Política y riqueza
“Opositores y chavistas disidentes construyeron poderosas alianzas económicas mientras publicitaban la imposibilidad de pactar la salida de Maduro”

Por Alexis Alzuru
Zohran Mamdani y los demócratas que han posicionado la llamada agenda de la “asequibilidad” obligan a reflexionar sobre Venezuela. No porque esa propuesta deba convertirse en una doctrina a seguir, sino porque desentierra un consenso ancestral: cuando la riqueza captura el poder político, la democracia comienza a desaparecer y se transforma en oligarquía.
Opositores y chavistas disidentes construyeron poderosas alianzas económicas mientras publicitaban la imposibilidad de pactar la salida de Nicolás Maduro. Dirigentes, empresarios e intermediarios de esos bloques participaron en redes financieras transversales, mientras argumentaban que sus diferencias éticas, ideológicas y partidistas les impedían pactar un proyecto para la transición.
Las investigaciones que se han realizado sobre ese tipo de redes no señalan la existencia de una única red patrimonial compartida, ni autorizan a convertir cada contacto en una sociedad corrupta. Sin embargo, demuestran algo diferente: el muro que separaba al chavismo-madurismo de la oposición fue atravesado por dirigentes, empresarios, banqueros, abogados, intermediarios y lobbistas. Lo cual produjo, a su vez, la transformación del acceso político en valor económico.
La política no consiguió pactar, el dinero sí
La traza histórica viene de lejos. En 1975 P. Duno encendió una primera alarma con su texto: Los doce apóstoles. Después, J. C Rey, H. Sonntag y M. Caballero entre otros, describieron la progresiva subordinación de las élites políticas a las económicas y, además, advirtieron sobre el inminente colapso de un modelo de desarrollo que era dependiente del Estado. Lo cierto es que hasta mediados de los noventa podía hablarse de sometimiento del poder político al económico. El empresario financiaba, mientras el otro obedecía y abría las puertas del Estado.
Después ocurrió algo verdaderamente distinto: el dirigente quiso ocupar el lugar del empresario. Desde entonces el político dejó de ser solamente un amanuense de las élites económicas y pretendió convertirse en socio, consultor, facilitador, gestor o en un nodo clave de una red empresarial y financiera.
Esa transformación es lo que permite reinterpretar las últimas tres décadas: la política se convirtió progresivamente en un eslabón de un engranaje capaz de producir, maximizar y proteger la riqueza personal y grupal. Ciertamente, no toda relación entre política y empresa fue una danza corrupta. Sin embargo, el acceso político comenzó a funcionar como un factor de producción de riqueza privada.
Ese tránsito redondeó la metamorfosis de la política que se había iniciado antes: los partidos y sus decisiones se personalizaron. Lo programático se disolvió en bulos, lo ideológico en prejuicios y el negocio económico pasó a ocupar el lugar que tenía el acuerdo político. No fue por azar que cargo, partido, información y la capacidad de abrir puertas pasaran a tener valor económico.
Tal vez, ese viraje tiene mayor potencia explicativa que otras conjeturas sobre el fracaso de la oposición. Después de todo, mientras sus dirigentes renunciaban al consenso político, fabricaban alianzas financieras con chavistas y maduristas. Lo cual no extraña, porque cuando lo que está en juego son recursos financieros, los aliados políticos, precisamente, se convierten en socios muy peligrosos. No porque piensen diferente, sino porque son quienes pueden ocupar el espacio, controlar la relación y administrar el capital que otra red necesita para sobrevivir.
La potencia que exige obediencia
Un pacto para expulsar a Maduro jamás necesitó que empresarios y políticos vivieran en universos incomunicados. Tampoco que los dirigentes se castigaran por tener ambiciones económicas. Necesitaba algo más elemental: que política y producción de riqueza privada no se convirtieran en la misma actividad, dado que es ese distingo lo que posibilita que la política priorice el interés colectivo por encima de los apetitos de los grupos que compiten por la renta del Estado.
El consenso resulta imposible cuando la política se transforma en infraestructura para producir la riqueza de algunos grupos económicos. La representación más acabada y emblemática de ese principio ocurrió cuando EEUU capturó a Maduro. Ese hecho demostró que el objetivo de aquel liderazgo que suspendió la política debió ejecutarlo otro gobierno: Una potencia extranjera que no solo exige obediencia y sumisión a ese liderazgo que dio la espalda a la política, sino que también demanda tiempo para extraer las riquezas del país.
¿Acaso una parte de la postración de Venezuela no se explica, entonces, porque la política haya sido convertida en infraestructura para producir y proteger el lucro privado, mientras partidos y dirigentes se vaciaban de todo contenido ideológico y programático?
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Del mismo autor: Es política, no obediencia