OPINIÓN · 19 JULIO, 2017 19:10

Solidaridad Femenina… pensando en Luisa Ortega Díaz

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Susana Reina | @feminismoinc

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“La igualdad llegará cuando una mujer tonta pueda llegar tan lejos como hoy llega un hombre tonto”. Estella Ramey, psicóloga, endocrina y feminista nacida en 1917.

Cada vez que coloco un post en mis redes aupando a una mujer por su desempeño en el poder, cualquiera que sea su tendencia política e ideológica, recibo la respuesta de alguna mujer, siempre una mujer, que dice algo así como “no por el simple hecho de que sea mujer hay que apoyarla” … “Si va a llegar al poder a reproducir los esquemas machistas mejor que no gobierne” … “Cuidado con esa tipa que no es de nuestro bando” … “Ella tiene un pasado dudoso” … “¿Qué ha hecho ella a favor de la mujer para que tú la apoyes?… y otras frases por el estilo.

Lo que me llama más la atención es que cuando se habla de hombres en posiciones de poder, yo no veo que se cuestione el hecho de que sean machistas o que se les juzgue por sus habilidades para ayudar a otros hombres o por su forma masculina de ejercer el liderazgo. Pero en el caso de las mujeres ponemos mucho peso en su reputación, su pasado, o su pertenencia al género femenino, y son precisamente las de este género, las que más se fijan en ello. Es como si pensáramos que solo las impolutas, inteligentísimas, sin tacha alguna, feministas activistas correctas, son las que tienen que llegar al poder.

Lo común es ver a muchos hombres incapaces o promedio en la cima de organizaciones, gobiernos, empresas, universidades y toda clase de espacios de poder. Eso lo vemos normal. Pero una mujer para que sea nombrada o electa debe tener cualidades extraordinarias para que se le dé el chance. Si una mujer en el poder comete un error, lo que enseguida escuchamos es: “tenía que ser mujer”… “¿Para eso quieren más mujeres en el poder?», etcétera.

Si un hombre se equivoca, planteamientos asociados a su género como causa de su falta de destrezas, no emergen. Es inaudito que prefiramos a un hombre, que más o menos calza los puntos para un puesto, por encima de una mujer por la sospecha de que ella, por ser mujer, no es perfecta ni tiene todas las cualidades que en teoría debe tener. Véase caso Clinton vs Trump 2016, por dar un ejemplo.

Pues a mí sí me parece que el sólo hecho de ser mujer es razón suficientemente valedera para ofrecer apoyo. Me gustaría ver a muchas más en el poder, sin importar su tendencia ideológica, ni su pasado, ni su experiencia en temas feministas, para que sean exitosas o para que se equivoquen, pero darles la oportunidad de hacerlo, como se la damos a los hombres que no son ninguna maravilla, ni les exigimos tanto como a ellas.

Cuando apoyo a muchas mujeres en mis escritos, sean quienes ellas sea, lo hago destacando el arrojo, la valentía, la fortaleza que tienen para que en un mundo machista como es el mundo de los partidos políticos, parlamentos e instancias de gobierno, ellas persistan y hagan carrera para alcanzar las más altas posiciones jerárquicas. Ese es un mundo rudo y duro, y ellas lo conquistan al ser designadas o electas, después de haberse llevado por delante a un gentío -incluidas mujeres poco solidarias- contra viento y marea, con estrategia, con inteligencia, aprovechando sus redes y contactos. Además… ¡llegan muy pocas! Eso debe de significar algo.

Quienes las criticamos no nos atrevemos a hacer ni la mitad de todo ese esfuerzo. Pero qué broma que siguiendo el guión patriarcal nos ponemos a competir entre nosotras para dejarles a ellos el camino abierto. Las feministas italianas señalan la contradicción en la que estamos inmersas: esperamos un apoyo incondicional de las otras mujeres, pero somos incapaces de valorar a la que se distingue. (Librería de Mujeres de Milán, 1991). Más aún, ponemos en tela de juicio la manera como muchas mujeres acceden al poder. En palabras de Marisa Soleto, Directora de la Fundación Mujeres: “Se insinúa que la relación afectiva o sexual es uno de los elementos que explica la carrera profesional de las mujeres, tanto en política como en el terreno laboral. Con estos comentarios sexistas se les niega todo mérito y se erosiona la confianza en ellas. Las mujeres casi tienen que pedir perdón por tener una carrera política en lugar de dedicarse a la familia».

Juana Gallego, directora del Observatorio de la Igualdad de la Universidad Autónoma de Barcelona y Coordinadora del máster de Género y Comunicación, refuerza esta idea: “Se da por supuesto que la vía natural para que las mujeres lleguen a un cargo político es la conquista de un hombre. Por tanto, en prensa a menudo se hace referencia a sus encantos físicos, eróticos y seductores, pero no a su valía. Es decir, a las mujeres se les niega la autoridad y la legitimidad como sujetos autónomos y se las trata como si estuvieran en una minoría de edad permanente».

