OPINIÓN · 29 SEPTIEMBRE, 2018 04:05

¿Quién gana en una guerra?

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Aimé Nogal M. | @anogal

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Hace pocos días me tope con un hermoso fragmento sobre la utilidad de la guerra en la biografía del periodista, escritor y político Gore Vidal. “Cuando acabe la guerra nadie se acordará de nosotros” le escribía Jimmy Trimble a su madre, luego de ser destacado en Iwo Jima. Trimble murió tres semanas mas tarde cuando lo alcanzó una granada.

El muchacho de 20 años soñaba con ser jugador de beisbol profesional, sin embargo, acabó despedazado en una trinchera combatiendo por una causa que veía como justa al buscar ir al frente, y en la que dejó de creer en sus horas.

En ese momento deje de sentirme sola, pensé que esa reflexión no provenía de una conclusión extraída de mis miedos o prejuicios. Mi convicción era compartida por alguien que vivió en carne propia los rigores de una conflagración.

Han pasado siete años desde que estalló la guerra en Siria, apenas ayer leí un extraordinario reportaje sobre Palmira, publicado por El País de España. Esa ciudad que representó en la antigüedad la ciudad mas occidental de oriente, dado el avance del imperio Romano en el siglo I a.c., ha quedado convertida en peñascos.

Para la justificación de la guerra en ese país, hay discursos de todos gustos, y como es necesario en una operación psicológica en medio de un conflicto, medias verdades como colores puedan encontrarse.

Desde una nueva guerra por los recursos no renovables y la incidencia en la construcción de un gasoducto para proveer de petróleo a Europa hasta combatir el terrorismo. La incapacidad de entendimiento ha costado 400.000 vidas y contando. La guerra de Siria dejó de ser asunto de ese país. Ahora la agenda la deciden actores foráneos.

Matar para entenderse o entenderse para no matarse

Cristina Menegazzi, responsable de la Unesco para la protección de emergencia del patrimonio sirio, comparte a El País que separa las cuestiones técnicas de las políticas, cuando es consultada sobre las relaciones con el Gobierno sirio “De todas maneras no existe el blanco y el negro en ninguna parte”.

Quien con mayor firmeza apuesta a una salida de consenso, es un coronel destacado en Palmira-o lo que queda de ella-, dice al diario español “Nadie puede eliminar al otro. Deberíamos creer en el diálogo”.

La crisis migratoria ocasionada por la guerra en Siria, cumplió su ciclo mediático. Una escalada con profusión de historias de interés humano y fotografías desgarradoras; un clímax generado por aquel niño a orillas de playa de Turquía y un previsible desinterés producto de los reacomodos geopolíticos y el recrudecimiento del discurso xenófobo de ultraderecha en Europa.

La política del no hay mañana

En Venezuela hay un clima de opinión en ascenso, que fortalece al liderazgo incapaz de reconocer sus falencias. Y eso aplica para los extremos radicales que han decidido hacer del conflicto una religión, una forma de vida.

Hay quienes se enorgullecen de no dar marcha atrás en decisiones que afectan la vida de millones de seres humanos, para terminar lamentándolo, fundidos en un abrazo con quienes en algún momento fueron sus adversarios, con un elegante centro floral y fotógrafos a discreción.

Son tantas las heridas sociales que produce una guerra, que se requieren generaciones para dejar atrás las atrocidades que pueden cometerse cuando el ser humano decide ser la peor versión de sí mismo.

Con suerte, luego de la muerte, viene el proceso de diálogo. Cuando los tomadores de decisiones logran atender a frases sencillas pero contundentes “Nadie puede eliminar al otro”, esas voces sensatas que son el centro de las miradas incómodas en las reuniones de cada «bando».

Ir a la guerra porque una decena de personas no logra ponerse de acuerdo, o porque otros han logrado calcular cuál será la ganancia económica en una conflagración. Esos que no tienen hijos en edad de prestar servicio militar, o que obtendrán el privilegio de no observar caer los muertos en primera fila.

