Ofelia Rondón, la orgullosa pescadora del río Guárico

SOLAZ · 1 OCTUBRE, 2021 06:43

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Reynaldo Mozo Zambrano | @reymozo


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Frente a su espejo se maquilla, se pinta los labios de rojo y peina su cabello corto de color azabache. Son las 6 de la mañana. Ofelia Rondón, de 55 años de edad, se prepara para adentrarse a los manglares del río Guárico, donde va a pescar casi a diario desde que tiene 12 años de edad. 

De niña se interesó en la pesca cuando veía hacerlo a su padre, Victorino Rondón. Vivían en una finca en el estado Guárico y un día le comentó: “Papá yo quiero salir a pescar contigo”. Él, sin titubear, la llevó a una laguna para adiestrarla.  

Lo recuerda como si fuese ayer. Ella con su padre, como en una película. Lo primero que le dijo a Victorino fue que le buscara un anzuelo y un nailon.  “Nos fuimos a una laguna del campo y después me dijo: mire, usted lo va agarrar y lo lanza. Yo no lo sabía lanzar, era una niña”, cuenta.

A pesar de muchos intentos, a la pequeña Ofelia le costaba atrapar algún pez, que no mordían el anzuelo; pero ella no se desanimaba y, a pesar de que no tenía experiencia, le divertía estar allí junto a su padre pescando.

“Por más que lo intentara, se me escapaban. Llegó un punto que me frustré. Pero mi papá, con toda la paciencia del mundo, me ayudó. Él le ponía carne y me zumbaba el nailon a la laguna y los peces me ajilaban y eso me hacía poner feliz, siempre me ha gustado la pesca”.

El primer pescado que logró sacar de aquellas aguas de laguna fue una palometa, un tipo de pescado que abunda en los canales del río Guárico y que son criadas en lagunas o estanques.

“Las veces que he seguido pescando he sacado coporos, cachamas, un pescado que le dicen aguadulce, bagres, distintos pescados, todos de río”, dice emocionada.

La pescadora del pueblo

La conocen como la pescadora. Ella es una de las pocas mujeres que se dedica a esta actividad en Barbacoas, estado Aragua. Aunque es oriunda en El Sombrero, Guárico, desde hace 40 años habita en el pueblo donde nació Simón Díaz.

Cada vez que sale a caminar, vecinos, profesores, comerciantes y demás allegados la saludan y comentan entre sí: miren allí, viene la pescadora. Eso la hace sentir contenta y orgullosa.

“Mira a mí me gusta salir muy arreglada, incluso cuando voy a salir a pescar. Cuando salgo también me pongo muy bonita y la gente me dice ´mira cómo anda la pescadora, no creo que esa sea la pescadora, me ven en los bulevares o en los sitos para uno divertirse (…) Es que no es común ver a una mujer pescando, pero a mí me enorgullece que me digan la pescadora. Me llena de orgullo de verdad”, expresa entre risas.

Cuando Ofelia sale de pesca, a veces, su comadre Albertina Flores, le hace compañía. Sin embargo, la mayoría de sus salidas, a buscar pescados, lo hace con un grupo de hombres, que se dedican al oficio.

Es la única mujer de un grupo de 15 hombres que sale de pesca. Ofelia, como muchas otras mujeres que derogaron las leyes tácitas del machismo en los pueblos, no solo se impuso, sino que reafirmó el respeto que se merece, debido a su experiencia como pescadora.

“Ellos me cuidan y se alegran de que una mujer esté pescando con ellos; en Barbacoas todo el mundo me conoce, Arbertina y yo somos las únicas que andamos pescando”, sonríe.

Pero no solo se dedica a la pesca. También es la matriarca de su hogar. Vive junto a dos de sus siete hijos y esposo, Argenis Urbina, con quien se casó cuando tenía 15 años de edad.

“Mi esposo siempre va conmigo de compañero, igual que mis hijos. Me cautiva todo eso, me da una emoción muy grande cuando saco un pescado”, relata.

La rutina de pesca

A Ofelia le gusta pescar todos los días. Tanto fue su afán por este oficio, que vive a menos de 500 metros del río. Es más, confiesa que quisiera estar todos los días, cada hora, sentada a las orilla del río. Antes de salir a realizar su hobbie, como define a la pesca, se reúne con un grupo de pescadores para hacer los preparativos.

Todos llegan y congregan bajo la sombra de una mata de mango que tiene frente a su hogar. Pescadores jóvenes y adultos acomodan el nailon y los anzuelos para partir al día siguiente o por la noche a las riberas del rio Guárico.

La jornada inicia a las 6 de la mañana, a esa hora todos están en el río y suelen terminar a las 2 de la tarde. Cuando deciden hacerlo por las noches salen a la ribera a las 5 de la tarde y regresan a la medianoche.

“Yo preparo el desayuno, el anzuelo, mi bolso y me voy bien arregladita a la pesca (…) Lo más bonito de pescar es la emoción que sientes cuando sacas uno de los pescados. Eso es verdaderamente emocionante, cuando salgo y le digo a mis hijos, voy a pescar y ellos me dicen bueno mamá que te vaya bien y que saques mucho pescado y eso me pone feliz”, añade.

De todos los pecados de río que ha logrado atrapar el coporo es su favorito. Dice que es es el más difícil de pescar, pero tiene mejor sabor. “Hay que pescarlo con harina de trigo porque no tiene dientes y es difícil porque lo que hace es chupar. Cuando va a llegar, chupa la masita y se pesca, pero es muy difícil el que lo saca”, comenta.

Una tradición

Así como la enseñó su padre, Ofelia también ha enseñado a sus hijos a pescar; de los siete, Silena Urbina, de 20 años de edad, es la que le sigue los pasos a su madre. A la joven le gusta la jornada y cuando ve a su madre hacerlo se llena de orgullo.

“Cada vez que llego a la casa con muchos pescados me emociono mucho. Es una felicidad muy grande”, agrega.

Su nieto de cuatro años de edad ya muestra interés por la actividad. Cuando todos se reúnen en el patio de la casa, a preparar los implementos para salir al río, el niño se apasiona y comienza a ayudarlos. “Él me dice abuela llévame a pescar y también se divierte”, comenta.

Está segura que su legado lo continuarán sus hijos y nietos; los pescados que logra atrapar no los venden, son para comerlos en su casa, los regala a los familiares y amigos y muchas veces ayuda a quienes más necesitan.

“Yo en un día te he sacado hasta 180 coporos, yo sola. Mi esposo me ayuda a traerlos”, dice Ofelia con alegría.

La pescadora del río Guárico ha vivido muchas experiencias en sus años de pesca. Tanto son los cuentos que no hubo manera de relatarlos todos. Ante esos recuerdos, que atesora completamente, ha decidió dentro de unos meses realizarse un tatuaje con forma de pez, en la espalda. La razón: “cuando no pueda salir al rio, recordar soy y seré siempre una mujer pescadora”.