[dropcap]A[/dropcap]quella mañana al llegar a la universidad me sentí un poco como Pedro Páramo entrando en Comala. Había zonas completamente desiertas, como las veredas arboladas detrás de las Escuelas de Comunicación Social y Antropología. El sol pugnaba por atravesar la frondosa sombra. Alguien apurado pasó a mi lado. Fui a preguntarle algo pero enseguida desapareció. Allá, al fondo se veían unas figuras en Tierra de Nadie. El sol irradiaba con fuerza, el reflejo rielaba en el suelo. Me acerqué a ver quién era pero nadie había: apenas espejismos que se desvanecieron cuando llegué.

Buscando huir del sol subí la vereda hacia la Plaza Cubierta del Rectorado. Allí me recibió la frescura sombreada. Había un bullicio frente a las puertas del Aula Magna. Jóvenes ataviados con togas y birretes hacían su cola para entrar al acto de graduación. Sin duda no eran espectros: la felicidad se reflejaba en sus rostros. Luego se tomarán las fotos de rigor frente al Pastor de Nubes, la famosa escultura de Jean Arp, y el Bimural II de Mateo Manaure.

Llego a la sala de Conciertos, donde está pautada la asamblea convocada por la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela. Las universidades tienen ya casi dos meses en conflicto. Aducen que no hay condiciones para llevar adelante la programación académica. El gobierno anunció pomposamente, como todo lo que anuncia, una contratación colectiva que ha sido rechazada en dos referendos por la comunidad docente. A pesar de los aumentos anunciados, los sueldos siguen siendo de los más bajos del mundo. Aunque el gobierno sí tiene para comprar a Rusia aviones Sukhoi. Cada uno de ellos vale 45 millones de dólares, un año de presupuesto ucevista.

La sala de conciertos está casi vacía. Víctor Márquez, presidente de FAPUV, da declaraciones a los medios. Los profesores asistentes no llegan a 60, la universidad tenía 6.000 docentes, 600 han renunciado en los últimos dos años. Con los que se fueron habría quórum.

Salgo de la sala de Conciertos y camino un poco más allá. La Sala Francisco de Miranda está llena. Calculo unas 200 personas. Pregunto qué hay y me responden que un simposio de arquitectura. Me parece bien que este evento esté a sala llena en una ciudad universitaria que fue declarada por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad y sin embargo ahora no tiene presupuesto ni para comprar uno de los miles de bombillos que hacen falta para mantenerla alumbrada y reducir la inseguridad. En el campus universitario se producen robos, asaltos y hasta asesinatos a plena luz del día.

La vida universitaria se hace secreta, latente, como la de esas plantas que aguardan durante meses a que llueva para florecer. En Humanidades está abierto el cafetín y la gente desayuna. En las librerías del pasillo de Ingeniería consigo un libro que andaba buscando. De nuevo en la esquina de Comunicación Social, le compro a Víctor una película en dvd. En otros tiempos, las instalaciones estarían empapeladas de propaganda electoral y ya en los pasillos se vocearían consignas de protesta por el asesinato de un dirigente de oposición ocurrido ayer en un mitin de campaña en el estado Guárico.

¿Dónde están los estudiantes? La respuesta es simple: graduándose o esperando a que termine el conflicto para graduarse. Su ausencia es una muestra de la despolitización de la universidad. El movimiento estudiantil ha sido vanguardia en las luchas democráticas desde el 14 de febrero de 1928, cuando se enfrentó a la dictadura de Gómez, hasta el 12 de febrero de 2014, cuando salió a la calle a protestar contra el gobierno de Maduro y fue fuertemente reprimido. Ese aciago Día de la Juventud, 125 jóvenes fueron detenidos en todo el país. La ONG Foro Penal Venezolano denunció que las autoridades mantuvieron incomunicados a los estudiantes, y los que fueron llevados a los tribunales contaron que habían sido torturados con descargas eléctricas.

Los estudiantes que tienen militancia política están abocados a la campaña electoral. Las autoridades de las universidades tienen el periodo vencido pero no se pueden hacer elecciones por decisión del Tribunal Supremo de Justicia. Por lo tanto no pueden llamar a reinicio de actividades. Voceros oficialistas aprovechan para arremeter contra la institución con acusaciones de corrupción obviando que es una decisión oficial la que impide la renovación de las autoridades. No sólo las clases, todo está como detenido, bloqueado, en estado de hibernación. Los estudiantes aceptan de mala gana esta situación, a la que no se le ve salida por los momentos.  Algunos protestan y alegan que el paro ha sido votado por profesores muchos de ellos jubilados, por lo que no les afecta la suspensión de clases.

Es posible que el hecho de que los dirigentes estudiantiles, en su mayoría de oposición, estén en la calle, sea favorable pues eso quiere decir que el gobierno dejará tranquilas a las universidades, al menos hasta después de las elecciones del 6D.  Ya el movimiento estudiantil ha sido bastante golpeado. Lo que ocurre es que los estudiantes son el corazón del alma mater. Gracias a su energía la universidad se llena de voces y de colores. Pero la vida ahora está en otra parte, la universidad en este momento ha renunciado a ser vanguardia intelectual y anímica del cambio social. Como en Comala, sus pasillos se llenan de espejismos. Por los momentos, las sombras tienen las de ganar.

Foto: Iván Reyes @ivanereyes

Escritor, periodista y profesor universitario. Autor de novelas, libros de cuentos y guiones de cine. Ganador del premio de cuentos Juan Rulfo-Semana Negra de Gijón.