanente en el país había sido negada. Juan y Suhad se vieron en una disyuntiva: quedarse en suelo austral, volver a empezar con los trámites necesarios y esperar otros cinco años, o buscar rumbo norte, hacia Estados Unidos.

La familia viajó desde Santiago de Chile hasta Bogotá, Colombia. Luego a Necoclí, donde pasarían cuatro días hasta iniciar la travesía por la selva del Darién. Juan es un hombre alto y grueso, tiene 36 años de edad y en sus ojos se ve cierto brillo, pero opacado con cansancio. Suhad, de 24 años de edad, es una mujer que dejó a medias la carrera de derecho en Venezuela cuando tomó la decisión de irse hacia el sur del continente. Su nombre, Suhad, es de origen árabe y significa “despiértate”. Curiosamente, entre Juan y Suhad, ella es quien parece más informada sobre cómo hacer una nueva vida en Estados Unidos, mientras que él estaba encargado de la parte física y económica del viaje.

La familia Monterrey en su llegada a la ciudad de Washington, D.C. el 16 de agosto de 2022

Juan sonríe cuando recuerda cómo se sentía en aquellos días de principios de julio. Aunque no sabía a ciencia cierta a lo que se enfrentaría él y su familia, tenía una idea sobre cómo sería la ruta, después de todo, en redes sociales abundan videos de este paso. Juan, Suhad y Diego salieron del puerto de Necoclí rumbo a la selva, iniciaron su viaje ellos solos, pero a medida que pasaban las horas se fueron sumando más personas. Antes de comenzar la ruta, Juan compró unas botas de hule que le mantendrían los pies secos a él y a los suyos durante el recorrido. Diego iba en los hombros de Juan pues Suhad tenía, previamente, una lesión en su pie izquierdo que le podía afectar en el recorrido.

La ruta más repetida por los migrantes en los primeros seis meses de 2022 comprende una salida desde la ciudad costera de Necoclí en Colombia hacia territorio panameño. Las personas afirman que el mar suele estar picado y algunas embarcaciones no están aptas para cruzar el cuerpo de agua. En la imagen se observa el Darién del lado colombiano

Apenas al segundo día en la selva, Juan sufrió una caída en la que pensó que iba a morir. No fue el único, pues Suhad también tuvo este pensamiento. Ella, con claridad, recuerda que estaban caminando y llegaron a una subida bastante pronunciada, casi con un ángulo de noventa grados, Suhad iba primero y Juan iba, con Diego en sus hombros, atrás de ella. Ella escuchó los gemidos de esfuerzo que hacía Juan y, al voltear, vio cómo empezó a caer. Suhad cuenta que la caída fue tan fuerte que ella pensó que Juan estaría muerto. Mientras tanto, Juan recuerda que alzó a Diego lo más que pudo para que no sufriera ningún tipo de daño. Juan cayó de espaldas, pero por suerte no sufrió mayor lesión. Era, apenas, el segundo día y la familia todavía tenía un largo camino por delante. 

“En ese camino ves a miles de personas, yo creo que vi como cinco mil”, dice entre sonrisas Suhad, quien asegura no exagerar cuando dice que veía gente de muchísimos países hacer ese mismo camino. 

 Tanto caminar por pantano comenzó a marcar heridas en Juan y Suhad. Él comenzó a sentir irritación en sus gemelos y ella vio como sus tobillos se inflamaban constantemente, pero todavía no salían de la selva. Al quinto día, Juan no aguantó más, las heridas en sus piernas estaban infectadas y él no paraba de sudar frío y sentir náuseas, Suhad, como su nombre lo dice, se mantenía despierta y se dio cuenta de que la infección podría ser muy grave.

“Hubo una noche, una de las últimas, que Juan temblaba mientras estaba dormido y hablaba, decía cosas sin sentido, mientras sudaba y yo trataba de mantenerlo seco y limpiarle las heridas”, recuerda Suhad mientras Juan asiente lo que ella dice. Dos días después, la familia llegó a un campamento de la Organización de Naciones Unidas y allí fueron atendidos por médicos que reciben a los migrantes que pasan por la zona. Efectivamente las heridas de Juan estaban infectadas y estuvo a punto de perder las piernas, pero lograron salvarlo para que siguiera su camino. 

Juan muestra las cicatrices que le dejó el paso por el Darién

La familia siguió su tránsito por Centroamérica hasta llegar a México donde fueron víctimas de varios robos a manos de distintos cuerpos policiales.

“Llegamos a Monterrey, teníamos el documento que nos deja pasar hasta la frontera, pero unos policías nos pararon en el camino. Nos bajaron del autobús y nos revisaron a todos. Dijeron que la frontera estaba cerrada por orden de Estados Unidos y que no podríamos continuar”, recordaron Juan y Suhad. Fue en ese punto que los robaron por última vez. En su sostén, Suhad escondió el dinero que le quedaba a la familia, unos mil dólares. “Yo pensaba que no me iban a revisar, pero los policías tocaban a los hombres y a las mujeres también”, relató Suhad. Todavía recuerda el apellido del oficial que le tocó el seno y sintió un bulto. Le preguntó qué tenía guardado y a ella no le quedó otra que confesar que era el último ahorro que tenía la familia.