Es el script machista que muchas mujeres han comprado y repiten, sin darse cuenta de que eso nos deja a todas por fuera de la carrera. Las mujeres merecemos llegar al poder porque no somos minoría, porque eso es Democracia. Cuando seamos 50-50 y tengamos paridad absoluta, no cuotas, Paridad, entonces sí, veamos otros elementos y competencias para evaluar y juzgar a candidatos hombres y mujeres, pero en igualdad de oportunidades y condiciones, no ahora, cuando aún estamos en el piso.

Darnos más apoyo entre nosotras es lo que hace falta ahora, y para ello es necesario que entre todas construyamos esa unidad. Nos necesitamos para cambiar las cifras, y eso empieza por mostrarnos solidarias, derribando la terrible idea patriarcal de que las mujeres somos enemigas.

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Cada vez que coloco un post en mis redes aupando a una mujer por su desempeño en el poder, cualquiera que sea su tendencia política e ideológica, recibo la respuesta de alguna mujer, siempre una mujer, que dice algo así como “no por el simple hecho de que sea mujer hay que apoyarla” … “Si va a llegar al poder a reproducir los esquemas machistas mejor que no gobierne” … “Cuidado con esa tipa que no es de nuestro bando” … “Ella tiene un pasado dudoso” … “¿Qué ha hecho ella a favor de la mujer para que tú la apoyes?… y otras frases por el estilo.

Lo que me llama más la atención es que cuando se habla de hombres en posiciones de poder, yo no veo que se cuestione el hecho de que sean machistas o que se les juzgue por sus habilidades para ayudar a otros hombres o por su forma masculina de ejercer el liderazgo. Pero en el caso de las mujeres ponemos mucho peso en su reputación, su pasado, o su pertenencia al género femenino, y son precisamente las de este género, las que más se fijan en ello. Es como si pensáramos que solo las impolutas, inteligentísimas, sin tacha alguna, feministas activistas correctas, son las que tienen que llegar al poder.

Lo común es ver a muchos hombres incapaces o promedio en la cima de organizaciones, gobiernos, empresas, universidades y toda clase de espacios de poder. Eso lo vemos normal. Pero una mujer para que sea nombrada o electa debe tener cualidades extraordinarias para que se le dé el chance. Si una mujer en el poder comete un error, lo que enseguida escuchamos es: “tenía que ser mujer”… “¿Para eso quieren más mujeres en el poder?», etcétera.

Si un hombre se equivoca, planteamientos asociados a su género como causa de su falta de destrezas, no emergen. Es inaudito que prefiramos a un hombre, que más o menos calza los puntos para un puesto, por encima de una mujer por la sospecha de que ella, por ser mujer, no es perfecta ni tiene todas las cualidades que en teoría debe tener. Véase caso Clinton vs Trump 2016, por dar un ejemplo.

Pues a mí sí me parece que el sólo hecho de ser mujer es razón suficientemente valedera para ofrecer apoyo. Me gustaría ver a muchas más en el poder, sin importar su tendencia ideológica, ni su pasado, ni su experiencia en temas feministas, para que sean exitosas o para que se equivoquen, pero darles la oportunidad de hacerlo, como se la damos a los hombres que no son ninguna maravilla, ni les exigimos tanto como a ellas.

Cuando apoyo a muchas mujeres en mis escritos, sean quienes ellas sea, lo hago destacando el arrojo, la valentía, la fortaleza que tienen para que en un mundo machista como es el mundo de los partidos políticos, parlamentos e instancias de gobierno, ellas persistan y hagan carrera para alcanzar las más altas posiciones jerárquicas. Ese es un mundo rudo y duro, y ellas lo conquistan al ser designadas o electas, después de haberse llevado por delante a un gentío -incluidas mujeres poco solidarias- contra viento y marea, con estrategia, con inteligencia, aprovechando sus redes y contactos. Además… ¡llegan muy pocas! Eso debe de significar algo.

Quienes las criticamos no nos atrevemos a hacer ni la mitad de todo ese esfuerzo. Pero qué broma que siguiendo el guión patriarcal nos ponemos a competir entre nosotras para dejarles a ellos el camino abierto. Las feministas italianas señalan la contradicción en la que estamos inmersas: esperamos un apoyo incondicional de las otras mujeres, pero somos incapaces de valorar a la que se distingue. (Librería de Mujeres de Milán, 1991). Más aún, ponemos en tela de juicio la manera como muchas mujeres acceden al poder. En palabras de Marisa Soleto, Directora de la Fundación Mujeres: “Se insinúa que la relación afectiva o sexual es uno de los elementos que explica la carrera profesional de las mujeres, tanto en política como en el terreno laboral. Con estos comentarios sexistas se les niega todo mérito y se erosiona la confianza en ellas. Las mujeres casi tienen que pedir perdón por tener una carrera política en lugar de dedicarse a la familia».

Juana Gallego, directora del Observatorio de la Igualdad de la Universidad Autónoma de Barcelona y Coordinadora del máster de Género y Comunicación, refuerza esta idea: “Se da por supuesto que la vía natural para que las mujeres lleguen a un cargo político es la conquista de un hombre. Por tanto, en prensa a menudo se hace referencia a sus encantos físicos, eróticos y seductores, pero no a su valía. Es decir, a las mujeres se les niega la autoridad y la legitimidad como sujetos autónomos y se las trata como si estuvieran en una minoría de edad permanente».

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