OPINIÓN · 21 ABRIL, 2021 04:30

¿Las mujeres nos angustiamos más?

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Susana Reina | @feminismoinc

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QUÉ INDIGNANTE
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Durante la pandemia por COVID19, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha alertado sobre el incremento de trastornos mentales como depresión, ansiedad y fatiga crónica con quejas somáticas. Un reporte del 2020 indica que, durante los meses de la pandemia, la prevalencia de la ansiedad era del 33% y la de la depresión del 28%, siendo uno de los principales factores de riesgo de sufrirlas: ser mujer.

A las mujeres se les recetan más ansiolíticos, antidepresivos y otros psicofármacos que a los hombres. Así lo corrobora el estudio “Consumo de hipnosedantes. Análisis histórico desde la perspectiva de género” realizado por la Fundación Atenea y reseñado por Carmen Valls, endocrinóloga española quien, analizando data y descartando otras hipótesis, concluye que «esto se debe a la forma como son percibidas y pensadas las mujeres: el 85% de los psicofármacos se les recetan a ellas”. Porque además, otro dato interesante, es que el dolor físico de las mujeres tiene muchas más posibilidades de ser diagnosticado como “emocional” o “psicosomático” y por ello se les despacha con una pastilla cuando consultan por alguna dolencia.


Desde la conocida visión estereotipada, el ser mujer se vincula con el mundo de las emociones. Para muchos, lo femenino reside en esa idea de que las mujeres somos débiles, sensibles, volubles, volátiles, lloronas, histéricas y más angustiadas que los hombres, pero que además, todo esto pasa porque somos una especie de rehenes de nuestras propias hormonas. Si esto ha sido parte de los “saberes” populares machistas desde siempre, ahora con la pandemia, se ha acentuado aún más.

No es biológico, es social


Estas explicaciones biologicistas amarradas a la identificación deformadora y esencialista del género, dejan por fuera los acuciantes factores sociales y culturales que pasan factura y sobrecargan mental y emocionalmente a muchas mujeres. Según la OMS, los factores de riesgo específicos de género para los trastornos mentales ligados a la ansiedad y la depresión son las desventajas socioeconómicas, los bajos ingresos, la desigualdad de en las remuneraciones, las responsabilidades de cuidado continuo y la violencia de género.

Está bien documentado que las mujeres enfrentan un mayor riesgo de inseguridad económica debido a las brechas salariales, la doble jornada laboral y el tipo de trabajo precario (OIT y OCDE “Mujeres en el Trabajo 2020”). El cóctel combinado de trabajo remunerado y no remunerado con el que tienen que lidiar las mujeres por la atribución sexista de las responsabilidades de producción y reproducción social, compromete seriamente su capacidad para lidiar con el estrés.


La pandemia lo agravó todo. Durante la crisis del COVID19, los sectores que se han visto severamente afectados están ocupados mayoritariamente por mujeres y muchas, o perdieron sus trabajos o han tenido que lidiar con varios frentes a la vez, sin infraestructura social que les dé soporte como madres o como jefas de hogar monoparental.


Menos pastillas y más igualdad


Las afectaciones mentales y emocionales en las mujeres son un claro indicador de desigualdad. Muchas están cansadas de tener que poder con todo, hartas de ser consideradas ciudadanas de segunda, temerosas de perder sus trabajos, exhaustas del teletrabajo y el homeschooling, abrumadas con los estándares de rendimiento, belleza y perfección que les son exigidos, frustradas por tener que elegir entre hijos o trabajo, indignadas por los hechos de violencia física y psicológica cometidos contra ellas con total impunidad y tristes por lo poco que se les cree. Todo esto y más, impacta profundamente en la psique de cualquier ser humano por más resiliente y fuerte que se le considere.


Garantizar medidas efectivas de prevención y atención a la salud, especialmente la salud mental, durante todo este periodo que dure la pandemia y su recuperación, debe ser una prioridad. Pero también las medidas de conciliación y corresponsabilidad laboral familiar, así como el apoyo económico y social a las trabajadoras, deben ser reforzadas para que estas alarmantes cifras disminuyan.


Dejar de considerar a las mujeres como locas y de medicarlas para que se tranquilicen, pasa por entender de forma sistémica los procesos de salud biopsicosocial y por cambiar la forma como tradicionalmente son miradas las mujeres, sin que se incurra en los típicos sesgos patologizantes, ni en distorsiones patriarcales atribuidos a su sexo. 