El funcionario mexicano no escuchó sus suplicas y tomó los dólares. Los dejaron seguir a la frontera y cruzaron el Río Bravo el viernes 12 de agosto, lo primero que pensaron es que se había acabado “esta pesadilla”.

                                                                                  ***

Enderson. el que marca la ruta de su familia

Enderson salió de Necoclí el 16 de julio y su viaje hasta Estados Unidos duró, literalmente, un mes y un día. Él y cuatro personas más de su familia, entre ellas su tía de 62 años, se unieron en esta travesía en la que Enderson asumió el papel de líder. “Yo iba delante de todos, pero bastante adelante, si veía algo raro les avisaba a mis familiares por teléfono y así hicimos durante todo el camino. Nunca nos vimos, sino hasta llegar a Texas”, recordó Flores. Sin embargo, durante el camino vio cosas que prefería no recordar. Gente muerta, violaciones masivas y distintas agresiones, Enderson siempre avisaba a su familia para evitarles pasar por las mismas situaciones. Siempre que sentía miedo se aferraba a un pequeño anillo que le regaló su hija Antonella y veía el tatuaje que tenía en la muñeca, “Yo contigo”, y así lograba sacar fuerzas para seguir su ruta.

A Enderson le gustaría que su esposa e hijas también llegasen pronto a Estados Unidos, pero no por la selva

Enderson Flores tiene 29 años de edad. No tiene canas, tampoco alguna arruga prominente, ni muestra señales de ser una persona autoritaria. Pero sí logró ser líder: convenció a cinco familiares para que, juntos, hicieran el viaje desde Colombia  hasta Estados Unidos. Enderson y familia ya se habían ido por cuentagotas a Colombia y tenían algunos años viviendo en diferentes ciudades. Sin embargo, el joven oriundo de Maracay sacó cuentas y dijo que tanto él como su familia estarían en mejores condiciones si se establecían en Estados Unidos. El obstáculo: atravesar la selva del Darién y seguir el camino hacia el norte. 

Enderson está acostado en el piso de la Union Station de Washington, D.C. y espera un bus que lo lleve desde esta ciudad hasta Nueva York, donde será el primero de su familia en llegar y abrir camino. Es domingo 21 de agosto y Enderson es parte de un grupo de migrantes que fue enviado desde Texas hacia Washington, D.C. por orden del gobernador del estado sureño Greg Abbott, una polémica medida que inició el pasado mes de abril y que se mantiene. Flores espera junto a unas 70 personas, pero él está solo en un rincón. Su rostro se llena de la luz tenue proyectada  por la pantalla de su teléfono celular. Uno de los voluntarios que está atendiendo a los migrantes recién llegados se le acerca y le pregunta si ya la dieron la pastilla, él responde que sí, pero que todavía le duele la muela.

La Union Station se ha convertido en la puerta de entrada de los migrantes que llegan a Washington, D.C.
Los buses también son enviados desde Texas hacia Nueva York, ciudad que ha habilitado un sistema de emergencia para atender a miles de migrantes
Los migrantes venezolanos son atendidos por voluntarios en la capital estadounidense

Poco antes de salir de Colombia, Enderson le avisó a su hija Antonella que emprendería este viaje y que, aunque sería peligroso, él estaría bien. Antonella, de siete años de edad, le pidió a su padre que esperara un poco porque ella quería hacerle algo con sus propias manos, algo que él pudiera llevar durante el viaje. Al cabo de unos días, Antonella le regaló un anillo hecho por ella misma y su padre, en respuesta, decidió tatuarse el costado de la muñeca izquierda. “Yo contigo”, se lee en tinta negra, “esa fue mi forma de decirle a mi hija que todo estaría bien, que yo estaría bien”, recuerda el venezolano que también dejó a su esposa en Colombia.

Enderson muestra el anillo hecho por su hija Antonella y el tatuaje que él se hizo para recordarle a ella que siempre estarán juntos

Durante el viaje, Enderson conoció a Alberto, también venezolano, pero de Puerto Cabello. Juntos hicieron equipo y llegaron hasta la frontera norte mexicana, justo al frente de los Estados Unidos. “Nosotros hicimos una promesa y era que cuando llegáramos a la frontera nos íbamos a tomar una foto con la bandera de Venezuela”, recuerda Enderson con lágrimas en sus ojos.

El 17 de agosto, en la madrugada, Alberto, Enderson y otras personas llegaron al Río Bravo del lado mexicano, la misión era cruzar a Estados Unidos, pero el río estaba alto y la corriente no les permitía avanzar.

Alberto lideró el grupo, pero la corriente empezó a llevarlo, todos intentaron tomar su mano para halarlo hacia la orilla, pero el esfuerzo fue en vano. Alberto se fue con el río y no supieron nada más de él, sino hasta varios días después cuando confirmaron que se había ahogado. “Estábamos tan cerca, ahí mismo, y él no lo pudo lograr. Era una muy buena persona, pero simplemente el río fue más fuerte”, recuerda Enderson, que ahora guarda en su bolso la bandera de Venezuela con la que se iba a tomar la foto apenas cruzara la frontera.