Quizás quienes están a cargo consideran que una guerra bajo cualquier excusa, puede acabarse en cuanto se acuerde políticamente. Pero ya lo ha advertido la historiadora Margaret Mc Millan, hoy en día “ganar las guerras es difícil, y también pararlas”.

De las misiones protegidas por el enemigo

Según algunos autores, entre 1810 y 1821 se libraron cerca de 70 batallas en la Guerra Civil de Independencia, en ellas fallecieron aproximadamente 205 mil personas. El 26 de enero de 1821 se fecha una misiva en Bogotá. Remite Bolívar al general Pablo Morillo, pidiendo proteger una misión diplomática encabezada por José Rafael Revenga y José Tiburcio Echeverría, secretario de estado y gobernador de la provincia respectivamente.

Dice el Libertador a su enemigo » Sin duda Vd. tendrá la bondad de proteger esta misión en cuanto esté de su parte, como lo ha ofrecido hacer en un caso semejante. Vd. fue nuestro enemigo y a Vd. toca ahora ser nuestro más fiel amigo, pues de otro modo burlaríamos nuestras promesas de Santa Ana, y derribaríamos hasta sus fundamentos el monumento de nuestra amistad«.

Regularizar la guerra mediante un tratado costó 205 mil vidas. Sobre los cadáveres y sus deudos se estableció el armisticio. Dice el artículo 1 de ese documento «La guerra entre España y Colombia se hará como la hacen los pueblos civilizados…«.

Si aún fuese mezquino el entendimiento, conviene transcribir por completo el artículo 7 del mismo texto «Originándose esta guerra de la diferencia de opiniones: hallándose ligados con vínculos y relaciones muy estrechas los individuos que han combatido encarnizadamente por las dos causas: y deseando economizar la sangre cuanto sea posible se establece que los militares o empleados que habiendo antes servido a cualesquiera de los dos gobierno hayan desertado de sus banderas y se aprehendan bajo la del otro, no puedan ser castigados con pena capital. Lo mismo se entenderá con respecto a los conspiradores y desafectos de una y otra parte«.

Un vencedor en una guerra, es aquel que ha logrado exterminar al otro con mayor eficacia. Nada más.

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El muchacho de 20 años soñaba con ser jugador de beisbol profesional, sin embargo, acabó despedazado en una trinchera combatiendo por una causa que veía como justa al buscar ir al frente, y en la que dejó de creer en sus horas.

En ese momento deje de sentirme sola, pensé que esa reflexión no provenía de una conclusión extraída de mis miedos o prejuicios. Mi convicción era compartida por alguien que vivió en carne propia los rigores de una conflagración.

Han pasado siete años desde que estalló la guerra en Siria, apenas ayer leí un extraordinario reportaje sobre Palmira, publicado por El País de España. Esa ciudad que representó en la antigüedad la ciudad mas occidental de oriente, dado el avance del imperio Romano en el siglo I a.c., ha quedado convertida en peñascos.

Para la justificación de la guerra en ese país, hay discursos de todos gustos, y como es necesario en una operación psicológica en medio de un conflicto, medias verdades como colores puedan encontrarse.

Desde una nueva guerra por los recursos no renovables y la incidencia en la construcción de un gasoducto para proveer de petróleo a Europa hasta combatir el terrorismo. La incapacidad de entendimiento ha costado 400.000 vidas y contando. La guerra de Siria dejó de ser asunto de ese país. Ahora la agenda la deciden actores foráneos.

Matar para entenderse o entenderse para no matarse

Cristina Menegazzi, responsable de la Unesco para la protección de emergencia del patrimonio sirio, comparte a El País que separa las cuestiones técnicas de las políticas, cuando es consultada sobre las relaciones con el Gobierno sirio “De todas maneras no existe el blanco y el negro en ninguna parte”.

