OPINIÓN · 9 OCTUBRE, 2021 05:30

Impunidad machista

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Leoncio Barrios | @Leonciobarrios

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La impunidad ante los delitos es un gravísimo problema. Se convierte en el germen de más delitos. Si una conducta considerada delictiva no tiene castigo, en la práctica recibe un reforzamiento, un estímulo para que se repita.  Si cometo delito y no pasa nada, puedo cometerlo, podría ser la lógica del delincuente, aunque no piense. Comete el delito y, en efecto, no pasa nada. Entonces, tiende a repetirlo. 

En casi todo el mundo hay impunidad de quienes cometen delitos contra el Estado y de los hombres violentos contra las mujeres. 

La violencia machista

La llamada violencia de género tiene un ejecutor común: el hombre machista. Ese que fue creado en una familia y comunidad con rígidas normas de masculinidad, que aprendió que ser hombre además de ser fuerte y valiente, implica ser violento, que lo femenino es despreciable, que las mujeres son seres de segundo orden o un objeto de su propiedad en el caso de que las hagan “su mujer”.  

La violencia machista es un asunto cultural que se expresa en las familias y en los individuos de cualquier sector social, nivel educativo, edad, religión, raza u otro segmento social, tanto en un espacio público, como la calle, hasta en un espacio privado, como el hogar.

A la violencia machista hay que pararla, sobre todo la que se expresa hacia las mujeres. Ellas suelen ser las presas preferidas de los hombres machistas porque las ven menos fuertes físicamente y las asumen con menos defensas sociales. Eso dice de la imperiosa necesidad de fortalecer la autoestima femenina y blindarla con apoyo social e institucional, sobre todo de los órganos de justicia. 

La importancia de la denuncia

A pesar de que campañas dirigidas a estimular a que las mujeres denuncien la violencia contra ellas y, particularmente, el abuso sexual, como “Rompe el silencio” y “Me Too”, hay que insistir en la necesidad e importancia de estas denuncias. No hay que esperar ser herida para denunciar. Mucho menos que lo hagan otras personas cuando haya habido un asesinato por esa causa. Hay que denunciar cualquier indicio de violencia machista, ese es el primer paso. Sin denuncia no se puede investigar, menos sancionar al agresor.

Las autoridades tienen que ser más diligentes ante las denuncias de las mujeres agraviadas o sus familias.  En los casos de violencia sexual las pruebas pueden desaparecer en breve tiempo, por lo que la denuncia debe hacerse lo más cercana posible al hecho y las autoridades proceder inmediatamente. La tardanza en la denuncia y la lentitud en las investigaciones favorece al agresor o agresores sexuales.

Parte del silencio o demora en las denuncias de agresiones sexuales se debe al miedo o vergüenza de la agraviada (o agraviado) al hacer público algo muy personal, íntimo. Quizás lo más intimo de una persona, lo sexual. Otra parte del silencio ante agresiones sexuales, se puede atribuir a la desconfianza en la justicia. Se cree que la denuncia no será atendida y sí lo es, el agresor o agresores llevarán las de ganar por las tergiversaciones machistas de los órganos de justicia. Esto generará, en la persona agredida, más rabia, más dolor, impotencia. Según testimonios de esas mujeres y sus familias. Se sienten doblemente violentadas. 

 Un caso paradigmático de injusticia ante la violencia sexual

Una joven de 18 años, hija de agricultores pobres, fue secuestrada, abusada sexualmente, sometida a torturas físicas y psicológicas durante varios meses por parte de su agresor. Ella logró pedir auxilio, la policía acude, la encuentra casi en estado de desnutrición, con heridas ya cicatrizadas y otras recientes que hacían que el delincuente pudiera ser considerado atrapado “In flagrancia”.  Todo ocurrió en la residencia del agresor, en una zona de clase alta, en Caracas, hace poco más de 20 años. Todavía no se ha hecho justicia.

El agresor, con denuncias de agresiones sexuales previas -y posteriores- a mujeres, fue denunciado por la agredida, la policía recaudó pruebas del grave delito, fue juzgado y el tribunal le dio el privilegio de casa por cárcel. Poco después se escapó de su casa en comprobada complicidad de su padre, para entonces Rector de una universidad. El agresor era miembro de una prestigiosa familia venezolana. Su madre y padre profesores universitarios, intelectuales de renombre, sobrino de un diplomático. Un grupo con evidente poder económico y político para el momento en que cometió el atroz delito.  

El caso se conoce como el de Linda Loaiza, paladín de la justicia para las mujeres agredidas sexualmente en cualquier parte del mundo. Su caso ha tenido resonancia interamericana. La lucha de Linda Loaiza por hacer valer los derechos de una mujer abusada sexualmente ha sido una lucha de una David contra un Goliat.  

A pesar de todos los méritos que tiene la tenacidad de Linda y de quienes la apoyamos, el agresor, hasta las últimas noticias de él, vive en España con libertad plena y el padre cómplice y encubridor de sus delitos, sigue ocupando, cómodamente, un sillón en la Academia Venezolana de la Lengua donde poco se dice de su censurable conducta. La impunidad de los agresores sexuales campea como el Cid.

Los órganos de justicia ante los delitos sexuales

Policías, fiscales públicos, jueces, están llamados, por definición, a defender a la persona que ha sido agredida y a proceder según lo establezca la ley. Esto último, en los casos de agresiones sexuales a las mujeres, no siempre es así.  

Las policías pueden alterar las actas de denuncias a solicitud de la parte acusada. La fiscalía, también a conveniencia, puede viciar los procedimientos de investigación que posteriormente son anulados en el tribunal e, inclusive, en el caso de que todo marchara sin tropiezos, los jueces o juezas pueden interpretar la Ley en forma de favorecer a los hombres acusados de violencia. 

La cultura machista ha permeado todos los espacios e instancias, en todas partes del mundo, y a esa cultura, aún vestida de justicia, hay que resistirse y exigir su cambio.  


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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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