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El campamento del abuelo, un lugar por el que todos pasan, pero nadie quiere recordar

La mayoría de las personas entrevistadas tienen varios relatos en común: el puerto de Necoclí, pasar varios días en la selva, las empinadas subidas y bajadas, la fuerza de los ríos y “el campamento del abuelo”. Este lugar, ubicado más lejos de la costa y más adentro de la selva, es la cuarta parada de la mayoría de los migrantes. Al llegar a este punto, las personas ya han pasado, al menos, dos días en el Darién y han recorrido zonas como Capurganá (Colombia) y Carreto (Panamá). 

“El que tenga miedo a morir que no nazca”, dice un joven en un video publicado en YouTube. El joven es parte de un grupo que está descansando en el campamento del abuelo. ¿Quién es el abuelo? Nadie sabe, no lo han visto. “Aquí no hay nada gratis. No caigan en engaños. Acá no hay Western (en referencia a Western Union). Acá no hay para sacar dinero y no regalan ni el agua”, dice el mismo joven en el video del 23 de abril de este año.

Para la familia Monterrey este campamento es de los peores lugares de la selva. El sitio es improvisado, tiene palos de madera por todos lados y algunos espacios techados con zinc o lona. “Ese sitio es terrible, uno ve animales mezclados con basura y hasta humanos en descomposición”, relató Juan Monterrey, quien a su llegada al campamento ya tenía marcadas las heridas en las piernas. 

Enderson también recuerda este sitio. Además de repetir lo dicho por Juan, Enderson recuerda que llegó al campamento del abuelo en plena lluvia y que no había mucho espacio techado para poder resguardarse. “Yo estaba cargando a la hija de una muchacha que me conseguí en el camino. Cuando llegamos al campamento ya era casi de noche y yo le pedía a las personas que me hicieran un sitio para la muchacha y su hija, pero nadie me quería ayudar. Entonces agarré unos palos de madera y una tela, y como pude hice un techo pequeño para que ellas estuvieran ahí y no se mojaran”, recuerda el venezolano. 

El campamento del abuelo dejó una herida que todavía se mantiene en Enderson. Él llegó al sitio al cuarto día de estar en la selva, mientras comía, mordió un pedazo de pollo y un hueso le rompió una de sus muelas. El dolor lo acompaña desde ese día hasta el presente. Cada vez que puede pide una pastilla, pero afirma que no quiere abusar de los medicamentos y espera ser atendido por algún médico en Nueva York. Mientras tanto, en la Union Station, Enderson habla con otras personas y dice que, al parecer, esto le calma un poco el dolor. 

Al salir del campamento del abuelo las personas están cada vez más cerca del último punto de la selva, donde son enviados en buses hacia Costa Rica y ponen fin a uno de los capítulos más temidos del viaje hacia el norte. 

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El viaje en solitario de un coriano hacia Estados Unidos

Son cerca de las 4 de la tarde del 16 de agosto. Alexander José Chirinos viste un short de playa, una franela azul, un par de cholas o sandalias plásticas y carga una bolsa negra a la que duerme aferrado, mientras espera la apertura de un refugio en Washington D. C.; llegó y ya estaba advertido de las situaciones que se pueden presentar en un albergue así que está desde las tres en fila para esperar por una cama en la que pasará su primera noche en la capital estadounidense.

Mientras duerme en la parte trasera del refugio, en una pérgola con bancos de madera, a su alrededor se congregan varias personas que también esperan por una cama. Un par de estadounidenses comienzan a hablar en inglés mientras fuman y saludan a quienes llegan, algunos a pie, algunos en bicicleta. Alexander se despierta, se estruja la cara y comienza a escuchar las conversaciones. Le preguntan algo en inglés, pero él responde en español. No entiende lo que le dicen, pero de todas maneras sonríe. Llegó cerca de las nueve de la mañana de ese martes a la Union Station. Como cientos de otros migrantes fue enviado desde Texas en un bus y, antes de salir, le dijeron que, en Washington, D.C. estaría mejor y conseguiría más apoyo para emprender su nueva vida en Estados Unidos.

Alexander no conoce a nadie en este país, pero dijo que era mejor opción atreverse a viajar que quedarse en su natal estado Falcón, donde trabajaba como mecánico de vehículos y “de lo que saliera, porque había que resolver”.

El coriano espera que le autoricen el acceso a uno de los refugios de la capital norteamericana

Alexander salió de Falcón el 25 de junio de 2022. En Coro, capital del estado, dejó a su esposa y cinco hijos. El joven venezolano de 28 años de edad emprendió su camino con poca información y 300 dólares, dinero con el que creyó que sería suficiente para llegar a Estados Unidos; no tardó en darse cuenta que entre sobornos y gastos imprevistos necesitaría más dinero para terminar su travesía.