Leer también:

  1. https://www.ilo.org/global/topics/coronavirus/WCMS_744685/lang–en/index.htm
  2. https://www2.unwomen.org/-/media/field%20office%20mexico/documentos/publicaciones/2020/julio%202020/impacto%20covid%20en%20la%20salud%20de%20las%20mujeres.pdf?la=es&vs=5457
  3. https://empower-project.eu/empowered-while-working/impact-of-the-covid-19-crisis-on-working-womens-mental-health-and-wellbeing/

 

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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A las mujeres se les recetan más ansiolíticos, antidepresivos y otros psicofármacos que a los hombres. Así lo corrobora el estudio “Consumo de hipnosedantes. Análisis histórico desde la perspectiva de género” realizado por la Fundación Atenea y reseñado por Carmen Valls, endocrinóloga española quien, analizando data y descartando otras hipótesis, concluye que «esto se debe a la forma como son percibidas y pensadas las mujeres: el 85% de los psicofármacos se les recetan a ellas”. Porque además, otro dato interesante, es que el dolor físico de las mujeres tiene muchas más posibilidades de ser diagnosticado como “emocional” o “psicosomático” y por ello se les despacha con una pastilla cuando consultan por alguna dolencia.


Desde la conocida visión estereotipada, el ser mujer se vincula con el mundo de las emociones. Para muchos, lo femenino reside en esa idea de que las mujeres somos débiles, sensibles, volubles, volátiles, lloronas, histéricas y más angustiadas que los hombres, pero que además, todo esto pasa porque somos una especie de rehenes de nuestras propias hormonas. Si esto ha sido parte de los “saberes” populares machistas desde siempre, ahora con la pandemia, se ha acentuado aún más.

No es biológico, es social


Estas explicaciones biologicistas amarradas a la identificación deformadora y esencialista del género, dejan por fuera los acuciantes factores sociales y culturales que pasan factura y sobrecargan mental y emocionalmente a muchas mujeres. Según la OMS, los factores de riesgo específicos de género para los trastornos mentales ligados a la ansiedad y la depresión son las desventajas socioeconómicas, los bajos ingresos, la desigualdad de en las remuneraciones, las responsabilidades de cuidado continuo y la violencia de género.

Está bien documentado que las mujeres enfrentan un mayor riesgo de inseguridad económica debido a las brechas salariales, la doble jornada laboral y el tipo de trabajo precario (OIT y OCDE “Mujeres en el Trabajo 2020”). El cóctel combinado de trabajo remunerado y no remunerado con el que tienen que lidiar las mujeres por la atribución sexista de las responsabilidades de producción y reproducción social, compromete seriamente su capacidad para lidiar con el estrés.


La pandemia lo agravó todo. Durante la crisis del COVID19, los sectores que se han visto severamente afectados están ocupados mayoritariamente por mujeres y muchas, o perdieron sus trabajos o han tenido que lidiar con varios frentes a la vez, sin infraestructura social que les dé soporte como madres o como jefas de hogar monoparental.


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Las afectaciones mentales y emocionales en las mujeres son un claro indicador de desigualdad. Muchas están cansadas de tener que poder con todo, hartas de ser consideradas ciudadanas de segunda, temerosas de perder sus trabajos, exhaustas del teletrabajo y el homeschooling, abrumadas con los estándares de rendimiento, belleza y perfección que les son exigidos, frustradas por tener que elegir entre hijos o trabajo, indignadas por los hechos de violencia física y psicológica cometidos contra ellas con total impunidad y tristes por lo poco que se les cree. Todo esto y más, impacta profundamente en la psique de cualquier ser humano por más resiliente y fuerte que se le considere.


Garantizar medidas efectivas de prevención y atención a la salud, especialmente la salud mental, durante todo este periodo que dure la pandemia y su recuperación, debe ser una prioridad. Pero también las medidas de conciliación y corresponsabilidad laboral familiar, así como el apoyo económico y social a las trabajadoras, deben ser reforzadas para que estas alarmantes cifras disminuyan.


Dejar de considerar a las mujeres como locas y de medicarlas para que se tranquilicen, pasa por entender de forma sistémica los procesos de salud biopsicosocial y por cambiar la forma como tradicionalmente son miradas las mujeres, sin que se incurra en los típicos sesgos patologizantes, ni en distorsiones patriarcales atribuidos a su sexo. 

Leer también:

  1. https://www.ilo.org/global/topics/coronavirus/WCMS_744685/lang–en/index.htm
  2. https://www2.unwomen.org/-/media/field%20office%20mexico/documentos/publicaciones/2020/julio%202020/impacto%20covid%20en%20la%20salud%20de%20las%20mujeres.pdf?la=es&vs=5457
  3. https://empower-project.eu/empowered-while-working/impact-of-the-covid-19-crisis-on-working-womens-mental-health-and-wellbeing/

 

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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