OPINIÓN · 10 JULIO, 2019 05:43

Radiografía de un torturador

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Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

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Nunca he visto un torturador. No sé cómo se viste, qué aspecto tiene, como habla, cómo huele, qué sueña, si hay algo que lo caracteriza en particular. Pero, en verdad, no debería afirmar esto: puede ser que haya conocido alguno porque el asunto es que un torturador no se diferencia en casi nada del resto de las personas, las mal llamadas «normales».

En la película Brazil, de Terry Gilliam, que es una versión genial y estrafalaria de la novela 1984 de George Orwell, aparece un torturador, que se pone su bata blanca para ir a trabajar, se la quita luego toda ensangrentada y se va después, como si nada, a celebrar la navidad con su esposa y sus pequeños hijos.

Como 1984, Brazil transcurre en una sociedad distópica, una sociedad donde la utopía socialista se ha vuelto una distopia, o sea una perversión, una aberración, una tergiversación de la idea inicial de liberación. En Brazil, tanto como en 1984, lo que prevalece es una férrea dictadura y el pensar disidente se paga con la muerte, aunque nunca se nombra así, pues en un sistema totalitario es vital no mencionar las cosas por su nombre sino usar eufemismos para justificar lo injustificable.

Desde sus propios inicios, el psicoanálisis intentó explicar por qué algunas personas podían dedicarse a perjudicar al prójimo sin sentir ningún tipo de remordimiento o cargo de conciencia. Para ello había que ir más allá del concepto de maldad procedente de la religión, donde generalmente la perversión es sugerida por un agente externo, para explorar en las profundidades del ser humano qué lo puede llevar a actitudes perversas.

La banalidad del mal

Recientemente en un tuit bastante leído y comentado, la escritora y psicóloga venezolana Ana Teresa Torres señalaba que «Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hanna Arendt y El efecto Lucifer del psicólogo Phillip Zimbardo son buenos libros para entender porque las personas pueden convertirse en torturadores».

Y es que si algún episodio de la humanidad ha sido fértil en la aparición de torturadores es el siglo veinte, con la insurgencia de pensamientos totalitarios como el nazi-fascismo o el comunismo en su versión estalinista o maoísta.

No en balde, algunos de los libros citados se refieren al nazismo. Y a ellos se podía agregar El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Este psicólogo alemán vivió en carne propia los campos de concentración nazis, como Auschwitz, y sobrevivió para contarlo. En su diario caracteriza a los guardianes del Lager, o campo de concentración. Entre ellos había desde los sádicos por naturaleza, capaces de las mayores atrocidades sin pestañear, hasta aquellos capaces de sentir compasión en un momento dado por sus compañeros. Porque hay que aclarar que muchos de los guardianes venían de ser ellos mismos  prisioneros.

Es decir que cualquiera, en realidad, podía pasar de ser víctima a convertirse en victimario solo por tener la oportunidad de hacerlo; mediante una delación, por ejemplo, se podía acceder a tener un cargo de guardián, lo cual confería ciertas ventajas como por ejemplo poder comer un poco mejor que el resto de los prisioneros. Y, en un contexto en que se podía morir de hambre o de frío, esa ventaja no era para nada desdeñable.

El 31 de mayo de 1962 fue ejecutado en Israel el jerarca nazi Adolf Eichmann, responsable de la muerte de miles de personas y autor de crímenes de lesa humanidad, entre ellos genocidio. La filósofa Hannah Arendt escribió un libro sobre el caso Eichmann, remarcando que el asesino no tenía en realidad nada de notable, era un hombrecillo que podía pasar desapercibido en condiciones normales. A esa particularidad, la llamó «banalidad del mal».

Durante su juicio (había sido secuestrado en Buenos Aires por el Mossad, el servicio secreto israelí), Eichmann alegó en todo momento que no tenía motivos personales para su conducta asesina sino que se había limitado a cumplir órdenes. Pocos meses después del ahorcamiento de Eichmann, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram llevó a cabo un experimento que pasaría a la historia.

Obediencia y autoridad

El experimento Milgram consistió en reclutar a unos voluntarios y pedirles que aplicaran electricidad a otros sujetos. Estos últimos eran actores que simulaban recibir descargas eléctricas. Pero la mayoría de los participantes llegaron a aplicar las máximas descargas posibles. Milgram demostró, en sus palabras, que «la férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio».

Años después, otro psicólogo estadounidense, Philip Zimbardo, se dio a conocer a comienzos de la década de los setenta del siglo 20, tras efectuar el experimento de Stanford, en el cual unos estudiantes hacían el papel de prisioneros y otros el de guardianes. El experimento debió ser suspendido porque los estudiantes que hacían de guardianes muy pronto desarrollaron conductas crueles y abusivas.

