OPINIÓN · 14 ENERO, 2023 05:30

Hacia el (lejano) fin del machismo

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Leoncio Barrios | @Leonciobarrios

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La pandemia de violencia hacia la mujer sigue causando estragos en todo el mundo. Una violencia ejecutada, fundamentalmente, por sus parejas o exparejas; quienes las ofenden, descalifican, se burlan, las controlan, deciden por ellas y, a veces, las hieren…las matan.

La violencia hacia las mujeres, en cualquier forma, es consecuencia del machismo. Es necesario erradicar, ponerle fin al machismo.

La única forma de eliminar la violencia machista es cambiando las formas en que los hombres y la sociedad en general, perciben y se relacionan con las mujeres y ellas con ellas mismas. Se trata de un trabajo difícil, de largo alcance. Tiene que ver con asuntos estructurales.

Machismo como expresión de género

El machismo es un conjunto de creencias (las mujeres deben ser obedientes), actitudes (si ella no obedece, hay que obligarla a que lo sea) y conductas (si no obedece, se castiga), que se aprenden en el recorrido de la vida e incluso, antes de nacer. La madre, el padre y la familia piensan cómo deben tratar, según el sexo, a quien nazca. Es así como se forman los géneros.

La enseñanza del machismo, como cualquier expresión de género sexual, comienza en la familia y es reforzado por todas las otras instancias sociales que educan: la escuela, las amistades, las iglesias, los medios de comunicación, las redes y otras. En ese concierto educativo participan todas las instituciones que asumen al machismo (no necesariamente el violento) como el comportamiento pilar de la sociedad.

El machismo es una expresión género, de poder, de sometimiento de una persona por razones de sexo. Principalmente, de los hombres hacia las mujeres pero también de un hombre sobre otros hombres y de mujeres hacia mujeres y hombres. El machismo se aprende y también a ser violento.

El machismo concibe a la mujer como inferior al hombre, débil y sumisa, lo que expresa a través de todas las instituciones sociales y hay dos en las cuales que requiere cambios urgentes si se quiere combatir al machismo: el Estado y la familia. Eso redundará en las conciencias masculinas y en las femeninas.

El Estado machista

Los creadores de todos los textos religiosos y jurídicos en los que se basan las actuales instituciones sociales han sido hombres y por lo tanto, el pensamiento predominante en el Estado es machista, resultando sociedades falocéntricas.

Hace apenas un siglo que las mujeres están siendo reconocidas por la sociedad más allá de ser objetos sexuales y para la reproducción y crianza de la prole, pero solo lo ha logrado una parte de la humanidad. Durante los 19 siglos que antecedieron a la llamada liberación femenina, el poder masculino fue absoluto. Esto ha dado pie al ejercicio de diferentes tipos de violencia socialmente aceptada de hombres hacia mujeres

Apenas en recientes décadas la mujeres han comenzado a resistirse a la opresión que, por siglos, han sido sometidas. Han cambiado la percepción de sí mismas y luchado por sus derechos como ser humano. Lo han hecho solo algunas mujeres (cada vez más). Las de pensamiento progresista, y solo algunos Estados las han apoyado, los de gobiernos progresistas.

El Estado y su expresión en los gobiernos tiene que ser el principal generador de cambios sociales al aprobar leyes, crear instituciones y capacitar a los organismos ejecutores y educar a la población para segregar al machismo.

La situación de las mujeres donde el Estado está penetrado por el poder religioso, como es evidente en los países árabes, pero también en otros donde ese poder está detrás de bastidores, como en Latinoamérica; es uno de los grandes obstáculos para erradicar el flagelo del machismo.

La violencia machista es un lastre cultural en la que las iglesias tienen mucha responsabilidad y su erradicación pasa por cambios estructurales que, lamentablemente, solo son lograbas a largo plazo porque implica cambiar conceptos mentales, culturales, históricos.

Familia y educación machista

Así como el Estado genera y mantiene instituciones machistas influenciadas por las iglesias, la familia es la transmisora fundamental del machismo y de la violencia, con la que se expresa. La familia, tal y como la conocemos, perpetúa el poder del hombre sobre las mujeres, de muchas maneras, entre ellas las que permiten la agresión (sutil o brutal) hacia ellas.

A través de mensajes explícitos e implícitos acerca de cómo los hombres y las mujeres se comportan, se relacionan entre ellos, la familia va formando caracteres machista tanto en hombres, exigiéndoles dominio, como en las mujeres, exigiéndoles sumisión. Hay sus excepciones, claro. Pero son eso, familias excepcionales, de avanzada.

La siembra del machismo por parte de la familia es abonada por la escuela, la iglesia, las amistades, la televisión, el cine, las redes y cuanta otra institución social defienda al estatus. Hay sus excepciones, claro. Pero son eso, instituciones excepcionales, de avanzada.

Consciencia individual y machismo

En todo contexto hay excepciones y con el machismo es así, hay hombres que son machistas y otros que no. Hay mujeres que promueven, aceptan el machismo y otras que no. En la diversidad sexual, hay quienes son machistas y quienes, no.

No todo hombre es machista, no todo machista es violento, no todo los violentos hieren o matan a su pareja.

El fin de la violencia machista es de largo alcance, difícil, pero hay que tomar en cuenta que quienes trabajamos por ese fin: la fuente del problema son los hombres y mientras ellos no cambien, no habrá solución del problema.