La distancia recorrida por Alexander Chirinos entre junio y agosto de 2022 desde Coro (Venezuela) a Washington, D.C., es mayor a la que separa Moscú, capital rusa, del extremo oriental del país, la península de Kamchatka, es decir unos 6.600 kilómetros en línea recta

“Yo me vine porque estoy seguro que si me quedaba en Venezuela iba a hacer vainas malas. Yo sé que no soy mala persona, pero ¿cómo hace uno cuando los hijos te piden para comer y uno no tiene qué darles?”, comenta el coriano mientras espera en la puerta trasera del refugio. Llegó a Texas el viernes 12 de agosto y estuvo detenido  dos días en una prisión cerca de la frontera sur del país. 

Sobre su paso por la selva de Darién, Alexander tiene recuerdos claros. No pensó que el viaje sería tan difícil en algunos aspectos, pero asegura que el peor de los momentos de su camino lo vivió en territorio mexicano.

 “Es jodido estar en México, los policías son malos, hay gente mala, me robaron lo que tenía y tuve que dormir en la calle varias veces. Yo prefiero pasar la selva (Darién) cinco veces antes que pasar por México nuevamente”, comentó el venezolano. 

Cuando llegó a México le quedaban 110 dólares y un teléfono celular con el que se comunicaba con sus familiares en Venezuela. En Tapachula, al sur del país, le aprobaron un permiso para viajar por el territorio y poder llegar hasta Ciudad Acuña, donde cruzaría el Río Bravo. Sin embargo, en una noche mientras iba en un bus hacia Monterrey, un grupo de policías le hizo bajar del vehículo y le dijo que por orden de Estados Unidos la frontera estaba cerrada y que si seguía su paso tenía que pagarles a los uniformados. Esa noche, Alexander perdió los 110 dólares que le quedaban y el teléfono celular, también perdió el documento que lo autorizaba a viajar por México luego de que los policías lo rompieran en pedazos y le dijeran que tenía que devolverse a Tapachula y conseguir más dinero. 

“Yo pensé que no lo iba a lograr. Fíjate que entre todo el tiempo que pasé en Tapachula logré reunir más dinero porque tenía que pagar otros buses y porque sabía que los policías me iban a pedir más dinero”, relató Alexander. Finalmente, el 12 de agosto, a las cinco de la mañana, cruzó el Río Bravo hacia Estados Unidos y se entregó a las autoridades fronterizas. Dice que sintió alegría, pero especialmente alivio porque “se acabó esa pesadilla”. 

Ahora, en la capital norteamericana, Alexander recuerda parte del trayecto con otro venezolano que se sienta a su lado mientras esperan que abra el refugio que los va cobijar al menos por una noche. A eso de las cuatro y media de la tarde escucha su nombre cuando llaman a los que están anotados en la lista, agarra su bolsa negra donde apenas tiene un kit de higiene que le dieron al llegar a Washington y una muda de ropa, y sonríe, “tengo cama pa’ hoy”, le dice a su amigo y entra al refugio donde pasará su primera noche como un hombre libre en suelo estadounidense. 

Las historias de la Suhad, Juan, Alexander, Diego y Enderson son algunas de las decenas de miles que deja el paso por la selva del Darién rumbo norte. Este paso, catalogado por expertos como uno de los más peligrosos del mundo, es ahora escenario principal para el futuro de miles de migrantes que por primera, segunda —y quizás cuántos por tercera vez— deben buscar una mejor vida en otro territorio ajeno al que los vio nacer.

Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania

VENEZUELA MIGRANTE · 30 SEPTIEMBRE, 2022

Las heridas por curar después del Darién

Texto por Ivan Reyes | @IvanEReyes
Foto por Ivan E. Reyes

Desde arriba, la selva del Darién es una especie de antebrazo verde entre Colombia y Panamá. Es un espacio verde y frondoso, con árboles altos, con ríos que se vuelven caudalosos, con pantano y con mucha lluvia. La región del Darién es, justamente, el espacio que conecta a estos dos países que alguna vez fueron uno solo.

En palabras de algunas de las personas que la han atravesado, esta zona representa un reto de vida o muerte, incluso lo han descrito como una especie de infierno en la Tierra. Esta zona, bautizada por National Geographic como “el tapón del Darién” se extiende por más de 570.000 hectáreas, y quienes deciden cruzarla se deben enfrentar «al pedazo de jungla más peligroso del mundo».

Desde abajo, a ras de suelo, la selva se ha convertido en una ruta de miles de personas que, en los últimos años, la han atravesado con la meta de llegar a Estados Unidos.

Tal y como es referido en el reportaje Migrantes de otro mundo, la ruta del Darién fue ampliamente utilizada por personas provenientes de África y de Medio Oriente. Viajaban hasta Venezuela, Colombia o Brasil y, desde esos países, comenzaban la travesía hacia Estados Unidos. No obstante, desde principios del 2022 la procedencia de quienes cruzan la selva ha cambiado notablemente: colombianos, brasileños, cubanos y venezolanos son parte principal de las personas que viajan a través de este pedazo de tierra verde que conecta a Colombia con Panamá; al Sur con el Centro y que sirve de pasaje para llegar hasta el norte.