Años después, Zimbardo analizó la denuncia de los abusos y torturas a prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib, por parte de las fuerzas armadas estadounidenses, y llegó casi a las mismas conclusiones: los seres humanos son capaces de la mayor crueldad bajo ciertas circunstancias. Estas conclusiones las expone en su libro El efecto lucifer: entender cómo las personas buenas se vuelven malas. También lo hace en https://www.ted.com/talks/steven_pinker_on_the_myth_of_violence

La sombra de Nereo Pacheco

En un artículo de 2017  la escritora y periodista Eritza Liendo analizaba la figura de Nereo Pacheco, el famoso torturador al servicio del dictador Juan Vicente Gómez.  El escritor venezolano José Rafael Pocaterra estuvo preso en La Rotunda, la tenebrosa cárcel donde el dictador, quien sometió con puño de hierro al país entre 1908 y 1935, encerraba a sus opositores. Pocaterra describió en sus Memorias de un Venezolano de la Decadencia, el día a día de los presos encerrados en tan tétrica mazmorra, algunos con grillos o bolas de hierro de hasta 25 kilos.

Él conoció personalmente a Pacheco, un ex preso común que se había convertido en el principal torturador del régimen y encargado de la prisión. Gómez le mandaba matar y él obedecía. Entre sus métodos figuraban echar arsénico o vidrio molido en la sopa de los presos. Con vidrió molido mató al capitán Agustín Silva Díaz, uno de los tantos militares que Gómez mandó a detener, torturar y a matar sin compasión.

La sombra de Pacheco llega hasta nuestros días. Los psicólogos dicen que la obediencia a la autoridad es una clave; esta obediencia puede estar dictada por motivos ideológicos, por dinero u otras circunstancias. Tampoco se descarta aquellos sádicos que disfrutan haciendo sufrir a otras personas.

Pero otra condicionante es la división del mundo entre «nosotros» y «ellos», mentalidad propia de las sectas religiosas según la cual todas las virtudes corresponden al grupo al que pertenece el torturador y todos los defectos al otro grupo, por lo cual se justifica, según esta forma de pensar, la destrucción de sus miembros. Es una suerte de fanatismo que se puede lograr mediante un lavado cerebral ideológico.

La única forma de romper el círculo de la perversión es la empatía. Se cita el caso de un oficial represor, durante la última dictadura en Uruguay, que no pudo cumplir la orden de torturar a un amigo suyo de infancia. Cuando el torturador admite sus sentimientos, no puede seguir ejerciendo la crueldad.

Ante toda esta situación, cabe recordar unas palabras de Viktor Frankl en su libro ya mencionado: «La historia nos brindó la oportunidad de conocer la naturaleza humana quizá como ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es quien ha inventado las cámaras de gas, pero también el que ha entrado en ellas con paso firme, musitando una oración».

Foto principal: www.presos.org.es

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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En la película Brazil, de Terry Gilliam, que es una versión genial y estrafalaria de la novela 1984 de George Orwell, aparece un torturador, que se pone su bata blanca para ir a trabajar, se la quita luego toda ensangrentada y se va después, como si nada, a celebrar la navidad con su esposa y sus pequeños hijos.

Como 1984, Brazil transcurre en una sociedad distópica, una sociedad donde la utopía socialista se ha vuelto una distopia, o sea una perversión, una aberración, una tergiversación de la idea inicial de liberación. En Brazil, tanto como en 1984, lo que prevalece es una férrea dictadura y el pensar disidente se paga con la muerte, aunque nunca se nombra así, pues en un sistema totalitario es vital no mencionar las cosas por su nombre sino usar eufemismos para justificar lo injustificable.

Desde sus propios inicios, el psicoanálisis intentó explicar por qué algunas personas podían dedicarse a perjudicar al prójimo sin sentir ningún tipo de remordimiento o cargo de conciencia. Para ello había que ir más allá del concepto de maldad procedente de la religión, donde generalmente la perversión es sugerida por un agente externo, para explorar en las profundidades del ser humano qué lo puede llevar a actitudes perversas.

La banalidad del mal

Recientemente en un tuit bastante leído y comentado, la escritora y psicóloga venezolana Ana Teresa Torres señalaba que «Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hanna Arendt y El efecto Lucifer del psicólogo Phillip Zimbardo son buenos libros para entender porque las personas pueden convertirse en torturadores».

Y es que si algún episodio de la humanidad ha sido fértil en la aparición de torturadores es el siglo veinte, con la insurgencia de pensamientos totalitarios como el nazi-fascismo o el comunismo en su versión estalinista o maoísta.