Tenemos que educar a la sociedad de otra forma. Por un lado, sensibilizar a los hombres en su relación con las mujeres y fortalecer a las mujeres para que sepan identificar las muchas caras de las violencias machistas y defenderse de ellas.

El papel del Estado para que sea posible otra forma de relacionarnos, hombres, mujeres y aquellos e sexualidades alternativas, es fundamental. A pesar de los pesares, soy optimista.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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La violencia hacia las mujeres, en cualquier forma, es consecuencia del machismo. Es necesario erradicar, ponerle fin al machismo.

La única forma de eliminar la violencia machista es cambiando las formas en que los hombres y la sociedad en general, perciben y se relacionan con las mujeres y ellas con ellas mismas. Se trata de un trabajo difícil, de largo alcance. Tiene que ver con asuntos estructurales.

Machismo como expresión de género

El machismo es un conjunto de creencias (las mujeres deben ser obedientes), actitudes (si ella no obedece, hay que obligarla a que lo sea) y conductas (si no obedece, se castiga), que se aprenden en el recorrido de la vida e incluso, antes de nacer. La madre, el padre y la familia piensan cómo deben tratar, según el sexo, a quien nazca. Es así como se forman los géneros.

La enseñanza del machismo, como cualquier expresión de género sexual, comienza en la familia y es reforzado por todas las otras instancias sociales que educan: la escuela, las amistades, las iglesias, los medios de comunicación, las redes y otras. En ese concierto educativo participan todas las instituciones que asumen al machismo (no necesariamente el violento) como el comportamiento pilar de la sociedad.

El machismo es una expresión género, de poder, de sometimiento de una persona por razones de sexo. Principalmente, de los hombres hacia las mujeres pero también de un hombre sobre otros hombres y de mujeres hacia mujeres y hombres. El machismo se aprende y también a ser violento.

El machismo concibe a la mujer como inferior al hombre, débil y sumisa, lo que expresa a través de todas las instituciones sociales y hay dos en las cuales que requiere cambios urgentes si se quiere combatir al machismo: el Estado y la familia. Eso redundará en las conciencias masculinas y en las femeninas.

El Estado machista

Los creadores de todos los textos religiosos y jurídicos en los que se basan las actuales instituciones sociales han sido hombres y por lo tanto, el pensamiento predominante en el Estado es machista, resultando sociedades falocéntricas.

Hace apenas un siglo que las mujeres están siendo reconocidas por la sociedad más allá de ser objetos sexuales y para la reproducción y crianza de la prole, pero solo lo ha logrado una parte de la humanidad. Durante los 19 siglos que antecedieron a la llamada liberación femenina, el poder masculino fue absoluto. Esto ha dado pie al ejercicio de diferentes tipos de violencia socialmente aceptada de hombres hacia mujeres

Apenas en recientes décadas la mujeres han comenzado a resistirse a la opresión que, por siglos, han sido sometidas. Han cambiado la percepción de sí mismas y luchado por sus derechos como ser humano. Lo han hecho solo algunas mujeres (cada vez más). Las de pensamiento progresista, y solo algunos Estados las han apoyado, los de gobiernos progresistas.

El Estado y su expresión en los gobiernos tiene que ser el principal generador de cambios sociales al aprobar leyes, crear instituciones y capacitar a los organismos ejecutores y educar a la población para segregar al machismo.

La situación de las mujeres donde el Estado está penetrado por el poder religioso, como es evidente en los países árabes, pero también en otros donde ese poder está detrás de bastidores, como en Latinoamérica; es uno de los grandes obstáculos para erradicar el flagelo del machismo.

La violencia machista es un lastre cultural en la que las iglesias tienen mucha responsabilidad y su erradicación pasa por cambios estructurales que, lamentablemente, solo son lograbas a largo plazo porque implica cambiar conceptos mentales, culturales, históricos.

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Así como el Estado genera y mantiene instituciones machistas influenciadas por las iglesias, la familia es la transmisora fundamental del machismo y de la violencia, con la que se expresa. La familia, tal y como la conocemos, perpetúa el poder del hombre sobre las mujeres, de muchas maneras, entre ellas las que permiten la agresión (sutil o brutal) hacia ellas.

A través de mensajes explícitos e implícitos acerca de cómo los hombres y las mujeres se comportan, se relacionan entre ellos, la familia va formando caracteres machista tanto en hombres, exigiéndoles dominio, como en las mujeres, exigiéndoles sumisión. Hay sus excepciones, claro. Pero son eso, familias excepcionales, de avanzada.

La siembra del machismo por parte de la familia es abonada por la escuela, la iglesia, las amistades, la televisión, el cine, las redes y cuanta otra institución social defienda al estatus. Hay sus excepciones, claro. Pero son eso, instituciones excepcionales, de avanzada.

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No todo hombre es machista, no todo machista es violento, no todo los violentos hieren o matan a su pareja.

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Tenemos que educar a la sociedad de otra forma. Por un lado, sensibilizar a los hombres en su relación con las mujeres y fortalecer a las mujeres para que sepan identificar las muchas caras de las violencias machistas y defenderse de ellas.

El papel del Estado para que sea posible otra forma de relacionarnos, hombres, mujeres y aquellos e sexualidades alternativas, es fundamental. A pesar de los pesares, soy optimista.

***

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