La OIM registró un aumento considerable en la cantidad de venezolanos que cruzan el Darién. Además, en 2021 se registró una cifra récord de personas pasando por esta zona para llegar hacia Estados Unidos

Entre 2020 y 2021 fueron más 40.000 los venezolanos que cruzaron la frontera desde México hacia Estados Unidos, convirtiéndose en uno de los grupos de migrantes más numerosos en el último año fiscal norteamericano. Para el año fiscal 2022 suma más de 128.000 personas, según datos de la Patrulla Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés). 

Las personas que cruzan el Darién afirman que es uno de los lugares más difíciles de atravesar en el camino hacia Estados Unidos, pero hay quienes incluso preferían pasar otra vez por la selva antes de tener que pasar por países como Nicaragua y México, donde los migrantes han sido víctimas de sobornos, intimidación y violación, entre otras cosas. 

Necoclí: el puerto para despedirse de una vida conocida y adentrarse en la selva

La familia Monterrey (Juan, su esposa Suhad y su hijo Diego) ya había vivido un proceso migratorio. Hace cinco años se fueron desde el estado Lara hacia Chile para establecerse en el país sureño luego de que los padres de Juan sufrieran persecuciones por parte de funcionarios de seguridad del Estado venezolano. Aunque en Chile no les iba mal, en 2022 la familia recibió la noticia de que su residencia permanente en el país había sido negada. Juan y Suhad se vieron en una disyuntiva: quedarse en suelo austral, volver a empezar con los trámites necesarios y esperar otros cinco años, o buscar rumbo norte, hacia Estados Unidos.

La familia viajó desde Santiago de Chile hasta Bogotá, Colombia. Luego a Necoclí, donde pasarían cuatro días hasta iniciar la travesía por la selva del Darién. Juan es un hombre alto y grueso, tiene 36 años de edad y en sus ojos se ve cierto brillo, pero opacado con cansancio. Suhad, de 24 años de edad, es una mujer que dejó a medias la carrera de derecho en Venezuela cuando tomó la decisión de irse hacia el sur del continente. Su nombre, Suhad, es de origen árabe y significa “despiértate”. Curiosamente, entre Juan y Suhad, ella es quien parece más informada sobre cómo hacer una nueva vida en Estados Unidos, mientras que él estaba encargado de la parte física y económica del viaje.

La familia Monterrey en su llegada a la ciudad de Washington, D.C. el 16 de agosto de 2022

Juan sonríe cuando recuerda cómo se sentía en aquellos días de principios de julio. Aunque no sabía a ciencia cierta a lo que se enfrentaría él y su familia, tenía una idea sobre cómo sería la ruta, después de todo, en redes sociales abundan videos de este paso. Juan, Suhad y Diego salieron del puerto de Necoclí rumbo a la selva, iniciaron su viaje ellos solos, pero a medida que pasaban las horas se fueron sumando más personas. Antes de comenzar la ruta, Juan compró unas botas de hule que le mantendrían los pies secos a él y a los suyos durante el recorrido. Diego iba en los hombros de Juan pues Suhad tenía, previamente, una lesión en su pie izquierdo que le podía afectar en el recorrido.

La ruta más repetida por los migrantes en los primeros seis meses de 2022 comprende una salida desde la ciudad costera de Necoclí en Colombia hacia territorio panameño. Las personas afirman que el mar suele estar picado y algunas embarcaciones no están aptas para cruzar el cuerpo de agua. En la imagen se observa el Darién del lado colombiano

Apenas al segundo día en la selva, Juan sufrió una caída en la que pensó que iba a morir. No fue el único, pues Suhad también tuvo este pensamiento. Ella, con claridad, recuerda que estaban caminando y llegaron a una subida bastante pronunciada, casi con un ángulo de noventa grados, Suhad iba primero y Juan iba, con Diego en sus hombros, atrás de ella. Ella escuchó los gemidos de esfuerzo que hacía Juan y, al voltear, vio cómo empezó a caer. Suhad cuenta que la caída fue tan fuerte que ella pensó que Juan estaría muerto. Mientras tanto, Juan recuerda que alzó a Diego lo más que pudo para que no sufriera ningún tipo de daño. Juan cayó de espaldas, pero por suerte no sufrió mayor lesión. Era, apenas, el segundo día y la familia todavía tenía un largo camino por delante. 

“En ese camino ves a miles de personas, yo creo que vi como cinco mil”, dice entre sonrisas Suhad, quien asegura no exagerar cuando dice que veía gente de muchísimos países hacer ese mismo camino. 

 Tanto caminar por pantano comenzó a marcar heridas en Juan y Suhad. Él comenzó a sentir irritación en sus gemelos y ella vio como sus tobillos se inflamaban constantemente, pero todavía no salían de la selva. Al quinto día, Juan no aguantó más, las heridas en sus piernas estaban infectadas y él no paraba de sudar frío y sentir náuseas, Suhad, como su nombre lo dice, se mantenía despierta y se dio cuenta de que la infección podría ser muy grave.