No en balde, algunos de los libros citados se refieren al nazismo. Y a ellos se podía agregar El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Este psicólogo alemán vivió en carne propia los campos de concentración nazis, como Auschwitz, y sobrevivió para contarlo. En su diario caracteriza a los guardianes del Lager, o campo de concentración. Entre ellos había desde los sádicos por naturaleza, capaces de las mayores atrocidades sin pestañear, hasta aquellos capaces de sentir compasión en un momento dado por sus compañeros. Porque hay que aclarar que muchos de los guardianes venían de ser ellos mismos  prisioneros.

Es decir que cualquiera, en realidad, podía pasar de ser víctima a convertirse en victimario solo por tener la oportunidad de hacerlo; mediante una delación, por ejemplo, se podía acceder a tener un cargo de guardián, lo cual confería ciertas ventajas como por ejemplo poder comer un poco mejor que el resto de los prisioneros. Y, en un contexto en que se podía morir de hambre o de frío, esa ventaja no era para nada desdeñable.

El 31 de mayo de 1962 fue ejecutado en Israel el jerarca nazi Adolf Eichmann, responsable de la muerte de miles de personas y autor de crímenes de lesa humanidad, entre ellos genocidio. La filósofa Hannah Arendt escribió un libro sobre el caso Eichmann, remarcando que el asesino no tenía en realidad nada de notable, era un hombrecillo que podía pasar desapercibido en condiciones normales. A esa particularidad, la llamó «banalidad del mal».

Durante su juicio (había sido secuestrado en Buenos Aires por el Mossad, el servicio secreto israelí), Eichmann alegó en todo momento que no tenía motivos personales para su conducta asesina sino que se había limitado a cumplir órdenes. Pocos meses después del ahorcamiento de Eichmann, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram llevó a cabo un experimento que pasaría a la historia.

Obediencia y autoridad

El experimento Milgram consistió en reclutar a unos voluntarios y pedirles que aplicaran electricidad a otros sujetos. Estos últimos eran actores que simulaban recibir descargas eléctricas. Pero la mayoría de los participantes llegaron a aplicar las máximas descargas posibles. Milgram demostró, en sus palabras, que «la férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio».

Años después, otro psicólogo estadounidense, Philip Zimbardo, se dio a conocer a comienzos de la década de los setenta del siglo 20, tras efectuar el experimento de Stanford, en el cual unos estudiantes hacían el papel de prisioneros y otros el de guardianes. El experimento debió ser suspendido porque los estudiantes que hacían de guardianes muy pronto desarrollaron conductas crueles y abusivas.

Años después, Zimbardo analizó la denuncia de los abusos y torturas a prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib, por parte de las fuerzas armadas estadounidenses, y llegó casi a las mismas conclusiones: los seres humanos son capaces de la mayor crueldad bajo ciertas circunstancias. Estas conclusiones las expone en su libro El efecto lucifer: entender cómo las personas buenas se vuelven malas. También lo hace en https://www.ted.com/talks/steven_pinker_on_the_myth_of_violence

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Él conoció personalmente a Pacheco, un ex preso común que se había convertido en el principal torturador del régimen y encargado de la prisión. Gómez le mandaba matar y él obedecía. Entre sus métodos figuraban echar arsénico o vidrio molido en la sopa de los presos. Con vidrió molido mató al capitán Agustín Silva Díaz, uno de los tantos militares que Gómez mandó a detener, torturar y a matar sin compasión.

La sombra de Pacheco llega hasta nuestros días. Los psicólogos dicen que la obediencia a la autoridad es una clave; esta obediencia puede estar dictada por motivos ideológicos, por dinero u otras circunstancias. Tampoco se descarta aquellos sádicos que disfrutan haciendo sufrir a otras personas.

Pero otra condicionante es la división del mundo entre «nosotros» y «ellos», mentalidad propia de las sectas religiosas según la cual todas las virtudes corresponden al grupo al que pertenece el torturador y todos los defectos al otro grupo, por lo cual se justifica, según esta forma de pensar, la destrucción de sus miembros. Es una suerte de fanatismo que se puede lograr mediante un lavado cerebral ideológico.

La única forma de romper el círculo de la perversión es la empatía. Se cita el caso de un oficial represor, durante la última dictadura en Uruguay, que no pudo cumplir la orden de torturar a un amigo suyo de infancia. Cuando el torturador admite sus sentimientos, no puede seguir ejerciendo la crueldad.

Ante toda esta situación, cabe recordar unas palabras de Viktor Frankl en su libro ya mencionado: «La historia nos brindó la oportunidad de conocer la naturaleza humana quizá como ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es quien ha inventado las cámaras de gas, pero también el que ha entrado en ellas con paso firme, musitando una oración».

Foto principal: www.presos.org.es

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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