Quien con mayor firmeza apuesta a una salida de consenso, es un coronel destacado en Palmira-o lo que queda de ella-, dice al diario español “Nadie puede eliminar al otro. Deberíamos creer en el diálogo”.

La crisis migratoria ocasionada por la guerra en Siria, cumplió su ciclo mediático. Una escalada con profusión de historias de interés humano y fotografías desgarradoras; un clímax generado por aquel niño a orillas de playa de Turquía y un previsible desinterés producto de los reacomodos geopolíticos y el recrudecimiento del discurso xenófobo de ultraderecha en Europa.

La política del no hay mañana

En Venezuela hay un clima de opinión en ascenso, que fortalece al liderazgo incapaz de reconocer sus falencias. Y eso aplica para los extremos radicales que han decidido hacer del conflicto una religión, una forma de vida.

Hay quienes se enorgullecen de no dar marcha atrás en decisiones que afectan la vida de millones de seres humanos, para terminar lamentándolo, fundidos en un abrazo con quienes en algún momento fueron sus adversarios, con un elegante centro floral y fotógrafos a discreción.

Son tantas las heridas sociales que produce una guerra, que se requieren generaciones para dejar atrás las atrocidades que pueden cometerse cuando el ser humano decide ser la peor versión de sí mismo.

Con suerte, luego de la muerte, viene el proceso de diálogo. Cuando los tomadores de decisiones logran atender a frases sencillas pero contundentes “Nadie puede eliminar al otro”, esas voces sensatas que son el centro de las miradas incómodas en las reuniones de cada «bando».

Ir a la guerra porque una decena de personas no logra ponerse de acuerdo, o porque otros han logrado calcular cuál será la ganancia económica en una conflagración. Esos que no tienen hijos en edad de prestar servicio militar, o que obtendrán el privilegio de no observar caer los muertos en primera fila.

Quizás quienes están a cargo consideran que una guerra bajo cualquier excusa, puede acabarse en cuanto se acuerde políticamente. Pero ya lo ha advertido la historiadora Margaret Mc Millan, hoy en día “ganar las guerras es difícil, y también pararlas”.

De las misiones protegidas por el enemigo

Según algunos autores, entre 1810 y 1821 se libraron cerca de 70 batallas en la Guerra Civil de Independencia, en ellas fallecieron aproximadamente 205 mil personas. El 26 de enero de 1821 se fecha una misiva en Bogotá. Remite Bolívar al general Pablo Morillo, pidiendo proteger una misión diplomática encabezada por José Rafael Revenga y José Tiburcio Echeverría, secretario de estado y gobernador de la provincia respectivamente.

Dice el Libertador a su enemigo » Sin duda Vd. tendrá la bondad de proteger esta misión en cuanto esté de su parte, como lo ha ofrecido hacer en un caso semejante. Vd. fue nuestro enemigo y a Vd. toca ahora ser nuestro más fiel amigo, pues de otro modo burlaríamos nuestras promesas de Santa Ana, y derribaríamos hasta sus fundamentos el monumento de nuestra amistad«.

Regularizar la guerra mediante un tratado costó 205 mil vidas. Sobre los cadáveres y sus deudos se estableció el armisticio. Dice el artículo 1 de ese documento «La guerra entre España y Colombia se hará como la hacen los pueblos civilizados…«.

Si aún fuese mezquino el entendimiento, conviene transcribir por completo el artículo 7 del mismo texto «Originándose esta guerra de la diferencia de opiniones: hallándose ligados con vínculos y relaciones muy estrechas los individuos que han combatido encarnizadamente por las dos causas: y deseando economizar la sangre cuanto sea posible se establece que los militares o empleados que habiendo antes servido a cualesquiera de los dos gobierno hayan desertado de sus banderas y se aprehendan bajo la del otro, no puedan ser castigados con pena capital. Lo mismo se entenderá con respecto a los conspiradores y desafectos de una y otra parte«.

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