“Hubo una noche, una de las últimas, que Juan temblaba mientras estaba dormido y hablaba, decía cosas sin sentido, mientras sudaba y yo trataba de mantenerlo seco y limpiarle las heridas”, recuerda Suhad mientras Juan asiente lo que ella dice. Dos días después, la familia llegó a un campamento de la Organización de Naciones Unidas y allí fueron atendidos por médicos que reciben a los migrantes que pasan por la zona. Efectivamente las heridas de Juan estaban infectadas y estuvo a punto de perder las piernas, pero lograron salvarlo para que siguiera su camino. 

Juan muestra las cicatrices que le dejó el paso por el Darién

La familia siguió su tránsito por Centroamérica hasta llegar a México donde fueron víctimas de varios robos a manos de distintos cuerpos policiales.

“Llegamos a Monterrey, teníamos el documento que nos deja pasar hasta la frontera, pero unos policías nos pararon en el camino. Nos bajaron del autobús y nos revisaron a todos. Dijeron que la frontera estaba cerrada por orden de Estados Unidos y que no podríamos continuar”, recordaron Juan y Suhad. Fue en ese punto que los robaron por última vez. En su sostén, Suhad escondió el dinero que le quedaba a la familia, unos mil dólares. “Yo pensaba que no me iban a revisar, pero los policías tocaban a los hombres y a las mujeres también”, relató Suhad. Todavía recuerda el apellido del oficial que le tocó el seno y sintió un bulto. Le preguntó qué tenía guardado y a ella no le quedó otra que confesar que era el último ahorro que tenía la familia.

El funcionario mexicano no escuchó sus suplicas y tomó los dólares. Los dejaron seguir a la frontera y cruzaron el Río Bravo el viernes 12 de agosto, lo primero que pensaron es que se había acabado “esta pesadilla”.

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Enderson. el que marca la ruta de su familia

Enderson salió de Necoclí el 16 de julio y su viaje hasta Estados Unidos duró, literalmente, un mes y un día. Él y cuatro personas más de su familia, entre ellas su tía de 62 años, se unieron en esta travesía en la que Enderson asumió el papel de líder. “Yo iba delante de todos, pero bastante adelante, si veía algo raro les avisaba a mis familiares por teléfono y así hicimos durante todo el camino. Nunca nos vimos, sino hasta llegar a Texas”, recordó Flores. Sin embargo, durante el camino vio cosas que prefería no recordar. Gente muerta, violaciones masivas y distintas agresiones, Enderson siempre avisaba a su familia para evitarles pasar por las mismas situaciones. Siempre que sentía miedo se aferraba a un pequeño anillo que le regaló su hija Antonella y veía el tatuaje que tenía en la muñeca, “Yo contigo”, y así lograba sacar fuerzas para seguir su ruta.

A Enderson le gustaría que su esposa e hijas también llegasen pronto a Estados Unidos, pero no por la selva

Enderson Flores tiene 29 años de edad. No tiene canas, tampoco alguna arruga prominente, ni muestra señales de ser una persona autoritaria. Pero sí logró ser líder: convenció a cinco familiares para que, juntos, hicieran el viaje desde Colombia  hasta Estados Unidos. Enderson y familia ya se habían ido por cuentagotas a Colombia y tenían algunos años viviendo en diferentes ciudades. Sin embargo, el joven oriundo de Maracay sacó cuentas y dijo que tanto él como su familia estarían en mejores condiciones si se establecían en Estados Unidos. El obstáculo: atravesar la selva del Darién y seguir el camino hacia el norte. 

Enderson está acostado en el piso de la Union Station de Washington, D.C. y espera un bus que lo lleve desde esta ciudad hasta Nueva York, donde será el primero de su familia en llegar y abrir camino. Es domingo 21 de agosto y Enderson es parte de un grupo de migrantes que fue enviado desde Texas hacia Washington, D.C. por orden del gobernador del estado sureño Greg Abbott, una polémica medida que inició el pasado mes de abril y que se mantiene. Flores espera junto a unas 70 personas, pero él está solo en un rincón. Su rostro se llena de la luz tenue proyectada  por la pantalla de su teléfono celular. Uno de los voluntarios que está atendiendo a los migrantes recién llegados se le acerca y le pregunta si ya la dieron la pastilla, él responde que sí, pero que todavía le duele la muela.

La Union Station se ha convertido en la puerta de entrada de los migrantes que llegan a Washington, D.C.
Los buses también son enviados desde Texas hacia Nueva York, ciudad que ha habilitado un sistema de emergencia para atender a miles de migrantes
Los migrantes venezolanos son atendidos por voluntarios en la capital estadounidense

Poco antes de salir de Colombia, Enderson le avisó a su hija Antonella que emprendería este viaje y que, aunque sería peligroso, él estaría bien. Antonella, de siete años de edad, le pidió a su padre que esperara un poco porque ella quería hacerle algo con sus propias manos, algo que él pudiera llevar durante el viaje. Al cabo de unos días, Antonella le regaló un anillo hecho por ella misma y su padre, en respuesta, decidió tatuarse el costado de la muñeca izquierda. “Yo contigo”, se lee en tinta negra, “esa fue mi forma de decirle a mi hija que todo estaría bien, que yo estaría bien”, recuerda el venezolano que también dejó a su esposa en Colombia.

Enderson muestra el anillo hecho por su hija Antonella y el tatuaje que él se hizo para recordarle a ella que siempre estarán juntos

Durante el viaje, Enderson conoció a Alberto, también venezolano, pero de Puerto Cabello. Juntos hicieron equipo y llegaron hasta la frontera norte mexicana, justo al frente de los Estados Unidos. “Nosotros hicimos una promesa y era que cuando llegáramos a la frontera nos íbamos a tomar una foto con la bandera de Venezuela”, recuerda Enderson con lágrimas en sus ojos.

El 17 de agosto, en la madrugada, Alberto, Enderson y otras personas llegaron al Río Bravo del lado mexicano, la misión era cruzar a Estados Unidos, pero el río estaba alto y la corriente no les permitía avanzar.

Alberto lideró el grupo, pero la corriente empezó a llevarlo, todos intentaron tomar su mano para halarlo hacia la orilla, pero el esfuerzo fue en vano. Alberto se fue con el río y no supieron nada más de él, sino hasta varios días después cuando confirmaron que se había ahogado. “Estábamos tan cerca, ahí mismo, y él no lo pudo lograr. Era una muy buena persona, pero simplemente el río fue más fuerte”, recuerda Enderson, que ahora guarda en su bolso la bandera de Venezuela con la que se iba a tomar la foto apenas cruzara la frontera.

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El campamento del abuelo, un lugar por el que todos pasan, pero nadie quiere recordar

La mayoría de las personas entrevistadas tienen varios relatos en común: el puerto de Necoclí, pasar varios días en la selva, las empinadas subidas y bajadas, la fuerza de los ríos y “el campamento del abuelo”. Este lugar, ubicado más lejos de la costa y más adentro de la selva, es la cuarta parada de la mayoría de los migrantes. Al llegar a este punto, las personas ya han pasado, al menos, dos días en el Darién y han recorrido zonas como Capurganá (Colombia) y Carreto (Panamá). 

“El que tenga miedo a morir que no nazca”, dice un joven en un video publicado en YouTube. El joven es parte de un grupo que está descansando en el campamento del abuelo. ¿Quién es el abuelo? Nadie sabe, no lo han visto. “Aquí no hay nada gratis. No caigan en engaños. Acá no hay Western (en referencia a Western Union). Acá no hay para sacar dinero y no regalan ni el agua”, dice el mismo joven en el video del 23 de abril de este año.

Para la familia Monterrey este campamento es de los peores lugares de la selva. El sitio es improvisado, tiene palos de madera por todos lados y algunos espacios techados con zinc o lona. “Ese sitio es terrible, uno ve animales mezclados con basura y hasta humanos en descomposición”, relató Juan Monterrey, quien a su llegada al campamento ya tenía marcadas las heridas en las piernas. 

Enderson también recuerda este sitio. Además de repetir lo dicho por Juan, Enderson recuerda que llegó al campamento del abuelo en plena lluvia y que no había mucho espacio techado para poder resguardarse. “Yo estaba cargando a la hija de una muchacha que me conseguí en el camino. Cuando llegamos al campamento ya era casi de noche y yo le pedía a las personas que me hicieran un sitio para la muchacha y su hija, pero nadie me quería ayudar. Entonces agarré unos palos de madera y una tela, y como pude hice un techo pequeño para que ellas estuvieran ahí y no se mojaran”, recuerda el venezolano. 

El campamento del abuelo dejó una herida que todavía se mantiene en Enderson. Él llegó al sitio al cuarto día de estar en la selva, mientras comía, mordió un pedazo de pollo y un hueso le rompió una de sus muelas. El dolor lo acompaña desde ese día hasta el presente. Cada vez que puede pide una pastilla, pero afirma que no quiere abusar de los medicamentos y espera ser atendido por algún médico en Nueva York. Mientras tanto, en la Union Station, Enderson habla con otras personas y dice que, al parecer, esto le calma un poco el dolor. 

Al salir del campamento del abuelo las personas están cada vez más cerca del último punto de la selva, donde son enviados en buses hacia Costa Rica y ponen fin a uno de los capítulos más temidos del viaje hacia el norte. 

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El viaje en solitario de un coriano hacia Estados Unidos

Son cerca de las 4 de la tarde del 16 de agosto. Alexander José Chirinos viste un short de playa, una franela azul, un par de cholas o sandalias plásticas y carga una bolsa negra a la que duerme aferrado, mientras espera la apertura de un refugio en Washington D. C.; llegó y ya estaba advertido de las situaciones que se pueden presentar en un albergue así que está desde las tres en fila para esperar por una cama en la que pasará su primera noche en la capital estadounidense.

Mientras duerme en la parte trasera del refugio, en una pérgola con bancos de madera, a su alrededor se congregan varias personas que también esperan por una cama. Un par de estadounidenses comienzan a hablar en inglés mientras fuman y saludan a quienes llegan, algunos a pie, algunos en bicicleta. Alexander se despierta, se estruja la cara y comienza a escuchar las conversaciones. Le preguntan algo en inglés, pero él responde en español. No entiende lo que le dicen, pero de todas maneras sonríe. Llegó cerca de las nueve de la mañana de ese martes a la Union Station. Como cientos de otros migrantes fue enviado desde Texas en un bus y, antes de salir, le dijeron que, en Washington, D.C. estaría mejor y conseguiría más apoyo para emprender su nueva vida en Estados Unidos.

Alexander no conoce a nadie en este país, pero dijo que era mejor opción atreverse a viajar que quedarse en su natal estado Falcón, donde trabajaba como mecánico de vehículos y “de lo que saliera, porque había que resolver”.

El coriano espera que le autoricen el acceso a uno de los refugios de la capital norteamericana

Alexander salió de Falcón el 25 de junio de 2022. En Coro, capital del estado, dejó a su esposa y cinco hijos. El joven venezolano de 28 años de edad emprendió su camino con poca información y 300 dólares, dinero con el que creyó que sería suficiente para llegar a Estados Unidos; no tardó en darse cuenta que entre sobornos y gastos imprevistos necesitaría más dinero para terminar su travesía.

La distancia recorrida por Alexander Chirinos entre junio y agosto de 2022 desde Coro (Venezuela) a Washington, D.C., es mayor a la que separa Moscú, capital rusa, del extremo oriental del país, la península de Kamchatka, es decir unos 6.600 kilómetros en línea recta

“Yo me vine porque estoy seguro que si me quedaba en Venezuela iba a hacer vainas malas. Yo sé que no soy mala persona, pero ¿cómo hace uno cuando los hijos te piden para comer y uno no tiene qué darles?”, comenta el coriano mientras espera en la puerta trasera del refugio. Llegó a Texas el viernes 12 de agosto y estuvo detenido  dos días en una prisión cerca de la frontera sur del país. 

Sobre su paso por la selva de Darién, Alexander tiene recuerdos claros. No pensó que el viaje sería tan difícil en algunos aspectos, pero asegura que el peor de los momentos de su camino lo vivió en territorio mexicano.

 “Es jodido estar en México, los policías son malos, hay gente mala, me robaron lo que tenía y tuve que dormir en la calle varias veces. Yo prefiero pasar la selva (Darién) cinco veces antes que pasar por México nuevamente”, comentó el venezolano. 

Cuando llegó a México le quedaban 110 dólares y un teléfono celular con el que se comunicaba con sus familiares en Venezuela. En Tapachula, al sur del país, le aprobaron un permiso para viajar por el territorio y poder llegar hasta Ciudad Acuña, donde cruzaría el Río Bravo. Sin embargo, en una noche mientras iba en un bus hacia Monterrey, un grupo de policías le hizo bajar del vehículo y le dijo que por orden de Estados Unidos la frontera estaba cerrada y que si seguía su paso tenía que pagarles a los uniformados. Esa noche, Alexander perdió los 110 dólares que le quedaban y el teléfono celular, también perdió el documento que lo autorizaba a viajar por México luego de que los policías lo rompieran en pedazos y le dijeran que tenía que devolverse a Tapachula y conseguir más dinero. 

“Yo pensé que no lo iba a lograr. Fíjate que entre todo el tiempo que pasé en Tapachula logré reunir más dinero porque tenía que pagar otros buses y porque sabía que los policías me iban a pedir más dinero”, relató Alexander. Finalmente, el 12 de agosto, a las cinco de la mañana, cruzó el Río Bravo hacia Estados Unidos y se entregó a las autoridades fronterizas. Dice que sintió alegría, pero especialmente alivio porque “se acabó esa pesadilla”. 

Ahora, en la capital norteamericana, Alexander recuerda parte del trayecto con otro venezolano que se sienta a su lado mientras esperan que abra el refugio que los va cobijar al menos por una noche. A eso de las cuatro y media de la tarde escucha su nombre cuando llaman a los que están anotados en la lista, agarra su bolsa negra donde apenas tiene un kit de higiene que le dieron al llegar a Washington y una muda de ropa, y sonríe, “tengo cama pa’ hoy”, le dice a su amigo y entra al refugio donde pasará su primera noche como un hombre libre en suelo estadounidense. 

Las historias de la Suhad, Juan, Alexander, Diego y Enderson son algunas de las decenas de miles que deja el paso por la selva del Darién rumbo norte. Este paso, catalogado por expertos como uno de los más peligrosos del mundo, es ahora escenario principal para el futuro de miles de migrantes que por primera, segunda —y quizás cuántos por tercera vez— deben buscar una mejor vida en otro territorio ajeno al que los vio nacer.

Producción realizada en el marco de la Sala de Formación y Redacción Puentes de Comunicación III, de Escuela Cocuyo y El Faro. Proyecto apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania

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